Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La rana y el gallo

Érase una vez una granja. La vida allí era muy tranquila, hasta que un buen día llegó una rana. El que llevaba la voz cantante en la granja era el gallo Perico, a quien no le hizo mucha gracia que apareciese por allí un bicho tan pequeño y feo, que era fiel  representante de embrujos y hechizos.

 Todos los animales estaban descontentos.  Lo que no sabían era que la rana tenía un secreto. Ella poseía una piedra que, al frotarla, convertía a cualquier persona o animal en estatua de piedra. Pero no dijo nada hasta ver si era aceptada por sus nuevos amigos. A la mañana siguiente el gallo Perico salió a dar un paseo y se encontró con la rana, que estaba muy a gustito dándose un baño en la charca.  Perico le preguntó:

-¿Que haces, ranita?

-Me doy un chapuzón -respondió ella sin mirarlo.

Entonces el gallo pensó: “No me gusta nada este bicho. Tengo que deshacerme de ella, así no dará más lata”. El gallo ideó la manera de engañarla y llevarla a su terreno sin problemas. Ella, que no era nada tonta, se dio cuenta de que algo no iba bien. Perico la invitó a dar un paseo, a lo que  la ranita dijo que sí. Cuando se habían alejado lo suficiente de la granja,  Perico le dijo  a la ranita que estaba algo cansado,  que se tumbaría panza arriba a descansar un ratito.

Pasados unos minutos, el gallo le dijo a la pequeña ranita;

-Oye, ranita, hace días que tengo una púa clavada en la cresta. ¿Me ayudarías a quitármela?  Yo no la veo desde aquí.

La rana asintió con la cabeza y de un salto se subió a la panza del gallo  hasta llegar cerca de la cresta. En ese momento, Perico aprovechó para atraparla y meterla en una bolsa que había escondido bajo sus plumas. La rana, desde dentro de la bolsa le gritaba al gallo que porque la había metido allí, si ella no había hecho nada.

-¡Déjame salir por favor, gallo! Prometo irme lejos y no regresar jamás.

Pero el gallo no prestó atención a las súplicas de la pequeña rana, y prosiguió el camino.

Perico se dirigió al río que estaba más retirado de la granja. Una vez allí, ató una piedra grande a la bolsa y la dejó caer al agua. La bolsa se hundió en cuestión de segundos por el peso de la piedra.

La rana luchó con todas sus fuerzas tratando de escapar de su cruel destino, cuando ya había perdido toda esperanza de salir con vida de aquella pesadilla, notó cómo algo fuera de la bolsa tiraba con fuerza hacia arriba: era la caña de un pescador que casualmente ese día había salido a pescar al río. La rana respiró profundamente, sintiendo un gran alivio.

Cuando el pescador sacó la bolsa con la piedra enganchada en la caña, se sorprendió mucho. Era la primera vez que le sucedía algo así, estaba muy acostumbrado a tener suerte con la pesca… Abrió la bolsa y, se llevó una gran sorpresa al ver a la rana que lo miraba con gesto de agradecimiento. La pequeña rana dio un salto y se zambullo en el río.

 La rana regresó a la granja donde estaba el gallo, esperó hasta que cayera la noche y, sin ser vista por el resto de los animales, se acercó al lugar donde dormía el gallo, sacó la piedra mágica y la frotó al mismo tiempo que repetía las palabras mágicas “Piedra, piedrita, te froto una vez y dos, y al gallo en fuente de piedra convierto yo”. Inmediatamente el gallo quedó petrificado y convertido en una bonita fuente de piedra, donde las ranas del lugar venían  a darse un chapuzón de vez en cuando. Y, colorín colorado, este cuento se ha… petrificado.

Angelines López Álvarez

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26 octubre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

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