Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

BARRERAS ARQUITECTÓNICAS

Llovía a cántaros cuando entró en una cafetería y pidió un descafeinado de máquina. Mientras esperaba a que se lo prepararan vio entrar a dos personas; una de ellas, una señora, andaba ayudándose con muletas. Se quedó mirándola y su mente retrocedió diez años, cuando ella también las necesitaba. Como en una película pasaron por su mente todo el proceso que  tuvo que seguir.

Desde hacía varios meses tenía dolores en la pierna derecha, partían desde la ingle y le costaba trabajo caminar, ya caminaba cojeando.

El médico le manda antirreumáticos y antinflamatorios, pero nada, no se mejora, sigue sin poder andar.

Deciden hacerle una resonancia y le dicen que hay que operar porque lo que tiene es  “Necrosis” o al menos eso entendió ella. Le tienen que taladrar el hueso y le advierten que tiene que estar 30 días sin apoyar la pierna en el suelo porque se le puede romper la cadera y entonces tendrían que ponerle una prótesis. Casi nada.

¿Cómo iba a estar 30 días sin caminar? Se lo tiene que pensar, pero así tampoco se puede quedar.

Que sea lo que Dios quiera –se dice.

La operan. Todo va bien mientras está en la clínica, pero como todo llega en esta vida, hay que irse a casa y ahí empieza el problema.

Cuando la llevan a casa lo primero que ve es el escalón que separa la acera de la puerta y piensa: “¡Dios mío, pero cómo ha crecido este escalón!”

La entran en casa y otra sorpresa: el pasillo para llegar al baño que siempre había sido de unos diez  o doce metros ahora, lo ve de cien o ciento veinte, -cómo va a llegar.

Le dice a su hija: “Para llegar allá lejos, mi niña, me “meo” por el camino”.

Nada, que le traen un taca-taca y ahí va con sus 65 años dando saltitos como una pulga, pero llega, pues tiene que hacer la comida para los suyos y entre el taca-taca y la silla de la cocina lo consigue.

Otra prueba que tiene que pasar: cuando la llevan al dormitorio y necesita a alguien –pues no van a estar siempre a su lado–, llama y llama y no la oyen.

Solución: una campanita que le habían traído de no sabía donde, y problema resuelto, todos oyenla campana.

Aún queda solucionar lo más peligroso de las barreras. Tiene que ir a rehabilitación y siente terror cada vez que tiene que bajar y subir para salir a la calle. Ya tiene muletas y se defiende mejor pero hay que reducir los 30 centímetros del escalón. Le dice a su marido que busque un trozo de madera y haga una especie de banquito con dos burras fuertes de forma que el escalón sea 15 y 15 centímetros, y así da dos saltitos para abajo y dos para arriba.

En fin, esta es la odisea que tuvo que vivir y que le sirvió para valorar muchas cosas,  incluida una campanita que, no sabía por qué, había conservado.

Dolores Martín Ferrera

 

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23 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

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