Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

EL LIBRO DEL MAGO

Recién publicada mi segunda colección de cuentos, un entrevistador novato me preguntó por el sentido de la dedicatoria: A los maestros verdaderos. Mi respuesta fue perfectamente ambigua. Lo merecen, le corté.

Qué necedad dar largas explicaciones. No las veo oportunas. Cómo podría un escritor conocido contar la historia del hombre feliz que un día le impulsó a trabajar. Sobre todo si ese hombre vivía en un pueblo perdido, hoy en día desaparecido del mapa; un pueblo de esos que llaman “fantasma”. Mi pueblo fantasma, habitado por el espíritu grande y cercano de Don Roque, su maestro.

-Chavales, los secretos se cuentan al oído, son cosa de cada uno -nos decía. Y nosotros lo buscábamos en el patio para contarle nuestras historias. Eso sí, había que hablarle despacito y con claridad. Yo creo que lo hacía un poco por enseñarnos y otro tanto para darnos importancia. Entonces, se inclinaba amablemente, cerraba los ojos, y al fin nos escuchaba con sumo interés, disfrutando cada palabra. Decía que un mago le había enseñado a convertir en rica miel los secretos que las abejitas zumbonas depositaban en su oído.

-Quien no tiene un secreto no tiene nada, ¿eh, Daniel? Aunque los secretos… si son pequeños pesan menos y se vive mejor –así se quiso despedir de mí el verano que abandoné el pueblo para continuar estudiando en la capital. Luego viví en Estados Unidos. Lo cierto es que durante muchos años me olvidé del pueblo, que se alejó hasta quedar oculto entre las brumas, y nunca más volví a ver al maestro verdadero de mi segunda colección de Cuentos Secretos, escritos sin prisas y a corazón abierto, tal como él me enseñó.

El último cuento, “La Vida Oculta”, en el que aparece la anciana obsesiva que necesita escribir antes de acostarse para poder conciliar el sueño, porque primero escribe lo que quiere soñar y luego se duerme plácidamente para soñarlo; y en sus sueños habla y habla con su esposo o con una vecina o su loro fallecido cuatro años antes, lo mismo le da, a todos los ama por igual; esta historia no es mía, es de Don Roque.

Fue el día en que creí haber perdido a mi ardilla y él se puso de mi lado. Me defendió hasta el final. Logró convencer a todos los chicos de la escuela, grandes y pequeños, de que Piña existía y había que encontrarla. Pasamos la tarde entera buscándola en el bosque. Él era el que con más fuerza gritaba su nombre. Al anochecer, se dio por vencido y aceptó que Piña no volvería tan fácilmente. Don Roque, entristecido y cansado, me acompañó a casa y me abrió la puerta más grande y más hermosa que he cruzado: la escritura.

-Si escribes todo cuanto recuerdas de Piña ella volverá.

Esa fue la primera vez que me senté a escribir, para entenderme, para soportar la pena, para recuperar a una amiga, para seguir viviendo. Esa misma noche soñé con ella, la vi tal como era. ¿Qué más les puedo contar?

Miryam Gallo

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16 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

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