Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El músico de la alegría

Cuentan que un joven halló por casualidad entre las ruinas de una ciudad perdida un extraño instrumento de cuyas cuerdas emanaba un sonido que nunca nadie había escuchado por aquella región. El joven, que era músico, practicaba todos los días con el instrumento, pues no estaba familiarizado con él, hasta que logró arrancarle bellísimas melodías que hacían las delicias de todos sus vecinos. Cuando por fin consideró que dominaba la técnica salió del pueblo en busca de nuevos lugares a los que llevar su nueva música, seguro de que asombraría a todos cuantos le escucharan. Así, surcó mares y tierras lejanas hasta llegar a nuevos continentes. En una ciudad cualquiera decidió empezar su primer concierto, anunciando que se trataba de un nuevo instrumento cuya melodía nunca antes se había escuchado. Cuál no fue su sorpresa cuando, al sacar el preciado instrumento, el público prorrumpió en carcajadas. Extrañado, comenzó a tocar, pero las risas proseguían. Al acabar el concierto, después de los abucheos generales, se le acercó un hombre, muy viejo y muy sabio, que le dijo que ese instrumento ellos ya lo conocían en sus tierras, lo llamaban “violín” y, si bien era cierto que sus melodías eran bellas, muchos allí ya sabían tocarlo. Desolado, el joven músico decidió volver a su país, donde al menos su música era recibida con júbilo. Por el camino, se encontró con una niña que lloraba amargamente: “¿Qué te pasa?”, le preguntó. “He perdido mi muñeca”, contestó entre sollozos la niña. Viendo que sus carantoñas no surtían efecto alguno sobre el desconsolado llanto de la chiquilla, sacó su violín y comenzó a tocarlo. La cara de la niña cambió, y una enorme sonrisa se le iba dibujando en el rostro a medida que la música brotaba del instrumento. Cuando el joven acabó, la cría estaba cantando y bailando, olvidando su muñeca. Continuó su marcha a casa y, al doblar la esquina, un mendigo le pidió unas monedas “para alimentar el estómago”. “No puedo ofrecerte nada, porque nada tengo”, se disculpó el joven que, tras reflexionar un poco, sacó el violín y tocó otra canción. Al acabar, la desdentada boca del mendigo reía y los ojos apagados ahora le brillaban como fuego. “Quizás no has alimentado mi estómago –dijo– pero me has alimentado el alma. Gracias.” Ya en el barco de vuelta, una anciana muy enferma solicitó su compañía para no morir sola en el camarote. El músico, confuso al no saber qué decir ni qué hacer en presencia de aquella mujer agónica, decidió regalarle como despedida una melodía. Tras escucharla, el rostro de la mujer ya era completamente distinto: las mejillas volvían a tener color, las arrugas de su cara desaparecieron, ya no había manchas en su piel, ni ampollas en sus pies, ni enfermedad en su cuerpo. Se levantó de un salto de la cama y corrió por la cubierta como una muchacha. El capitán del barco no podía creer lo que sus marineros le contaban así que decidió probar él mismo el milagro. De un tirón, le arrebató el violín al joven músico y, poniendo en práctica sus conocimientos musicales, comenzó a tocar una melodía. Al momento el cielo se nubló, las gaviotas comenzaron a caer muertas sobre la cubierta, los marineros sintieron un enorme mareo y vomitaban por la borda, la mujer  que antes correteaba por la cubierta volvió a sentirse vieja y enferma. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el joven logró derribar al capitán y arrebatarle el violín. Con la ayuda de los marineros, ya repuestos del trance, al igual que la mujer, consiguió atar al capitán hasta que llegaron a puerto. Una vez en su tierra, el músico fue recibido con honores, pues hasta allí había llegado la noticia del talento excepcional del joven. Triste y avergonzado, el músico se disculpó: “No os molestéis en hacerme fiestas, pues más allá de estas fronteras no soy merecedor de honores, antes bien, soy un músico mediocre”. De pronto, atronó una voz familiar: “¡Eso no es cierto, muchacho!”. De entre el tumulto de personas salió el anciano sabio que había conocido en el país extranjero: “Ese violín tuyo es mágico, pues es violín y espejo del alma de su dueño a la vez. De manera que si lo toca un alma noble, su melodía obra milagros en las almas desdichadas, pero si lo toca un alma negra, ocasiona males horribles. Yo mismo lo escondí para que no cayera en manos equivocadas, pero te he estado observando y creo que eres merecedor de su poder. El talento no es lo que hace que este violín funcione, sino que además necesita de la bondad”.

Y así, a partir de ese día, el joven viajó por todo el mundo tocando bellas melodías con su violín y aliviando el peso de las almas que se encontraba a su paso. Todos lo conocían como “El músico de la alegría”.

Marisol Ramírez Galván

 

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17 noviembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

5 comentarios »

  1. Hola Marisol,
    que lindo tu cuento, me ha gustado mucho. Yo también usé un violín como objeto mágico, es el cuento que aparece debajo del tuyo.
    Como crítica constructiva te diría que simplificases el cuento ya que se trata de un cuento para ser contado, sobre todo en las descripciones.

    “las mejillas volvían a tener color, las arrugas de su cara desaparecieron, ya no había manchas en su piel, ni ampollas en sus pies, ni enfermedad en su cuerpo”

    Un abrazo.

    Comentario por Héctor | 17 noviembre 2010 | Responder

  2. me gusta el mensaje del cuento y yo también estoy de acuerdo en abreviar un poco.
    Un abrazo

    Comentario por Daniel Marmolejo | 21 noviembre 2010 | Responder

  3. […] violín y la vieja La música salía del instrumento como salen las palabras de la boca; hubiérase dicho que el violín […]

    Pingback por El violín y la vieja « Factoría de Ficciones | 21 noviembre 2010 | Responder

  4. Me gustó, sobre todo la utilización del elemento mágico en su concepto tradicional, ese que tiene propiedades milagrosas. Yo, al contrario que mis compañeros, creo que el cuento tiene la extensión adecuada.

    Comentario por Moisés Morán Vega | 23 noviembre 2010 | Responder

  5. Gracias por los comentarios. Puede que el cuento parezca algo extenso pero creí necesario hacer algunas descripciones para que se viera mejor el efecto de la música sobre los demás. En el fondo, lo que quería reflejar era el poderoso efecto de la música sobre el estado de ánimo.

    Comentario por Marisol | 30 noviembre 2010 | Responder


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