Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Senegalés

Juan sale apresuradamente de la boca del metro, todo lo apresuradamente que le permiten sus escasas fuerzas. Viene del hospital, donde le han dado malas noticias. El resultado de sus análisis no es bueno. Con suerte, le podrán operar si encuentran el donante adecuado. Difícil será, por la peculiaridad heredada de su abuela paterna, que en su juventud hizo migas con un africano y le dejó un grupo sanguíneo de características poco usuales por estas latitudes, además de una nariz no muy española. También heredó otras cosas, como esa daga que hoy quiere enseñarle a Pepe.

Años atrás le diagnosticaron enfisema pulmonar, pero así y todo no pudo dejar de atender a sus queridas palomas. Miró a su alrededor -este día hay mucha gente en la Plaza de Cataluña- y a las palomas de la zona apenas se las ve entre tanto gentío. Las pobres evitan a los transeúntes que con tanto trasiego no las dejan picotear tranquilamente. La plaza es un calidoscopio de razas.

Su intención es atravesarla en diagonal y acceder a la calle opuesta, donde su amigo Pepe lo está esperando. Va sorteando a la gente como puede, se ahoga a cada paso que da, con la respiración jadeante y ligeramente agónica.

Desde el otro lado, y casi en línea cruzada, viene un senegalés, algo mayor, según anuncian sus sienes blancas, recién llegado a España en patera y que, a pesar del modo en que llegó a la península, no presenta signos visibles de pobreza ni desesperación. Antes bien, camina bien erguido y trajeado. En su mente, Juan baraja varias posibilidades: “Primero, me acerco al hospital, allí mi primo (médico residente desde hace  tiempo) me dirá si me ha puesto en lista de trasplante de riñón. Segundo,  me tiro al tren y acabo ya. Estoy harto de diálisis. Tercero,  me llevo por delante a alguien -no quiero irme sin compañía-  me da igual quién”.

Vienen a converger Juan y el senegalés casi en mitad de la plaza; si los Hados hubieran sido propicios, cada uno hubiera rodeado la fuente por un lado diferente y seguido su camino con sus propios pensamientos. Pero hoy los Hados están especialmente revoltosos y, además, ligeramente belicosos…

Una paloma desciende rápidamente, con un aleteo que esparce piojos a su alrededor, y viene a posarse entre los dos hombres.

El senegalés, asqueado, le propina una patada a la paloma. Ésta revienta y, al verla, Pepe palidece primero y, sin poderlo evitar, le sube al rostro una ira roja -quizás también heredada-, desde lo más profundo de su ser. Hecha mano a su bolsa, saca la daga, y asesta una puñalada al pateador de la paloma. Le da de lleno, con fuerza.

Herido de consideración el senegalés, y aliviado por no tener que decidir entre las posibilidades que barajaba hacía nada -ya que la tercera se eligió sola-,  aún y todo duda un instante.

Después, en la plaza antes bulliciosa, quedan tres cadáveres juntos en soledad.

Teresa García

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9 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. Este era el que había leído. Muy bien escrito.
    Saludos

    Comentario por Begoña | 17 noviembre 2009 | Responder

    • Gracias, Begoña, a mi también me gustó mucho el tuyo.
      Un abrazo, Tere

      Comentario por teresa garcia | 19 noviembre 2009 | Responder


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