Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Amnesia

Cuando comencé mi trabajo de taxista, tenía la ilusión de convertirme en cualquier momento en Robert De Niro. Poco a poco mi esperanza se fue difuminando, las noches de mi ciudad no se parecen en nada a las de Nueva York y, por suerte, yo tampoco acababa de participar en la guerra de Vietnam. Me resigné pensando que lo mejor que me podía pasar era ser un taxista normal y corriente.

Hace dos años que transito con el taxi por las calles nocturnas. Su propietario me lo alquiló por horas. No era un negocio muy rentable para mí, pero era el único trabajo al que podía acceder por entonces. Además, llevaba más de seis meses en paro y aunque vivo solo, tengo mis necesidades como cualquier hombre.

Una mañana, cuando me disponía a pasar la aspiradora para entregar el coche limpio e impecable a su dueño, me encontré con una gran sorpresa. “Esto es más interesante que Taxi Driver”, pensé. Debajo del asiento de la parte trasera, había un zapato de mujer. Era un calzado sencillo, pero elegante, cerrado, de color marfil, parecía de novia, fruncido en su parte delantera y adornado con una discreta hebilla. Primero pensé que podría haber caído de alguna bolsa por descuido a cualquier señora un poco despistada.  Pero me di cuenta que estaba usado. “¿Quién podría perder un zapato? ¿Quién será esta delicada Cenicienta?” Decidí llevarlo a casa. Lo dejé en la entrada, junto a la puerta. En la cama traté de recordar a las personas que había llevado en el taxi durante la noche, pero pronto el cansancio me derrumbó, y debí quedarme dormido. Me dolía todo el cuerpo.

Cuando me levanté, era cerca del mediodía. Al bajar de la cama, el zapato estaba a mis pies y Pérfido, mi pequeño siamés, lo mordisqueaba y olía con cierta ansiedad. Me duché y bajé al bar a desayunar. Mientras el camarero me traía el café, eché un vistazo al periódico. Quedé impactado cuando leí el titular de una noticia: Hallado el cadáver semienterrado de una mujer ”. Continué leyendo: “La víctima, aún sin identificar, es una mujer joven con signos corporales de haber sufrido una violencia extrema. El único elemento de su vestimenta, un zapato, calzado en su pie izquierdo”.

Mi primer pensamiento fue acudir a casa, coger el zapato y llevarlo a la policía. Pero imaginé cómo sería el interrogatorio y abandoné la idea. Intenté de nuevo hacer memoria, y traté de recordar a las personas que habían subido al taxi durante la noche: “A ver…, al empezar la carrera subió aquella señora mayor que dejé en el hospital, la pobre me habló de su marido que estaba muy grave… A las cinco de la mañana, llevé a una pareja de jóvenes al aeropuerto. Mi último cliente fue un señor canoso, recuerdo que llevaba un maletín de trabajo, lo dejé en Hacienda. Pero…, ¿a quién llevaría yo entre las tres y las cinco?  Volví a casa, cogí el zapato y lo lancé al mar desde el muelle.

Mercedes Arocha

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1 diciembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | , ,

1 comentario »

  1. Bueno, parece que los zapatos de mujer en los taxis dan mucho juego…

    Comentario por factoriadeficciones | 1 diciembre 2009 | Responder


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