Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El perfume

          Una mañana de una época muy lejana, Chindasvinto, un muchacho de tez sonrosada y pelo hirsuto, que trabajaba como aprendiz de artesano en su ciudad natal, se dirigía muy contento a ver a su amada, residente en la ciudad vecina. Ésta, cuyo nombre era María Julieta, solía peinar sus cabellos sentada en el alféizar de la ventana, donde pasaba horas y horas, al tiempo que atisbaba a los guapos galanes que pasaban por la calle, que desde lo alto de sus caballos la saludaban con la mano.

          Chindasvinto, que era un chico especialmente tímido, sabía que aquella doncella jamás se fijaría en él, pero día tras día procedía al cortejo, como si el desprecio del día anterior no significara nada. Aquella mañana la dama debía de estar atareada con alguna faena de la casa, pues no se encontraba asomada a su ventana como de costumbre. El muchacho lanzó una piedrecita contra uno de los vidrios de la casa, y sin dar tiempo a pronunciar palabra, vislumbró cómo se asomaba una mano y le lanzaba un jarro de agua, que lo empapó de pies a cabeza. Con las ropas pegadas al cuerpo, intentó explicarse, puesto que la doncella, tras lanzarle el cántaro de agua -cerámica incluida-, había empezado a soltarle una sarta de improperios, entre los que se encontraban los peores exabruptos.

          -No temáis, preciosa mía; vengo a haceros feliz, pequeña dama. Con lo que vengo a deciros, se acabarán vuestros problemas.

          -No tengo ningún problema, mentecato, so ojo de gato, idos por donde habéis venido, excremento de nutria. Mis oídos ya crujen de espanto, solo de oiros.

          -Preciosa, sólo escuchadme.

          -¡¡Fuera!!

          Pero al enamoradísimo mozo, los insultos de su dama sólo conseguían henchirle aún más de amor y no se lo pensó dos veces al volver a pasar por la ventana de casa de su amada varios días más tarde.

          -Amor mío, os deseo tanto que hasta al monte se lo canto; mi corazón es una rosa partida de dolor que sangra lágrimas rojas por vuestra hermosura… Jamás pensó aquí un servidor que…

          ¡¡Plaff!! Otro jarro de agua fría -jarro incluido- salió disparado por la ventana de aquella dulce damisela, dejando a nuestro zagal empapado de pies a cabeza y con un chichón del tamaño de una butifarra del lejano reino de Aragón.

          Chindasvinto suspiraba y a todas horas lloraba que lloraba por las esquinas, como expresaba aquella remota canción de tiempos de sus ancestros. Sus amigos lo invitaban a algunas pintas en la taberna, pero a todo rehusaba, loco de sufrimiento y herido en lo más profundo de su ser. Algún vecino opinó que con una serenata la dulce dama caería rendida a sus pies. Y así lo hizo. Como se le daba bien el canto, una noche de julio, ataviado con sus mejores galas y tocando la ocarina, afinó su voz y paseó por las calles del pueblo cantando las más bellas melodías. Al llegar a la ventana de su dama, le dedicó una de sus canciones y, ante esto, a la damisela no le quedó otra que asomarse a ver qué ocurría y cuál era el motivo de aquella barahunda.

          -Sé que a la fuente de tu pueblo le han cortado el agua -canturreó Chindasvinto-, y un hechicero amigo mío ha visto en su bola de cristal que hace más de un mes que no os bañáis; me tenéis preocupado…

          -No puede ser… ¿Encima me llamáis cochina? ¡Largo de aquí!

          -¡Esperad! ¡He inventado un perfume! Del aroma de vuestros cabellos, de la dulce fragancia de la miel de vuestro labios…

          -¿Perfume? Mmmm, suena interesante… Así podría conseguir que las moscas se alejaran de aquí…

          Así, aquella hermosa muchacha llamada Maria Julieta picó el anzuelo y no se pudo resistir a probar aquel perfume, ya que procedía de una elite selecta, perteneciente a una de las familias más acomodadas del reino. Pero el padre de la dama, que no tenía un pelo de tonto, olisqueó a su hija durante el desayuno. Y comprobó en efecto que allí pasaba algo raro. Los vecinos del condado, incluido él, hedían a perro muerto desde hacía más de un mes, ya que no poseían ninguna fuente de agua, y de repente aparecía su hija, iluminando la estancia con su presencia, como de costumbre y con aquel aroma que parecía que la habían visitado los ángeles durante la noche… Definitivamente, allí pasaba algo raro…

          Don Agustín, que así se llamaba el padre de Maria Julieta, se temía lo peor, así que convocó a los vecinos en la plaza del pueblo, aunque eran las 11 de la noche y todos estaban en camisón, para informarles de aquello que le robaba el sueño. Aquel tema no tenía buena pinta, que su hija oliera como los ángeles mientras ellos hacía un mes que no se bañaban… Válgame Dios, no podía ser. Aquello debía ser culpa de los vecinos del pueblo de al lado, que siempre les habían tenido ojeriza. Así que los sencillos pueblerinos de aquel pueblo, en camisón y todo, cargaron antorchas y cogieron lo que tenían a mano (algunos incluso bayonetas) y se dirigieron en motín hacia el pueblo de al lado, donde vivía Chindasvinto. El pueblo de al lado, que poseía un enorme castillo, contaba además con cientos de soldados, que, curiosamente, estaban alerta aquella noche y arremetieron contra aquel grupo de desalmados que venían a interrumpirles su partida de mus. La contienda arrasó la vida de cientos de vecinos en camisón, quedando como vencedores los del bando del pueblo de Chindasvinto, que patentaron el perfume de éste. Aparte, el sonrosado muchacho pudo conseguir el amor de su amada Maria Julieta. A partir de aquel momento, Chindasvinto vivió con la doncella por el resto de sus días, fue feliz y comió perdices, y las moscas tuvieron que buscar otro lugar de residencia donde habitar.

 Pino Cumba Martín

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17 noviembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

1 comentario »

  1. Destacaría los incisos con gracia como la morcilla del LEJANO REINO DE ARAGON entre lo que me ha gustado y entre lo que menos me ha gustado que se me hace un poco largo…

    Comentario por jose | 17 noviembre 2010 | Responder


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