Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Las piedras del jardín

A casi un día de camino desde la Ciudad Imperial, en dirección al frío Norte, había una linda y próspera ciudadela, donde vivía un señor tan rico como el emperador.

Su casa era grande y bien amueblada; delante la casa había un gran jardín; por detrás, una explanada cubierta por pequeñas piedras.

En la ciudadela se contaba que esas piedras tenían poderes mágicos.

Cada mañana llegaban a la casa muchos siervos para atender al señor. Uno de ellos tenía como tarea arreglar las piedras. Todos eran muy felices, excepto el siervo de las piedras. Él pensaba que tenía el trabajo más duro y más aburrido. En verdad, él era siempre el último en terminar su trabajo. Un día en el que había trabajado muy lentamente y sin gana, y ya era muy tarde, vio acercarse algunos mendigos a la puerta de la casa. Una vez enfrente de la puerta, tocaron y esperaron una respuesta. Todos los mendigos sabían que en esta casa se podría siempre recibir comida y un regalo muy especial. Se contaba que el regalo era una de las piedras del jardín. Pero  nadie nunca había confirmado  este asunto. A cambio del regalo, el señor pedía a los mendigos que nunca revelasen su natura y jamás volviesen a la ciudadela.  Así fue que el señor les dio comida y una piedra a cada uno y, saludándolos, les dijo:

-Tenéis que hablar al regalo de esta manera: “Para mí, que soy pobre y lloro, piedra mía, conviértete en oro”.

Y, con estas últimas palabras, el señor despidió los pobres. El siervo, que lo había observado y escuchado todo, pensó en ir detrás de los mendigos y descubrir el secreto.

Aquellos, una vez fuera las murallas de la ciudadela pronunciaron las palabras recibidas y ¡qué  maravilla se presentó a sus ojos! Las piedras se convirtieron en oro. El siervo regresó a su casa y, esa noche, por los muchos pensamientos, no pudo dormir.

Por la mañana, ya tenía una solución. Se vistió de mendigo, y con un gran sombrerete sobre la cabeza, se ensució la cara y salió. Buscó algunos amigos a la taberna, todos borrachos, y con ellos llegó a la casa del señor. Tocó a la puerta. El señor abrió y les dio comida y el regalo a cada uno.

El siervo era el más feliz de todos ellos, puesto que sabía que era rico. Una vez en la taberna, robó fácilmente las piedras a los borrachos, se quitó el sombrerete y partió. Llegó a la Ciudad Imperial bien vestido y comió en el mejor restaurante. En el momento de la cuenta, delante del dueño, sacó del bolsillo una de las piedras y empezó a decir las palabras mágicas: “Para mí, que soy pobre y lloro, piedra mía, conviértete en oro”.

Nada occurrió… Intentó otra vez… Nada. Cogió otras piedras y pronunció nuevamente las palabras… y nada pasó. No sabía que las palabras funcionaban solo diciendo la verdad, y puesto que él no la decía, nada ocurrió.

Tan alta era la cuenta, que el dueño lo envió a la cocina a lavar platos por toda su vida.     

Paolo Vignoli

Anuncios

23 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

El paisaje acabado

Sus jefes lo estaban esperando como agua de mayo. Él lo sabía y tenía que trabajar muy duro para tenerlo terminado en la fecha prevista. Pero aquel paisaje se le había atragantando de mala manera. No había forma de encajarlo en el juego de estrategia por ordenador en el que llevaba trabajando más de dos años. Faltaba algo en el paisaje, pero no sabía el qué.

El tiempo pasaba y la fecha de entrega le martilleaba la cabeza, como un mazo inexorable que le recordaba que tenía que acabarlo. Una madrugada fría encontró la solución.

A la mañana siguiente, llamó a sus jefes y los citó al mediodía para presentarles la maqueta. Todo estaba preparado. En la reunión les explicó, paso a paso, las interioridades del juego, sus particularidades, los trucos estratégicos y sus secretos. Hasta que llegó al paisaje con el que había estado trabajando y que tanto trabajo le había dado. Allí se detuvo y el semblante le cambió. Se acercó a la gran pantalla táctil en la que se desarrollaba el juego. Tocó el botón rojo que llevaba impresa la palabra Add, que tenía los bordes amarillos y el interior blanco. En un instante, sintió cómo su cuerpo se transmutaba, cómo cada átomo de su ser se trasformaba en millones de unos y ceros que se iban incorporando a la estructura interna del juego. Estaba dentro. Vio con claridad cómo sus jefes miraban atónitos, sin comprender nada de lo que estaba pasando. Siguió un pequeño sendero que lo llevaba hasta una casa que se parecía mucho a la suya. Entró por el garaje y se dirigió hacia un rincón  lleno de ordenadores. Se sentó delante de uno de ellos, tecleó una serie de números y palabras y el juego fue desapareciendo de la gran pantalla, sin que los asombrados jefes pudieran hacer nada.

Nadie supo explicar lo que había ocurrido aquella mañana y, aún hoy, siguen buscando al programador desaparecido y al juego inacabado.

Moisés Morán Vega

23 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

El violín y la vieja

La música salía del instrumento como salen las palabras de la boca; hubiérase dicho que el violín hablaba.

Los ojos de la anciana comenzaron a iluminarse despacio, como una aurora lenta e imparable. Al poco rato sus mejillas se encendieron, y los labios, antes lívidos, se contagiaron de ese fuego y brillaron carmesíes. Las arrugas se fueron disipando, y el mar bravo que era su rostro se convirtió en mar en calma. Luego las agarrotadas extremidades se relajaron, la espalda dolorida cobró fuerza y el cuerpo se irguió, estilizado y arrogante como en sus mejores días. La mujer corrió como una muchacha calle abajo, frente a las miradas incrédulas de la gente del pueblo. Por el camino, se topó con la niña que antes lloraba desconsoladamente, y con el mendigo que pedía en la esquina. Ahora ambos sonreían y silbaban la misma melodía familiar. También vio a un hombre malencarado, que miraba desde lejos al joven músico. Por el rabillo del ojo alcanzó a ver cómo se iba acercando poco a poco hacia él, pero ya nada le importaba: no recordaba haberse sentido nunca con tanta fuerza, con tanta pasión y alegría alborotándole el pelo y el alma. Corrió un poco más, hasta dejar atrás al músico, al mendigo y a la niña. Corrió hasta alejarse del pueblo y, ya en las afueras, cuando paró para tomar aire, miró al cielo y vio cómo las nubes comenzaban a agruparse, cómo el azul pasaba al gris; vio pájaros caer en barrena y escuchó gritos horribles que venían de atrás. Miró en dirección al pueblo y, de pronto, se sintió realmente cansada. Tambaleante, con los huesos terriblemente doloridos, siguió alejándose de allí, mientras unas arrugadas manos le tapaban los oídos.

Marisol Ramírez Galván

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Tampoco te fíes de tus nietos

Pudimos haber adoptado cualquier otra forma. Total, estábamos aburridos… ¿Qué nos importaba andar jodiendo a este o a aquel? Era cosa de divertirse, de quitarse de encima este vacío inmenso que nos persigue día y noche. Y no nos mires con esa cara de mojigato, por favor; con esos ojos que parece estuvieran reprobando el hecho mismo de nuestra existencia. Ese rollo de total abnegación que se gastaba el viejito era como para habérselo cargado mucho antes; de una manera mucho menos peliculera, incluso. Y tú no tienes ni el más mínimo derecho a censurarnos, a decirnos que no debimos haberlo hecho por mucho que el viejito nos diera los buenos días de una manera tan dulzona que se nos almibaraba hasta el tedio éste que llevamos dentro y que tantas veces se nos convierte en ganas de matarte a ti o al que se nos ponga por delante con esos aires de autosuficiencia y elevada moral.

Pudimos habernos convertido, sin ir más lejos, en el asfalto por el que el viejito conduce su auto para llevar a sus nietecitos a la escuela. Un extraño socavón engulle a un jubilado y a sus cuatro nietos cuando iban camino del colegio. Se desconocen aún las circunstancias que propiciaron tan extraño fenómeno. Pero aquello no nos hubiera satisfecho en absoluto, pues es demasiado obvio. Todo el mundo estaría todavía condoliéndose y guardando minutos de silencio por la tragedia.

La opción por la que nos decantamos finalmente tiene mucho de desconcertante, de no saber si uno tiene que llorar o dar las gracias a quién sabe quién por habernos quitado de en medio al viejo aquel tan santurrón que se balanceaba colgado de la ducha con la lengua fuera y el pito tieso ante la mirada atónita de sus nietos.

Santiago Úbeda

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La historia del abuelo John

El abuelo John, de origen irlandés, una noche más volvía a casa borracho. Sus  dos nietos, que lo veían llegar, ya sabían lo que iba a ocurrir; estaban hartos de él.

Sin pensarlo, salieron a su encuentro y, entre los dos, lo agarraron y comenzaron a golpearle.

El viejo, sin poder soportar los golpes que estaba recibiendo y temiendo que lo mataran, se hizo el muerto y sus nietos lo abandonaron allí.

Cuando llegó a su casa, se enfrentó a los chicos, pero estos le pidieron perdón y le contaron que algo maligno se había introducido en ellos y que no eran conscientes de lo que hacían.

El abuelo, se dejó convencer y los perdonó.

Unos días después, el abuelo John fingió que volvía a llegar borracho para ver qué hacían sus nietos. Estos, al verlo, se le acercaron con la intención de ayudarle, pero, en ese instante, él los agarró fuertemente y los inmovilizó. Les dio una paliza enorme y los encerró en su cuarto. Al llegar la mañana, no se encontraban en su cuarto; se habían escapado, y el abuelo se arrepintió de no haberlos matado.

Pasado un tiempo, el viejo volvió a salir de su casa, pero esta vez iba preparado con un enorme cuchillo que llevaba escondido por si se encontraba con ellos. Según él, recibirían su merecido.

Era muy avanzada la noche cuando el viejo regresaba a su casa.

Sus nietos salieron a buscarlo, pensando que si volvía borracho y con sus alucinaciones los volvería a maltratar.

En ese instante apareció el viejo y, en su delirio de borracho, pensó que eran unos ladrones que lo querían atacar, se abalanzó sobre ellos y los apuñaló.

 

Juana Teresa García Vizcaíno

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Una copa de vino

Hace tiempo que veo a mi padre preocupado. Pasea y pasea por los viñedos, ahí está. Segunda vuelta. Con Jacinto, su Sancho Panza. Me estoy dando cuenta que tiene más pelo blanco que negro; le vendría bien un tinte. Eso sí, su vasito de vino todos los días no falla, “de mi cosecha”. Sobre todo el de La Barrica. No hay quien toque ese vino sin su permiso. Es la joya de la corona. Adora lo que hace. Cuarenta años, sus vinos. Me sé de memoria la historia. Jacinto y él, al golpito. Mi viejo padre. Mira, pensando en él…

-Dime.

-Necesito que vayas a la bodega a la una y media, en punto, ¿eh?

-¿Para?

-Hijo mío, no preguntes. Sé que estás muy ocupado con los pedidos. Será un minuto.

-Vaaaaaaaale. A la una y media.

-Hasta luego.

-Hasta luego.

 

Qué raro. Cuánta solemnidad. Será una reunión con alguien. Voy a llamar a Francisco. Pues a él y a Ramón también los han citado. Muy raro, pero seguiré trabajando, que ya me enteraré.

Bueno, llegó la hora. Vamos a ver qué hay en este misterio. Seguro que está en el banco que está al lado de La Barrica.

 

-Hola, Jacinto, ¿cómo andas? No había hablado contigo en todo el día.

-Hemos estado liados.

-Sí, sí, liados… caminando por los viñedos.

-Ja, ja, ja… Sí. Pues lo que tú vendes está ahí, afuera, en la tierra. No te olvides. Estábamos discutiendo un asunto importante.

-¿Y mi padre?

-Ahora viene.

-¿Qué asunto tan importante es ese?

-Se trata de La Barrica. Vamos a comercializarlo. ¿Qué precio le pondrías?

-¿Precio? Ni en broma. Ese vino es más sagrado que el del cura, no tiene precio. ¿Mi padre quiere comercializarlo?

-Ni en broma, hijo.

-Papá, ¿qué haces escondido?

-Tu padre y yo hemos estando meditando jubilarnos. Y la decisión está tomada.

-Hijo mío, no has dudado ni un momento. Todo en esta vida no es el dinero. Tus hermanos te echarán una mano. Serás el nuevo director general.

 

Jose Suárez

 

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El libro

 

Y realmente me estaba preocupando por mi hermano. Porque últimamente estaba sumido en la más completa pereza y, al mismo tiempo, en una constante actividad. Había dejado de talar árboles y ahora se estaba dedicando a leer un libro que había encontrado en el bosque cerca de una zona que linda con un suburbio.

Estuve hablando con sus compañeros cuando lo visité. Me dijeron que estaba muy extraño, que reía incongruentemente y se desvelaba con aquel libro, pese a que siempre había dormido mucho y muy profundamente. Yo, sin embargo, me daba la vuelta para mirarlo y lo veía sereno y como más lleno de luz, leyendo en una esquina.

Cada mes regresaba a visitarlo. Y solía preguntarle por qué leía, contestaba simplemente que disfrutaba. Yo le decía que debía trabajar, ya me estaba viendo presionado, dándole dinero, así que tuve la fatal idea de coaccionarlo diciéndole que no le iba a prestar más.

Volví un mes más tarde, con algo de retraso, ya que las carreteras habían estado cortadas. Allí todo estaba muy callado, demasiado callado: no se oían las sierras, no se oía nada; como si el bosque estuviese guardando luto. Llamé a la puerta de la cabaña, preocupado. Me abrieron. Todos tenían una expresión taciturna. Me contaron cómo habían presionado a mi hermano para que dejara el libro, porque no podían seguir prestándole dinero ni dándole comida, y cómo él, impulsivo e infantil, se había escondido en el bosque. Lo habían buscado pero no lo habían encontrado. También llamaron a la policía de la ciudad más cercana: llegaría aquella tarde a causa del mal tiempo.

Me invadió un ataque de pánico y de rabia. ¿Cómo podían seguir de ese modo estando él por ahí? Salí a buscarlo desesperado. Hacía muchísimo frío, como si aquel invierno buscara azotar a mi hermano intentando darle una lección.

Ahora estoy aquí.

No lo he encontrado. Desde hace dos días que salí a buscarlo me ha crecido una barba áspera y tan punzante como el hielo. Una patrulla de búsqueda ha ayudado algo pero ha desistido y volverá pasado mañana. Yo no he parado… Estoy intentando recordar cómo empezó todo pero solo me viene a la cabeza el momento en que empecé a preocuparme. Recuerdo que alguna vez lo vi y me imaginé que acabaría así. Debí de haberlo sacado de este sitio tan gélido.

Camino desesperanzado por este paraje de nieve y escarcha. Desde lejos veo el tronco derribado de un olmo y una alargada mancha roja en la nieve. Me acerco, el tronco está sobre él de la cintura para abajo. Tiene los ojos cerrados. Seguro que le cayó encima mientras dormía; está sonriendo y su rostro parece redundar luz. Ahora veo que así es como debía ser.

Le arranco el libro de sus manos inertes y me dispongo a leerlo junto a un árbol, que es en el páramo como una esquina en un cuarto.

 

 

Daniel Marmolejo

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Sin miedo al demonio

Años después, el viajero buscó al demonio y le dijo:

-Si quieres mi alma, ya puedes encontrarla en estás páginas.

Le devolvió el diccionario robado y que ya, tras tanto desear y soñar, no necesitaba. Y antes de regresar de donde había venido, dijo:

-Ya sé que el alma no existe, pero hay que actuar como si existiera.

 Víctor Javier Moreno

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Un recuerdo de juventud

Aún me acuerdo de mi primer día de clase. Eso fue hace ya mucho tiempo, desde luego, cuando yo era joven y el mundo ya viejo, como suele decirse. Fue en un colegio lejano, y viejo, la verdad. ¡Ah!, y multicultural, lleno de niños de diferentes etnias que jugaban felices; todos, menos una niña. La única.

Recuerdo que un día la vi llorando en un pequeño estanque que había en el colegio. Estaba muy triste. Entonces, me acerqué y le pregunté qué le ocurría. La niña me respondió que se sentía sola, porque sus compañeros no la aceptaban del todo. Ante una situación así, ¿qué podía recomendarle sino que se marchará de allí y se tomara un tiempo? Y que regresara cuando estuviera preparada, claro. Pues, al parecer, la niña me hizo caso, porque ese mismo día sus padres vinieron y hablaron con la directora del colegio.

Antes de irse, saqué mi espejo del bolso, y le dije: “Tu alma se reflejará en este espejo y tu alma te reflejará a ti. Refleja el ser”. Después, volví a mi despacho. Recuerdo que miré por la ventana y que la vi marchar entusiasmada.

Un día, después de algún tiempo, le pregunté a la directora por la niña. “Se la han llevado de viaje”, me respondió. Al parecer, pasó un tiempo en otro colegio en el que había encontrado a otra niña en su misma situación. Siempre jugaban con el espejo que le había regalado y, si mal no recuerdo, se habían hecho amigas del alma. Y era feliz.

Pasaron los años, pero en mi mente siempre estuvo el recuerdo de aquella niña triste. Por eso, siempre le preguntaba a la directora por ella. “Sé que ahora está en Irak, cubriendo un reportaje especial del novio de una amiga suya”, me comentó. Al parecer, se salvó de un ataque enemigo gracias al espejo que siempre lleva consigo. Si mal no recuerdo, pudo volver para presenciar la boda de su amiga del alma. Y era feliz.

Pasaron más años, pero en mi mente siempre estuvo el recuerdo de la niña. Antes de jubilarme, decidí preguntarle a la directora por ella una última vez. “Se ha ahogado tratando de rescatar a una anciana que había caído al mar”, me susurró. Al parecer, la niña había muerto feliz, ya que la anciana era una de sus amigas del alma.

Pero no todo acabó ahí. En mi último día, una anciana vino al colegio y preguntó por mí. Era la misma mujer a la que había rescatado la niña. Traía consigo el espejo que le había regalado. Al parecer, les había dicho a sus amigas del alma que, si algún día moría, trajeran el espejo al colegio. Como recuerdo, erigimos una estatua en honor de la niña con el espejo en el centro. Y justo debajo de él, una placa que ponía: “Por tu amabilidad, generosidad y compasión”. Desde entonces, el recuerdo de la tristeza y la soledad de aquella niña pasaron a mi olvido.

Alexis Espinosa Navarro

 

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

La llave

Ya ni recuerdo por qué tuvimos aquella discusión. El caso es que, a diferencia de otras veces, no se disiparon las ganas de perderlo de vista. Yo le tenía un aprecio sincero a este chico, a pesar de que ahora pueda parecer lo contrario. Pero que quede claro que el que se buscó la ruina fue él, desde el día en que conoció al buscavidas aquel en una marcha. Que si iban a hacer esto y aquello.  La otra noche llegó a casa excitado después de robar en una bodega: en mala hora le había dejado una copia de las llaves; lo que faltaba es que me acusaran de encubrimiento. Cuando llamó para pedirme disculpas tras discutir, me soltó que estaba nervioso por los preparativos del atraco al banco. Quién me iba a decir que me lo pondría tan fácil. Ese mismo día, ya entrada la noche, abrió la puerta de mi apartamento y entró silenciosamente. Vino directo a la cama y se acostó a mi lado. Luego se puso a contarme cómo había ido todo y yo hacía que le escuchaba mientras me regodeaba en su final.  Dicen que cuando abrió los ojos se quedó de piedra. Encontrarte rodeado de policías no es lo que uno espera al despertar en casa de su pareja.  Por supuesto, su acto reflejo fue buscar la copia de las llaves en el tocador pero ya no estaban ahí.

Carlos Martín Cabrera

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Monólogo de un iluso moribundo

Estoy tendido en el suelo del comedor. Roto y dolorido, como clavado en la cruz. El cura gordo me mira de vez en cuando. Suda. Tiene la calva brillante de gotas. La cuchara dorada brillaba igual esta mañana, cuando la encontré enterrada en el fango del camino, donde Él la había dejado para mí. Ahora la tiene el cura en la mano y la limpia con un pañuelo.

No se da cuenta de que lo estoy viendo. La cena me ha dejado paralizado y con fuego en las tripas, pero sigo aquí todavía.

Tengo sueño.

No me esperaba esto de un cura. Venga a mi casa esta noche y podrá comer por fin. Mi asistenta hace un asado para chuparse los dedos. Le ayudaré con su problema.

