Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

HH. AA.

Allí estábamos los cuatro, con caras de circunstancias, mirando aterrados el sobre que sostenía Enrique, convencidos de que encerraba la terrible verdad que todos conocíamos, pero no nos atrevíamos a pronunciar: cáncer.

-No me siento con fuerzas para abrirlo -dijo Enrique-. Si alguno quisiera hacerme el favor…

-Yo no creo que pueda -rehusó circunspecto Matías-. Ya sabes, tengo el corazón débil y una mala noticia como ésta podría matarme.

Roberto declinó gentilmente la apertura del sobre con un gesto: “Mi hipertensión”, se excusó. Sí, ya sabíamos, su hipertensión, que precisamente la noche anterior le había dado un buen susto y le había tenido casi tres horas esperando en la sala de urgencias del ambulatorio al inútil del médico de guardia, que lo había despachado en dos minutos diciéndole que no había sido más que un ataque de ansiedad. Ni analítica, ni electro, ni derivación al médico de cabecera. ¡Una vergüenza!

-Sólo quedas tú, Felipe. ¿Te importaría?

-Hombre, si no hay más remedio…, aunque ya sabes que también ando delicado del hígado, un tumor con total seguridad. Dentro de una semana, que se me hará eterna, me entregan los resultados de la ecografía. Pero, anda, dame. Hoy por ti y mañana por mí. Y que sea lo que Dios quiera.

Abrí con solemnidad el sobre, como si fuera un juez que estuviera a punto de leer una sentencia de muerte.

-¿Y bien? Dímelo sin rodeos. Prefiero enfrentarme a la verdad por dura que sea, a vivir engañado hasta el momento final.

-A ver, bla, bla, bla…, megacisterna magna

-¡Oooh! –replicaron con espanto los otros.

-Lo sabía -dijo Enrique visiblemente alterado, echándose manos a la cabeza-, sabía que había algo malo ahí dentro. Y dice si es muy grave eso. ¿Moriré pronto?

-… por lo demás –continué leyendo–, los resultados se hallan dentro de la normalidad, no apreciándose signos patológicos …

-¿Quieres decir que no hay tumor cerebral?

-No, parece que no.

-¿Ni un derrame, ni un coágulo?

-Pues tampoco.

-Y eso de la cisterna, ¿será más grave que un tumor cerebral?

-Pues no lo sé. No nos pongamos en lo peor…

-Yo he leído algo sobre eso –intervino Matías-, creo que puede presionar el cerebelo y producir taquicardias, o algo así; o darte convulsiones. Al principio, pensé que mis arritmias podían deberse a alguna presión sobre el cerebelo, pero no; al final, como sabéis, lo mío no tenía que ver con eso. Es más grave, intuyo.

-Ahora que lo dices, a veces tengo palpitaciones. Yo lo achacaba a la cosa valvular –indicó Enrique, mientras sacaba el frasco de tranquilizantes del bolsillo de la chaqueta y se ponía uno debajo de la lengua.

-También tiene que ver, el cerebelo digo, con los movimientos musculares involuntarios -agregó Matías-, ya te digo, convulsiones y eso.

-¿El médico en casa?- pregunté.

-No, la “Wikipedia”-aclaró Matías.

-Ah.

-¿Quiedes decid que eso puede provocadme una epidedsia, un Padkinson o adgo así? -indagó Enrique, a quien apenas se le entendía palabra porque no podía mover la lengua para evitar tragarse el tranquilizante.

-O una esclerosis múltiple… ¿Podría producir esclerosis múltiple? –inquirió temeroso Roberto.

Sentí, de pronto, como toda la sangre de mi cuerpo subía hasta la cabeza y se me agolpaba entre las sienes.

-¡Esclerosis múltiple! Acabo de recordar -les dije, casi en estado catatónico, mientras buscaba apoyo en el respaldo de una silla- que un tío de mi mujer murió de eso precisamente. ¿La habré contraído? ¿Y si la flojera del verano pasado no se hubiera debido a un virus tropical, como creí, sino a una crisis de esclerosis múltiple? Y como yo nunca he estado en el Caribe…

Me miraron compungidos y resignados. Se acercaron a abrazarme. Sí, claro, ellos ya habían pensado en esa posibilidad.

