Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El espejo del otro lado (El otro lado del espejo)

En los campos de Groenlandia, Carlos recogía el centeno que no se había helado. Tenía poca cosecha ese año, y su familia estaba muy flaca, todos tenían un hambre atroz.

Carlos iba caminando con la hoz por la parcela, y sintió un calor inesperado. “En noviembre no hay más calor que el que a duras penas escupe el sol”, pensó. Al mirar detrás de unos matos, vio a un hombre rojo con afilados cuernos de cabra y patas peludas como los chalecos de lana. Tenía la cola puntiaguda, y una mirada difícil de mantener.

-Te veo buscando algo, Carlos.

-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres?

-No hace falta que me presente: estoy en cada miedo, en cada duda; cada vez que quieras llorar, estaré colgado detrás de tu oreja.

Carlos se quedó dubitativo.

-Quizás quieras pedirme algo. ¿Quieres escaparte de este viejo páramo?”

Las pupilas de Carlos estaban henchidas como un girasol a mediodía. Necesitaba huir de esa cárcel que era el frío y la pobreza.

-Quiero que me lleves al Paraíso -dijo Carlos.

-Eso está hecho; te voy a prestar mi espejo, que quizás no tenga una gran hondura metafísica, ni oro y piedras preciosas, pero sirve para llevarte al Edén.

Carlos se ciñó el espejo a la cintura, lo estiró como si fuera una sábana y entró en el paraíso.

-Recuerda –decía el Diablo mientras bajaba-, si el espejo se rompe, te consumirás con los fuegos del Averno.

Tras un zumbido, aparecieron ante él exuberantes árboles, frutas y animales. Estaba completamente felíz. Colocó el espejo ladeado en una roca y se quitó la ropa para bañarse en el agua de un arroyo.

Cuando estuvo dentro, al cabo de unos segundos, se incineró dentro del agua, creando un vapor intenso que se levantó hacia las nubes, y que dentro de unos meses llegaría al cielo de Groenlandia.

Pobre iluso. No sabe que yo todo lo veo y todo lo sé. Veo sus palpitaciones difusas, sus dudas por querer huir de la pobreza. Le ofreceré lo que tanto ansía. Le ofreceré el Edén. No podrá rechazarlo, su amor por escapar de la vida que lleva es para querer desafiar a la muerte. Se sentirá obnubilado, entonces cuando vaya a bañarse en el arroyo y deje el espejo lejos de él, me transformaré en serpiente y lo empujaré, hasta que, tras ese chasquido delicioso de cristales oiga su grito elevarse hasta las nubes, mirando cómo otro pobre desdichado más entra en mis arcas, a vagar con su angustia toda la eternidad.

Francisco Rebollo Bautista. IES Politécnico.

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8 junio 2010 - Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , ,

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