Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Silencios piadosos

Ese día por la mañana Marie se levantó antes de que sonara el despertador. Al incorporarse, se frotó los ojos y observó con recelo que la luz inundaba la habitación. Ese día tenía una reunión importante y el lugar donde tendría lugar se encontraba a más de una hora de camino en coche. Decidió que la mejor opción sería tomar un taxi, ya que por ahí las guaguas pasaban una vez al día. Su padre siempre se había quejado de que vivía apartada del mundo, pero a ella y a su novio les gustaba. Se levantó, se dio una ducha, se vistió y fue hacia la cocina. David le había dejado una nota junto a una taza de té ya tibio: “Cariño, llámame cuando hayas salido de la reunión, probablemente haya salido del trabajo y pueda irte a recoger. Un beso. Te amo.” Después de sonreír por el agradable detalle matutino, descolgó el teléfono y llamó a un taxi. Los de la centralita le informaron de que un taxi iba en camino y que tardaría aproximadamente diez minutos en llegar. Después se puso los zapatos, se perfumó, cogió su bolso y salió a esperar a la puerta. Mientras esperaba, se percataba de las pocas casas que conformaban el arrabal. Podía hasta contarlas. Paseó su vista por las fachadas vacías. Tenía en total cinco vecinos en toda el área, una enorme explanada rodeada de árboles y a media hora del centro. Mientras su mente paseaba por las ventanas de sus desconocidos vecinos, el taxi llegó. Marina se metió en el coche y el hombre le preguntó la dirección después de darle los buenos días.

-A Markham, calle Rouge, número 2 -indicó ella mientras abría el bolso para meter el móvil.

-De acuerdo. Sus deseos son órdenes para mí -respondió resuelto el taxista.

 Ella levantó la vista y le sonrió. Y vio sus ojos. Los vio. Entonces olvidó dónde estaba y qué iba a hacer. Olvidó por qué estaba en ese taxi. Sólo sabía que no podía dejar de mirar esos ojos y esos labios curvados que le dedicaban esa sonrisa tan entrañable. Demonios. Sacudió la cabeza y él lo notó.

-¿Se encuentra bien? -preguntó él. Sus ojos parecieron oscurecerse. Los vio moverse del espejo a la carretera y viceversa.

-Sí, sí… -susurró ella. Y apartó la mirada, no sin antes percibir una sonrisa contenida en sus labios.

-Como quiera…

El taxista continuó conduciendo. Puso música. Era un CD grabado y tenía canciones de lo más variado. Conocía algunas y eso la hizo recordar el modo en que había intentado ligar su prometido con ella, cantándole las canciones que a ella tanto le gustaban. Al ritmo de las canciones llegaron a un cruce con abundante tráfico. Bocinas y gritos de insultos se hacían notar entre la multitud. El taxi y otros coches más se unieron a la cola y se quedaron parados durante un tiempo. Avanzaban despacio y, mientras, el taxista aprovechó para conversar con ella. Ambos se atraían y él intentaba llamar su atención. Estaba prometida, pero eso poco importaba cuando no estaba la tercera persona. Poco a poco, entre la multitud del tráfico, entre sonrojos, entre el leve sonido de la música y las palabras, fueron conociéndose un poco más. Un taxista joven, una joven prometida. En un atasco y hablando. Y pasó más de una hora en el atasco porque, al parecer, había habido un accidente.

-Creo que ya llego tarde a la reunión… -observó ella-. Mira, podrías dejarme allí. Así espero hasta las tres para que me vengan a recoger.

Ya habían comenzado a tutearse, se conocían algo, habían descubierto que los dos congeniaban y eso confundía a Marie y divertía al taxista.

-Mejor te llevo a un lugar más entretenido. Si quieres… -él tomó su silencio como un sí y pasó de largo ante la parada que le había dicho su marido. Recorrió unas calles más y se paró detrás de una pequeña montaña entre los árboles. Él se apeó y le abrió la puerta a ella. Marie salió y se apoyó en el coche. No necesitaron palabras porque las habían gastado todas en el atasco, sólo necesitaban saber si también congeniaban físicamente. Entonces utilizaron sus manos, sus labios, sus ojos, sus piernas y se unieron de una forma extraordinaria.

Después, todavía cansados, se montaron en el coche. Ella, esta vez, en el asiento delantero. Se sentía profundamente bien, pero luego empezó a pensar en su prometido, que probablemente la estaría esperando en casa porque no le había avisado. El taxista la llevó de vuelta a casa y conversaron más bien poco durante el camino. Cuando llegaron, él aparcó un poco más atrás del coche de su prometido. Y la miró:

-Lo siento mucho… -se disculpó él como pudo-. No quiero que te sientas culpable por mí…

Ella le puso dos dedos en sus labios y chistó.

-Calla. Gracias.

Y se bajó del coche tras darle un beso rápido. Tal vez el último, quién sabe. Después entró en casa y se encontró a David en la cocina, comiendo.

-Hola cariño -saludó él. Entonces se fijó. Eso sólo ocurría cuando acababan de hacer el amor-. Estás sonrojada, como azorada… ¿Qué ha pasado?

Ella sonrió y le dio un beso en la mejilla:

-Gracias por el té -y se fue en silencio por las escaleras.

Cristina Velázquez López

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9 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

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