-Cuando a uno le toca, le toca. Sé fuerte, Felipe, sé fuerte. Recuerda cuando sospeché que era seropositivo, con aquel sarpullido por todo el cuerpo que parecía sarcoma de Kaposi. Me armé de valor, se lo conté a mi novio y me fui unos meses de casa para no contagiarlo. Viví solo y en silencio mi enfermedad. ¡Menos mal que resultó ser una intoxicación alimentaria!

Asentí. Sí, Roberto nos había dado a todos una lección de valentía y serenidad. Aunque a Dionisio, su novio, le pareciera que si Roberto tenía motivos para creerse contagiado, por algo sería. Aquello acabó con siete años de feliz convivencia. Lo que es no comprender que una enfermedad se coge como y donde menos uno se la espera, que te acecha agazapada en cualquier rincón hasta que, por fin, te atrapa y te destroza, sin que puedas hacer nada por evitarlo.

-Y mi hepatitis Bnos recordó Enrique-. Iba siempre al lavabo con mi botellita de lejía para no contagiar a nadie en la oficina. ¡Y, encima, me tomaban el pelo los compañeros de trabajo!

¡Pues claro que lo recordábamos! Le dijeron que era estrés, pero nosotros sabíamos lo que era en realidad. Como el cáncer de pulmón que fulminó a Oliverio, que en paz descanse. Su mujer, obviamente enajenada por el trágico suceso, nos dijo que había muerto de puro pánico dos días antes de que le dieran los resultados de las pruebas. ¡Pobre ingenua!

Me preguntaba si sería yo el próximo, cuando entró en la sala el doctor Godoy. Nos apresuramos a esconder donde y como pudimos los ansiolíticos, hipotensores, psicotrópicos, antibióticos, analgésicos, antipiréticos… En fin, todo aquel pequeño arsenal de fármacos que, por previsión o por tratamiento, llevábamos siempre con nosotros, y cuyos efectos y resultados anotábamos escrupulosamente en nuestras respectivas libretitas para poder intercambiarnos fielmente la información (una estupenda idea de Roberto, siempre tan organizado).

-Y bien, ¿cómo andamos hoy? -nos interpeló Godoy que, por cierto, traía mala cara.

-Pues, ya ves Godoy -tomé la palabra-. Pachuchos, como siempre, y con malas noticias.

-¿Y sobre quién esta vez?

-Señalamos a Enrique que sostenía apesadumbrado el sobre con los resultados de su resonancia craneoencefálica:

-Megacisterna magna y probable tumor cerebral.

-A ver, dame eso. Enrique, no tienes nada. Esto no es una enfermedad, sino una malformación congénita. Y, en cuanto al tumor cerebral, ¿por qué crees tenerlo? ¿De dónde has sacado esa idea?, ¿House, Anatomía de Grey, Hospital Central?

-De un episodio antiguo de Urgencias. Lo repusieron hace tres semanas. Un inmigrante mejicano en estado terminal. Mis mismos síntomas, y el Clooney se lo diagnosticó nada más verlo: tumor cerebral. Ya le digo –cuando se enfadaba, Enrique tenía por costumbre tratar de usted-, los mismos síntomas. Y, además, que sé yo si esa resonancia se equivoca. No, si ya me parecía a mí que aquella chatarra de máquina no funcionaba. Y perdone usted, pero ¿quién dice que por ser congénita mi mega-lo-que-sea no pueda ser mortal?

Todos asentimos. Las consideraciones de Enrique se encontraban dentro de lo razonable.

-Señores, ¿cuántas veces les he dicho que tienen prohibidas las series de médicos? No quiero que vean ni un solo episodio más. ¿Entendido? ¡Cuántas veces tendré que repetirlo! Vamos a ver, ustedes no padecen ninguna enfermedad crónica, ni terminal, ni degenerativa. Su única enfermedad está aquí -dijo señalándose la frente-, y yo no puedo ayudarlos a superarla si ustedes no colaboran –nos sermoneó visiblemente irritado Godoy, devolviéndonos el trato de usted con el que Enrique se había dirigido a él.

El doctor Godoy –que, dicho sea de paso, no era doctor en medicina sino en psicología (¿hace falta aclararlo?)- estaba sudoroso y pálido, y como masculló Roberto, que se había sentado a mi lado, tenía además unos sospechosos granitos que le bajaban por el cuello, desde la barbilla hasta la clavícula izquierda, y una bolsa en el labio superior, repugnante, la verdad.

Sarpullido, herpes, irritabilidad… Sífilis, sin lugar a dudas.

