Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Concierto en Si b Mayor para piano y pitidos de cajeras

Maldita leche de soja. Desde que Eva tuvo la niña, comer en su casa es una pesadilla horrible. Y ahora ahí está ella, a las 19:00 de un martes cualquiera en el supermercado, aguantando las kilométricas colas, cansada del pegajoso día. Mira a su alrededor con la vana esperanza de encontrarse con alguien conocido para quizá conversar sobre cualquier chorrada y hacer la espera más llevadera. De todas formas, en su caja sólo están una pareja de ancianos y ella, así que esto no puede tardar mucho.

Ahora llega más gente. Un hombre joven de unos treinta años. Verdura y pasta de dientes. Ojos azules. Como los de Tytlack. De repente, un escalofrío en su mano, donde lleva la cesta con los pesados paquetes de leche. Decide apoyarla en el suelo.

“Tin ton tan tin. Señorita Araceli acuda por favor a información. Gracias. Tin ton tan tin”. Arpegio mayor ascendente. Quizá sol, quizá do. Y del aburrimiento le da por abrir los oídos. Abrirlos a esos sonidos cotidianos que también pueden ser música: el crujir de las bolsas de plástico, el taconeo de la típica pija, la voz nasal de la cajera de al lado, el murmullo del rodar de los carros por el suelo… y sobre todo el pitido de las cajas al leer el código de barras de los productos. ¡Qué maravilloso! Puede que fueran más de diez cajas, cada una emitiendo pitidos entrecortados a un ritmo distinto. Era como una orquesta de flautas desordenadas, locas, perturbadas quizás a causa de algún Tytlack inquisidor.

Piensa entonces cómo sería tocar con esos pitidos: Concierto en Si b Mayor para piano y pitidos de cajeras. ¿Por qué a nadie se le habría ocurrido antes? O tal vez sí, y eso existe. Ella qué sabe. Se imagina la luz de los focos derramada entre las teclas y lo siente otra vez todo ran real… Esa mirada en blanco y negro que la esperaba a ella, a nadie más. Esa llama azul que, desde lejos, le abrasaba y hacía temblar de frío a la vez,  mientras todo su cuerpo no era más que un bloque mudo.

Tytlack no comería verdura. Seguro que sólo comía carne. Cruda.

-Disculpe, ¿tiene hora?

Se puso nerviosa. No suele hablar con gente guapa. Y menos desconocida.

-No, lo siento. Ya no llevo reloj. Solía llevarlo en la izquierda.

Y claro, ahora se siente estúpida. Porque a él qué diantres le importa dónde solías llevarlo y por qué. Seguro que cree que lo has dicho para darle pena. Aunque… si lo piensas bien, hay un reloj enorme en la pared de enfrente. Una de dos: o no se ha dado cuenta o intentaba agarrarse a una excusa inútil para hablar contigo. La verdad es que desde lo del accidente no has vuelto a quedar con ningún chico. Pero esos ojos azules te hacen amargo el aire.

         Parece que la cajera es rápida. Ya le ha tocado el turno a la pareja de ancianos; la siguiente es ella. Supongo que están contentos porque se oye cómo silban un antiguo bolero. Qué lindas armonías las de los boleros. Nunca te hubieras atrevido a tocarle uno a Tytlack. Pensaría que era música vulgar. Haría lo que fuese para arrancarte cualquier atisbo de placer; el perfeccionamiento en la ejecución estaba por encima de todo. Ella debía estar por encima de todo… y no debajo de un camión. Aplastada en mitad de la carretera, tragando sangre, rabia, frustración, dolor. Podía oler cómo se derramaba su futuro sobre la gasolina, cómo se prendía fuego para evaporarse y dejar de existir. Dejar de existir era la solución.

         Nunca fue a verla al hospital. No envió flores, bombones u otros convencionalismos fríos. Creo que ni siquiera contempló tu regreso. Ya no estabas en condiciones, habías perdido toda oportunidad. No le quedaba ninguna razón por la que interesarse por ti.

