Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

HH. AA.

Allí estábamos los cuatro, con caras de circunstancias, mirando aterrados el sobre que sostenía Enrique, convencidos de que encerraba la terrible verdad que todos conocíamos, pero no nos atrevíamos a pronunciar: cáncer.

-No me siento con fuerzas para abrirlo -dijo Enrique-. Si alguno quisiera hacerme el favor…

-Yo no creo que pueda -rehusó circunspecto Matías-. Ya sabes, tengo el corazón débil y una mala noticia como ésta podría matarme.

Roberto declinó gentilmente la apertura del sobre con un gesto: “Mi hipertensión”, se excusó. Sí, ya sabíamos, su hipertensión, que precisamente la noche anterior le había dado un buen susto y le había tenido casi tres horas esperando en la sala de urgencias del ambulatorio al inútil del médico de guardia, que lo había despachado en dos minutos diciéndole que no había sido más que un ataque de ansiedad. Ni analítica, ni electro, ni derivación al médico de cabecera. ¡Una vergüenza!

-Sólo quedas tú, Felipe. ¿Te importaría?

-Hombre, si no hay más remedio…, aunque ya sabes que también ando delicado del hígado, un tumor con total seguridad. Dentro de una semana, que se me hará eterna, me entregan los resultados de la ecografía. Pero, anda, dame. Hoy por ti y mañana por mí. Y que sea lo que Dios quiera.

Abrí con solemnidad el sobre, como si fuera un juez que estuviera a punto de leer una sentencia de muerte.

-¿Y bien? Dímelo sin rodeos. Prefiero enfrentarme a la verdad por dura que sea, a vivir engañado hasta el momento final.

-A ver, bla, bla, bla…, megacisterna magna

-¡Oooh! –replicaron con espanto los otros.

-Lo sabía -dijo Enrique visiblemente alterado, echándose manos a la cabeza-, sabía que había algo malo ahí dentro. Y dice si es muy grave eso. ¿Moriré pronto?

-… por lo demás –continué leyendo–, los resultados se hallan dentro de la normalidad, no apreciándose signos patológicos …

-¿Quieres decir que no hay tumor cerebral?

-No, parece que no.

-¿Ni un derrame, ni un coágulo?

-Pues tampoco.

-Y eso de la cisterna, ¿será más grave que un tumor cerebral?

-Pues no lo sé. No nos pongamos en lo peor…

-Yo he leído algo sobre eso –intervino Matías-, creo que puede presionar el cerebelo y producir taquicardias, o algo así; o darte convulsiones. Al principio, pensé que mis arritmias podían deberse a alguna presión sobre el cerebelo, pero no; al final, como sabéis, lo mío no tenía que ver con eso. Es más grave, intuyo.

-Ahora que lo dices, a veces tengo palpitaciones. Yo lo achacaba a la cosa valvular –indicó Enrique, mientras sacaba el frasco de tranquilizantes del bolsillo de la chaqueta y se ponía uno debajo de la lengua.

-También tiene que ver, el cerebelo digo, con los movimientos musculares involuntarios -agregó Matías-, ya te digo, convulsiones y eso.

-¿El médico en casa?- pregunté.

-No, la “Wikipedia”-aclaró Matías.

-Ah.

-¿Quiedes decid que eso puede provocadme una epidedsia, un Padkinson o adgo así? -indagó Enrique, a quien apenas se le entendía palabra porque no podía mover la lengua para evitar tragarse el tranquilizante.

-O una esclerosis múltiple… ¿Podría producir esclerosis múltiple? –inquirió temeroso Roberto.

Sentí, de pronto, como toda la sangre de mi cuerpo subía hasta la cabeza y se me agolpaba entre las sienes.

-¡Esclerosis múltiple! Acabo de recordar -les dije, casi en estado catatónico, mientras buscaba apoyo en el respaldo de una silla- que un tío de mi mujer murió de eso precisamente. ¿La habré contraído? ¿Y si la flojera del verano pasado no se hubiera debido a un virus tropical, como creí, sino a una crisis de esclerosis múltiple? Y como yo nunca he estado en el Caribe…

Me miraron compungidos y resignados. Se acercaron a abrazarme. Sí, claro, ellos ya habían pensado en esa posibilidad.

-Cuando a uno le toca, le toca. Sé fuerte, Felipe, sé fuerte. Recuerda cuando sospeché que era seropositivo, con aquel sarpullido por todo el cuerpo que parecía sarcoma de Kaposi. Me armé de valor, se lo conté a mi novio y me fui unos meses de casa para no contagiarlo. Viví solo y en silencio mi enfermedad. ¡Menos mal que resultó ser una intoxicación alimentaria!

Asentí. Sí, Roberto nos había dado a todos una lección de valentía y serenidad. Aunque a Dionisio, su novio, le pareciera que si Roberto tenía motivos para creerse contagiado, por algo sería. Aquello acabó con siete años de feliz convivencia. Lo que es no comprender que una enfermedad se coge como y donde menos uno se la espera, que te acecha agazapada en cualquier rincón hasta que, por fin, te atrapa y te destroza, sin que puedas hacer nada por evitarlo.

