Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Amarga sonrisa

         ¡Sí, yo estaba allí!, ¡sí, estaba sentada a su lado! Era real, tan real como la sombra creada por la luna llena de cualquier noche de verano, ¡sí, así de real era! Nos citamos en una desolada esquina lagunera, ella llegó sonriente pero estaba convencida que bajo aquella sonrisa algo, algo ocultaba. ¡Sí, estaba tan convencida! Pero seguí sus pasos, tras algunos meses sin vernos no había nada de qué hablar, sólo reproches, sólo falsas sonrisas, sólo falsas miradas. ¡Sí, lo intuía, mis sentidos intuían qué falso e ilusorio era todo, ellos nunca me engañaban, mis sentidos nunca me engañaban!

         Llegamos al teatro sin apenas mediar palabra, sólo su sonrisa recordaba mi mente, terrible curva sinuosa que mis sentidos repetían una y otra vez cuan falsos podían haber sido todos aquellos años. Subimos la escalera intentando encontrar nuestra butaca, Honor 2, finalmente la segunda planta, una pequeña puerta y allí estaban nuestras nuestros. No hubo palabras, sólo gestos, miradas y aquella sonrisa una y otra vez, una sonrisa que me desestabilizaba, me enloquecía, me hacía sentirme desnuda y vacía a la vez. Quizás pueda pensar: qué pobre excusa pero usted. Sí, usted tenía que haber escuchado lo que decían mis sentidos, haber visto lo triste que me ponía aquella aparente inocente curva en su boca. Usted tenía que haber visto cómo me atormentaba, cómo me enloquecía, pero no me tome por loca pues, ningún loco hubiese procedido tan astutamente como lo hice yo, ninguno hubiese fraguado algo tan sutil. Piense en Van Gogh, en cómo su locura le hizo ser tan poco astuto al cortarse su propia oreja: eso sí, eso sí encierra una caprichosa y sorda locura.

         En cambio yo procedí con cautela, le invité a ver Hamlet en el Teatro Leal y todo transcurrió con suma normalidad, nada, no hice nada que pudiese ponerle en sobreaviso pero, sin embargo ella constantemente sonreía, constantemente me miraba y constantemente movía su bolso, de izquierda a derecha y de arriba abajo, no paraba y cada vez más tensa me ponía.

Por fin oscuridad, el telón asciende lentamente y ante aquella sombría y oscura explanada el majestuoso y sinuoso Castillo de Elsinore. Aparecen los primeros personajes de la obra, Francisco y Bernardo, Horacio y Marcelo, comienzan los diálogos.

Me sentía cada vez más agitada, su bolso no dejaba de moverse y, de pronto, en la hebilla de su bolso se dibujaba su sonrisa. ¡Oh no, otra vez no!, pensé, pero allí estaba de nuevo. Me sentía agobiada, nerviosa, sentía calor mucho calor y sed. Intenté dejar de mirar el bolso y concentrarme en la obra. Sí, así lo hice, poco a poco me dejé llevar por las palabras de Polonio a Laertes: “Sobre todo sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie. ¡Adiós!”.

De nuevo aquellas palabras se apoderaron de mi mente, la voz de mi conciencia se había callado, y mis sentidos me demostraban una y otra vez cuan falso había sido todo. Me repetía interiormente “sé sincero contigo mismo”, repetí otras siete veces “no seré falso con nadie” y, finalmente, me dije interiormente adiós

Sentía cada vez más calor, un calor desde mi interior, mis manos sudaban constantemente y su bolso ahora estaba inerte reflejando en su hebilla mi tortura. Ahora la Sombra ya no sólo rondaba en torno a Hamlet, sino que también sentía su presencia en torno a mí, sentía como si me apretase por dentro, sentía cómo sus manos acariciaban mis hombros y me susurraba al oído: ¡jurad!, ¡jurad!, ¡jurad!.

Ahora sí, Hamlet estaba solo en el escenario del teatro lagunero, apenas iluminado por un haz de luz pero me miraba, sí me miraba a los ojos; de pronto ya no había nadie en el teatro, sólo él y yo, me miraba y me dijo con un decidido tono de voz que iluminó mi apagado interior: “Ser o no ser: he aquí el problema. ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la Fortuna o tomar las armas contra un piélago de calamidades, hacerles frente, acabar con ellas? ¡Morir, dormir, no más!”. Su voz se fue apagando poco a poco en mi cabeza, sólo era capaz de repetir, una y otra vez morir, dormir, no más… una y otra vez, así hasta trece veces las repetí. Y sí, él tenía razón, tenía toda la razón.

En medio de aquella sala donde el calor era cada vez más abrasador y en la que la sed se había ido apoderando de los cuerpos cada vez más deshidratados, me agaché lentamente y recogí mi bolso del suelo, de él saqué una fresca botella de agua que estreché entre mis manos como un tesoro. Sus ojos se movieron, se fijaron en la botella de agua, la balanceaba y sus ojos perseguían su rastro, sin duda la sed se había apoderado de su cuerpo, pensé.

En medio de aquel puro delirio de personajes reunidos en un cementerio, seguía estrechando entre mis manos aquel dulce y amargo placer para calmar la sed de mi amiga, el agua. Esperaba pacientemente a que se acercase y me susurrase al oído, ¿me darías agua, por favor? Y no tardó, fue ella quien quiso beber, créame, yo no se la ofrecí, ella me pidió agua para calmar su sed. Volví a mirar su pálido rostro y ahí estaba otra vez dibujada su sonrisa, aquella tormentosa sonrisa suya que se dibuja en su cara. Estiré mi brazo sin pensar que no era agua lo que le ofrecía, pero ella abrió la botella y bebió, bebió hasta tres veces bebió.

Ahora en el escenario discuten Hamlet y Horacio por una brillante copa; Horacio llora y Hamlet bebe… Finalmente tambores lejanos se escuchan en toda la sala, primero muy bajito pero los tonos aumentan en intensidad poco a poco. De pronto su bolso, por fin, cae al suelo pero mi mirada esta clavada en Hamlet, observo cómo poco a poco merman sus fuerzas fruto del veneno, hasta que cae. Los tambores invaden toda la sala del teatro, la luz va ganando en intensidad y finalmente los aplausos de la sala terminan la obra.

De nuevo la luz, el bolso seguía en el suelo, la botella la tenía sujeta entre sus manos, la cabeza ladeada y, por fin, sí, por fin, la sonrisa había desaparecido de su rostro.

Tenía la sensación de haber despertado en ese momento, allí seguía, igual, sentada. Volví a cerrar los ojos, pero seguía igual, parpadeé una vez, dos veces y hasta tres, pero allí seguía sentada, sujetando la botella entre sus afiladas manos, estaba inerte, inexpresiva ahora al fin, no había mirada, no había sonrisa, no había gestos… Ahora quería que ladease la cabeza y que tan solo me dijera una palabra sincera.

María Jesús Cruz. Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife 2010

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8 junio 2010 - Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , ,

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