Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El voto del abuelo

Familia, como muchas, de hijos, nietos y abuelo. Los hijos ya maduros apuraban el desayuno para dar lugar a los jóvenes a la mesa. Se respiraba domingo. El abuelo, madrugón, estaba en el jardín bajo el pino, resguardándose del sol, que se anunciaba fuerte; armaba un cigarrito que demoraba para acompañar la espera. Ya había desayunado. Se había vestido de traje y corbata, con zapatos relucientes. La etiqueta del abuelo, además, nos decía que era un día de fiesta. ¡Claro que lo era! Veintiocho de noviembre, día de Elecciones Nacionales: el abuelo iba a votar. A las once, le avisaron que el auto no arrancaba; buscarían un taxi para llevarlo hasta la ciudad.

-Bueno –dijo-, si hay que esperar, se espera.

Él siempre esperó. Llegó al país mozo, sólo a trabajar. A subsistir, más bien. Tardó muchos años en conseguir documentos y, cuando los logró, un golpe de Estado en el nuevo país truncó sus derechos. Cuarenta y seis kilómetros lo separaban del lugar esperado. ¿Quién se atrevería a decirle ahora al abuelo que no podía votar?

A mediodía apareció el taxi. Su hija lo acompañaría. Se acomodó en el asiento, tiró el chambergo hacia atrás y bajó la ventanilla del coche.

-¿Tiene calor, papá? –preguntó la hija.

-Algo –dijo.

Salieron a la ruta Interbalnearia despacio, metiéndose de lleno en la costa platense.

El abuelo miraba con sencilla expresión, como si ya conociera el camino. Al llegar al cruce de la ruta y el camino viejo, el taxista les avisó que tomaría por la zona rural, puesto que la ruta estaba cortada por el fuerte tránsito de vehículos y personas que llegaban del interior del país. Tomó una ruta pequeña, que desembocaba en el arroyo Pando. Al llegar, el abuelo dijo:

-Vaya despacio, el cruce es peligroso: hay animales sueltos.

-¿Conoce el lugar, abuelo? –preguntó el taxista.

-Conozco –dijo-, y no soy su abuelo.

Apareció un plantío grande y llano a los costados de la ruta. No se veían animales por ningún lado, y el abuelo lo sabía. Buscaba recrearse con esas tierras labradas, le recordaban sus orígenes. Empequeñecía los ojos para ver mejor y respiraba profundamente, como si quisiera llevarse consigo todos los aromas.

-En el peaje cambiamos a la ruta principal –afirmó el taxista.

-¿Conoce usted Canelones? –preguntó el abuelo.

-Sí, mucho. Nací y me crié allí.

-No parece –dijo el abuelo-. Para entrar en Montevideo, se hace bordeando las chacras de Camino Maldonado.

El taxista no respondió, tomó la ruta y se internó nuevamente en el campo.

Llegaron cuando el sol resquebrajaba el asfalto.

Sonreía el abuelo, cuando el taxista explicaba a su hija que habían hecho más kilómetros de los hablados.

-Dile que no espere por nosotros. Tomaremos otro taxi: éste no conoce el camino –dijo a su hija.

Raquel Tulic Sanabria

 

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9 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

1 comentario »

  1. El abuelo tenía razón. Muy bello el cuento y bien contado.
    Saludos

    Comentario por Begoña | 21 noviembre 2009 | Responder


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