Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Se-cre-ter-minado

Algunos dicen que la vida está hecha de encuentros y desencuentros. Yo sólo sé que ese encuentro dio un vuelco feroz a su destino.

Ella lo vio de repente, apoyado en un semáforo lluvioso. Respiró entonces el olor a polvo del sótano y sintió otra vez aquellas frías y temblorosas manos que la acariciaban en la oscuridad. Pero él miraba al suelo, distraído. No sabía si esconderse o rajarse la garganta gritando su nombre. Al fin se puso en verde y ambos se cruzaron en mitad de la calle. Cuando pasó junto a ella, la miró como quien mira pasar los árboles desde el autobús. “No me ha visto”. Y entonces fue cuando se dio cuenta: “Nunca me vio”. Siguió su camino y se adentró en el parque. A cada paso pisaba su pasado con más desprecio.

Pero las cosas a veces suceden de este modo: justo cuando el semáforo se puso rojo por segunda vez, él giró la cabeza y lo entendió todo. Había vuelto a perderla. Alcanzó quizá a ver su pequeña silueta deslizarse entre  los primeros árboles del parque, y disfrutó lenta y silenciosamente de ese dibujo, dejándolo disolverse como un azucarillo en la boca.

Jamás volverían a encontrarse. Tampoco sabrían que, fruto de este mágico y desafortunado encuentro, nacería un hermoso secreter de madera tostada.

La primera vez que ella notó cómo los pequeños cajones empezaban a abrirse y cerrarse en su interior, rompió a llorar, quizás por miedo, quizás por pura emoción. Pasaba las tardes viendo catálogos de Ikea, pensando qué cortinas poner en el salón cuando naciera para que hicieran juego o qué alfombra para protegerlo del frío. Estaba tan obsesionada que prácticamente forró la nevera de ecografías en las que apenas podían distinguirse ciertas esquinas. A veces, saboreando un té de pensamientos, se decía: “Estoy sola. El secreter jamás tendrá un padre”. Pero eso no la asustaba. Se sentía capaz de todo, en la cima del mundo.

Final primero:

Por fin llegó el gran día. Todo salió como estaba previsto. A los pocos días pudo abandonar el hospital y descansar en casa. ¡Qué espectáculo el secreter bajo la luz dorada del salón! La madera, marrón tostado, ribeteaba en figuras surrealistas por todas partes. Tres cajones se disponían a cada lado, pintados de un verde aceituna. A cada uno de ellos le brotaba en su centro una antigua y ornamentada cerradura de cobre. Bajo el firme recorrido de su amplio y suave tablero se erguían cuatro patas del ébano más negro, dibujando pequeñas ondulaciones en sus extremos. Era el secreter más hermoso que había visto nunca.

A partir de ese momento, Alejandra Pizarnik no dejaría de escribir poemas en él ni una sola noche, pues así es como ella había entendido ese regalo del destino. Sobre él se quitaría la vida el 25 de septiembre de 1972, dejando que su sangre se filtrase entre las vetas de la madera como tantas otras veces lo había hecho la tinta de su pluma.

Final segundo:

Y así fue como el secreter nació inmerso en el amor y la ilusión materna. Ella lo limpiaba a diario y ordenaba siempre todos sus cajones. Llevaba la llave de éstos guardada en un bolsillo junto a su pecho. Los primeros años transcurrieron serenos y felices.

Hasta que ella volvió a quedar encinta. No se lo esperaba. Fue el médico quien, tras un examen rutinario, le dio la gran noticia: ¡Nada más y nada menos que un armario empotrado! ¡De cuatro puertas! Al principio le costó hacerse a la idea, pero luego todo eran risas con las vecinas y preparatorios. El secreter la miraba silencioso y cabizbajo desde un recodo del salón. A medida que avanzaban los meses, andaba cubierto de olvidos. Extrañaba tanto sus cuidados… Cada vez más triste, se consolaba releyendo antiguas cartas ya amarillentas.

Era de esperar. Las cosas no iban jamás a ser como antes. Y si bien el secreter era de madera tostada, cajones verde aceituna y patas de negro ébano, el recién llegado armario empotrado era de un naranja encendido. Como una sonrisa de fuego en mitad del salón. Tuvo que remodelarlo todo: las cortinas, los manteles, el forro de los sillones. También había que tirar las cosas viejas que ya no se usaban y no tenían sentido ocupando sitio sin más.