         Estaba tan absorta que apenas se dio cuenta de que era la siguiente. Cogió la cesta del suelo con los paquetes de leche. Yo pienso que el tipo de las verduras debió darse cuenta en ese momento, porque sólo entonces ella se giró, descubriendo así el perfil izquierdo de su cuerpo. Sin embargo, reaccionó de la peor de las formas. La compasión, la pena, le manchaban la cara como un maquillaje desgastado. Sus ojos se volvieron de un azul como de sombra de sauce.

-¿Quiere que le ayude? Quizá es demasiado peso para usted sola.

-No se preocupe, de verdad –dijo en mitad de una sonrisa educada-. Gracias.

-Insisto, no me cuesta nada. Además, así puedo acompañarle hasta su coche.

Fue un comentario tan inesperadamente torpe que tuvo que reírse.

-No tengo coche, pero de todas formas prefiero la guagua. Muchas gracias.

Los ojos azules siguieron su contorno hasta la puerta de salida, observando aún sin dar crédito el baile del aire que jugaba con la manga izquierda… Vacía.

Tania Rodríguez Suárez

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16 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

5 comentarios »

  1. Precioso.
    Con un curioso uso del narrador, al principio confuso, pero resulta tener encanto.

    Comentario por Esther Fernández Guerra | 22 noviembre 2009 | Responder

  2. Todo un hallazgo. Amén del acierto que supone el uso de los sonidos (cuando no ruidos) del entorno para armar un relato, sorprende el uso del espacio en blanco, de la elipsis: con apenas algunas pinceladas, como si no importaran, diseminadas en medio de la anécdota se nos facilitan los mínimos asideros para crear con la autora toda una historia, “facilonamente” trágica si no fuera por ese otro recurso que da al relato su verdadera dimensión: la ironía con que se trata a la protagonista (y cómo ésta se ve a sí misma). Pero quizás por ello la tragedia subyacente nos golpea con más fuerza cuando adivinamos la propia elipsis de la vida que es la mano ausente. Agradezco a la autora que respete la inteligencia que todo escritor debe suponer a su destinatario, el lector. No es fácil para una escritora novel resignarse a no contarlo todo, en ese afán o miedo primerizo a que no se la comprenda. Es uno de esos relatos en los que el escritor se mide y mide también al lector: cuántos no se habrán quedado o quedarán en el envoltorio, en los elementos del ambiente que la autora con tanta gracia nos pone como trampa para guardar la verdadera historia, la que subyace y golpea cuando adivinamos lo que no está. Cómo pasa de puntillas por el accidente, por ese dar la espalda tan cobarde de Tytlack, por los días grises en que la certeza de no poder nunca más volver a dar vida a las teclas de un piano alimenta las propias ganas a desaparecer de este mísero escenario que es la vida… Y cómo se nos cuenta sin contar el resurgir de la protagonista (mostrar es preferible a decir). Cómo nos gana esta mujer sin que la lástima nos gane a nosotros; para eso, para la lástima sensiblera, ya están los guapos de miradas azules.
    Bueno, sólo un apunte: en el uso de la misma elipsis, tan bien manejada, sobraría la última palabra (“Vacía”). Sin ella ya veo el muñón bajo “el baile del aire que jugaba con la manga izquierda”. ¿Sobra también la rima “baile” / “aire”? Adivino a una escritora que sin duda tiene mucho que “mostrarnos”. Enhorabuena.

