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EL DÍA EN QUE SE DESBORDÓ EL MOLDAVA

¿Qué hacía Óscar Pech en el Puente de Carlos con un muerto colgándole del brazo derecho y un pedazo de lápida en la mano izquierda?

Estaba allí para deshacerse del muerto. Pensaba tirarlo al Moldava, pero era más pesado de lo que le había parecido. Seguía agarrando el pedazo de lápida, paralizado por el pánico.

¿Por qué llevaba un muerto del brazo?

Pech llevaba a un hombre muerto colgado del brazo porque acababa de matarlo en un callejón estrecho situado en algún lugar entre la Sinagoga Pinkas y el antiguo cementerio judío.

¿Quién era el muerto?

Pech no conocía con certeza su identidad. Había varias posibilidades. Puede que se tratara de un criminal, o un obrero de la construcción. Pudiera ser, incluso, fuera sencillamente de alguien que se le había acercado a pedirle fuego, o a advertirlo de que estaban a punto de cerrar el cementerio. Pech no hablaba checo, no pudo entender lo que quiera que el hombre le dijera.

¿De dónde había salido el trozo de lápida?

El trozo de lápida había salido de una lápida, obviamente. Del cementerio judío para ser precisos y para precisar aún más, de un amontonamiento del lado este que compartía espacio con ladrillos, bolsas de cemento y herramientas de albañilería. Se trataba de una fracción relativamente pequeña, pero bastante pesada, una esquina desprendida del cuerpo de mármol a causa de los malos tratos sufridos en traslados sucesivos, del desprecio de su hacinamiento en el cementerio de Josefov y de la torpeza de Pech. Era, además, el arma del delito. La lápida completa forma parte de otra historia. Por ahora baste decir que, antes de que la arrancaran de un cementerio de Berlín alrededor del año mil novecientos cuarenta, cinco mil setecientos cuatro en el calendario hebreo (aclaro esto por razones que vienen al caso y no por remedar a Joyce), había cubierto la porción de tierra que una vez acogiera el cuerpo de un familiar de Havel.

¿En qué circunstancias se produjo el crimen?

El crimen se produjo de forma insólita, casi por accidente. Havel habría sido capaz de cometer un crimen a sangre fría, pero Pech no.

¿Qué había ocurrido entonces para que acabara sobre el Moldava con un muerto y un pedazo de lápida?

Ocurrió que Pech había entrado en el cementerio, llevado por su investigación, poco antes de la hora de cierre o eso creyó al menos cuando un hombre pequeño vestido de negro se le acercó a las puertas del cementerio blandiendo un manojo de llaves. Se apresuró a llegar al hacinamiento de lápidas, donde supuestamente se hallaba la de un tío paterno de Havel. Pudo haber solicitado un registro, pero habría tenido que dar explicaciones, y no las tenía. Siguió las instrucciones de Havel y consiguió con dificultad extrema entresacar la esquina de una losa, al azar, de mitad del montón más o menos, en la que creyó distinguir los caracteres hebreos correspondientes a los años mil y quinientos. Su hebreo era limitado, el justo para que Havel pudiera decir algunas frases sueltas a sus clientes judíos. Buscaba una lápida del año cinco mil setecientos cuatro, mil novecientos cuarenta del calendario gregoriano.

¿Pero cómo llegó Pech a matar a un hombre?

Al tirar de la lápida, se resquebrajó una de las esquinas y acabó entre sus manos. Reparó en que un hombre lo observaba. Lo miró de reojo y se percató de que se trataba del mismo individuo que lo había requerido a la entrada del cementerio. No sabía si el tipo había llegado al rincón de las losas a tiempo de contemplar la profanación completa. Se asustó y escondió el trozo de lápida bajo su gabardina. Aceleró el paso hacia la salida. El hombre lo seguía. Pech comenzó a correr; el desconocido también. Se perdieron en un laberinto de calles estrechas, completamente oscuras a es hora de la tarde y, por una vez, el cansancio –no era un hombre ágil- lo obsequió con un instante de valentía. Se detuvo ante el hombrecillo y, al verlo levantar el brazo con algo brillante colgando de su mano, dedujo que se enfrentaba a algún delincuente. Agarró el pedazo de lápida y lo golpeó varias veces en la cabeza. El tipo permaneció tendido sobre el empedrado, inmóvil, con un hilillo de sangre brotando de una de sus sienes.

¿Cómo fue a parar al Moldava?

Se acercó al hombre presumiblemente muerto, mirando disimuladamente alrededor. No vio a nadie. Levantó el cuerpo como pudo y se dirigió con ambos, el tipo y el trozo de lápida, al Moldava, pensando que allí sería más fácil deshacerse del cadáver. Sonreía como un imbécil para no despertar sospechas, mientras fraguaba la mentira que contaría en caso de ser descubierto. “Llevo a casa a un amigo que ha bebido demasiado”, repetía mentalmente en un alemán pésimo cada vez que algún checo pasaba con gesto huraño a su lado. Una vez sobre el Moldava, intentó arrojar el cuerpo al agua, pero no poseía la fuerza física necesaria para elevar aquel peso hasta el borde del pretil. Lo dejó apoyado sobre la baranda y se alejó, maldiciendo a Havel y a todos sus muertos.

¿Qué fue del muerto? ¿Llegó a saberse qué fue de él?

Nunca se supo exactamente lo que ocurrió con el cadáver. Teniendo en cuenta que el suceso acaeció el día 14 de agosto de 2002, lo más probable es que fuera arrastrado por el río junto con algún turista despistado.

Pero, ¿quién era el tal Havel?

Nadie, en realidad. Havel era uno de los personajes de la primera novela de Pech, sorprendentemente publicada, y el protagonista de la segunda, que nunca vio la luz. Se encontraba a punto de perpetrar una tercera cuando se le cruzó el muerto.

¿Qué fue de Pech?

No se sabe. Aquella noche llegó extenuado al hotel y en estado de shock. Lo acompañaba un militar. Un hombre de uniforme lo había abordado a unos 100 metros del puente de Carlos cuando intentaba encontrar el camino hacia su hotel en un mapa indescifrable. Estaba confuso y asustado. Le dio la dirección del hotel y cerró la boca para no empeorar las cosas. El militar se limitó a dejarlo en el hotel y decirle unas palabras que no entendió. A la mañana siguiente, las aguas del Moldava habían inundado prácticamente la zona, y Pech no recordaba donde había aparcado el coche de alquiler la tarde anterior. Tampoco encontraba las llaves. 

Angélica González Gopar

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17 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

2 comentarios »

  1. Para sacarse el sombrero, Angélica.

    Fui incapaz de abandonar la lectura hasta llegar al punto final.

    Me ha encantado.

    Comentario por Juan Carlos González | 18 noviembre 2009 | Responder

  2. Muy bueno, todo. Pero en particular como has usado el catecismo de preguntas y respuestas.

    Comentario por Esther Fernández Guerra | 22 noviembre 2009 | Responder


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