Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

BATALLA INÚTIL

La noche anterior se fue a dormir a casa de su hermano. Le llamó sobre las doce de la noche para decirle que había visto un ratón pasar por delante de sus narices y esconderse detrás del mueble del ordenador. Y ahora, arropada por una mañana de sábado, luminosa y de lo más  apropiada para un café con prensa en una terraza, se iba de vuelta a su casa para intentar atrapar un ratón. Su hermano había decidido acompañarla y pasar por la ferretería a comprar una trampa de cebo permanente. Al llegar a la casa, aparcó el coche y se complicó todo. Su hermano se había bajado del coche muy decidido a cargarse aquel asqueroso bicho, cogió la bolsa donde estaba la trampa y ella abrió la puerta mientras le comentaba lo desagradable que les iba a resultar si lo veían y no lo pudieran controlar.

-Imagínate que al abrir se venga corriendo hacia nosotros para intentar salir -le decía mientras metía la llave en la cerradura.

Él, callado, le hacía un gesto con la mano para que se diera prisa en abrir y se relajara. Ella insistía advirtiéndole con verdadera angustia que en cuanto abriera la puerta desparramara bien la vista, que no podían dejarlo escapar bajo ninguna circunstancia, mientras cogía a Gara, su perrita, en brazos para evitar que entrara como las locas y espantara al ratón, porque entonces ya no habría forma humana de encontrarlo. Él intentaba tranquilizarla, aunque había empezado a abrir el envase del aparato con el que atraparían a aquel asqueroso animal cuando aún no había terminado su hermana de aparcar. Entraron cautelosamente y terminó de sacar la trampa del envoltorio algo nervioso y preguntándole dónde exactamente lo había visto meterse. Cogió el artilugio con la bolsa de plástico en la que se lo había puesto el dependiente de la ferretería, tal y como decía en las instrucciones: no tocar con los dedos porque se queda impregnado el olor haciendo desaparecer la sustancia que provoca el acercamiento del animal, o algo así. Lo colocó detrás del mueble donde ella lo había visto meterse la noche anterior y lo activó. Ella le decía que tal vez ya no estuviera allí, que había tenido toda la noche para cambiar de lugar, que sabe Dios dónde estará ahora y cosas así. Él intentaba conservar la calma, ya que todo aquello lo estaba haciendo con un esfuerzo sobrehumano, porque se trataba de su hermana y porque entendió que sólo le tenía a él para arreglar aquella situación, sólo por eso había sido capaz de entrar allí, y acercarse al lugar donde, supuestamente, podía encontrarse con aquel monstruo, porque eso es lo que para él era aquel animal. De hecho si se lo hubiese encontrado por sorpresa, desde luego, no hubiese intentado matarlo, habría salido corriendo como alma que lleva el diablo, bajando las escaleras de dos en dos, o de tres en tres, dejando a su hermana y a quien fuera allí. Él no hubiese encontrado el valor de hacerle frente, siempre le ha tenido pánico y asco. Y si estaba allí era porque una fuerza superior le había invadido por la mañana cuando escuchó a su hermana decir que se iba a ver qué se encontraba en su casa y  cómo se las iba a apañar. Eso le empujó a acompañarla. Fue un impulso, un acto tan involuntario como el latir de su corazón, que en aquel preciso momento se le iba a salir del pecho intentando acabar cuanto antes para salir de allí y marcharse a su casa tranquilamente, donde no le esperara ningún monstruo al que enfrentarse. Agarró un macetón grande y lo colocó por el lado descubierto del mueble. Mientras se aseguraba de no dejar ningún hueco, le explicaba a su hermana que era para que Gara no pudiera tocar el artefacto, ya que de acercarse a aquella trampa mortal no quería ni pensar en lo que sucedería. Ella le daba las gracias y le decía que si quería un cortadito o algo, que estaba muy agradecida, insistía una y otra vez, dando las gracias, nerviosa y sin saber cómo saldar aquel acto heroico. La muchacha salió a la terraza para ponerle la comida a Luna, la otra perra, la que vive en la terraza, y al volver a entrar, llamó su atención el balde que había dejado en la puerta del baño la noche anterior, cuando salió despavorida al encontrarse con aquel ratón repulsivo,  buscando refugio en casa de su hermano. Algo había dentro, miró y era el maldito y horrible ratón, que se había ahogado en algún momento de la noche. Ella le dijo a su hermano que se acercara al balde; estupefacta, casi no daba crédito a lo que estaba observando, ya no tendría que esperar a que cayera en la trampa, ya estaba tranquila. Él no salía de su asombro y también empezó a respirar a otro ritmo y mientras cogía el asa del balde para bajar a la alcantarilla de la calle para devolver aquel asqueroso bicho a su ámbito natural ella le dijo: “Tal vez se suicidó porque me fui, porque se quedó solo” y se partieron de la risa. Ella volvió a salir para ir a la terraza con Gara. Su hermano, con el balde en la mano, salió también, cerrando la puerta de la casa tras de sí al tiempo que le advertía que mantuviera siempre la puerta cerrada, que al ser una montaña hay animales. Dicho esto, ella le preguntó si había cogido la llave de la casa y él, cagándose en todo lo que se menea, no sabía si reír o seguir maldiciendo. Desde el otro lado de la puerta oyeron el borboteo de la cafetera que Sara había puesto en el fuego nada más llegar.

Pepa Marrero

11 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

El jacinto azul

La  puerta está a punto de cerrarse, pero  interrumpes el proceso con el pie. Tu calzado es impecable, negro, pulido, brillante.  El ascensor, como si le hubieras dado una orden, abre sus puertas de nuevo. Te introduces  en él de una manera apresurada sin tener en cuenta a quienes están dentro. Pides disculpas de inmediato. Al parecer, nadie te  ha escuchado. Uno de tus brazos estuvo a punto de ser pillado por la pinza gigante. Contemplas tu jacinto azul. Miras al frente. El espejo te devuelve la imagen de un hombre despeinado.  Disimulas, como si no la vieras, porque en realidad, te sientes observado por los ocupantes. Has convertido su futuro perfecto inmediato, en un futuro imperfecto prospectivo. Verticales y circunspectos, todos esperaban  con anhelo iniciar su despegue tortuoso en el asfixiante y hermético prisma metálico, hasta que  irrumpiste tú, e interrumpiste la trayectoria ascendente de sus vidas. Todos,  con cara de fastidio, de  forma unívoca  y coral  habían pensado: “ya va quedando  menos para llegar a casa”. Los números  iluminados se  apagarán a medida que el ascensor llega a su rellano. Al fin  se aflojarán el nudo de sus  corbatas de seda,  arrastrarán  sus pies apretujados calzados con los tacones de aguja, o con los yanko de piel de cocodrilo. Pero todos, absolutamente todos, relajarán con discreción sus esfínteres anales  comprimidos mientras deambulan hacia sus puertas. A mí me ha compensado tu interrupción. Poder  observar tu aspecto  en el espejo merece la pena: rostro pensativo, anhelante, y una mano pálida que sale de una de las mangas de tu chaqueta azul marina con ese jacinto fresco, también azul, fragante, que  ha eclipsado los ya ajados  armanis, pacos rabanes y chaneles, mientras  tu mano libre busca ansiosa  el botón con la letra  “A”. Te la noto temblorosa.  Tu aspecto te delata. Es obvio: acudes a una cita. Vas a encontrarte con la joven solitaria del ático. Ahora intento observarte con mayor atención  a través del espejo. Nadie, hasta hoy, había visitado a mi discreta vecina. Tus pensamientos parecen aflorar a tu rostro. Pestañeas. Te miras en el espejo y alisas tu pelo. Noto un discreto aleteo nasal, tuerces hacia la izquierda la comisura de tus labios delgados. Relajas el maxilar inferior y asoman las coronas de tus dientes blancos. Debes de estar imaginando algo agradable, pues esbozas una discreta sonrisa. Pestañeas  de nuevo con rapidez.  Pasas los dedos  índice y anular alrededor de tus labios, como si los besaras ¿Quizás pienses en tu encuentro amoroso? Cambias el gesto. Frunces el ceño. Ya no te  puedo observar. Me bajo en el sexto,  tu continúas un piso más. Mientras abro la puerta, oigo el ruido del ascensor.  Parece que desciende de nuevo. Te observo  a través de los visillos de mi ventana abandonar el portal con el jacinto azul en la mano. No has llegado a tu destino, sin embargo, oigo el traqueteo  de los  tacones de mi vecina en el ático.