Todos sabíamos que Godoy tenía fama de promiscuo e irresponsable, como casi todos los psicólogos. Y a saber cómo se contagiaba la dichosa enfermedad. Yo ya empezaba a sentir unos picores extraños en la entrepierna.

Tendríamos que ir pensando en abandonar la terapia. Mientras tanto, lo mejor sería mostrar indiferencia, ir poniendo excusas para no asistir hasta acabar desapareciendo; y, por supuesto, llegar un poco antes a las pocas sesiones más a las que nos atreviéramos a acudir a fin de esterilizar las sillas antes de sentarnos. Cualquier precaución es poca, y nunca se sabe qué trasero se ha sentado en tu silla antes que el tuyo.

 Angélica González Gopar

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1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

Sinfonía para una mente rota

La soledad la carcomía por dentro. Abrió las puertas del armario y una por una fue sacando todas las prendas de color. Primero la amarilla. Verde, Roja, Azul, Blanca, Naranja. Ya sólo quedaba un pequeño montón de ropa gris y negra. Se ahogaba y rompió a llorar sobre el vestido negro. Se recostó en el suelo y rodó hasta meterse dentro del armario, debajo de los cajones. Pasó mucho tiempo ahí dentro, quizá un día, quizá dos.

El calor fue lo que la despertó. Abrió los ojos y alzó la vista. Estaba muerta. Tenía que estarlo porque aquello era el infierno. De pronto, una llama alcanzó el armario y se percató de que era real. Las llamas contagiaban todo su calor, mientras ella, con un torpe caminar, salía de la casa. Negro. Eso era lo único que le quedaba, una casa llena de negro, pero vacía.

Pasó las siguientes semanas en casa de su amiga Luisa, en un estado prácticamente vegetal. Comer; dormir; comer; baño; dormir; baño; comer; dormir. Vomitar. Vomitarlo todo. A ninguna de las dos se le ocurrió que Olga pudiera estar embarazada, pues a su edad era, supuestamente, imposible.

Hacía muchos años que Olga había perdido toda la esperanza de ser madre, por eso no le importó que su bebé fuera rectangular y tuviese cuatro patitas. No estuvo segura de lo que era hasta el día del parto. Fue doloroso, y, por imposibilidad geométrica, le tuvieron que hacer la cesárea. Un secreter. Una mesita con las patitas enrolladas y unas difusas líneas donde se desarrollarían, más adelante, los cajones.

Olga lo alimentó con sus palabras. Y sus secretos. No le contaba solamente lo que vivía a diario, sino también aquellos oscuros secretos que pensó que tendría que cargar en soledad y en silencio. Pero eso no era suficiente para el Secreter, y se sentía solo, su madre no le dejaba tener amigos, y ningún otro ser humano sabía de su existencia. Su único amigo era un gatito azul que, siempre que Olga volvía a casa, salía por el agujero de la ventana.

Un día cuando Olga volvía de su paseo matutino por el parque, vio una muchedumbre alrededor de la puerta de su casa. También estaba la policía. Se asustó. Se acercó poco a poco, y al llegar a la altura de la cinta se le encogió el corazón. Toda la acera estaba llena de fotografías de su difunto esposo y de papeles firmados por ella… Un policía muy alto se le acercó y le preguntó: “¿Es usted Olga Curbelo, viuda de Antonio Sánchez?”. Ella sólo pudo asentir con la cabeza. Entonces el hombre sacó unas esposas de su bolsillo y sentenció en voz alta: “Señora Curbelo, queda usted detenida por el asesinato de su marido Antonio Sánchez. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra ante…”.

Final alternativo 1

Tres semanas habían pasado sin que se supiera nada de aquella viuda del 2º piso cuando los vecinos decidieron irrumpir en la casa. Todo estaba intacto, dormido bajo una capa de polvo, pero intacto. Sólo había un objeto que rompía con la armonía de la casa. Un secreter destrozado y una enorme hacha sobre él.

Final alternativo 2

Con el  tiempo Olga comenzó a sospechar que el Secreter tenía un amigo. Actuaba de una manera diferente con ella, ya no ansiaba tanto su compañía y, hasta juraría, que no la escuchaba de la misma forma. Esa situación hizo que Olga se volviera más estricta con el Secreter, y que llegar a casa fuera como tumbarse en una cama de clavos. Ya no dormía, esperando a oír llegar al amigo del Secreter. Cuando salía se quedaba un largo rato detrás de la puerta por si llegaba “el amigo”. El Secreter apenas se percató de esas acciones dignas de pacientes de un centro de psiquiátrico, ni siquiera imaginó que Olga sospechaba que cuando ella se iba él tenía compañía. No lo sospecho hasta que lo supo. Y lo supo al mirar una tarde por la ventana y ver un bulto azul con cuatro patitas tirado en medio de la calle, y a Olga volviendo a casa con una impecable sonrisa.

