Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La vie ne fait pas de cadeaux

Hoy no me levanto. Afuera llueve. El funambulista está muerto, al domador se le escapó el león, el jefe de pista se ha fugado con la contorsionista y el payaso ya no me hace reír. Uno, dos, tres. Un trago de agua. Hoy quiero dormir. No éramos más que dos entre un millón. Granos de arena en el desierto. Sí, como usted bien dijo casi a gritos una vez y me repite ahora al oído: “La vie ne fait pas des cadeaux”. No, nada de cadeaux. La vida entiende más de derechazos a la mandíbula y de golpes bajos, o de autos que se despeñan para que algún idiota pueda presumir de haber realizado el trayecto Orly-París en una hora, o en un minuto, o en una vida ajena. Llueve en la Gran Vía de Madrid y en los Campos Elíseos. Llueve en Orly, y la vida no hace regalos. Cuatro, cinco, seis. Son más de las once y diez. El reloj ya no sonríe. La vida entiende de ira y muerte, de multitudes atrapadas en aeropuertos y de quienes no llegan a su destino. El león está muerto, la contorsionista se aburre, el payaso se ha fugado con el domador y dos se separan por unas horas y uno de ellos no vuelve y esas horas pasan lentas, teñidas de alcohol, de olor a flores de tanatorio. Las horas son eternas. Siete, ocho, nueve. Una sirena, un tritón y un carro de fuego. Diez y once, voilá, el número mágico. A los Campos Elíseos, Monsieur chauffeur. Once. Uno menos, coma; uno más, vómito. No, definitivamente, no me levanto. El domador fustiga al payaso, el funambulista ha caído en picado sobre la pista central, al león se lo han llevado los del zoológico, la contorsionista expiró hace dos meses en el Saint-Louis, y el jefe de pista espera en la cama que el once sea su número de la suerte.

   Angélica González Gopar

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22 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

DESPRENDIMIENTOS

Las despedidas son tan crueles que no pude evitarlo: mejor sería, pensé, que Jaime fuera con ella a la estación. No a despedirla; a recibirla: a decirle que volviera. Y esto fue exactamente lo que ocurrió. Se lo dijo, y la dejó marchar.

Imaginé entonces a Mónica, subida al tren que poco a poco se alejaba, enviando a Jaime el beso que había dado a las yemas de sus dedos índice y corazón. Intuí que se quedaría de pie un rato, agitando la mano derecha abierta. En el cristal inquieto del vagón vi con claridad el retrato de una mujer absorta; en realidad, subida a otro tren.

No dudo que Jaime se ofrecería a llevarla en coche a Bilbao, inútilmente; que le insistiría en la comodidad de un vuelo rápido. Sin embargo, la estación de Atocha es, todavía,  un lugar muy hermoso. Además Mónica, en el fondo, necesitaba descansar de otra manera, tomarse su tiempo, sentir los raíles firmes, la distancia creciente,  y avanzar, avanzar.

He contado siete años desde que decidieran cada cual seguir su propio o impropio camino y averiguar hasta dónde confluían. En estas circunstancias, un viaje en tren, por muy largo que sea, se hace corto.

Encapsulado en la máquina de un tren de alta velocidad, la lluvia torrencial es ilógica. Uno tiene la sensación de estar atravesando en cohete el centro de un tornado.

Bien sé lo que están pensando. A decir verdad poco se equivocan: a los maquinistas nos sobra el tiempo para inventar. Ya lo creo que sí.

A Jaime le he perdido el rastro en el andén. Se quedaría inmóvil a pesar de la lluvia, o tal vez gracias a ella reaccionaría. Jaime en el andén esperando a Mónica, necesitando su presencia para ser él mismo, intuyendo una felicidad más honda para los dos.

Pero es Mónica quien me preocupa. No sé cómo ayudar a mi heroína. Confío en que se haya quedado dormida. El tren avanza veloz, pronto estarás en casa. Mónica, Mónica, perdóname por lo que te estoy haciendo pasar. Si te dejo al límite de tus fuerzas es porque sé que a Jaime, a estas alturas de la historia, le gustaría cambiar los papeles y soportar él tu herida: los largos vacíos, sus frías e injustas palabras. En este momento lo cambiaría todo para no dejarte morir.

Yo mismo. Si yo hubiera sido capaz de convivir con el dolor, de superarlo al fin y perdonar aunque fuera llorando; de haber sido capaz, nada de todo esto te estaría ocurriendo. Las dudas me superaron. Incapacitado para amar debería haber escrito alguien al concluir la historia de mi vida.