    Comentario por Saltaperico | 28 diciembre 2009 | Responder

  3. Argumentos secretos. Con posterioridad he recordado lo que Ricardo Piglia nos dice en “Tesis sobre el cuento” al respecto del magistral recurso de contar dos historias bajo la apariencia de una sola narración. Algo que la autora de este relato logra con creces: “El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.”
    ¿Qué habría pasado si una de las posibles historias secretas, la que quizá la autora nos ha querido narrar por el subsuelo de su cuento, nos hubiese sido relatada de la forma que sigue, ocupando del todo la superficie del relato y sin dejar posibilidades al lector de participar activa y creativamente?
    Eva está en la cola de una de las múltiples cajas de un supermercado. La presencia de un joven le hace recordar a alguien, a Tytlack: un profesor de piano a quien ella recuerda como excesivamente exigente, tanto que no concebía el aprendizaje como algo placentero sino como la sufrida búsqueda de la perfección. Un profesor que quizá para ella pudo significar algo más. De cualquier manera ya él le ha dado la espalda: ya Eva no podrá nunca más ejecutar una pieza porque tras un accidente ha quedado manca; en su extremidad izquierda ahora sólo hay un muñón… Los ruidos de las cajas, la megafonía, todo puede ser música, esto piensa probablemente como sustitución de la verdadera música que jamás podrá volver a interpretar. Y añora por segundos el brillo de las teclas bajo los focos, y a alguien que la esperaba, tal vez Tytlck. Tytlack el perfeccionista que ni siquiera fue a visitarla al hospital. Probablemente ni siquiera sintió la lástima que percibe en este hombre joven y guapo del supermercado, confundido al percibir la ausencia de una mano en el cuerpo de quien ahora es Eva, decolorándose su mirada azul al mezclarse con la compasión, ajeno al nuevo rumbo, a la nueva vida que tras el accidente ella ha emprendido: no claudicando a la llamada de la derrota, yendo a comprar leche de soja como un día cualquiera para regresar a casa, donde le espera su hija, quizá el motivo principal para seguir jugando con los sonidos de la vida, de esta nueva vida.
    ¿Comprenden el valor de lo elíptico y fragmentario? ¿Ven cómo la autora nos ha respetado como lectores inteligentes al contarnos su historia (sus historias, su argumento secreto) de la forma en que lo ha hecho? ¿No resulta más eficaz mostrar que decir, apuntar que “noveleriarlo” todo? Bueno, basta por hoy. Quizá volvamos por aquí para hablar sobre la voz narradora que la autora ha elegido.

    Comentario por Saltaperico | 2 enero 2010 | Responder

  4. Muchisimas gracias “saltaperico”!!mucho me temo que no merezco tan buena crítica, porque la mayoría del trabajo ha sido totalmente inconsciente e intuitivo. El ejercicio que nos propuso Alexis consistía en contar una historia donde la acción principal durase unos 5 min (por ejemplo esperar en una cola de supermercado) e hiciera evocar al personaje recuerdos de algo significativo en su vida. Este planteamiento ha sido el que ha provocado que contase dos historias en una, tal vez jamás se me habría ocurrido sola. De todas formas es muy alentador para mí que valores los errores y aciertos del proceso, además es lo mejor que me puede pasar para seguir aprendiendo. Aunque reconozco que me da muchisimo miedo mostrar lo que escribo, también es muy gratificante cuando otro comprende tu historia y además se da cuenta de determinados matices. Muchas gracias de nuevo por compartir tu sabiduría saltaperico, estudiaré a fondo ese recurso de la elipsis que sin darme cuenta he empleado 😉

    Comentario por Tania | 3 enero 2010 | Responder

  5. Precisamente que sea intuitivo demuestra las posibilidades de la autora. Además, se trata de eso: seguir la pauta marcada en el taller con el fin de ir “soltándose” hacia el encuentro con el estilo propio. Largo y a veces arduo camino, pero con el consuelo de la motivación que proporciona el taller y el contacto con otras personas con los mismos intereses. Algunos de los otros pilares que sustentan la vocación de escritor son unas buenas (e ineludibles) referencias de lectura y la dedicación a la creación con el convencimiento de que tenemos algo que decir y aportar. La voluntad y la constancia no son menos necesarias.
    Sobre el miedo a mostrar lo creado mejor olvidarse de él. A no ser que se quiera escribir para uno mismo y guardarlo en el cajón por los siglos de los siglos. No olvidemos que en esto de la creación literaria la mesa estaría coja sin la pata que es el lector. En definitiva, carecería de sentido si no pudiéramos comunicar y compartir lo creado; sobre todo para que nuestras criaturas acaben “siendo” en las mentes de los demás. Ánimo.

    Comentario por Saltaperico | 11 enero 2010 | Responder


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