Así fue como el secreter acabó en el vertedero. Rodeado de lavadoras destripadas y televisores epilépticos. De vez en cuando pasaba por allí una rata. A veces, le roía una esquina.

Final tercero:

Por fin llegó el gran día. Pero hubo complicaciones. Algo salió mal, nunca se supo exactamente el qué, pero el secreter no era tal y como todos esperaban. Algunos de sus cajones eran demasiado pequeños como para que una mano humana pudiera abrirlos. Varias de sus esquinas estaban carcomidas y una de sus patas era más corta que las demás, así que tuvieron que ponerle un libro de Ken Follet debajo para mantenerlo erguido. Ella lloró amargamente durante semanas. ¡Aquel secreter no era normal! ¡Daba tanta grima sentarse a escribir en él cualquier cosa! Cuando por fin aceptó su discapacidad se dirigió a los organismos y asociaciones competentes. Así su secreter no se sentiría solo y discriminado.

Años más tarde le darían un trabajo adaptado a su enfermedad. Allí conocería una silla con el respaldo torcido pero con las patas del color de la lluvia.

Tania Rodríguez Suárez

 

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23 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

11 comentarios »

  1. Qué maravilla de escrito y qué pedazo de trabajo de estilo.

    Me gusta todo el texto. En particular, la forma en la que logras dar ‘vida’ a un objeto inanimado, consiguiendo que el lector vea al secreter como un bebé, y, también, cada uno de los párrafos finales de cada uno de los tres finales posibles.

    Te felicito.

    P.S. Lo de usar un libro de Ken Follet para calzar una de las patas, es desternillante.

    Comentario por Juan Carlos González | 24 noviembre 2009 | Responder

    • Muchisimas gracias Juan Carlos!! me alegra muchisimo q te guste el texto, yo me lo pasé muy bien escribiéndolo!! a ver si tengo tiempo para leer los cuentos de los demás, es una pena que tampoco me sepa los nombres para saber de quien es cada uno! … (y si, esa frase no sé si es cacofonía o cómo se llama técnicamente, pero la sonoridad quiere recalcar lo aplastante del sentimiento)

      Comentario por Tania | 24 noviembre 2009 | Responder

  2. Al final del segundo párrafo leo:

    “A cada paso pisaba su pasado con más desprecio”.

    ¿Es cacofonía o algún efecto estilístico que yo no capto?

    Comentario por Juan Carlos González | 24 noviembre 2009 | Responder

  3. Muy bueno, Tania.
    Sabes que eres una de mis escritoras favoritas 😉 está muy bien en conjunto. Me gusta especialmente el último final con esa imaginería poética de sueños rotos y vertederos de basura.

    Felicidades y gracias.

    Comentario por Nast Marrero | 24 noviembre 2009 | Responder

    • Gracias a ti por ser inspirador activo 😉

      Comentario por Tania | 24 noviembre 2009 | Responder

  4. ¡Precioso! El primer final es… ES

    Pero como yo soy así de morbosa, me gusta mucho el segundo.

    Comentario por Esther Fernández Guerra | 24 noviembre 2009 | Responder

    • jajaja también yo debo ser una morbosa, me ha gustado mucho sexo y taxis!!

      Comentario por Tania | 25 noviembre 2009 | Responder

  5. Hola Tania. Tu relato es de tal complejidad que se a hacer comentarios,por eso me he atrevido a hacerlos yo.Me encantó el comienzo, tiene todos los ingredientes de un relato romántico. Luego la historia deriva en sucesos surrealistas que parecen no guardar relación con ese incio tan meláncolico. Es cierto que así fue cómo el profe lo sugirió,pero la historia parecía que iba a transportarme a un acontecimiento más real.No obstante me pareció fantástico, a mí al menos me impactó,nadie se lo espera. Lo del libro de Follet, lo encontré brillante. Te felicito.Mercedes

    Comentario por mercedes arocha | 25 noviembre 2009 | Responder

    • Muchisimas gracias Mercedes, es muy importante y enriquecedor para mi que compartas tu opinión e impresiones conmigo, estoy segura de que aprenderé mucho y seré consciente de fallos o aciertos gracias a ello!!

      Comentario por Tania | 29 noviembre 2009 | Responder

  6. parece que me salté una palabra en la primera línea. La frase correcta sería: que se presta a hacer…

    Comentario por mercedes arocha | 25 noviembre 2009 | Responder

  7. jajaja no t preocupes, lo habia entendido!

    Comentario por Tania | 4 diciembre 2009 | Responder


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