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¿Te has fijado, Jaime, de qué manera empezó a llover? ¿Cómo en un momento se desató la tormenta? Apenas fui consciente de lo que ocurría, todo pasó demasiado rápido. Estaba dormida al poco rato de, no sé, el tren frenó, las ruedas chirriaron, chocamos, un desprendimiento, los primeros vagones descarrilaron. Me cuesta creer que no me haya pasada nada. Pero sí que ha pasado, porque ya no tengo miedo.

Miryam Gallo

22 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Crítica literaria

 

 

Crítica A

El breve relato que ha publicado recientemente el escritor Z, es uno de los más insulsos y faltos de contenido que he leído, no en los últimos días, no, me atrevería a decir que en los últimos años. Es más, afirmo con toda certeza: es el peor relato con el que me he tropezado en mi vida, y créanme, por suerte o por desgracia, me he dado de cara con muchos.

Para quien tenga la fortuna de no haberlo leído y para que no se molesten en hacerlo, les haré, queridos lectores, una pequeña sinapsis, quiero decir, sinopsis; quizás he dicho bien: sinapsis, pues para resumir semejante bodrio, se requiere un auténtico ejercicio neuronal. En fin, el relato viene a narrarnos lo siguiente:

En una guagua, durante una hora punta, un individuo que aparenta cierta excentricidad por su forma de vestir: sombrero de fieltro con un cordón en lugar de cinta, y un abrigo al que le falta un botón, se enfada con otro individuo y lo acusa de que le ha estado empujando cada vez que pasa alguien.

Queridos y fieles lectores, ustedes se preguntarán ahora: «Bueno, ¿y qué más?» Pues poco más. El individuo excéntrico se encuentra, en la estación de Saint Lazare, dos horas más tarde, con un tercero, que le dice: «Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo». ¡Eso es todo amigos! Cómo han podido comprobar, hoy cualquiera pude escribir de cualquier cosa.

Por Adán Expósito

Crítica B

El último relato con que nos deleita el autor Z, en su serie narrativa Siempre falta algo, representa el paradigma del relato surrealista y, por metonimia, el mismo Surrealismo. Con escasos elementos, nos acerca a una situación desconcertante entre dos individuos que no se conocen y coinciden en un mismo lugar a la misma hora. Una combinación espaciotemporal que casi nos aproxima a la mecánica cuántica. Combina una sencilla sintaxis y un léxico cotidiano con una situación críptica, incluso me atrevería decir que hermética.

El relato describe una serie de situaciones sin aportar soluciones, para trasladarse posteriormente a un mundo incomprensible de dudas y perplejidades.

Los elementos simbólicos pueden pasar desapercibidos si no nos acercamos a la historia con atención. Analicemos sus elementos con minuciosidad y rigor:

Dos individuos suben en una hora punta, a un mismo autobús de la línea S.

He aquí el primer punto susceptible de análisis. El autor podía haber utilizado otra letra u otro número, pero escoge la letra S no por casualidad, es obvio que está haciendo una referencia al nazismo, pero para ser más exactos, a un nazismo ya fragmentado, pues utiliza la mitad de un elemento simbólico tan arraigado en el inconsciente colectivo como son las dos “eses” del cuerpo de élite hitleriano. Uno de estos individuos que coincide en el autobús lleva un sombrero de fieltro adornado con una cuerda. Este hombre, que representa la clave de todo el episodio, al final del trayecto, insulta al otro hombre que está junto a él, y le reprocha que lo ha estado empujado cada vez que alguien ha pasado a su lado. ¿Por qué aguardó hasta el final para hacer estos reproches? En una escena posterior: Dos horas más tarde, aparece de nuevo el individuo del sombrero donde un tercer personaje, vestido de forma elegante, le indica que le falta un botón a su abrigo y debería ponérselo. Es importante saber cómo el autor nos informa de un modo sutil del carácter descuidado del personaje protagonista. ¿Se han preguntado ustedes dónde pudo perder el botón del abrigo? En fin, el relato es tan rico en matices que cada lector hará su propia lectura y extraerá sus propias conclusiones.

Por Eva Casado

Mercedes Arocha

22 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Microrrelatos

Titulares

David y Goliat, sancionados. El combate fue un tongo.

Autodidacta

El analfabeto decidió salir de su estado: adquirió el libro “Aprenda a leer y escribir en 15 días”.

***

El quisquilloso explorador se procuró un mapa idéntico a la realidad. Acabó perdiéndose.

22 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario