Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

DESPRENDIMIENTOS

Las despedidas son tan crueles que no pude evitarlo: mejor sería, pensé, que Jaime fuera con ella a la estación. No a despedirla; a recibirla: a decirle que volviera. Y esto fue exactamente lo que ocurrió. Se lo dijo, y la dejó marchar.

Imaginé entonces a Mónica, subida al tren que poco a poco se alejaba, enviando a Jaime el beso que había dado a las yemas de sus dedos índice y corazón. Intuí que se quedaría de pie un rato, agitando la mano derecha abierta. En el cristal inquieto del vagón vi con claridad el retrato de una mujer absorta; en realidad, subida a otro tren.

No dudo que Jaime se ofrecería a llevarla en coche a Bilbao, inútilmente; que le insistiría en la comodidad de un vuelo rápido. Sin embargo, la estación de Atocha es, todavía,  un lugar muy hermoso. Además Mónica, en el fondo, necesitaba descansar de otra manera, tomarse su tiempo, sentir los raíles firmes, la distancia creciente,  y avanzar, avanzar.

He contado siete años desde que decidieran cada cual seguir su propio o impropio camino y averiguar hasta dónde confluían. En estas circunstancias, un viaje en tren, por muy largo que sea, se hace corto.

Encapsulado en la máquina de un tren de alta velocidad, la lluvia torrencial es ilógica. Uno tiene la sensación de estar atravesando en cohete el centro de un tornado.

Bien sé lo que están pensando. A decir verdad poco se equivocan: a los maquinistas nos sobra el tiempo para inventar. Ya lo creo que sí.

A Jaime le he perdido el rastro en el andén. Se quedaría inmóvil a pesar de la lluvia, o tal vez gracias a ella reaccionaría. Jaime en el andén esperando a Mónica, necesitando su presencia para ser él mismo, intuyendo una felicidad más honda para los dos.

Pero es Mónica quien me preocupa. No sé cómo ayudar a mi heroína. Confío en que se haya quedado dormida. El tren avanza veloz, pronto estarás en casa. Mónica, Mónica, perdóname por lo que te estoy haciendo pasar. Si te dejo al límite de tus fuerzas es porque sé que a Jaime, a estas alturas de la historia, le gustaría cambiar los papeles y soportar él tu herida: los largos vacíos, sus frías e injustas palabras. En este momento lo cambiaría todo para no dejarte morir.

Yo mismo. Si yo hubiera sido capaz de convivir con el dolor, de superarlo al fin y perdonar aunque fuera llorando; de haber sido capaz, nada de todo esto te estaría ocurriendo. Las dudas me superaron. Incapacitado para amar debería haber escrito alguien al concluir la historia de mi vida.

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¿Te has fijado, Jaime, de qué manera empezó a llover? ¿Cómo en un momento se desató la tormenta? Apenas fui consciente de lo que ocurría, todo pasó demasiado rápido. Estaba dormida al poco rato de, no sé, el tren frenó, las ruedas chirriaron, chocamos, un desprendimiento, los primeros vagones descarrilaron. Me cuesta creer que no me haya pasada nada. Pero sí que ha pasado, porque ya no tengo miedo.

Miryam Gallo

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22 febrero 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

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