Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La traición de Meceo

Pablo entró en su habitación y se quitó la camisa. Estaba sudado. Llevaba todo el día trabajando y sólo quería relajarse. Su mujer, al parecer, no había llegado y aprovechó para darse una ducha. Se metió debajo del chorro de agua caliente y dejó que recorriese todo su cuerpo. Eficaz, relajante. Sin embargo, su mente se empeñaba en pensar en su mujer y en la relación que habían estado teniendo estos últimos meses. Ya no tenían sexo con tanta frecuencia y las salidas por la noche a tomar unas copas se habían convertido en noches en casa viendo una película aburrida. Imaginó la de posibilidades que habría de que ella le estuviese poniendo los cuernos y, sorprendentemente, no la consideró tan loca. En realidad, era bastante probable. Jessi era guapa y a pesar de sus 34 años, aún era capaz de atraer la atención de cualquier hombre. Mientras los pensamientos corrían por su cabeza, rápidos, recordando momentos que pudiesen dar pruebas que confirmasen su hipótesis, oyó la puerta cerrarse.

-Ya estoy aquí -anunció una voz desde el salón-. ¿Dónde estás?

-En la ducha -respondió él. Cogió una toalla.
Cuando cerró el grifo oyó el ruido de sus tacones avanzando hacia la habitación. Ese sonido habría causado una impresión distinta unos días atrás pero ahora sólo pensaba en sacar el tema de su relación como fuera posible. Salió del baño y se reunió con ella en la habitación.

-Hola -le dijo ella, sin volverse-. ¿Qué tal?

-Bien, acabo de llegar -él empezó a ponerse los pantalones-. ¿Dónde has estado?

Ella evitó la pregunta besándolo. Él la apartó.

 -Jessica, ¿dónde has estado? -repitió. Ella hizo una mueca y se separó de él.

-¿Esto es nuevo? ¿Preguntarme a cada rato dónde he estado? -Jessi parecía haber estado conteniendo todo lo que estaba a punto de contarle-. Pues me parece genial, que me preguntes, que me acoses. ¡Gracias, Pablo! Eres muy amable, pero ya me sé cuidar yo solita. Y para tu información, he estado trabajando muy duro en mi oficina. Apenas salgo y apenas tengo tiempo para comer. Ya sé que últimamente no te he dedicado el tiempo suficiente pero he estado muy estresada, ¿vale? De este proyecto depende mi trabajo y lo último que quiero son más problemas al llegar a casa. Además, me preguntas dónde he estado cuando deberías preocuparte más por tu afición a la bebida y al juego. Esas mierdas de máquinas van a acabar contigo.

Pablo intentó hablar. Se sentía fatal.

-Oye, Pablo… Ahora necesito estar sola. Lo… lo siento, ¿podrías ir a dar una vuelta? De veras que necesito pensar… lo siento –le pidió ella.
Pablo la miró unos momentos antes de irse, y después cogió su chaqueta para salir al rellano. Lo entendía, necesitaba estar sola. Iría a dar una vuelta y luego volvería. Seguro que la encontraba mejor. Cogió el coche y fue hacia la avenida principal. Allí recorrió los bares hasta decidirse a entrar en el casino. El portero de hoy no era el habitual y lo miró extrañado.

-Ya lo sé, no me conoce -dijo el portero al ver su expresión-. Soy nuevo aquí. Nunca me ha gustado estar en los casinos, pero hoy en día uno no puede ser exigente con el trabajo, ¿eh? -el hombre adoptó una expresión un tanto oscura-. Así que, por favor, espero que tenga cuidado y no se eche a perder en este lugar. Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro.

Pablo asintió, un tanto ausente y extrañado. Entró en la sala de juegos y se dirigió a las máquinas. Se sentó, como cada día, en el sillín, introdujo la moneda y apretó el botón.

Hacia las dos de la madrugada llevaba cinco cervezas y quinientos euros de gastos en juego. A las cuatro y media se había tomado cuatro cervezas más, llevaba ochocientos noventa euros de gastos y una chica se había interesado por él.

A las cinco salió del Casino con la chica cogida por la cintura, con diez cervezas de más y mil euros menos. Al salir se topó con aquel extraño portero, que lo miró como si hubiese confirmado alguna conjetura suya y le saludó con la mano.

-Oye, ¿cómo te llamabas? -le preguntó Pablo, tambaleándose.

-Laura -dijo ella, borracha, provocativa. Aunque no lo necesitaba, estaba medio desnuda cuando se montaron en el coche de él.

