Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El jacinto azul

La  puerta está a punto de cerrarse, pero  interrumpes el proceso con el pie. Tu calzado es impecable, negro, pulido, brillante.  El ascensor, como si le hubieras dado una orden, abre sus puertas de nuevo. Te introduces  en él de una manera apresurada sin tener en cuenta a quienes están dentro. Pides disculpas de inmediato. Al parecer, nadie te  ha escuchado. Uno de tus brazos estuvo a punto de ser pillado por la pinza gigante. Contemplas tu jacinto azul. Miras al frente. El espejo te devuelve la imagen de un hombre despeinado.  Disimulas, como si no la vieras, porque en realidad, te sientes observado por los ocupantes. Has convertido su futuro perfecto inmediato, en un futuro imperfecto prospectivo. Verticales y circunspectos, todos esperaban  con anhelo iniciar su despegue tortuoso en el asfixiante y hermético prisma metálico, hasta que  irrumpiste tú, e interrumpiste la trayectoria ascendente de sus vidas. Todos,  con cara de fastidio, de  forma unívoca  y coral  habían pensado: “ya va quedando  menos para llegar a casa”. Los números  iluminados se  apagarán a medida que el ascensor llega a su rellano. Al fin  se aflojarán el nudo de sus  corbatas de seda,  arrastrarán  sus pies apretujados calzados con los tacones de aguja, o con los yanko de piel de cocodrilo. Pero todos, absolutamente todos, relajarán con discreción sus esfínteres anales  comprimidos mientras deambulan hacia sus puertas. A mí me ha compensado tu interrupción. Poder  observar tu aspecto  en el espejo merece la pena: rostro pensativo, anhelante, y una mano pálida que sale de una de las mangas de tu chaqueta azul marina con ese jacinto fresco, también azul, fragante, que  ha eclipsado los ya ajados  armanis, pacos rabanes y chaneles, mientras  tu mano libre busca ansiosa  el botón con la letra  “A”. Te la noto temblorosa.  Tu aspecto te delata. Es obvio: acudes a una cita. Vas a encontrarte con la joven solitaria del ático. Ahora intento observarte con mayor atención  a través del espejo. Nadie, hasta hoy, había visitado a mi discreta vecina. Tus pensamientos parecen aflorar a tu rostro. Pestañeas. Te miras en el espejo y alisas tu pelo. Noto un discreto aleteo nasal, tuerces hacia la izquierda la comisura de tus labios delgados. Relajas el maxilar inferior y asoman las coronas de tus dientes blancos. Debes de estar imaginando algo agradable, pues esbozas una discreta sonrisa. Pestañeas  de nuevo con rapidez.  Pasas los dedos  índice y anular alrededor de tus labios, como si los besaras ¿Quizás pienses en tu encuentro amoroso? Cambias el gesto. Frunces el ceño. Ya no te  puedo observar. Me bajo en el sexto,  tu continúas un piso más. Mientras abro la puerta, oigo el ruido del ascensor.  Parece que desciende de nuevo. Te observo  a través de los visillos de mi ventana abandonar el portal con el jacinto azul en la mano. No has llegado a tu destino, sin embargo, oigo el traqueteo  de los  tacones de mi vecina en el ático.

Mercedes Arocha

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9 enero 2010 - Posted by | Cuentos, General | , ,

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