Mercedes Arocha

9 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Julián y la pesca

Atanasildo ya trabajaba en las arroceras cuando llegó Julián. Le enseñó del rudo trabajo y lo llevó a pescar al río: las dos cosas que llenaban su vida. En el trabajo organizaba con órdenes, cortitas y al pie, sin apreciaciones, y, cuando iban a pescar, se respetaban sus silencios.

Julián venía de lejos, recorriendo campos y estancias, trabajando hoy en esto, mañana en aquello. Don Ata, conocedor de necesidades, supo enseguida de las de Julián, y lo llevó a su rancho a compartir techo y comida. Don Ata ya estaba viejo, no arreglaba la casa ni cortaba los yuyos que bordeaban el rancho, por esto, Julián, agradecido, se ofreció a los arreglos, pretextando “matar el tiempo”, dijo, para no ofender.

Llegado el domingo, se preparaban para la pesca: cañas tacuaras, anzuelos caseros, hilo y mate amargo, la carnada se buscará junto al río.

-Para llegar al río, por lo alto, hay que bordear la cañada que están minadas de yararás, y se confunden con los pastos secos –ordenó don Ata. Caminaban más, pero seguros.

Se encaminaron  al río, día soleado, sin viento, poco calor, fresco para pescar. Don Ata caminaba adelante, seguido de Julián, cuando en un ademán de “quita de aquí”, el viejo se dobló para tocar su pierna y continuó el camino. Cuando llegaron le costaba respirar. Se sentó en la tierra y levantó la pierna del pantalón: la carne morada reventaba de hinchazón. Se pasó agua y estiró el cuerpo. Julián, se arrodilló junto a él, en silencio, rompió el pantalón  a la altura de la rodilla y con la tela hizo un torniquete en el muslo, para detener el veneno. Imposible. Cargó a don Ata hasta el camino y pidió ayuda.

Volvió al rancho, Julián solo. Solo, fue a recoger las cañas y solo se le ve pescar en el río,  que llegó bordeando la cañada donde don Atanasildo le había dicho que había culebras.

 

Raquel Tulic

7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Vivir para amar o amar para vivir

Las noches estrelladas de invierno llaman a la reflexión. Esa noche las estrellas parecían faros a punto de caer sobre su cabeza. En la cabaña sólo se escuchaba la profunda respiración de su amante. Se levantó y caminó sobre el frío suelo. Salió al fresco de la noche y se tumbó lentamente en el suelo, para poder observar las estrellas. A lo lejos alguien cantaba Time after time en un susurro…

Amarle fue como lluvia en un ardiente verano. Revitalizante. Fue un hallazgo tan casual que hasta parecería premeditado. Su mirada era intensa, como una red de terciopelo; era lo que más le gustaba, que la mirase, y poder beber de sus ojos todo. Beber su amor, su historia, sus sentimientos, bebérselo todo hasta dejar el recipiente vacío. Y finalmente pasó: su mirada se quedó vacía, sin contenido, sin amor, sin sentimientos, sin vida. Un día su alma murió, el alma conocida murió y la sustituyó una nueva, a la que nunca supo adaptarse. Y entre estertores y mentiras desnudas todo murió.

Se incorporó, con la espalda entumecida y la voz de Cassidy bajo la piel. Lo mejor sería despedirse ya de esa vida. A unos pocos metros había alguien esperando su regreso y su decisión. Se introdujo entre las sábanas y los brazos de su amante susurrándole con voz temblona: “Ámame”.

 Esther Fernández Guerra

7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

La curiosidad mató al gato

Estaba obsesionada con aquel mueble. Pasaba una y otra vez ante el escaparate  valorando cada detalle de la madera, su forma, textura y color. Sabía que ese anticuario era carísimo, y seguramente sería inaccesible para ella. 

Un día se armó de valor y entró, disimuló dando vueltas por la tienda hasta que llegó al secreter. No se preocupó de mirar la etiqueta, pues supuso que no podría pagarlo, pero sí lo tocó, con una suave caricia, luego empujó despacio  la puerta de fuelle, dejando ver en su interior la intimidad del mueble. Era de una belleza extraordinaria. Contenía cuatro cajoncitos a ambos lados, uno pequeño central y debajo una parte hueca, todo terminado con serigrafías adamascadas. Totalmente absorta con el mueble, abrió uno de los cajoncitos enterrándose una pequeña astilla en el dedo. Intentó quitársela con los dientes pero no pudo, así que, de mal humor, cerró el mueble y se fue de vuelta a casa.

Pasaron tres semanas desde la visita al anticuario y empezó a sentirse mal. Tenía náuseas producidas por un intenso sabor a barniz en la boca, y además notaba cómo se le iba abultando el vientre, no de manera redondeada, sino más bien alargada y cuadrada.

Al mes, su vientre era igual que un cajón. Se pasaba el día encerrada en casa por la vergüenza, hasta que llegó la noche en que comenzaron los dolores. Primero como suaves contracciones, luego más intensas y seguidas y con dolores de empuje.

Se puso en cuclillas en la bañera y aprovechando una contracción empujó fuertemente: asomaron cuatro patas torneadas. Pensó que se desmayaba, pero no, siguió y siguió y, en una segunda contracción, expulsó el mueble entero.

Era una miniatura del secreter que había visto en el anticuario. Mas ilusionada que absorta, por lo insólito de la situación, lo limpió y lo puso encima de la alfombra. Se baño, vistió y salió a la ferretería a comprar lo necesario para el recién parido.

En una cesta colocó un bote de syladecor, barnices, aceites y lijas finas y gruesas, y lo colocó junto al mueblito. Cada mañana le daba los productos necesarios para que fuera creciendo fuerte como un roble. Aún los cajoncitos no estaban bien formados y no se podían abrir.

A los tres meses el secreter tenía una altura de un metro, y presentaba un magnífico aspecto. Ya iba siendo hora de empezar a meter cositas. Abrió el cajoncito superior del lado derecho y encontró que en uno de los nudos había un bultito rojo, como si de una gotita de sangre se tratara. Empezó a frotar con un pañito, pero la gotita no salía. Sin darle la mayor importancia siguió llenándolo.

Una mañana fría de invierno la despertó el llanto de un bebé. Puso atención para oír de dónde procedía y vio que era del interior del secreter, de aquel cajoncito, el superior del lado derecho.

Alicia Rodríguez Verona

7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Iniciación

 

          Cuando salió de su casa y vio al cuervo sobre la acera, sintió  una opresión en el pecho, pero no le hizo caso, como tampoco le había  hecho caso cuando sintió el golpe del pájaro sobre la ventana. Su madre se habría puesto a rezarle a la virgencita de Guadalupe, para proteger a los suyos de la desgracia que se avecinaba. Pero, para ella, eso eran tonterías del llano: ella era una chica de ciudad.

     Al llegar al Oasis sintió las miradas de admiración de los tíos de la banda, y se sintió segura. A lo lejos vio a la Yure restregándose contra el Xavi y la rabia la corroyó por dentro, reafirmándola en su propósito. Les iba a demostrar a todos que ella podía ser tan buena como las otras.

     La prueba que le encomendaron le pareció sencilla; sólo había tenido que parar a un taxi y darle una dirección en las afueras. Se había vestido con la camiseta de lentejuelas plateadas y los tejanos de su hermana. Parecía una chica más de las que iban todas las noches al Oasis. El conductor no sospechó nada cuando le dijo que quería ir a esa urbanización. Todo parecía ir bien, demasiado bien.

     Miró  hacía atrás y, en un recodo de la carretera, distinguió las luces de una moto. Deseó que fuera la del Xavi, negra como un cuervo. Metió la mano en el bolso y notó la pistola fría. La noche era oscura, las luces de las casas únicamente iluminaban pequeños trozos de la calle. Por el espejo retrovisor distinguió unos ojos marrones algo enrojecidos que la miraban con vicio. Sintió miedo. Para darse ánimos se dijo: “Sarai, solo tienes que sacar la pistola y pedirle la pasta”.

     -¿Ve esa casa blanca al final de la calle? Esa es, -le dijo al taxista.

     Él paró el coche. Ella cogió el bolso y sacó el arma. La mano le temblaba. Para que no se notara, puso el cañón sobre el hombro del taxista. Pero no contaba con la reacción del hombre que se revolvió y de un manotazo le tiró la pistola.

       –¿Qué, putilla? ¿Me vas a robar? Mira, nena, tú no pegas nada en este barrio –le dijo él, retorciéndole el brazo y empujándola sobre el asiento.

     Estaba aplastada debajo de aquel tío que apestaba a alcohol y a tabaco negro. Empezó a sobarle las tetas. Quiso darle una patada pero sólo sirvió para excitarlo más. De repente, una ráfaga de aire entró en el coche, el hombre ni se enteró, pero algo tiró de él y ella aprovechó para arrastrarse hacia la puerta contraria, sus pies tocaron algo duro y lo cogió con la mano. A trompicones abrió la puerta y no vio cómo el hombre cogía la pistola del asiento.

     Cuando recuperó algo de valor y se atrevió a mirar, a través de las ventanas del coche, el taxista apuntaba al Xavi con el arma:

-¿Ahora qué, listillo? ¿Creías que ibas a poder con el Chino con una navaja de nenaza? Vamos, ponte de rodillas –le dijo el hombre.

     Sarai reconoció la mancha en la entrepierna de los pantalones del Xavi, el miedo le hizo tropezar y cayó sobre el asfalto. El taxista le puso un pie encima mientras le apuntaba a la cabeza. Sin saber cómo, se abalanzó sobre el Chino, él se giró buscándola, pero ya era tarde, el hierro le golpeó en la sien y cayó al suelo como un fardo.

     Carmen García  

7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Cadáver exquisito

En la sesión del 15 de diciembre, dedicada a algunos juegos literarios de inspiración surrealista y potencial (S+7, literatura definicional, lipograma, etc.), los participantes en esta Segunda Edición de la Factoría de Ficciones en la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas de Gran Canaria elaboraron un cadáver exquisito, que ha sido transcrito por el compañero Juan Carlos González, quien me lo remite tras haberse recuperado de su pérdida de dioptrías después de haber descrifrado la letra de una veintena de personas. Como ya sabrán quienes hayan hecho los deberes, las primeras líneas corresponden a un fragmento de Crimen, de Agustín Espinosa.

 

Sentía una ternura que me llevaba a acariciar todas las cosas: lomos de libros, filos de navajas, hocicos de gato, rizos de pubis, prismas de hielo, cucarachas mohosas, lenguas de perro y pieles de marta, gusaneras y bolas de un material maravilloso. Las personas que estaban en el bar se quedaron sorprendidas y se preguntaron qué hacía esa mujer allí. Su aspecto era tan romántico como el de una barra de aluminio sujetando un cartel, posiblemente iba a comprar lechugas, pues la bolsa que llevaba era verde aunque a veces no tiene en cuenta las combinaciones y sale a la calle con lo mejor que tiene y las zapatillas mojadas por la lluvia y se le metía el agua por los agujeros que tenían en las suelas y el pobre se sentó en mitad de la plaza llena de jueves riéndose y no supo qué contestarles. Así que les prestó su estómago para digerir las tijeras. Esas tijeras que cortaron las profundas entrañas del animal sacaron a la luz el gran misterio en el que andábamos investigando pero lo importante es que sepamos que las cosas son difíciles porque no nos atrevemos a vivirlas quizá si primero supiéramos pensarlas, imaginarlas, amarlas, sentirlas como algo feliz y acogedor, algo tierno y amable, algo posible. Sólo contigo lo conseguiré y llegaremos a volar por la fantasía del amor, dándonos sustos y caídas, pero levantándonos juntos. El comienzo fue muy bueno, pero ahora el estado en que se encuentran las cosas me siento muy desconcertada. Me temo que las cosas ya no volverán a ser como antes.

Malditas fiestas, y maldita Navidad, porque nos obliga a ser felices, a tener que mirar a los niños del tercer mundo como si sólo estuvieran en diciembre.

Caminar sobre la arena persiguiendo unas voces escuchadas, que no cesan de buscar los pocos brotes verdes en millas a la redonda, en un universo lejano, velado a sus ojos; un universo sin hadas ni sirenas, delatado por la luz crepuscular.

7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , , , | 1 comentario