-Encantado, Laura -la besó y luego condujo hacia su casa.

Abrió la puerta con ella enroscada en su cintura. Cerró la puerta y la llevó al sillón. Pablo recorrió con su lengua el escote de ella. De pronto se encendió la luz. Él levantó la cabeza de entre los pechos de Laura y miró a su alrededor intentando descubrir qué había pasado. Se encontró a Jessi en el marco de la puerta, en pijama y con los ojos como platos. Describirla como furiosa era poco. Pablo se levantó como pudo, dejando a la chica en aquella posición y sin saber nada de lo que estaba pasando.

-No me lo digas, es una amiga -dijo Jessi. Su voz era serena-. Pablo, ¿qué te crees que soy? No, mejor aún, ¿qué te crees que haces?

-Yo bebí un poco más de… -intentó explicarse él como pudo.

-Me encanta que haya sido así. Has bebido y has ligado. ¿Dónde? No, no me lo digas. En el casino -su cara [¿La de quién?] lo confirmó-. Bien, y ahora dime, ¿te has gastado los ahorros que teníamos?

-¿Cuánto… cuánto teníamos? -balbuceó él. No se había acordado de que casi ni tenían dinero.

-Mil doscientos euros aquí. En el banco no lo sé. ¿Cuánto te has gastado? -exigió saber ella.

-Digamos que quedan doscientos… -respondió, avergonzado.

-¡Sal de mi casa ya! ¡No quiero verte más! -gritó ella. Él intentó calmarla y esto la enfureció más-. ¡Habla o tócame y llamo a la policía para que te saque de mi casa! ¡Y llévatela a ella también, que a lo mejor te apetece terminar lo que empezasteis!

Él cerró la boca y miró a la chica en el sofá. Ella lo entendió se levantó y avanzó hacia la puerta. Antes de irse, él la miró una vez más.

-Los mil euros los quiero de vuelta. Te llamaré para que recojas tus cosas. Y ahora, vete. Y no vuelvas -concluyó ella. Él cerró la puerta en silencio, para después oír los sollozos detrás de ésta.

-¿Quién era esa tía? ¿Y por qué te ha echado de tu propia casa? -preguntó la chica.

-Era mi mujer -la chica no lo dejó casi terminar para darle una bofetada. Y después lo dejó allí en el rellano.

Pablo sintió cómo un sentimiento de culpabilidad le inundaba. Culpa, miedo, soledad, vergüenza, y dolor en la mejilla. Pero sobre todo, un sentimiento de pérdida. Estaba sin un duro, no tenía dónde dormir y había perdido a la única mujer que había sido capaz de aguantarlo. Y entonces se acordó de las palabras del misterioso portero: “Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro”. Se dirigió al coche y volvió al casino. El hombre aún estaba ahí y se dirigió a él furioso. Lo cogió del cuello.

-¿De qué me conoce usted? ¿Qué ha hecho para que me pasase esto? -gritaba Pablo.

-Lo siento, señor. Todo esto lo ha hecho usted solo -resolvió el portero.

-“Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro” -repitió Pablo, con una mueca de impotencia. Su respiración era acelerada-. ¿Le suena?

-Escuche, usted se ha buscado su propia ruina. No culpe a la bebida, ni al juego, ni a mí. Usted ha querido que todo esto sucediera y espero que haya aprendido hasta dónde puede llegar el ansia de tener. Ahora ha perdido el amor, el dinero y el hogar. Usted es el único responsable de haber perdido a su amada Jessi -había dicho el nombre de su mujer. ¿Cómo era aquello posible? Pablo lo soltó, incrédulo. Sabía que tenía razón y eso lo devastaba. La culpa se estaba cebando con él, especialmente ahora que nada tenía sentido. ¿Cómo demonios había llegado hasta aquel punto? ¡Había engañado a su mujer en su propia casa!

Cuando el portero terminó de hablar, volvió por donde había venido. Se montó en el coche y pasó la noche dentro de él. Y mientras intentaba quedarse dormido, se preguntó cómo era posible que el portero supiese todo aquello y más aún, ¡el nombre de su mujer! Se preguntó quién podría ser aquel extraño hombre y cómo sabía esas cosas personales si nunca se habían visto.  También pensó en su Jessi y se atrevió a preguntarse que si algún día volverían a estar juntos. Intentaba quedarse dormido, pero la incertidumbre ya le había robado todo ápice de sueño.

Cristina Velázquez López

 

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23 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

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