Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Vida nueva

Acabar con todo lo superfluo, lo que sobra, lo que estorba, lo que pesa, lo que crece perenne, como la ropa en el ropero. Eso lo haré mañana. Cris, cris, cris, cras. Cae una. A la una lo vi por primera vez, entró al local y se sentó en la barra, miró con deseo a todas las chicas y se decidió por la pelirroja, cuando esta llegó a su lado se giró para pedirme la bebida, y entonces me vio, y lo vi. Nos vimos. Cruzamos nuestras miradas. Sonrojado, pagó la consumición de la chica y se fue sin beber ni decir nada.

Sin pena, sin sentimentalismos absurdos, evitando la emoción del momento, y sobre todo evitando recrear las emociones que me produjeron cuando los leí, releí, y algunos re-releí. Quemar todos los libros en la chimenea, así servirán para algo. Eso lo haré mañana. Cris, cris. Van dos. A las dos vino por segunda vez, fue una sorpresa, pensé que le daría vergüenza volver, y volvió a marcharse sonrojado, dejando a la chica, y dejando sus ojos en mis ojos.

Sacar una a una todas las fotos de todos los álbumes y con unas tijeras pequeñitas cortarlas en pedacitos simétricos, pedacitos que empiezan en mi bautizo y acaban después de mi divorcio. Luego desordenarlos todos y tirarlos por la ventana. Eso lo haré mañana. Sin prisa pero sin pausa, como estoy haciendo ahora: Criiiiiis, ya son tres. A las tres llegó la tercera vez, yo llevaba mucho tiempo esperándolo, y esta vez me sonrojé yo también. Hasta el alma; pero no por nada, yo no tenía de que avergonzarme, yo solo era la camarera que le servía la copa a la pelirroja antes de que él, mirándome colorado, se fuera.

Con decisión, sin pensar en el tiempo y dinero invertidos, coger la colección de monedas, acercarse a la esquina, y dejarlas caer una a una por la rejilla de la alcantarilla; incluso las que tengo cuadradas, incluso las de plata, incluso la de oro. Eso lo haré mañana. Cris, cras. Cuatro. La cuarta vez llegó a las cuatro. Sabía que vendría, pero no sabía cuando, era imprevisible; lo mismo pensaba la pelirroja, aunque no lo decía; lo importante aquí no era la boca, sino los ojos, y cada vez que repetíamos el ritual, la pelirroja nos miraba mezclando extrañeza y embeleso.

Romperlos primero, eso es lo que tengo que hacer con los cedés y los vinilos antes de tirarlos a la basura; no quiero que cualquiera pueda escucharlos, ni mucho menos venderlos en un mercadillo sin que yo me entere, no me gusta que la gente se aproveche de mí, al fin y al cabo son míos. Romper y tirar cedés y vinilos. Eso lo haré mañana. Cris, cras, cris. Ya terminé una parte. La quinta vez que vino, vino a las cinco, con el local en plena ebullición; es increíble como podemos mirarnos dos personas en medio de una multitud y sentirnos a solas; ningún otro contacto físico logra la intimidad que se crea con la mirada, capaz de provocar incluso el sonrojo.

Como ya no lo beberé, no lo beberemos, lo mejor será derramar las botellas de vino por el fregadero; tantas de mis ilusiones han sido tragadas ya por los desagües que una más que más da. Eso lo haré mañana. Craaaaaas. Seis, ya queda menos. La sexta vez que lo vi eran las seis, y yo sabía que vendría, era la primera vez que alguien venía al local por mí, por la sensación que yo le provocaba, y ese pensamiento me hacía sonrojar de placer.

Hidratante, nutritiva, limpiadora, antiarrugas, … todas al váter, son mentira, mira que me las he puesto, pero desde la primera vez que lo vi hasta ahora solo he ganado en rictus y patas de gallo cada vez que lo he visto ha sido una marca mas en mi cara. Al váter. Eso lo haré mañana. Cris, cras. Que rápida voy, siete. La séptima vez que vino estaban dando las siete, hora de cerrar, pensé que me esperaría y me invitaría a desayunar, pero no, solo invitó a la pelirroja a la copa, y como siempre, tras hacerlo y mirarme le cambió la cara de color. Se marchó. Eso fue todo.

Tanta película para nada, ya no se hacen finales felices, dicen que el cine de ahora imita a la realidad, o sea, que cuando ves una película estás viendo tu puñetera vida, con lo cual sabes que la película es una mierda y acabará como tal. Acabar de una vez y para siempre con todos los deuvedés. Eso lo haré mañana. Cras, cras. Ocho, ya estoy terminando. La octava vez que vino solo eran las ocho, hora de abrir, era el único cliente, la pelirroja aún no había llegado, así que era un momento propicio para hablar, o sonreír, o algo…pero nada, la buscó con la mirada, y aunque no estaba pidió su copa, y al pedirla se sonrojó, como si yo lo hubiera visto con ella.

Llega una edad en la que es absurdo maquillarse, el paso de la vida por encima, como el de un tren, es indisimulable, no hay maquillaje que recomponga el cadáver, además, cada vez me da mas pereza fingir, por tanto, tirar todo el maquillaje que tengo, que es mucho y variado. Eso lo haré mañana. Cras. Nueve, ya solo me queda una. La novena vez que vino eran las nueve, pensé que no tendría familia, nadie con quien cenar, y sentí un retortijón de hambre en el estómago, ¿o era la emoción de volverlo a ver? La pelirroja no debería beber con el estómago vacío, pero no se puede rechazar la invitación de un cliente, por muy mono que sea, por mucho que se sonroje…

Escribir poemas, ¿habrá actividad más banal? Es realmente estúpido, los poemas hablan de sentimientos, de sensaciones, de cosas del corazón, y es un lastre tener corazón, a nivel emocional no sirve para nada, es un estorbo, los poemas, el corazón, si no tienes cuidado crecen, se multiplican como la ropa en el ropero. Quemar todos mis poemas, los que escribo desde niña, disolver las cenizas en un gran vaso de agua y bebérmelo. Eso lo haré mañana. Craaaas, cris. Diez, punto y final. La décima y última vez que lo vi eran las diez, desde la vez anterior yo había estado, noche tras noche, manteniendo la ilusión, la esperanza, y pensando: “Cuando vuelva le entro, le entro yo ya que él no se atreve; no se atreve a nada, es tán tímido…” E iba a hacerlo, iba a entrarle después de servir la copa, pero no me dio tiempo, cogió a la pelirroja del hombro y la llevó escaleras arriba del local, alas habitaciones, ¡Y no se puso colorado! Cris, cris, cris, cris, ahora cortar las pielecillas, loas pellejitos, que afean tanto, las cutículas y asunto concluido.

Unas tijeritas de punta afilada siempre son necesarias en una casa, tienen muchas utilidades, por ejemplo, se pueden clavar limpiamente en el corazón de un hombre, a la puerta de un local cualquiera, a cualquier hora, y si las manos que las clavan llevan guantes, el único indicio posible es una mancha colorada sobre el pecho del cadáver.

Ana Vanderwilde

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23 noviembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

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