Esther Fernández Guerra

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 7 comentarios

El secreto

Se apoyó amorosamente sobre el secreter, su hijo. No estaba repuesta de la sorpresa, el regalo de Navidad de Secreter ese año era muy, muy brillante. Tenía asido fuertemente su viejo y olvidado bolso azul, que estaba algo roído por los ratones que pululaban por doquier. No en balde, la casa era vieja; casi tanto como ella. El amanecer, aún lejano, le traería la luz que necesitaba.

Miró el bolso de nuevo, como si nunca lo hubiera visto antes. También miró a Secreter, con tantos diminutos departamentos. Nunca se le ocurrió abrir los cajoncitos de su hijo, le parecía una intromisión en su intimidad.

Fue él mismo quien le regalaba  la apertura espontánea -por Navidad- de un cajoncito cada vez.

Secreter nació el día 24 de Diciembre, el día de Navidad. Él no entendió jamás que su madre no fuera una mesa oblonga, ni siquiera una cómoda… Ella nunca le hablaba del tema, ni del parto, ni de su padre  -creía que él no entendería-,  pero le mimaba y le daba brillo, y una vez al año le lijaba y barnizaba. Le gustaba mucho esto y, aparte de las cosquillas, le hacía sentir muy querido. Por eso le daba poco a poco a su querida madre los secretos que guardaba en cada departamento, y que la gente que visitaba la casa (y era mucha) le dejaba para que utilizara a su criterio: este año le abrió el cajón más plano que tenía.

Y ella pudo ver que dentro había una pequeña lista. ¡Esa era una gran sorpresa! Jamás imaginó que su hijo supiera tantas cosas, fue recorriendo con la vista la lista, que tenía varias frases y se quedó con la siguiente: “Busca el bolso azul y mira dentro”. Lo buscó, miró en el interior y tocó unas piedras duras, muy duras. La luz de la vieja lámpara era insuficiente para verlas y salir de dudas, por lo que esperó al amanecer.

Llegó al fin el amanecer con su luz clara, tomó una piedra, la observó… Las tomó todas y las dejó caer en su regazo formando una pequeña  y rutilante lluvia de diamantes. 

 Teresa García Castillo

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La curiosidad mató al gato

Estaba obsesionada con aquel mueble. Pasaba una y otra vez ante el escaparate  valorando cada detalle de la madera, su forma, textura y color. Sabía que ese anticuario era carísimo, y seguramente sería inaccesible para ella. 

Un día se armó de valor y entró, disimuló dando vueltas por la tienda hasta que llegó al secreter. No se preocupó de mirar la etiqueta, pues supuso que no podría pagarlo, pero sí lo tocó, con una suave caricia, luego empujó despacio  la puerta de fuelle, dejando ver en su interior la intimidad del mueble. Era de una belleza extraordinaria. Contenía cuatro cajoncitos a ambos lados, uno pequeño central y debajo una parte hueca, todo terminado con serigrafías adamascadas. Totalmente absorta con el mueble, abrió uno de los cajoncitos enterrándose una pequeña astilla en el dedo. Intentó quitársela con los dientes pero no pudo, así que, de mal humor, cerró el mueble y se fue de vuelta a casa.

Pasaron tres semanas desde la visita al anticuario y empezó a sentirse mal. Tenía náuseas producidas por un intenso sabor a barniz en la boca, y además notaba cómo se le iba abultando el vientre, no de manera redondeada, sino más bien alargada y cuadrada.

Al mes, su vientre era igual que un cajón. Se pasaba el día encerrada en casa por la vergüenza, hasta que llegó la noche en que comenzaron los dolores. Primero como suaves contracciones, luego más intensas y seguidas y con dolores de empuje.

Se puso en cuclillas en la bañera y aprovechando una contracción empujó fuertemente: asomaron cuatro patas torneadas. Pensó que se desmayaba, pero no, siguió y siguió y, en una segunda contracción, expulsó el mueble entero.

Era una miniatura del secreter que había visto en el anticuario. Mas ilusionada que absorta, por lo insólito de la situación, lo limpió y lo puso encima de la alfombra. Se baño, vistió y salió a la ferretería a comprar lo necesario para el recién parido.

En una cesta colocó un bote de syladecor, barnices, aceites y lijas finas y gruesas, y lo colocó junto al mueblito. Cada mañana le daba los productos necesarios para que fuera creciendo fuerte como un roble. Aún los cajoncitos no estaban bien formados y no se podían abrir.

A los tres meses el secreter tenía una altura de un metro, y presentaba un magnífico aspecto. Ya iba siendo hora de empezar a meter cositas. Abrió el cajoncito superior del lado derecho y encontró que en uno de los nudos había un bultito rojo, como si de una gotita de sangre se tratara. Empezó a frotar con un pañito, pero la gotita no salía. Sin darle la mayor importancia siguió llenándolo.

Una mañana fría de invierno la despertó el llanto de un bebé. Puso atención para oír de dónde procedía y vio que era del interior del secreter, de aquel cajoncito, el superior del lado derecho.

Alicia Rodríguez Verona

 

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Mi amigo Hans

En más de una ocasión estuve tentado de contártelo, pero al mismo tiempo me parecía tan absurdo que decidía olvidarlo para evitar que te rieras de mí. La primera vez fue sólo su sonrisa burlona mientras se mofaba de mis pintas de empollón regordete en el colegio. Evidentemente, me hizo mucha gracia recordar aquel sueño por la mañana. Habían pasado tantos años desde entonces que apenas me acordaba de que en algún momento lo llegué a ver como un niño odioso. Además, después de todo, probablemente por aquellas burlas empezó nuestra amistad. La relación entre Hans y yo no fue cualquier cosa, él siempre se ha encargado de apoyarme, de protegerme… Siempre ha sido un amigo incondicional. En algún momento llegué a pensar que tampoco tenía que ocuparse de alejar al resto de los chicos, pero su aprecio era tan grande que pude entender que me quisiera sólo para él. Cuando apareciste tú la cosa cambió; eras la chica de mis sueños, y en cuanto le conté que me moría por tus huesos se las ingenió para acercarnos. Después vino aquel sueño: mi hermano era atropellado por un camión en medio de la noche, en una zona donde no había tránsito peatonal. Nunca supe que hacía Robert andando a las tres de la madrugada por la autovía. Robert era el que siempre daba la cara por mí ante situaciones complicadas. A Hans nunca le cayó bien, decía que se las daba de héroe… En realidad nunca terminaron de gustarse. También hubo una época en que soñaba con mis padres, siempre la misma escena. Ellos venían a casa sólo por los cumpleaños y por las navidades. Aquella víspera de cumpleaños la había vivido casi todas las noches durante los últimos once meses. Me asaltaba la escena de la explosión de la bútsir cada vez con más frecuencia, aunque no le prestaba atención, ya que ellos no usaban cocina de gas desde hacía años. No he podido asimilarlo, fue una tragedia que, tal vez, pude haber evitado. Podían haber venido una semana antes del apagón. A partir de aquel momento empecé a relacionar ciertas ideas. Cada vez que sentía una emoción intensa con alguien me iba a la cama con el trasteo y terminaba soñando. La última conversación que tuve con mi madre fue bastante molesta, aunque daba por sentado que todo quedaría en el olvido. Pero daba la casualidad de que Hans siempre estaba allí, a mi lado, y al poco tiempo aquella persona con la que me había disgustado desaparecía tal y como yo lo había soñado. También ocurrió cuando mi gato apareció envenenado el día después de haberme enfadado con él porque se había comido el jamón que tenía en la mesa para hacerme el bocadillo. Y con mi loro, mi amigo Fran… Pero al mismo tiempo me decía que debía ser una paranoia. Hans ha sido siempre mi mejor amigo. Él siempre decía que su misión era hacer realidad mis sueños. Por eso aquella anoche me hice, al acostarme, el firme propósito de soñar con Hans.

Pepa Marrero

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Amnesia

Cuando comencé mi trabajo de taxista, tenía la ilusión de convertirme en cualquier momento en Robert De Niro. Poco a poco mi esperanza se fue difuminando, las noches de mi ciudad no se parecen en nada a las de Nueva York y, por suerte, yo tampoco acababa de participar en la guerra de Vietnam. Me resigné pensando que lo mejor que me podía pasar era ser un taxista normal y corriente.

Hace dos años que transito con el taxi por las calles nocturnas. Su propietario me lo alquiló por horas. No era un negocio muy rentable para mí, pero era el único trabajo al que podía acceder por entonces. Además, llevaba más de seis meses en paro y aunque vivo solo, tengo mis necesidades como cualquier hombre.

Una mañana, cuando me disponía a pasar la aspiradora para entregar el coche limpio e impecable a su dueño, me encontré con una gran sorpresa. “Esto es más interesante que Taxi Driver”, pensé. Debajo del asiento de la parte trasera, había un zapato de mujer. Era un calzado sencillo, pero elegante, cerrado, de color marfil, parecía de novia, fruncido en su parte delantera y adornado con una discreta hebilla. Primero pensé que podría haber caído de alguna bolsa por descuido a cualquier señora un poco despistada.  Pero me di cuenta que estaba usado. “¿Quién podría perder un zapato? ¿Quién será esta delicada Cenicienta?” Decidí llevarlo a casa. Lo dejé en la entrada, junto a la puerta. En la cama traté de recordar a las personas que había llevado en el taxi durante la noche, pero pronto el cansancio me derrumbó, y debí quedarme dormido. Me dolía todo el cuerpo.

Cuando me levanté, era cerca del mediodía. Al bajar de la cama, el zapato estaba a mis pies y Pérfido, mi pequeño siamés, lo mordisqueaba y olía con cierta ansiedad. Me duché y bajé al bar a desayunar. Mientras el camarero me traía el café, eché un vistazo al periódico. Quedé impactado cuando leí el titular de una noticia: Hallado el cadáver semienterrado de una mujer ”. Continué leyendo: “La víctima, aún sin identificar, es una mujer joven con signos corporales de haber sufrido una violencia extrema. El único elemento de su vestimenta, un zapato, calzado en su pie izquierdo”.

Mi primer pensamiento fue acudir a casa, coger el zapato y llevarlo a la policía. Pero imaginé cómo sería el interrogatorio y abandoné la idea. Intenté de nuevo hacer memoria, y traté de recordar a las personas que habían subido al taxi durante la noche: “A ver…, al empezar la carrera subió aquella señora mayor que dejé en el hospital, la pobre me habló de su marido que estaba muy grave… A las cinco de la mañana, llevé a una pareja de jóvenes al aeropuerto. Mi último cliente fue un señor canoso, recuerdo que llevaba un maletín de trabajo, lo dejé en Hacienda. Pero…, ¿a quién llevaría yo entre las tres y las cinco?  Volví a casa, cogí el zapato y lo lancé al mar desde el muelle.

Mercedes Arocha

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Tiempo y vida

María sabía que la vida cambiaba algunas veces a la velocidad de la luz, pero ahora, parada frente al ascensor esperando a que llegara, todo le parecía demasiado. Demasiado irreal, demasiado complicado. El ascensor llegó y ella se metió dentro con su cachorro Akita. Pulsó el botón que tenía el cinco algo gastado. Y mientras el aparato la elevaba, se dio cuenta de cómo su vida había cambiado. Primer piso. Su padre ya no la abrazaba tanto, su madre cada vez le hacía menos caso. Segundo piso. Ya las típicas frases de “lo entenderás cuando seas mayor” habían pasado de largo… Porque ya se había hecho mayor. Tercer piso. Y para su abuela… Bueno, sencillamente parecía haber dejado de ser la niña de sus ojos. Cuarto piso. Toda la amalgama de relaciones amorosas, el entresijo de problemas con sus amigos, que ahora pasaban borrosos por su mente, le habían producido muchos dolores de cabeza. Quinto piso. Y ahora vivía sola, en el piso quinto de una comunidad en la que no conocía a ningún vecino. En el quinto piso, donde su único consuelo y diversión era el cachorro que estaba a su lado, esperando a que se abrieran las puertas. Cuando éstas lo hicieron, no dio crédito a lo que veía tras ellas, al lado de su puerta, esperándola. Era su madre, y tenía en sus manos un queque, probablemente hecho por ella. Entonces se sonrieron y María, por primera vez desde que vivía allí, sintió que lo que le pasaba es que se estaba haciendo mayor y que, tal vez, aquello no fuera tan malo. Y mientras se acercaba a su madre para darle un abrazo, se dio cuenta de que el tiempo es un regalo y no un obstáculo.

Cristina Velázquez López

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios