Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Sonata de luz

La más densa oscuridad se disuelve al encender una pequeña llama. He esperado al final del día para iluminar tu escritorio con cinco velas, delicadas como los dedos de una flautista. Hoy celebro en silencio mi vida. La celebro para ti. Te la regalo.

A pesar de que fui niño poco tiempo, todavía recuerdo la hermosa voz de mi abuelo Ahmed narrando las lejanas leyendas marroquíes. Nunca te las he contado. Traducirlas se me hacía violento; habría sentido que falseaba la única memoria algo borrosa que guardo de esos días. Sé que una parte de mí te es desconocida, inasequible, será esta. Tampoco yo he sabido darle sentido. Hoy no quiero prescindir de esta primera luz que apenas brilló de una forma enigmática.

Mi mal carácter es, en parte, la rebeldía mal digerida de la adolescencia: amé intensamente la libertad de ser yo mismo. Hace falta coraje para seguir creyendo rodeado de incertidumbres; entrenar saciaba mi necesidad de respirar, de hacer algo y entregarme por completo. Pero descubrí demasiado pronto la fuerza que engendra el silencio; hubo un momento en que llegué a pensar que era mudo. De toda esa soledad salí al conocerte; la antorcha que me mantuvo erguido la convertiste en hoguera cálida, íntima dulzura de saberme amado.

No hemos tenido los hijos que seguramente me habrían enseñado a hablar. A los niños les ocurre lo que a los poetas, todo lo comprenden. Su percepción está libre de prejuicios, como tu música. Gracias a ella he vivido rodeado de poesía. Has construido mis entrenamientos con tus ensayos: días enteros corriendo con la melodía de la flauta levantando el ánimo. Llenabas el aire de los campos y mi memoria de belleza.

¿Qué puedo decirte de Gitane? Nuestro perro labrador del color ocre de las dunas al caer el sol bien se merece una vela. Al principio corría a mi lado infatigable; luego enfermó y se tumbaba en la pista a esperarme. Al volver a casa te escuchábamos tocar, y entre los tres llegamos a alcanzar una rara compenetración. La música le acompañó y suavizó sus últimos días de la presión del dolor.

No temo la muerte. Me da miedo que mi cáncer apague tu voz. Tienes el don de la música. Marie querida, tus manos son de oro. No dejes de poner tus dedos en la flauta. Nada ayuda tanto al silencio interior, a la paz, como tu música. Cuando tocas no hay oscuridad. 

  Miryam Gallo

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23 febrero 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

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