-Y mi hepatitis Bnos recordó Enrique-. Iba siempre al lavabo con mi botellita de lejía para no contagiar a nadie en la oficina. ¡Y, encima, me tomaban el pelo los compañeros de trabajo!

¡Pues claro que lo recordábamos! Le dijeron que era estrés, pero nosotros sabíamos lo que era en realidad. Como el cáncer de pulmón que fulminó a Oliverio, que en paz descanse. Su mujer, obviamente enajenada por el trágico suceso, nos dijo que había muerto de puro pánico dos días antes de que le dieran los resultados de las pruebas. ¡Pobre ingenua!

Me preguntaba si sería yo el próximo, cuando entró en la sala el doctor Godoy. Nos apresuramos a esconder donde y como pudimos los ansiolíticos, hipotensores, psicotrópicos, antibióticos, analgésicos, antipiréticos… En fin, todo aquel pequeño arsenal de fármacos que, por previsión o por tratamiento, llevábamos siempre con nosotros, y cuyos efectos y resultados anotábamos escrupulosamente en nuestras respectivas libretitas para poder intercambiarnos fielmente la información (una estupenda idea de Roberto, siempre tan organizado).

-Y bien, ¿cómo andamos hoy? -nos interpeló Godoy que, por cierto, traía mala cara.

-Pues, ya ves Godoy -tomé la palabra-. Pachuchos, como siempre, y con malas noticias.

-¿Y sobre quién esta vez?

-Señalamos a Enrique que sostenía apesadumbrado el sobre con los resultados de su resonancia craneoencefálica:

-Megacisterna magna y probable tumor cerebral.

-A ver, dame eso. Enrique, no tienes nada. Esto no es una enfermedad, sino una malformación congénita. Y, en cuanto al tumor cerebral, ¿por qué crees tenerlo? ¿De dónde has sacado esa idea?, ¿House, Anatomía de Grey, Hospital Central?

-De un episodio antiguo de Urgencias. Lo repusieron hace tres semanas. Un inmigrante mejicano en estado terminal. Mis mismos síntomas, y el Clooney se lo diagnosticó nada más verlo: tumor cerebral. Ya le digo –cuando se enfadaba, Enrique tenía por costumbre tratar de usted-, los mismos síntomas. Y, además, que sé yo si esa resonancia se equivoca. No, si ya me parecía a mí que aquella chatarra de máquina no funcionaba. Y perdone usted, pero ¿quién dice que por ser congénita mi mega-lo-que-sea no pueda ser mortal?

Todos asentimos. Las consideraciones de Enrique se encontraban dentro de lo razonable.

-Señores, ¿cuántas veces les he dicho que tienen prohibidas las series de médicos? No quiero que vean ni un solo episodio más. ¿Entendido? ¡Cuántas veces tendré que repetirlo! Vamos a ver, ustedes no padecen ninguna enfermedad crónica, ni terminal, ni degenerativa. Su única enfermedad está aquí -dijo señalándose la frente-, y yo no puedo ayudarlos a superarla si ustedes no colaboran –nos sermoneó visiblemente irritado Godoy, devolviéndonos el trato de usted con el que Enrique se había dirigido a él.

El doctor Godoy –que, dicho sea de paso, no era doctor en medicina sino en psicología (¿hace falta aclararlo?)- estaba sudoroso y pálido, y como masculló Roberto, que se había sentado a mi lado, tenía además unos sospechosos granitos que le bajaban por el cuello, desde la barbilla hasta la clavícula izquierda, y una bolsa en el labio superior, repugnante, la verdad.

Sarpullido, herpes, irritabilidad… Sífilis, sin lugar a dudas.

Todos sabíamos que Godoy tenía fama de promiscuo e irresponsable, como casi todos los psicólogos. Y a saber cómo se contagiaba la dichosa enfermedad. Yo ya empezaba a sentir unos picores extraños en la entrepierna.

Tendríamos que ir pensando en abandonar la terapia. Mientras tanto, lo mejor sería mostrar indiferencia, ir poniendo excusas para no asistir hasta acabar desapareciendo; y, por supuesto, llegar un poco antes a las pocas sesiones más a las que nos atreviéramos a acudir a fin de esterilizar las sillas antes de sentarnos. Cualquier precaución es poca, y nunca se sabe qué trasero se ha sentado en tu silla antes que el tuyo.

 Angélica González Gopar

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1 diciembre 2009 - Posted by | Cuentos, General | ,

4 comentarios »

  1. jajajaja muy, muy, muy gracioso!!

    Comentario por Tania | 4 diciembre 2009 | Responder

    • Gracias Tania, me alegra que te resultado divertido.

      Comentario por Angélica | 6 diciembre 2009 | Responder

  2. Desquiciante los hipocondriacos estos…

    Comentario por Esther Fernández Guerra | 7 diciembre 2009 | Responder

  3. Fantástico Angelica. Esta claro que lo tuyo es el sarcasmo.

    Comentario por alicia | 1 marzo 2010 | Responder


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