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Taller de cuentos

La traición de Meceo

Hace muchísimos años, tal vez siglos, hubo una hermosa princesa que vivía felizmente con su príncipe. Rosmunda era su nombre y el valiente caballero con el que estaba prometida era Meceo. El pueblo en el que vivían había sido un sitio idílico para ellos, hasta que hacía unos años, una terrible maldición se cernió sobre ellos. Una maldición que los tenía condenados a una eterna podredumbre: los negocios ya no eran prósperos y los días ya no eran soleados, todos andaban tristes e infelices. Nadie sabía quién había sido el culpable pero todos sospecharon del mensajero del pueblo: él llevaba las misivas, él entregaba las cartas, él se enteraba de todo. Por ello, lo desterraron, llevándose únicamente la vieja bolsa donde metía las cartas. Y allí residía hasta el momento, solo en el bosque.

Un buen día, la princesa, que era muy bella y orgullosa, aunque más orgullosa que bella, mandó al príncipe a buscar al viejo cartero. Le creía culpable por todas aquellas penurias y sospechaba de la misteriosa bolsa.

-Allí debe de tener algo escondido -le había dicho la princesa a su amado príncipe-. Tal vez la solución a nuestros problemas… ¡un contrahechizo!

-Es demasiado listo como para tener un contrahechizo a su propio hechizo -respondió el príncipe.

La princesa enfureció de tal manera que tiró toda la comida al suelo.

-¡Déjate de fanfarronear y de llevarme la contraria! ¡Soy tu princesa y vas a ir al bosque para quitarle esa bolsa al viejo! Y bajo ningún concepto quiero verlo por aquí. ¡Sólo trae de vuelta ese maldito bolso!

El príncipe, ante la furia de la princesa, le respondió que sí. Por muy asustado que estuviera, temía más el enfado de su prometida que al viejo.

A la mañana siguiente, Meceo se adentró con su guardia personal en el bosque. El príncipe galopaba intentado disimular su miedo a medida que avanzaban. Después de largo rato, se oyó un ruido tras los arbustos y todos dieron un respingo. Los caballeros cubrieron de inmediato al príncipe y apuntaron todos con las armas hacia los arbustos, que se movían cada vez más.

-¿Viejo? -preguntó uno. Nadie respondió-. ¡Viejo! ¿Eres tú?

Lo primero que asomó fue una delgada pierna, seguida del resto del cuerpo del anciano.

-Soy yo, bajad las armas.

El príncipe ordenó que así lo hicieran y el viejo salió completamente de los arbustos. Llevaba aún la bolsa.

-¿Para qué habéis venido? -preguntó el viejo. El príncipe bajó de su caballo.

-He venido porque quiero confiscarte tu bolsa… -el príncipe carraspeó-. A petición de la princesa.

El viejo, que era inteligente y había aprendido a fijarse en todos los detalles, le hizo una proposición al príncipe:

-Nunca me ha caído bien esa princesa, pero vos siempre me habéis defendido, así que te diré lo que hay en esta bolsa, y será tuyo, si me llevas al reino y me permites vivir de nuevo allí.

El príncipe, repentinamente atraído hacia la bolsa, desesperado por saber lo que contenía, accedió a la proposición del viejo cartero. Así, haciendo caso omiso de las peticiones de su princesa, partió hacia el reino con él.

A su llegada, el príncipe se reunió con a solas el viejo, que le advirtió:

-Promete que sea lo que sea que encuentres en el bolso, me dejarás vivir aquí hasta que me muera.

El príncipe asintió desesperado.

-Tienes mi palabra.

 El viejo le dio la bolsa. Pero, justo en ese momento, irrumpió en la salita la princesa, cómo no, enfurecida.

-¿Cómo te atreves a traicionar mi petición? ¡Estás loco! Te has buscado tu perdición.

Pero Meceo, absorto por su deseo de saber qué había allí, abrió el saco apresurado y miró dentro. Metió la mano y no encontró más que cenizas.

-Pero… ¿qué es esto?

La princesa se acercó, curiosa, y también metió la mano. Los dos miraron al viejo, que sonreía.

-¡A eso es a lo que verás reducido tu mundo si sigues siendo desleal a tus promesas! Esto es lo que le pasa a tu mundo cuando eres egoísta, que se convierte en cenizas. El saco no es más que eso, un saco, pero te enseña en lo que te puedes convertir o en lo que ya te has convertido. Te advierte… Te veo triste, Meceo. ¿No era eso lo que esperabas encontrar?

Pero Meceo ya no escuchaba, ya no hacía caso a nada. Siempre había sido fiel a su princesa, y por una vez que rompía su palabra y seguía a su deseo, éste le hacía la peor de las jugadas. Y así fue como  la princesa y el príncipe abandonaron su lugar en la corte y marcharon hacia el bosque, sumidos en una profunda tristeza. Desde entonces, no hay ninguna maldición y el pueblo vive en paz. Porque, bien es sabido que las ansias de poder y la traición no han traído nunca nada bueno.

Cristina Velázquez López

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26 octubre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

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