Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Un mal día

Leía el periódico mientras esperaba, en el interior de su taxi que llevaba media hora en piquera, a que algún cliente solicitara su servicio. No había tenido una buena mañana, aunque el día bien podía ser de los mejores: principio de mes, soleado y las navidades saludando desde todos los escaparates. Abrió la puerta del coche y salió a coger aire y estirar las piernas, tenía la camisa mojada. Un compañero le dijo algo pero él contestó de mala gana y, evitando la conversación, se apoyó en la pared y volvió la cara hacia otro lado. Intentó abrir la puerta de su taxi cuando se le acercó aquel hombre trajeado, con aires de ejecutivo, que le saludó atentamente antes de preguntarle si estaba disponible. Una sonrisa se le dibujó en la cara, pero la puerta no se abrió. Forzó una y otra vez sin resultado. El taxi se había cerrado herméticamente aunque él no había usado el mando. Es más, mientras intentaba, sudando y nervioso, con objetos que sacaba de los bolsillos, romper la cerradura, recordó que la puerta se había cerrado sola, aunque en aquel momento no le prestó mayor atención pensando que había sido un golpe de viento. Empezó a desabrocharse el cuello de la camisa, tenía la cara congestionada, roja, con gotas de sudor que le corrían molestándole en los ojos. “Para un cliente que aparece”, pensó. “Podía haberme salvado el día, o tal vez la semana”, seguía rumiando en su interior. “Incluso pudiera ser que fuera la solución de toda mi vida”, se decía mientras la tensión y el sofoco llegaban a un punto en que le costaba razonar. Caminó hasta ponerse frente a su taxi como si quisiera preguntarle qué le ocurría, el taxi movió ligeramente las ópticas respondiéndole y fue entonces cuando la emprendió a patadas contra la carrocería mientras los compañeros lo miraban sorprendidos, murmurando entre ellos y sin atreverse a acercarse. El taxi respondió a las patadas y las maldiciones poniéndose en marcha. Arrancó con un gruñido y se movió hasta su chófer, le hizo caer al suelo destrozándole las piernas hasta que le quedaron inservibles. Retrocedió hasta su puesto en piquera, abrió las puertas y encendió las luces y los indicadores. Uno de los taxistas se atrevió a entrar, cogió el periódico y echó un vistazo a la página que había estado leyendo aquel hombre que ahora estaba tirado en el suelo, retorciéndose de dolor. La noticia decía que se había encontrado otra persona muerta de la misma forma que las cuatro que han ido apareciendo en los últimos meses, desprovistas de documentación, sin cartera y a todas se les vio por última vez subiendo a un taxi. Sonó el claxon pero esta vez se escuchó: “No volveré a ser tu cómplice”.

Pepa Marrero

Anuncios

9 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: