Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El accidente

Alicia llevaba ese día una prisa del diablo, se sentía estresada.

Había pedido a la Consejería salir un par de horas antes para ir al dentista, pero había mentido. En realidad, estaba citada en el Juzgado de Primera Instancia Número Seis para ultimar, no sabía con qué administrativo, el papeleo previo a la boda. Se casaba por lo civil, bajo el desconocimiento de su familia, sus amigos, y sus colegas del trabajo. Llevaba viviendo con Mario veinte largos años y por fin se habían decidido; por eso de “lo que pudiera pasar en el futuro”, no por otra cosa. Así que resolvieron prescindir de padres y banquetes, con el deseo de ventilar lo antes posible aquella cargante burocracia.

Solo esperaba que Mario llegara a la hora prevista; siempre lo retrasaban al final del trabajo con el dichoso informe de incidencias.

A lo lejos se acercaba un taxi con la luz verde encendida, y antes de que cualquier señora se le adelantara, levantó la mano y paró aquel Peugeot destartalado.

-¿Adónde vamos? -preguntó áspero el taxista, ladeando ligeramente la cabeza. Era un hombre con la calva sudada por el calor, que parecía no tener la intención de ser simpático, o más bien, de estar aburrido de sus clientes.

-Al sesenta de Rafael Cabrera, por favor -se acomodó, e intentó ponerse el cinturón  del asiento trasero sin conseguirlo.

Desistió.

El taxista emprendió la marcha, pero a los pocos segundos se oyó una voz femenina que salía entrecortada de la emisora del coche.

-Rodríguez, aquí Carolina, ¿me oyes…?

-Sí, te oigo. Dime, Carolina… -dijo el taxista, mientras observaba por el espejo retrovisor cómo la clienta miraba el reloj y sacaba de su bolso un abanico para airearse.

-¡Que no se te ocurra pasar por los alrededores de la plaza América, hay un atasco del carajo…! Llevamos aquí más de diez minutos y apenas nos movemos. Esto tiene pinta de ir para largo, compañero.

-Perdón, ¿podrían repetir la calle en donde está interrumpido el tráfico…? -intervino una segunda voz, ronca, de fumador, que también salía de la emisora.

-Por la plaza América, en Fernando Guanarteme -insistió la mujer-. Parece que ha habido un accidente grave; solo se ve una moto escachada sobre el suelo. No me extraña, es que van como locos.

Inesperadamente la voz femenina se quedó en silencio, para continuar de nuevo con sus interlocutores, como si los clientes que llevaban en sus respectivos coches fueran invisibles.

-Un momento, compañeros, que esto avanza. Pero…, ¡qué carajo! ¡Es que no se lo van a creer…! El hombre que está tirado sobre la acera es un guardia civil.

-¿Cómo dices?

-¡Qué sí, Rodríguez, que sí, es un guardia civil! Y parece que está hecho polvo. Hay un sangrerío…

 La clienta se sentó en la punta del asiento trasero, mientras escuchaba.

-¡Mira por dónde…! -volvió a intervenir la voz de fumador-. ¡Q-u-é  p-e-n-a  m-e  d-a!  Y yo que pensaba que esos cabrones no tenían sangre…

Los tres taxistas soltaron una carcajada al unísono ante la ocurrencia, pero el del Peugeot se calló de pronto al sentir una mano sobre su hombro.

-Perdone, caballero, ¿podría preguntarle a esa señorita si puede ver la matrícula de la moto desde donde está?

El taxista asintió, convencido de que “el cliente siempre tiene la razón”, aunque se extrañó de la pregunta.

-Carolina, aquí Rodríguez de nuevo. ¿Puedes ver la matrícula de la moto desde dónde estás…?

-Por supuesto, compañero. A ver… Sí, sí, es una BMW, GC AE 1820. ¿Por qué? ¿Pasa algo…? ¿Desde cuándo eres amigo de la poli, Rodríguez…?

-No, no, tranquila. Es simple curiosidad.

 La mano de la clienta seguía aferrada a su hombro, parecía haber cambiado de planes.

-¿Le importaría dar la vuelta y llevarme a la zona de Urgencias del Hospital Negrín, por favor?

El taxista volvió a mirar por el espejo retrovisor, la clienta tenía los labios blancos y parecía muy pálida.

-¿Se encuentra usted bien, señora?

-Por supuesto… -respondió secamente.

Las palabras cayeron de sopetón al suelo del Peugeot, el taxista giró el volante hacia la izquierda con brusquedad, y se hizo un silencio espinoso como el de un cactus descomunal mientras llegaban al hospital. Al detenerse el coche, la mujer arrojó el importe de la carrera en el asiento trasero y se bajó sin decir una palabra, para perderse con rapidez tras las puertas automáticas de Urgencias.

Araceli Cardero

Anuncios

9 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: