Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El demonio en el espejo

Érase una vez un joven príncipe rico y avaricioso que iba caminando por un largo camino de piedra hacia su casa. En mitad del camino, el joven encontró a un anciano mercader que vendía un viejo espejo con el marco bañado en oro. El joven, hipnotizado por la belleza del espejo, quiso comprárselo al anciano:

-Le ofrezco lo que desee por ese maravilloso espejo -dijo el joven.

El anciano alzó la vista y le contestó:

-¿Este espejo? Puedes llevártelo si quieres, pero te advierto que es especial: es capaz de reflejar cómo son las personas en su interior. Y ten cuidado si lo rompes, pues nada bueno te espera en tal caso.

-Eso es solo un cuento -dijo el joven-. Me llevo el espejo.

Cuando llegó  a palacio, lo primero que hizo fue colgar el espejo en la mejor habitación, donde mejor iluminación había. En cuanto el joven se reflejo en el espejo vio a un horrible demonio cuyo aspecto asustaría a cualquiera. El joven, espantado, se alejó del espejo y cerró  la habitación para no verlo más. Al día siguiente, el joven no lograba sacarse esa imagen de la cabeza, la veía en todas partes y no sabía cómo olvidarla, así que decidió volver al camino y hablar con el anciano. Al llegar, el joven le dijo:

-Anciano, ese espejo estaba maldito. Hay un demonio viviendo en él.

-No hay ningún demonio -dijo el anciano-. Ese demonio eres tú y dentro de poco en eso te convertirás.

-¿Yo? –respondió, confuso, el joven-. Yo no quiero convertirme en esa cosa ¿Cómo puedo evitarlo?

-Deberás abandonar tu fortuna y vivir una vida más humilde -respondió el anciano-. Esa es la única manera de evitarlo.

-¡¿Renunciar a mi fortuna?! Jamás. Acabaré con esto destruyendo ese espejo.

Al llegar a la casa el joven, enfurecido, cogió un palo y rompió el espejo de un solo golpe. “Ya está, pensó, por fin todo esto acabó”.

De repente, el demonio que había visto en el espejo salió de entre los trozos de cristal y le dijo al joven:

-No has sido capaz de renunciar a tu codicia y has destruido el espejo. Ahora tendrás que sufrir las consecuencias.

El demonio aferró al joven y juntos desaparecieron entre los trozos del espejo, para ya jamás volver.

Brian Guerra Pulido. IES Politécnico. 

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , | Deja un comentario

El roce nocturno

Lo sé, fue un acto atroz, lo sé. Y aunque lo explique, aunque exponga mis razones una y mil veces, desearán  colgarme del palo más alto, me juzgarán un loco, un demente y pensarán que no merezco perdón. ¡Podría contarles, explicarles, hablarles una y mil veces del objeto de mi obsesión, mis razones…! ¡Ah, ignorantes!, cuando me escuchen, lo entenderán, seguro lo harán…

Sé que nunca le hubiera hecho daño, yo en realidad la amaba; en la distancia, pero la amaba, y aun así, aun así… Aquel vestido con el que solía pasearse por las calles del pueblo era mi perdición y seguía sus movimientos, como si ella fuese un ángel que se mostraba complacido ante su seguidor más ardiente, más fiel, más enamorado, más… posesivo.

Pensaba en ella a todas horas y a todas horas veía su sonrisa tentadora en todas partes, dibujando un reluciente haz de perfección que no alcanzaría por más que quisiera: ella supo siempre que ni yo podía tenerla ni soñar con otra cosa que no fuera su vestido… Era todo un dulce para la vista… No dejaba de mirarla cuando lo llevaba puesto… y ella lo sabía.

Durante meses viví un calvario, ya no podía dormir ni pensar en otra cosa que no fueran las ondas de su vestido bailando con el viento,  y aquella tarde allí estaba ella, sentada en el porche de su casa, frente a la mía, pensando en que tal vez esa noche, en la feria, podría engatusar a otro joven para que la invitara a cenar, como ya había hecho conmigo. Por eso, cuando la vi aparecer con aquella tela maldita sobre su piel, no pude contenerme… Algo dentro de mí supo que ella no podía, no debía, no iba a salirse con la suya, pues me tentaba a cada paso que daba, a cada segundo que pasaba mirándola.

Sabía que entre el gentío de la fiesta no podría hacerlo, no entenderían por qué lo hacía. No podía explicarles uno por uno el desafío que suponía para mí aquella mujer, su mirada, su sonrisa…

La abordé en el puesto de bebidas. ¡Ay. mujer! Si hubieras sabido que tu interés en un refresco gratis te iba a dejar sin aliento para siempre… ¡Qué lástima!

Tras unas torpes palabras por mi parte, producto de la visión de su piel desnuda, envuelta en aquel vestido negro, fino, de tirantes y con vuelo… me la llevé a la oscuridad, tras unos árboles del parque, y allí, con aquellos tirantes delatores, allí concluyó su juego: cesaron sus sonrisas inquietantes, sus desaires, todo aquello que me inquietaba y me obsesionaba desapareció. Ya sólo me restaba deshacerme del cuerpo antes de que alguien la echara de menos.

Es curioso cómo concebimos el paso del tiempo a veces; recuerdo aquello como si hubiera durado horas: engatusarla, llevarla a la oscuridad, y comenzar a cavar su tumba, una tumba sin nombre, por supuesto… y sin aspecto de tumba, sería para mí el secreto mejor guardado de este ruinoso pueblucho.

La noche avanzaba a otro ritmo tras aquel árbol. Apenas había luz y me costó encontrar un buen instrumento para cavar sin levantar sospechas o atraer a alguna pareja alejada del gentío. Cuando ya hubo transcurrido lo que creí que eran un par de horas, me pareció oír un ruido sordo detras de mí. ¡Qué susto cuando aparecieron justo ante mí aquellos forasteros!

En un primer momento parecieron extrañarse de ver a un solitario joven en aquella oscuridad, pero en cuanto vieron mi aspecto sucio y sudoroso, se convencieron de que era mejor seguir de largo. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué sopló de pronto un viento frío? ¿No es posible que pudieran haber mirado a otro sitio o hablar entre ellos en lugar de mirar hacia mis pies cuando sopló el viento?

Sentí un cosquilleo en mi pie, como si el viento me avisara de su delatora acción, aunque no hice caso. Sólo podía mirar a los forasteros, una pareja que viajaba por la zona, hacia pueblos recónditos, según empezaron a relatarme.

Mientras hablaban, no dejaba de mirarlos, pero aquel cosquilleo, aquel cosquilleo… Comenzó a irritarme sobremanera. No, no podía dejar de mirarlos y sin embargo mi ira fue aumentando, porque no podía perderles de vista mientras no se fueran….

De pronto lo entendí; de pronto supe que tenía que hablarles de las maravillas del pueblo, de su feria, que se celebraba en esos momentos a tan solo unos metros y que, seguramente podían ver desde allí. ¿Por qué narices no se iban? ¿Por qué no me dejaban solo?

Cuanto más crecía mi ansia por la soledad, más me enfermaba el cosquilleo del viento en mi pie, me parecía una burla…..hasta que miré: de entre la tierra que estaba a mis pies, sobresalía un trozo de aquella tela maldita, que se burlaba de mí, como tirándome del pantalón para avisarme de su traición.

Y no pude más, no pude. Aquel momento fue el de la explosión de mi locura, no pude más y ante aquellos forasteros de mirada confusa exclamé:

-Sí, lo hice, lo hice, ¿o no ven que me llama desde su tumba para hacer justicia?

Yurena González. Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife 2010.

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario

Amarga sonrisa

         ¡Sí, yo estaba allí!, ¡sí, estaba sentada a su lado! Era real, tan real como la sombra creada por la luna llena de cualquier noche de verano, ¡sí, así de real era! Nos citamos en una desolada esquina lagunera, ella llegó sonriente pero estaba convencida que bajo aquella sonrisa algo, algo ocultaba. ¡Sí, estaba tan convencida! Pero seguí sus pasos, tras algunos meses sin vernos no había nada de qué hablar, sólo reproches, sólo falsas sonrisas, sólo falsas miradas. ¡Sí, lo intuía, mis sentidos intuían qué falso e ilusorio era todo, ellos nunca me engañaban, mis sentidos nunca me engañaban!

         Llegamos al teatro sin apenas mediar palabra, sólo su sonrisa recordaba mi mente, terrible curva sinuosa que mis sentidos repetían una y otra vez cuan falsos podían haber sido todos aquellos años. Subimos la escalera intentando encontrar nuestra butaca, Honor 2, finalmente la segunda planta, una pequeña puerta y allí estaban nuestras nuestros. No hubo palabras, sólo gestos, miradas y aquella sonrisa una y otra vez, una sonrisa que me desestabilizaba, me enloquecía, me hacía sentirme desnuda y vacía a la vez. Quizás pueda pensar: qué pobre excusa pero usted. Sí, usted tenía que haber escuchado lo que decían mis sentidos, haber visto lo triste que me ponía aquella aparente inocente curva en su boca. Usted tenía que haber visto cómo me atormentaba, cómo me enloquecía, pero no me tome por loca pues, ningún loco hubiese procedido tan astutamente como lo hice yo, ninguno hubiese fraguado algo tan sutil. Piense en Van Gogh, en cómo su locura le hizo ser tan poco astuto al cortarse su propia oreja: eso sí, eso sí encierra una caprichosa y sorda locura.

         En cambio yo procedí con cautela, le invité a ver Hamlet en el Teatro Leal y todo transcurrió con suma normalidad, nada, no hice nada que pudiese ponerle en sobreaviso pero, sin embargo ella constantemente sonreía, constantemente me miraba y constantemente movía su bolso, de izquierda a derecha y de arriba abajo, no paraba y cada vez más tensa me ponía.

Por fin oscuridad, el telón asciende lentamente y ante aquella sombría y oscura explanada el majestuoso y sinuoso Castillo de Elsinore. Aparecen los primeros personajes de la obra, Francisco y Bernardo, Horacio y Marcelo, comienzan los diálogos.

Me sentía cada vez más agitada, su bolso no dejaba de moverse y, de pronto, en la hebilla de su bolso se dibujaba su sonrisa. ¡Oh no, otra vez no!, pensé, pero allí estaba de nuevo. Me sentía agobiada, nerviosa, sentía calor mucho calor y sed. Intenté dejar de mirar el bolso y concentrarme en la obra. Sí, así lo hice, poco a poco me dejé llevar por las palabras de Polonio a Laertes: “Sobre todo sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie. ¡Adiós!”.

De nuevo aquellas palabras se apoderaron de mi mente, la voz de mi conciencia se había callado, y mis sentidos me demostraban una y otra vez cuan falso había sido todo. Me repetía interiormente “sé sincero contigo mismo”, repetí otras siete veces “no seré falso con nadie” y, finalmente, me dije interiormente adiós

Sentía cada vez más calor, un calor desde mi interior, mis manos sudaban constantemente y su bolso ahora estaba inerte reflejando en su hebilla mi tortura. Ahora la Sombra ya no sólo rondaba en torno a Hamlet, sino que también sentía su presencia en torno a mí, sentía como si me apretase por dentro, sentía cómo sus manos acariciaban mis hombros y me susurraba al oído: ¡jurad!, ¡jurad!, ¡jurad!.

Ahora sí, Hamlet estaba solo en el escenario del teatro lagunero, apenas iluminado por un haz de luz pero me miraba, sí me miraba a los ojos; de pronto ya no había nadie en el teatro, sólo él y yo, me miraba y me dijo con un decidido tono de voz que iluminó mi apagado interior: “Ser o no ser: he aquí el problema. ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la Fortuna o tomar las armas contra un piélago de calamidades, hacerles frente, acabar con ellas? ¡Morir, dormir, no más!”. Su voz se fue apagando poco a poco en mi cabeza, sólo era capaz de repetir, una y otra vez morir, dormir, no más… una y otra vez, así hasta trece veces las repetí. Y sí, él tenía razón, tenía toda la razón.

En medio de aquella sala donde el calor era cada vez más abrasador y en la que la sed se había ido apoderando de los cuerpos cada vez más deshidratados, me agaché lentamente y recogí mi bolso del suelo, de él saqué una fresca botella de agua que estreché entre mis manos como un tesoro. Sus ojos se movieron, se fijaron en la botella de agua, la balanceaba y sus ojos perseguían su rastro, sin duda la sed se había apoderado de su cuerpo, pensé.

En medio de aquel puro delirio de personajes reunidos en un cementerio, seguía estrechando entre mis manos aquel dulce y amargo placer para calmar la sed de mi amiga, el agua. Esperaba pacientemente a que se acercase y me susurrase al oído, ¿me darías agua, por favor? Y no tardó, fue ella quien quiso beber, créame, yo no se la ofrecí, ella me pidió agua para calmar su sed. Volví a mirar su pálido rostro y ahí estaba otra vez dibujada su sonrisa, aquella tormentosa sonrisa suya que se dibuja en su cara. Estiré mi brazo sin pensar que no era agua lo que le ofrecía, pero ella abrió la botella y bebió, bebió hasta tres veces bebió.

Ahora en el escenario discuten Hamlet y Horacio por una brillante copa; Horacio llora y Hamlet bebe… Finalmente tambores lejanos se escuchan en toda la sala, primero muy bajito pero los tonos aumentan en intensidad poco a poco. De pronto su bolso, por fin, cae al suelo pero mi mirada esta clavada en Hamlet, observo cómo poco a poco merman sus fuerzas fruto del veneno, hasta que cae. Los tambores invaden toda la sala del teatro, la luz va ganando en intensidad y finalmente los aplausos de la sala terminan la obra.

De nuevo la luz, el bolso seguía en el suelo, la botella la tenía sujeta entre sus manos, la cabeza ladeada y, por fin, sí, por fin, la sonrisa había desaparecido de su rostro.

Tenía la sensación de haber despertado en ese momento, allí seguía, igual, sentada. Volví a cerrar los ojos, pero seguía igual, parpadeé una vez, dos veces y hasta tres, pero allí seguía sentada, sujetando la botella entre sus afiladas manos, estaba inerte, inexpresiva ahora al fin, no había mirada, no había sonrisa, no había gestos… Ahora quería que ladease la cabeza y que tan solo me dijera una palabra sincera.

María Jesús Cruz. Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife 2010

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario

El espejo del otro lado (El otro lado del espejo)

En los campos de Groenlandia, Carlos recogía el centeno que no se había helado. Tenía poca cosecha ese año, y su familia estaba muy flaca, todos tenían un hambre atroz.

Carlos iba caminando con la hoz por la parcela, y sintió un calor inesperado. “En noviembre no hay más calor que el que a duras penas escupe el sol”, pensó. Al mirar detrás de unos matos, vio a un hombre rojo con afilados cuernos de cabra y patas peludas como los chalecos de lana. Tenía la cola puntiaguda, y una mirada difícil de mantener.

-Te veo buscando algo, Carlos.

-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres?

-No hace falta que me presente: estoy en cada miedo, en cada duda; cada vez que quieras llorar, estaré colgado detrás de tu oreja.

Carlos se quedó dubitativo.

-Quizás quieras pedirme algo. ¿Quieres escaparte de este viejo páramo?”

Las pupilas de Carlos estaban henchidas como un girasol a mediodía. Necesitaba huir de esa cárcel que era el frío y la pobreza.

-Quiero que me lleves al Paraíso -dijo Carlos.

-Eso está hecho; te voy a prestar mi espejo, que quizás no tenga una gran hondura metafísica, ni oro y piedras preciosas, pero sirve para llevarte al Edén.

Carlos se ciñó el espejo a la cintura, lo estiró como si fuera una sábana y entró en el paraíso.

-Recuerda –decía el Diablo mientras bajaba-, si el espejo se rompe, te consumirás con los fuegos del Averno.

Tras un zumbido, aparecieron ante él exuberantes árboles, frutas y animales. Estaba completamente felíz. Colocó el espejo ladeado en una roca y se quitó la ropa para bañarse en el agua de un arroyo.

Cuando estuvo dentro, al cabo de unos segundos, se incineró dentro del agua, creando un vapor intenso que se levantó hacia las nubes, y que dentro de unos meses llegaría al cielo de Groenlandia.

Pobre iluso. No sabe que yo todo lo veo y todo lo sé. Veo sus palpitaciones difusas, sus dudas por querer huir de la pobreza. Le ofreceré lo que tanto ansía. Le ofreceré el Edén. No podrá rechazarlo, su amor por escapar de la vida que lleva es para querer desafiar a la muerte. Se sentirá obnubilado, entonces cuando vaya a bañarse en el arroyo y deje el espejo lejos de él, me transformaré en serpiente y lo empujaré, hasta que, tras ese chasquido delicioso de cristales oiga su grito elevarse hasta las nubes, mirando cómo otro pobre desdichado más entra en mis arcas, a vagar con su angustia toda la eternidad.

Francisco Rebollo Bautista. IES Politécnico.

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , | Deja un comentario

El elefante de madera

Un día como otro cualquiera, un niño haitiano paseaba por su pueblo. Iba admirando las nubes esponjosas y el día soleado, cuando de repente se tropezó con algo que salió rodando calle abajo. El niño corrió a ver qué era aquello que rodaba y rodaba y, al alcanzarlo, se agachó y lo recogió. Era un elefante de madera y sin valor aparente. Se dirigió a la colina más alta y verdosa, desde la que se vislumbraba todo el poblado y colocó el elefante de madera orientado hacia la aldea. Luego se marchó, pues ese elefante no tenía valor como para llevárselo con él.

Al atardecer, el niño descansaba tranquilamente mirando a los demás niños jugar cuando todo comenzó a moverse. Los edificios se tambaleaban hacia los lados, el suelo bajo sus pies vibraba y las casas a su alrededor se derrumbaban con un sonido ensordecedor. Todo aquello con lo que había crecido se desmoronaba y toda una vida se destruía en cuestión de segundos dejando al pequeño poblado, ya pobre, convertido en ruinas.

Días después, el niño buscaba entre los escombros algo que comer cuando, de repente, tocó algo con una silueta familiar. Era el elefante que había puesto en aquella colina verde. El niño, asombrado, volvió a colocarlo en la colina orientado hacia el poblado en ruinas. Se marchó de nuevo y siguió buscando algo que echarse a la boca.

Esa misma noche mientras dormía, ese elefante de poco valor al que había despreciado dos veces, se apareció en sus sueños. Al día siguiente, cuando despertó, estaba en esa colina junto al elefante y cuando alzó la vista, volvía a hacer un día soleado y su aldea se había reconstruido milagrosamente.

Kevin Marrero García. IES Politécnico.

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , | 1 comentario

La llave

A una remota aldea, llegó un joven médico que venía para sustituir al médico local. El joven compró la casa más grande, que llevaba vacía cuarenta años. El alcalde le acompañó en su reconocimiento de la casa y después de ver todas las habitaciones se encontraron con una puerta.

-¿Y esta puerta?-preguntó el joven.

-Ah, la puerta. Es un misterio, pero no se puede abrir, será un antiguo desván –respondió el alcalde.

Pasaron los días y el joven intentaba abrir la puerta sin conseguirlo. Hasta que, una mañana, encontró una llave que estaba envuelta en una nota que decía: “Al otro lado hay otra copia”. Al principio no comprendió, pero se decidió a abrirla. Al hacerlo, la puerta chirrió enormemente, pero lo que vio fue un enorme prado de colinas lilas con un río de color verdoso en el que se bañaban dos animales gigantes. Atravesó la puerta, abrumado por lo que veía.

Un poco más tarde, llegó a la casa la sirvienta que tenía que limpiar. Pasó por toda la casa sin ver al joven, lo que le extrañó. Pero vio una puerta entreabierta y mientras se quejaba del desorden, cerró la puerta con la llave que el joven dejó y la guardó en la mesa más cercana. Al otro lado, el joven escuchó un chirrido y se volvió para ver de dónde procedía. Pero tremenda fue su sorpresa al descubrir la puerta cerrada, forcejeó y le dio patadas, pero la puerta no se abría. Había dejado la llave puesta en la puerta. Al momento recordó la nota en la que había encontrado la llave, ponía que donde él se encontraba había otra copia de la llave.

Comenzó a correr por el prado lila con azucenas azuladas hasta topar con lo enormes animales. Estos eran de color verde y de sus cabezas salían tres cuernos que terminaban en una punta cuadrada. El joven pensó que el mejor lugar para esconder la llave sería al cuidado de esas bestias.  Así que rodeó a los animales de modo que estos no le vieran y descubrió que detrás del animal más grande, había un pequeño tronco con un agujero. Creyó ver que algo en su interior brillaba. Aprovechó que el animal se agachaba a beber agua y corrió hasta el árbol, cogió la llave y, mientras corría hacia la puerta las bestias comenzaron a perseguirle. Consiguió llegar a la puerta e introdujo la llave lo más rápidamente posible. Al pasar por ella y cerrarla, notó el impacto de las dos bestias al estrellarse, pero no lograron pasar porque ya había cerrado con la llave. Estaba lleno de sudor por la carrera y el miedo. Se quedó mirando la puerta y pensó: “Nunca más voy a volver a abrirla”. Acto seguido el joven guardó las dos llaves en los lugares más recónditos de la casa.

Alba Rodríguez Macías. I.E.S Politécnico

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario