Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Iniciación

 

          Cuando salió de su casa y vio al cuervo sobre la acera, sintió  una opresión en el pecho, pero no le hizo caso, como tampoco le había  hecho caso cuando sintió el golpe del pájaro sobre la ventana. Su madre se habría puesto a rezarle a la virgencita de Guadalupe, para proteger a los suyos de la desgracia que se avecinaba. Pero, para ella, eso eran tonterías del llano: ella era una chica de ciudad.

     Al llegar al Oasis sintió las miradas de admiración de los tíos de la banda, y se sintió segura. A lo lejos vio a la Yure restregándose contra el Xavi y la rabia la corroyó por dentro, reafirmándola en su propósito. Les iba a demostrar a todos que ella podía ser tan buena como las otras.

     La prueba que le encomendaron le pareció sencilla; sólo había tenido que parar a un taxi y darle una dirección en las afueras. Se había vestido con la camiseta de lentejuelas plateadas y los tejanos de su hermana. Parecía una chica más de las que iban todas las noches al Oasis. El conductor no sospechó nada cuando le dijo que quería ir a esa urbanización. Todo parecía ir bien, demasiado bien.

     Miró  hacía atrás y, en un recodo de la carretera, distinguió las luces de una moto. Deseó que fuera la del Xavi, negra como un cuervo. Metió la mano en el bolso y notó la pistola fría. La noche era oscura, las luces de las casas únicamente iluminaban pequeños trozos de la calle. Por el espejo retrovisor distinguió unos ojos marrones algo enrojecidos que la miraban con vicio. Sintió miedo. Para darse ánimos se dijo: “Sarai, solo tienes que sacar la pistola y pedirle la pasta”.

     -¿Ve esa casa blanca al final de la calle? Esa es, -le dijo al taxista.

     Él paró el coche. Ella cogió el bolso y sacó el arma. La mano le temblaba. Para que no se notara, puso el cañón sobre el hombro del taxista. Pero no contaba con la reacción del hombre que se revolvió y de un manotazo le tiró la pistola.

       –¿Qué, putilla? ¿Me vas a robar? Mira, nena, tú no pegas nada en este barrio –le dijo él, retorciéndole el brazo y empujándola sobre el asiento.

     Estaba aplastada debajo de aquel tío que apestaba a alcohol y a tabaco negro. Empezó a sobarle las tetas. Quiso darle una patada pero sólo sirvió para excitarlo más. De repente, una ráfaga de aire entró en el coche, el hombre ni se enteró, pero algo tiró de él y ella aprovechó para arrastrarse hacia la puerta contraria, sus pies tocaron algo duro y lo cogió con la mano. A trompicones abrió la puerta y no vio cómo el hombre cogía la pistola del asiento.

     Cuando recuperó algo de valor y se atrevió a mirar, a través de las ventanas del coche, el taxista apuntaba al Xavi con el arma:

-¿Ahora qué, listillo? ¿Creías que ibas a poder con el Chino con una navaja de nenaza? Vamos, ponte de rodillas –le dijo el hombre.

     Sarai reconoció la mancha en la entrepierna de los pantalones del Xavi, el miedo le hizo tropezar y cayó sobre el asfalto. El taxista le puso un pie encima mientras le apuntaba a la cabeza. Sin saber cómo, se abalanzó sobre el Chino, él se giró buscándola, pero ya era tarde, el hierro le golpeó en la sien y cayó al suelo como un fardo.

     Carmen García  

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7 enero 2010 - Posted by | Cuentos, General | , ,

1 comentario »

  1. Me ha gustado tu relato. Me parece bien estructurado y actual.

    Comentario por Angélica | 7 febrero 2010 | Responder


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