Parecía tan digno. Y tan generoso. Ahora se aferra a la cuchara que le mostré, la del diamante en el mango. ¿Es un diamante o una esmeralda? Una esmeralda: las esmeraldas son  verdes, como el ojo de la serpiente, que trae el pecado al mundo. Los diamantes no tienen color, como el agua.

Tengo mucha sed.

Estamos solos. Por lo menos yo no he visto criados, ni a nadie. Creo que lo de la asistenta era mentira. Otra más. Bien mirado, no creo que tenga tanto dinero como me pareció al principio. Me huelo que el estofado (qué bueno estaba el maldito) era precocinado.

Se me cierran los ojos.

El cura sigue frotando la cuchara. Se  para y se la acerca al rostro. Se pone debajo de la lámpara para examinarla con más luz. Me mira mal. Creo que le dejé una muesca, un bocado demasiado ansioso,  y no le hace gracia. Abre un libro y consulta algo.

Suena un timbre y el cura salta del susto. Se mueve rápido; ya no lo veo. Ay, me pisa la mano al pasar a mi lado. Se va por el pasillo, retumbando sobre la madera. Una cerradura. Varias personas entran en la casa. Hablan en voz baja, no entiendo lo que dicen. Se acercan por el pasillo. El cura les cuenta lo que ha pasado.

Loco.

Pedigüeño.

Vagabundo.

Joya.

Millones.

Cadáver.

Le contestan dos voces masculinas detrás de mí. Suenan cada vez más lejanas, aunque están a mi lado. No están seguros de qué hacer. El cura les cuenta su plan. Las dos voces masculinas aceptan a cambio de una parte. El cura les da indicaciones de lo que deben hacer y se ponen en marcha.

Una monja muy corpulenta y otra más pequeña, vieja y con bigote, se me ponen delante y me agarran por debajo de los brazos.

Mi última cena esta siendo sorprendente.

Entre los tres me levantan del suelo. No siento necesidad de defenderme (aunque tampoco podría). Me dejo hacer. La monja gigante se queja. Huelo a oveja y sudor de hombre, dice. Me llevan por el pasillo hacia la salida, casi me arrastran. Se me engancha un pie en una mesilla y tiro al suelo un retrato del cura con el Santo Padre. La papada del otro se hincha cuando el Papa da contra el suelo. La monja del bigote se ofrece a limpiar el estropicio cuando volvamos.

Cuando vuelvan.

Me sacan a la calle. Hace frío. ¿Es de noche?

Me cargan en una furgoneta y me cubren con sábanas como sudarios. Arrancamos.

Me quedo dormido.

Una presión en los tobillos me despierta. Me sacan del vehículo y me dejan sobre tierra húmeda. Un escarabajo pasa lentamente por delante de mis ojos. Huele a campo. Estamos en las afueras, en el bosque.

Me llevan por entre los árboles. Avanzamos un buen rato. Tres urracas negras y un trozo de carne muerta. El cura resopla y la monja del bigote ya jadea, desfondada, cuando llegamos a una granja.

Un corral con animales.

Cerdos.

Grandes y negros.

El cura y las monjas me desnudan. Preferiría que las monjas mirasen para otro lado. Parece que el pudor se quedó en el convento.

La monja gigante levanta mi cadáver y lo lanza sobre la valla. Los animales se asustan por el golpe.  Me hago daño en un costado.

Poco a poco se van acercando las bestias. El cura dice algo y se seca la frente con un pañuelo. La luna hace brillar la cuchara, que asoma en el bolsillo de su chaqueta.

Los tres se marchan, se dirigen  a la granja.

Alguien comenta que le ha entrado hambre.

Los cerdos están ya sobre mí. Me huelen y yo también puedo oler su aliento.

¿Seré digno o mejor se reservarán para otra ocasión?

Diego Doro

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La cuchara

Un mendigo andaba por los caminos pidiendo limosna de pueblo en pueblo. Una mañana en que se encontraba con más hambre que de costumbre y no tenía fuerzas para levantar la vista del suelo, se dio cuenta de que algo brillaba enterrado a sus pies. Se agachó, casi desplomándose, y, escarbando entre el barro,  encontró una cuchara de oro, con una esmeralda engastada en el mango y unos delicados grabados por toda su superficie. Al mendigo le pareció que aquella cuchara era la cosa más hermosa que había visto jamás y la tomó por una señal de Dios, un signo de que, a partir de ese momento, su vida iba a ir mejor.

Alegre por la noticia, a pesar de que seguía hambriento, el mendigo se guardó la cuchara y siguió hacia el pueblo más cercano. Por el camino encontró un zurrón colgando de un árbol. Miró a los lados para ver si tenía dueño y, al no encontrar a nadie, lo cogió. Dentro del zurrón había pan duro, un cuenco de barro y una botella de leche casi vacía. El mendigo se sentó en una piedra. Desmenuzó el pan y lo echó en el cuenco. Luego echó por encima la leche, como había visto hacer a muchos pastores, y sacó la cuchara, dispuesto a usarla para dar cuenta de su desayuno. Cuando casi había hundido la cuchara en la mezcla, se detuvo.

-Este desayuno no es digno de una cuchara así -dijo-. Mejor la reservo para otra ocasión.

Entonces, el mendigo dejó su desayuno para las hormigas y guardó otra vez la cuchara. Aún sin haber saciado su apetito, siguió su camino cantando de felicidad, y llegó al pueblo a mediodía. Allí, como hacía siempre, se dirigió al mercado y se apostó a las puertas, con la mano extendida y cara de pena. Su fingimiento no se le dio mal, porque, al rato de estar allí, había reunido una buena cantidad de monedas.

Con su nuevo capital, el mendigo se dirigió a la fonda del pueblo y pidió de comer. Tras sentarse, el mendigo rebuscó entre sus ropas y sacó la cuchara de oro. Miró a su alrededor y vio  a las gentes del pueblo disfrutando de su almuerzo antes de volver al trabajo. Finalmente llegó la comida: ante él tenía un  humeante potaje, una porción mediana de queso y una botella de  tintorro.  Famélico por no haber comido en todo el día, el mendigo empuñó la cuchara con avidez, pero, en el último momento, se detuvo.

-Este almuerzo no es digno de una cuchara así. Mejor la reservo para otra ocasión.

El mendigo salió de la fonda sin haber tocado el almuerzo que había pagado. El hambre hacía que le dolieran las tripas, pero se sentía obligado a estrenar  la cuchara con un manjar que estuviera a su altura. Al pasar por delante de la iglesia, el mendigo decidió entrar para pedir consejo. Al rato de estar sentado en uno de los bancos de la iglesia, salió de la sacristía un sacerdote, muy gordo y vestido con una sotana de rico paño, y se le acercó, tapándose la nariz con asco y agitando un bastón.

-¿Pero quién le da permiso para estar aquí? ¿No sabe que esta es la casa de Dios? Márchese, márchese, y no moleste a la buena gente.

El mendigo se disculpó y  sacó la cuchara. Le explicó  al sacerdote lo que le había pasado desde que la encontrara y cómo no iba a usarla hasta que encontrara una comida digna de un regalo tan especial. El sacerdote, sorprendido, tomó la cuchara entre sus manos, como sopesándola. Le dio entonces la enhorabuena al mendigo y se ofreció, como persona culta y entendida en asuntos de Iglesia, a proporcionarle un alimento que complaciera a Dios.

Esa noche, el sacerdote recibió al mendigo en su caserón. Lo guió por los pasillos hasta el  comedor y allí lo sentó en el lugar preferente de la mesa, mientras él desaparecía en dirección a la cocina. Al rato volvió cargado con una olla enorme; la dejó sobre la mesa delante del mendigo y le sacó la tapa. El caldero contenía un suculento  estofado, con carne, patatas y verduras de las mejores huertas de la comarca. El  poderoso aroma del guiso hizo que al mendigo le diera vueltas la cabeza y  el estómago le rugiera de anticipación. El mendigo sacó la cuchara y, titubeante, con miedo de que le dijera que no, preguntó al cura:

-¿Esta cena es digna de una cuchara así o mejor la reservo para otra ocasión?

El sacerdote, sonriente, le dijo que la cena era digna de la cuchara  y que podía comer cuanto quisiese. Entonces, el mendigo, cuchara en mano, se abalanzó sobre el caldero y empezó a devorar su contenido, mientras el sacerdote lo miraba sonriente y satisfecho.  El mendigo se  sentía muy feliz de haber encontrado por fin una comida a la altura de la cuchara. Al rato de estar comiendo,  el mendigo notó que, a pesar de estar  ya casi lleno, no se le había pasado el dolor de barriga que llevaba arrastrando todo el día. Parecía incluso que, cuanto más comía, más desgarrador se volvía el suplicio de su estómago. Finalmente tuvo que dejar de comer y cayó al suelo, doblado sobre sí mismo  y con las manos en la tripa.

Entre retortijones y fiebre,  vio cómo el sacerdote, que lo miraba con expectación, recogía la cuchara, que había caído al suelo, y la limpiaba cuidadosamente con un pañuelo.

Mientras la habitación se volvía oscura y fría, el mendigo pensó en que, si salía de aquella, iba a empezar a desconfiar de  los sacerdotes.

O, por lo menos, de su gusto para la cocina.

 Diego Doro

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El regalo

En una pequeña y lejana aldea, vivía una cariñosa madre con su único hijo. El día que éste cumplía once años, la madre le obsequió con un diente de león.

-Este es el más valioso de los regalos que puedo hacerte, hijo mío -le dijo-. Cuídalo bien, que aunque poderoso, es muy frágil.

El niño, con mucho cuidado y protegiendo la florecita de cualquier golpe de viento,  se apresuró entusiasmado en busca de sus amigos para enseñarles orgulloso su diente de león. Al verla, todos comenzaron a reír.

-¿Una mala hierba? -preguntó uno.

-¡Menuda miseria! -exclamó otro.

-¡A mí me regalaron una bolsa llena de monedas! -añadió el último.

El muchacho, enojado, corrió de vuelta a casa, prometiendo que no volvería a cuidar más de aquella flor inútil. Mientras avanzaba en el camino, un señor enfermo, estornudó sin querer sobre el diente de león, pero la flor permaneció intacta. Siguió avanzando, y en un cruce de caminos, una bocanada de aire sopló sobre la flor, que no sufrió daño alguno.

-¿Poderosa y frágil? -se preguntó. 

-¡Qué embustera es mi madre! ¡No quiero escuchar ninguna de sus mentiras jamás! -exclamó mientras soplaba con rabia el diente de león que con tanto amor le había ofrecido su progenitora.

El muchacho llegó a su casa y allí le esperaba su madre.

-Mamá, mis amigos se han burlado de mí. ¿Por qué me has hecho un regalo tan absurdo? -preguntó.

Pero no obtuvo respuesta alguna; su deseo ya se había cumplido y los labios de su madre fueron condenados a pronunciar sólo silencio.

 Laura Cedrés

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

El espejo del ser

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la humanidad aún era joven y el mundo ya viejo, en el fin del mundo, oculto a los mortales, existía un antiguo y mágico bosque. En él vivía toda clase de criaturas: duendes, gnomos, enanos, ninfas y unicornios. Todas eran felices, menos una. Un hada. La única del bosque.

Una noche el hada acudió a un estanque en medio del bosque y comenzó a llorar. Tal era su tristeza por la soledad que sentía en su corazón que el estanque creció y creció hasta convertirse en un lago. Entonces, de repente, al ver su sufrimiento, el espíritu de la luna bajó de los cielos y se reflejó en el lago.

-¿Qué te ocurre, pequeña mía? –preguntó cariñosamente la luna.

-Me siento sola. Tengo muchos amigos aquí, en el bosque, pero ninguno es como yo –respondió, triste, el hada.

Tras una pequeña sonrisa, la luna contestó:

“Sal, abandona el bosque, y ve más allá de las Montañas Imperiales y de los Cinco Ríos Encantados. Parte en busca de tus hermanas, y no regreses hasta haberlas encontrado”.

Tras decir esto, la luna extendió sus manos fuera del lago y, por arte de magia, las lágrimas que había reunido se transformaron en un espejo. Acto seguido, dijo:

“El ser es el reflejo del alma; y el alma, el reflejo del ser. En este espejo, los actos reflejarán el ser”.

Después, regresó a los cielos.

Entusiasmada, el hada abandonó el bosque y partió en busca de sus hermanas. El hada voló y voló más allá de las Montañas Imperiales y de los Cinco Ríos Encantados, pero no las encontró.

Un día, por el camino, encontró a una niña llorando en un estanque.

-¿Qué te ocurre, pequeña? –preguntó el hada.

-Mis amigos no están y no sé si volveré a verlos –respondió con tristeza la niña.

El hada, conmovida, jugó con ella. Su gesto se reflejó en el espejo, y una pequeña luz apareció en su interior.

 -Muchas gracias, amable hada. Serás mi hermana para siempre –dijo la pequeña niña.

Y el hada se alegró.

Tiempo después, descubrió a una joven llorando en un lago.

-¿Qué te ocurre, joven? –preguntó el hada.

-Mi amado fue a la guerra y no sé si volveré a verlo –respondió con tristeza la joven.

El hada, de nuevo conmovida, fue a buscar a su amado y lo trajo de vuelta. Su gesto se reflejó en el espejo y otra luz apareció en el interior.

-Muchas gracias, generosa hada. Serás mi hermana para siempre –dijo la joven.

Y el hada se alegró.

Finalmente, llegó al mar, donde vio a lo lejos a una anciana llorando.

-¿Qué te ocurre, anciana? –preguntó el hada.

-Mi vida, ha llegado a su fin y no sé si volveré a ver otro amanecer –respondió con tristeza la anciana.

El hada, conmovida una vez más, decidió darle lo que le quedaba de vida. Su gesto se reflejó en el espejo y una última luz apareció en su interior.

-Muchas gracias, compasiva hada. Serás mi hermana para siempre –dijo la anciana entre lágrimas.

Y el hada se alegró, antes de cerrar por última vez sus tristes ojos.

Mas no todo acabó ahí. Cuando la anciana hubo derramado su última lágrima sobre el espejo, de este surgieron las luces que habían aparecido, transformándose en tres bellas hadas: las hadas de la amabilidad, la generosidad y la compasión.

El hada, hasta entonces conocida como el hada de la tristeza, volvió a nacer como el hada de la alegría. Y, desde entonces, las hadas vivieron felices para siempre en el bosque, desterrando la tristeza y la soledad a un recuerdo en el olvido de los hombres.

 Alexis Espinosa Navarro

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El diccionario mágico

 Un viajero que caminaba por el bosque se encontró con un demonio.

-Te voy a hacer una propuesta que no vas a poder rechazar -el viajero sintió curiosidad a la vez que desconfianza y dejó que continuara hablando.

 -Te prometo realizar los tres sueños que quieras.

-¿Y qué es lo que he de hacer yo?

-¡Nada, absolutamente nada! Salvo dejar que me lleve tu alma en este saco. Es todo un negocio, ¿verdad? ¿A quién le interesa el alma? No sirve para nada.

-¿Dices que me concedes realizar tres sueños y que no tengo que hacer nada?

-Eso es. Yo te daré este diccionario que tengo aquí, lo cogerás con las manos y, con toda la atención,  buscarás tu sueño con una palabra. Y leerás su definición mágica. Así de fácil. Y al finalizar los tres sueños te haré el favor de deshacerte de tu alma, ya que te es inútil.

-Entonces todo el poder está en el diccionario, ¿verdad?

-Adivinas bien. ¿Te decides a ir por tus sueños o no?

-Muy bien, acepto.

 El viajero tomó el diccionario mágico en las manos buscó por la letra /p/: “Pluma  (literatura). Su escritura transforma la pobreza en riqueza”. Apareció de inmediato una pluma azul, la más bonita que había visto. El demonio observaba todo esto y empezaba a divertirse. Buscó por la letra /c/ y leyó: “Caballo. El viajero se mueve por la tierra con fuerza, destreza y astucia”. Y su palabra se hizo carne en el caballo más imponente que había visto.

-¡Con este caballo podrás galopar por cualquiera de los lares que te plazca!  -dijo el demonio.

El viajero buscó por la letra /d/ y leyó: “Diccionario. Perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad. El presente diccionario es una excepción y le dará la dicha a quien use sus palabras correctamente”. El demonio miraba alrededor buscando el diccionario, pero no se materializaba por ninguna parte. Cuando el demonio se dio cuenta, ya era demasiado tarde. El viajero ya se había montado en su caballo llevándose consigo el diccionario del demonio y, como gran escritor en el que se convirtió, dejó escrito este cuento para la posteridad.

Víctor Javier Moreno

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

El libro

 

Un leñador solía ir a un bosque a recoger leña. Era un trabajo duro pero con ello se ganaba la vida. Se sentía increíblemente solo en su cabaña y en aquel bosque, por donde únicamente se adentraban chicos que se atrevían a desafiar falsas leyendas del lugar; por ello, su hermano venía a visitarlo cada mes.

 
Un día el leñador encontró un viejo libro debajo de unas hojas que habían caído por el otoño, lo recogió y se dispuso a leerlo bajo un árbol. Aquella noche vino su hermano, y al no hallarlo en su cabaña, lo buscó por el bosque. Dio con él no muy lejos de allí; estaba leyendo.

-Hermano, ¿por qué lees? -preguntó sorprendido.

-Porque estoy cansado, hermano.

Le pareció lógico así que lo dejó allí descansando bajo la sombra de aquel pino. Volvió un mes más tarde. Se encontraba leyendo en su cabaña. Le pareció ver su rostro más sereno y más lleno de luz que de costumbre: debía de sentirse feliz.

-Hermano, ¿por qué lees?

-Me gusta, hermano.

Se preguntó cómo estaría consiguiendo dinero si no se despegaba de aquel libro; se pregunto qué sería que tendrían aquellas páginas que habían puesto a su hermano de ese modo.

Regresó a visitarlo un mes más tarde. Ya había llegado el invierno y por ello los senderos estaban cubiertos de nieve y las ruedas de los carruajes de escarcha. Se retrasó unos días. Cuando llegó, su hermano no estaba en la cabaña. Lo buscó por el bosque, por sus colinas y sus abetos y sus olmos y sus robles y… tropezó con él cerca de unos pinos. Estaba tumbado en el suelo; estaba delgado y frío. Aunque su rostro estaba realmente sereno y parecía redundar luz.

Le arrebató el libro de sus manos inertes y se dispuso a leerlo bajo un árbol.

 

Daniel Marmolejo

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

Dos cuervos y un hijo

En una lejana aldea vivía un rey. Un día, mientras paseaba pensativo alrededor del castillo, se encontró al hombre más sabio de la aldea.

-Dime, viejo sabio, cuál de mis tres hijos es el que merece heredar mi reino.

-Si quieres resolver tu dilema tienes que darme tu corona y enviar a tus hijos hasta mi casa.

El rey entregó la corona y de inmediato reunió a sus hijos. Estos quedaron perplejos al contemplar a su padre sin su corona.

-Mi reino es mi corona, y esta la tiene el hombre sabio; aquel de los tres que me la devuelva será el futuro rey.

El hombre sabio esperaba junto a un árbol, con un cofre en la mano cuando llegó uno de los hijos.

-Vengo a por mi reino.

-La corona de tu padre está en el cofre. Tienes tres intentos –dijo el sabio.

Confiado, el príncipe desenvainó su espada y asestó un golpe a la caja: ni un rasguño en la madera. Quedo extrañado. Sacó un cuchillo. Intentó forzarla: nada. Desesperado, lo agarró y lo tiró en un último intento. Suspiró, vencido.

-No soy merecedor de suceder a mi padre.

El segundo hijo se cruzó con su hermano en el camino y llegó hasta el árbol.

-Vengo a por mi corona.

-La corona de tu padre está en el cofre. Tienes tres intentos -repitió el sabio.

Confiado, prueba con unos polvos mágicos. Se quedó extrañado. Saca una vara de madera, la agitó al ritmo de unas palabras. Nada. Lo agarró desesperado y lo tiró en un último intento. Suspiró, vencido.

-No soy merecedor de suceder a mi padre.

El tercer hijo llegó hasta el árbol mientras su hermano se marchaba cabizbajo.

-Vengo a por la corona que es un reino para mi padre.

-La corona de tu padre está en el cofre. Toma la llave.

Jose Suárez

 

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La llave

Érase una vez un hombre en la flor de la vida que iba de camino a casa, mientras comenzaba a caer el sol por detrás de las montañas después de un largo día de trabajo en el campo. No tardó en toparse con un extraño peregrino al pie de una higuera, quien, a cambio de agua, le ofreció una llave que, según contaba, le permitiría abrir cualquier cerradura que se propusiera. Ni que decir tiene que nuestro protagonista, que con la edad había adquirido como cualquier ser vivo cierto grado de sabiduría, no dio la más mínima importancia a la llave. Pero he aquí que llegó el día en que las raíces del aburrimiento alcanzaron el recuerdo de aquella misteriosa llave. Tras encontrarla en el bolsillo de la chaqueta se decidió a ponerla a prueba. En primer lugar, le sedujo la idea de la bodega del pueblo. Cuál no sería su sorpresa cuando la cerradura cedió a la llave. Le pareció fantástico poder saborear los diversos vinos. Mientras bebía, fermentó la idea de probar con la cerradura de las arcas municipales. No daba crédito a sus ojos cuando la segunda cerradura también cedió. Con los bolsillos llenos de monedas, no pudo evitar resistirse a la siguiente cerradura que le vino a la cabeza: la de la casa de su prometida. Con sumo cuidado, manipuló la cerradura con total seguridad de que esta cedería. Así fue. Acto seguido, a hurtadillas, comenzó a subir las escaleras hacia la habitación de su prometida. No podía esperar a contárselo todo. Tras el susto inicial y una vez la hubo puesto al corriente, ya solo le faltaba abrir con la llave el candado de su corazón. Se quedó dormido a su lado pero a la mañana siguiente cuando abrió los ojos distinguió un grupo de hombres a su alrededor. Su prometida no estaba a su lado y su llave ya no estaba en su bolsillo. Los gentiles hombres le acompañarían a los calabozos con el fin de aclarar los hurtos acontecidos la noche anterior.

Carlos Martín Cabrera

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

El músico de la alegría

Cuentan que un joven halló por casualidad entre las ruinas de una ciudad perdida un extraño instrumento de cuyas cuerdas emanaba un sonido que nunca nadie había escuchado por aquella región. El joven, que era músico, practicaba todos los días con el instrumento, pues no estaba familiarizado con él, hasta que logró arrancarle bellísimas melodías que hacían las delicias de todos sus vecinos. Cuando por fin consideró que dominaba la técnica salió del pueblo en busca de nuevos lugares a los que llevar su nueva música, seguro de que asombraría a todos cuantos le escucharan. Así, surcó mares y tierras lejanas hasta llegar a nuevos continentes. En una ciudad cualquiera decidió empezar su primer concierto, anunciando que se trataba de un nuevo instrumento cuya melodía nunca antes se había escuchado. Cuál no fue su sorpresa cuando, al sacar el preciado instrumento, el público prorrumpió en carcajadas. Extrañado, comenzó a tocar, pero las risas proseguían. Al acabar el concierto, después de los abucheos generales, se le acercó un hombre, muy viejo y muy sabio, que le dijo que ese instrumento ellos ya lo conocían en sus tierras, lo llamaban “violín” y, si bien era cierto que sus melodías eran bellas, muchos allí ya sabían tocarlo. Desolado, el joven músico decidió volver a su país, donde al menos su música era recibida con júbilo. Por el camino, se encontró con una niña que lloraba amargamente: “¿Qué te pasa?”, le preguntó. “He perdido mi muñeca”, contestó entre sollozos la niña. Viendo que sus carantoñas no surtían efecto alguno sobre el desconsolado llanto de la chiquilla, sacó su violín y comenzó a tocarlo. La cara de la niña cambió, y una enorme sonrisa se le iba dibujando en el rostro a medida que la música brotaba del instrumento. Cuando el joven acabó, la cría estaba cantando y bailando, olvidando su muñeca. Continuó su marcha a casa y, al doblar la esquina, un mendigo le pidió unas monedas “para alimentar el estómago”. “No puedo ofrecerte nada, porque nada tengo”, se disculpó el joven que, tras reflexionar un poco, sacó el violín y tocó otra canción. Al acabar, la desdentada boca del mendigo reía y los ojos apagados ahora le brillaban como fuego. “Quizás no has alimentado mi estómago –dijo– pero me has alimentado el alma. Gracias.” Ya en el barco de vuelta, una anciana muy enferma solicitó su compañía para no morir sola en el camarote. El músico, confuso al no saber qué decir ni qué hacer en presencia de aquella mujer agónica, decidió regalarle como despedida una melodía. Tras escucharla, el rostro de la mujer ya era completamente distinto: las mejillas volvían a tener color, las arrugas de su cara desaparecieron, ya no había manchas en su piel, ni ampollas en sus pies, ni enfermedad en su cuerpo. Se levantó de un salto de la cama y corrió por la cubierta como una muchacha. El capitán del barco no podía creer lo que sus marineros le contaban así que decidió probar él mismo el milagro. De un tirón, le arrebató el violín al joven músico y, poniendo en práctica sus conocimientos musicales, comenzó a tocar una melodía. Al momento el cielo se nubló, las gaviotas comenzaron a caer muertas sobre la cubierta, los marineros sintieron un enorme mareo y vomitaban por la borda, la mujer  que antes correteaba por la cubierta volvió a sentirse vieja y enferma. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el joven logró derribar al capitán y arrebatarle el violín. Con la ayuda de los marineros, ya repuestos del trance, al igual que la mujer, consiguió atar al capitán hasta que llegaron a puerto. Una vez en su tierra, el músico fue recibido con honores, pues hasta allí había llegado la noticia del talento excepcional del joven. Triste y avergonzado, el músico se disculpó: “No os molestéis en hacerme fiestas, pues más allá de estas fronteras no soy merecedor de honores, antes bien, soy un músico mediocre”. De pronto, atronó una voz familiar: “¡Eso no es cierto, muchacho!”. De entre el tumulto de personas salió el anciano sabio que había conocido en el país extranjero: “Ese violín tuyo es mágico, pues es violín y espejo del alma de su dueño a la vez. De manera que si lo toca un alma noble, su melodía obra milagros en las almas desdichadas, pero si lo toca un alma negra, ocasiona males horribles. Yo mismo lo escondí para que no cayera en manos equivocadas, pero te he estado observando y creo que eres merecedor de su poder. El talento no es lo que hace que este violín funcione, sino que además necesita de la bondad”.

Y así, a partir de ese día, el joven viajó por todo el mundo tocando bellas melodías con su violín y aliviando el peso de las almas que se encontraba a su paso. Todos lo conocían como “El músico de la alegría”.

Marisol Ramírez Galván

 

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 5 comentarios

El secreto de Rashid

En un lugar muy  lejano vivía Rashid, un joven que escondía un gran secreto. Rashid había visto y experimentado mucho más de lo que nadie se podía imaginar, pues, por más que los años pasaran, él seguía siendo igual de joven.

La razón de que Rashid no envejeciera era su viejo violín, que le dotaba de eterna juventud, siempre que nadie, ni siquiera él, lo hiciese sonar.

Un día Rashid se hallaba recordando cómo era su pueblo y en lo que se había convertido.

Las tranquilas calles por donde solo transitaban animales y personas ahora no eran más que carreteras donde los coches hacían rugir sus feroces motores.

Las personas del lugar, que antaño fueron tranquilos campesinos y que miraban sin prisa a los ojos de sus vecinos, ahora eran personas sin alma arrastradas por la avaricia del que siempre quiere más.

Rashid sacó su violín y entonó una alegre melodía para alegrar su triste corazón.

Comenzó tocando en cada ventana, luego en cada puerta y más tarde en cada plaza que encontrara a su paso. Y tocó, y tocó y tocó hasta que no quedó un solo rincón de la ciudad en el que no lo hubiesen escuchado.

Todos, al oír la música, comenzaron a mirarse a los ojos llenos de lágrimas y se abrazaban como si no existiera el mañana y empezaron a sentir algo de calor en sus fríos corazones.

Por fin, Rashid descubrió la alegría de estar vivo justo cuando comenzaba su camino natural hacia la muerte.

 Héctor Trinidad Marcet

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

El perfume

          Una mañana de una época muy lejana, Chindasvinto, un muchacho de tez sonrosada y pelo hirsuto, que trabajaba como aprendiz de artesano en su ciudad natal, se dirigía muy contento a ver a su amada, residente en la ciudad vecina. Ésta, cuyo nombre era María Julieta, solía peinar sus cabellos sentada en el alféizar de la ventana, donde pasaba horas y horas, al tiempo que atisbaba a los guapos galanes que pasaban por la calle, que desde lo alto de sus caballos la saludaban con la mano.

          Chindasvinto, que era un chico especialmente tímido, sabía que aquella doncella jamás se fijaría en él, pero día tras día procedía al cortejo, como si el desprecio del día anterior no significara nada. Aquella mañana la dama debía de estar atareada con alguna faena de la casa, pues no se encontraba asomada a su ventana como de costumbre. El muchacho lanzó una piedrecita contra uno de los vidrios de la casa, y sin dar tiempo a pronunciar palabra, vislumbró cómo se asomaba una mano y le lanzaba un jarro de agua, que lo empapó de pies a cabeza. Con las ropas pegadas al cuerpo, intentó explicarse, puesto que la doncella, tras lanzarle el cántaro de agua -cerámica incluida-, había empezado a soltarle una sarta de improperios, entre los que se encontraban los peores exabruptos.

          -No temáis, preciosa mía; vengo a haceros feliz, pequeña dama. Con lo que vengo a deciros, se acabarán vuestros problemas.

          -No tengo ningún problema, mentecato, so ojo de gato, idos por donde habéis venido, excremento de nutria. Mis oídos ya crujen de espanto, solo de oiros.

          -Preciosa, sólo escuchadme.

          -¡¡Fuera!!

          Pero al enamoradísimo mozo, los insultos de su dama sólo conseguían henchirle aún más de amor y no se lo pensó dos veces al volver a pasar por la ventana de casa de su amada varios días más tarde.

          -Amor mío, os deseo tanto que hasta al monte se lo canto; mi corazón es una rosa partida de dolor que sangra lágrimas rojas por vuestra hermosura… Jamás pensó aquí un servidor que…

          ¡¡Plaff!! Otro jarro de agua fría -jarro incluido- salió disparado por la ventana de aquella dulce damisela, dejando a nuestro zagal empapado de pies a cabeza y con un chichón del tamaño de una butifarra del lejano reino de Aragón.

          Chindasvinto suspiraba y a todas horas lloraba que lloraba por las esquinas, como expresaba aquella remota canción de tiempos de sus ancestros. Sus amigos lo invitaban a algunas pintas en la taberna, pero a todo rehusaba, loco de sufrimiento y herido en lo más profundo de su ser. Algún vecino opinó que con una serenata la dulce dama caería rendida a sus pies. Y así lo hizo. Como se le daba bien el canto, una noche de julio, ataviado con sus mejores galas y tocando la ocarina, afinó su voz y paseó por las calles del pueblo cantando las más bellas melodías. Al llegar a la ventana de su dama, le dedicó una de sus canciones y, ante esto, a la damisela no le quedó otra que asomarse a ver qué ocurría y cuál era el motivo de aquella barahunda.

          -Sé que a la fuente de tu pueblo le han cortado el agua -canturreó Chindasvinto-, y un hechicero amigo mío ha visto en su bola de cristal que hace más de un mes que no os bañáis; me tenéis preocupado…

          -No puede ser… ¿Encima me llamáis cochina? ¡Largo de aquí!

          -¡Esperad! ¡He inventado un perfume! Del aroma de vuestros cabellos, de la dulce fragancia de la miel de vuestro labios…

          -¿Perfume? Mmmm, suena interesante… Así podría conseguir que las moscas se alejaran de aquí…

          Así, aquella hermosa muchacha llamada Maria Julieta picó el anzuelo y no se pudo resistir a probar aquel perfume, ya que procedía de una elite selecta, perteneciente a una de las familias más acomodadas del reino. Pero el padre de la dama, que no tenía un pelo de tonto, olisqueó a su hija durante el desayuno. Y comprobó en efecto que allí pasaba algo raro. Los vecinos del condado, incluido él, hedían a perro muerto desde hacía más de un mes, ya que no poseían ninguna fuente de agua, y de repente aparecía su hija, iluminando la estancia con su presencia, como de costumbre y con aquel aroma que parecía que la habían visitado los ángeles durante la noche… Definitivamente, allí pasaba algo raro…

          Don Agustín, que así se llamaba el padre de Maria Julieta, se temía lo peor, así que convocó a los vecinos en la plaza del pueblo, aunque eran las 11 de la noche y todos estaban en camisón, para informarles de aquello que le robaba el sueño. Aquel tema no tenía buena pinta, que su hija oliera como los ángeles mientras ellos hacía un mes que no se bañaban… Válgame Dios, no podía ser. Aquello debía ser culpa de los vecinos del pueblo de al lado, que siempre les habían tenido ojeriza. Así que los sencillos pueblerinos de aquel pueblo, en camisón y todo, cargaron antorchas y cogieron lo que tenían a mano (algunos incluso bayonetas) y se dirigieron en motín hacia el pueblo de al lado, donde vivía Chindasvinto. El pueblo de al lado, que poseía un enorme castillo, contaba además con cientos de soldados, que, curiosamente, estaban alerta aquella noche y arremetieron contra aquel grupo de desalmados que venían a interrumpirles su partida de mus. La contienda arrasó la vida de cientos de vecinos en camisón, quedando como vencedores los del bando del pueblo de Chindasvinto, que patentaron el perfume de éste. Aparte, el sonrosado muchacho pudo conseguir el amor de su amada Maria Julieta. A partir de aquel momento, Chindasvinto vivió con la doncella por el resto de sus días, fue feliz y comió perdices, y las moscas tuvieron que buscar otro lugar de residencia donde habitar.

 Pino Cumba Martín

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario