Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El violín y la vieja

La música salía del instrumento como salen las palabras de la boca; hubiérase dicho que el violín hablaba.

Los ojos de la anciana comenzaron a iluminarse despacio, como una aurora lenta e imparable. Al poco rato sus mejillas se encendieron, y los labios, antes lívidos, se contagiaron de ese fuego y brillaron carmesíes. Las arrugas se fueron disipando, y el mar bravo que era su rostro se convirtió en mar en calma. Luego las agarrotadas extremidades se relajaron, la espalda dolorida cobró fuerza y el cuerpo se irguió, estilizado y arrogante como en sus mejores días. La mujer corrió como una muchacha calle abajo, frente a las miradas incrédulas de la gente del pueblo. Por el camino, se topó con la niña que antes lloraba desconsoladamente, y con el mendigo que pedía en la esquina. Ahora ambos sonreían y silbaban la misma melodía familiar. También vio a un hombre malencarado, que miraba desde lejos al joven músico. Por el rabillo del ojo alcanzó a ver cómo se iba acercando poco a poco hacia él, pero ya nada le importaba: no recordaba haberse sentido nunca con tanta fuerza, con tanta pasión y alegría alborotándole el pelo y el alma. Corrió un poco más, hasta dejar atrás al músico, al mendigo y a la niña. Corrió hasta alejarse del pueblo y, ya en las afueras, cuando paró para tomar aire, miró al cielo y vio cómo las nubes comenzaban a agruparse, cómo el azul pasaba al gris; vio pájaros caer en barrena y escuchó gritos horribles que venían de atrás. Miró en dirección al pueblo y, de pronto, se sintió realmente cansada. Tambaleante, con los huesos terriblemente doloridos, siguió alejándose de allí, mientras unas arrugadas manos le tapaban los oídos.

Marisol Ramírez Galván

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21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Tampoco te fíes de tus nietos

Pudimos haber adoptado cualquier otra forma. Total, estábamos aburridos… ¿Qué nos importaba andar jodiendo a este o a aquel? Era cosa de divertirse, de quitarse de encima este vacío inmenso que nos persigue día y noche. Y no nos mires con esa cara de mojigato, por favor; con esos ojos que parece estuvieran reprobando el hecho mismo de nuestra existencia. Ese rollo de total abnegación que se gastaba el viejito era como para habérselo cargado mucho antes; de una manera mucho menos peliculera, incluso. Y tú no tienes ni el más mínimo derecho a censurarnos, a decirnos que no debimos haberlo hecho por mucho que el viejito nos diera los buenos días de una manera tan dulzona que se nos almibaraba hasta el tedio éste que llevamos dentro y que tantas veces se nos convierte en ganas de matarte a ti o al que se nos ponga por delante con esos aires de autosuficiencia y elevada moral.

Pudimos habernos convertido, sin ir más lejos, en el asfalto por el que el viejito conduce su auto para llevar a sus nietecitos a la escuela. Un extraño socavón engulle a un jubilado y a sus cuatro nietos cuando iban camino del colegio. Se desconocen aún las circunstancias que propiciaron tan extraño fenómeno. Pero aquello no nos hubiera satisfecho en absoluto, pues es demasiado obvio. Todo el mundo estaría todavía condoliéndose y guardando minutos de silencio por la tragedia.

La opción por la que nos decantamos finalmente tiene mucho de desconcertante, de no saber si uno tiene que llorar o dar las gracias a quién sabe quién por habernos quitado de en medio al viejo aquel tan santurrón que se balanceaba colgado de la ducha con la lengua fuera y el pito tieso ante la mirada atónita de sus nietos.

Santiago Úbeda

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La historia del abuelo John

El abuelo John, de origen irlandés, una noche más volvía a casa borracho. Sus  dos nietos, que lo veían llegar, ya sabían lo que iba a ocurrir; estaban hartos de él.

Sin pensarlo, salieron a su encuentro y, entre los dos, lo agarraron y comenzaron a golpearle.

El viejo, sin poder soportar los golpes que estaba recibiendo y temiendo que lo mataran, se hizo el muerto y sus nietos lo abandonaron allí.

Cuando llegó a su casa, se enfrentó a los chicos, pero estos le pidieron perdón y le contaron que algo maligno se había introducido en ellos y que no eran conscientes de lo que hacían.

El abuelo, se dejó convencer y los perdonó.

Unos días después, el abuelo John fingió que volvía a llegar borracho para ver qué hacían sus nietos. Estos, al verlo, se le acercaron con la intención de ayudarle, pero, en ese instante, él los agarró fuertemente y los inmovilizó. Les dio una paliza enorme y los encerró en su cuarto. Al llegar la mañana, no se encontraban en su cuarto; se habían escapado, y el abuelo se arrepintió de no haberlos matado.

Pasado un tiempo, el viejo volvió a salir de su casa, pero esta vez iba preparado con un enorme cuchillo que llevaba escondido por si se encontraba con ellos. Según él, recibirían su merecido.

Era muy avanzada la noche cuando el viejo regresaba a su casa.

Sus nietos salieron a buscarlo, pensando que si volvía borracho y con sus alucinaciones los volvería a maltratar.

En ese instante apareció el viejo y, en su delirio de borracho, pensó que eran unos ladrones que lo querían atacar, se abalanzó sobre ellos y los apuñaló.

 

Juana Teresa García Vizcaíno

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Una copa de vino

Hace tiempo que veo a mi padre preocupado. Pasea y pasea por los viñedos, ahí está. Segunda vuelta. Con Jacinto, su Sancho Panza. Me estoy dando cuenta que tiene más pelo blanco que negro; le vendría bien un tinte. Eso sí, su vasito de vino todos los días no falla, “de mi cosecha”. Sobre todo el de La Barrica. No hay quien toque ese vino sin su permiso. Es la joya de la corona. Adora lo que hace. Cuarenta años, sus vinos. Me sé de memoria la historia. Jacinto y él, al golpito. Mi viejo padre. Mira, pensando en él…

-Dime.

-Necesito que vayas a la bodega a la una y media, en punto, ¿eh?

-¿Para?

-Hijo mío, no preguntes. Sé que estás muy ocupado con los pedidos. Será un minuto.

-Vaaaaaaaale. A la una y media.

-Hasta luego.

-Hasta luego.

 

Qué raro. Cuánta solemnidad. Será una reunión con alguien. Voy a llamar a Francisco. Pues a él y a Ramón también los han citado. Muy raro, pero seguiré trabajando, que ya me enteraré.

Bueno, llegó la hora. Vamos a ver qué hay en este misterio. Seguro que está en el banco que está al lado de La Barrica.

 

-Hola, Jacinto, ¿cómo andas? No había hablado contigo en todo el día.

-Hemos estado liados.

-Sí, sí, liados… caminando por los viñedos.

-Ja, ja, ja… Sí. Pues lo que tú vendes está ahí, afuera, en la tierra. No te olvides. Estábamos discutiendo un asunto importante.

-¿Y mi padre?

-Ahora viene.

-¿Qué asunto tan importante es ese?

-Se trata de La Barrica. Vamos a comercializarlo. ¿Qué precio le pondrías?

-¿Precio? Ni en broma. Ese vino es más sagrado que el del cura, no tiene precio. ¿Mi padre quiere comercializarlo?

-Ni en broma, hijo.

-Papá, ¿qué haces escondido?

-Tu padre y yo hemos estando meditando jubilarnos. Y la decisión está tomada.

-Hijo mío, no has dudado ni un momento. Todo en esta vida no es el dinero. Tus hermanos te echarán una mano. Serás el nuevo director general.

 

Jose Suárez

 

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El libro

 

Y realmente me estaba preocupando por mi hermano. Porque últimamente estaba sumido en la más completa pereza y, al mismo tiempo, en una constante actividad. Había dejado de talar árboles y ahora se estaba dedicando a leer un libro que había encontrado en el bosque cerca de una zona que linda con un suburbio.

Estuve hablando con sus compañeros cuando lo visité. Me dijeron que estaba muy extraño, que reía incongruentemente y se desvelaba con aquel libro, pese a que siempre había dormido mucho y muy profundamente. Yo, sin embargo, me daba la vuelta para mirarlo y lo veía sereno y como más lleno de luz, leyendo en una esquina.

Cada mes regresaba a visitarlo. Y solía preguntarle por qué leía, contestaba simplemente que disfrutaba. Yo le decía que debía trabajar, ya me estaba viendo presionado, dándole dinero, así que tuve la fatal idea de coaccionarlo diciéndole que no le iba a prestar más.

Volví un mes más tarde, con algo de retraso, ya que las carreteras habían estado cortadas. Allí todo estaba muy callado, demasiado callado: no se oían las sierras, no se oía nada; como si el bosque estuviese guardando luto. Llamé a la puerta de la cabaña, preocupado. Me abrieron. Todos tenían una expresión taciturna. Me contaron cómo habían presionado a mi hermano para que dejara el libro, porque no podían seguir prestándole dinero ni dándole comida, y cómo él, impulsivo e infantil, se había escondido en el bosque. Lo habían buscado pero no lo habían encontrado. También llamaron a la policía de la ciudad más cercana: llegaría aquella tarde a causa del mal tiempo.

Me invadió un ataque de pánico y de rabia. ¿Cómo podían seguir de ese modo estando él por ahí? Salí a buscarlo desesperado. Hacía muchísimo frío, como si aquel invierno buscara azotar a mi hermano intentando darle una lección.

Ahora estoy aquí.

No lo he encontrado. Desde hace dos días que salí a buscarlo me ha crecido una barba áspera y tan punzante como el hielo. Una patrulla de búsqueda ha ayudado algo pero ha desistido y volverá pasado mañana. Yo no he parado… Estoy intentando recordar cómo empezó todo pero solo me viene a la cabeza el momento en que empecé a preocuparme. Recuerdo que alguna vez lo vi y me imaginé que acabaría así. Debí de haberlo sacado de este sitio tan gélido.

Camino desesperanzado por este paraje de nieve y escarcha. Desde lejos veo el tronco derribado de un olmo y una alargada mancha roja en la nieve. Me acerco, el tronco está sobre él de la cintura para abajo. Tiene los ojos cerrados. Seguro que le cayó encima mientras dormía; está sonriendo y su rostro parece redundar luz. Ahora veo que así es como debía ser.

Le arranco el libro de sus manos inertes y me dispongo a leerlo junto a un árbol, que es en el páramo como una esquina en un cuarto.

 

 

Daniel Marmolejo

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Sin miedo al demonio

Años después, el viajero buscó al demonio y le dijo:

-Si quieres mi alma, ya puedes encontrarla en estás páginas.

Le devolvió el diccionario robado y que ya, tras tanto desear y soñar, no necesitaba. Y antes de regresar de donde había venido, dijo:

-Ya sé que el alma no existe, pero hay que actuar como si existiera.

 Víctor Javier Moreno

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Un recuerdo de juventud

Aún me acuerdo de mi primer día de clase. Eso fue hace ya mucho tiempo, desde luego, cuando yo era joven y el mundo ya viejo, como suele decirse. Fue en un colegio lejano, y viejo, la verdad. ¡Ah!, y multicultural, lleno de niños de diferentes etnias que jugaban felices; todos, menos una niña. La única.

Recuerdo que un día la vi llorando en un pequeño estanque que había en el colegio. Estaba muy triste. Entonces, me acerqué y le pregunté qué le ocurría. La niña me respondió que se sentía sola, porque sus compañeros no la aceptaban del todo. Ante una situación así, ¿qué podía recomendarle sino que se marchará de allí y se tomara un tiempo? Y que regresara cuando estuviera preparada, claro. Pues, al parecer, la niña me hizo caso, porque ese mismo día sus padres vinieron y hablaron con la directora del colegio.

Antes de irse, saqué mi espejo del bolso, y le dije: “Tu alma se reflejará en este espejo y tu alma te reflejará a ti. Refleja el ser”. Después, volví a mi despacho. Recuerdo que miré por la ventana y que la vi marchar entusiasmada.

Un día, después de algún tiempo, le pregunté a la directora por la niña. “Se la han llevado de viaje”, me respondió. Al parecer, pasó un tiempo en otro colegio en el que había encontrado a otra niña en su misma situación. Siempre jugaban con el espejo que le había regalado y, si mal no recuerdo, se habían hecho amigas del alma. Y era feliz.

Pasaron los años, pero en mi mente siempre estuvo el recuerdo de aquella niña triste. Por eso, siempre le preguntaba a la directora por ella. “Sé que ahora está en Irak, cubriendo un reportaje especial del novio de una amiga suya”, me comentó. Al parecer, se salvó de un ataque enemigo gracias al espejo que siempre lleva consigo. Si mal no recuerdo, pudo volver para presenciar la boda de su amiga del alma. Y era feliz.

Pasaron más años, pero en mi mente siempre estuvo el recuerdo de la niña. Antes de jubilarme, decidí preguntarle a la directora por ella una última vez. “Se ha ahogado tratando de rescatar a una anciana que había caído al mar”, me susurró. Al parecer, la niña había muerto feliz, ya que la anciana era una de sus amigas del alma.

Pero no todo acabó ahí. En mi último día, una anciana vino al colegio y preguntó por mí. Era la misma mujer a la que había rescatado la niña. Traía consigo el espejo que le había regalado. Al parecer, les había dicho a sus amigas del alma que, si algún día moría, trajeran el espejo al colegio. Como recuerdo, erigimos una estatua en honor de la niña con el espejo en el centro. Y justo debajo de él, una placa que ponía: “Por tu amabilidad, generosidad y compasión”. Desde entonces, el recuerdo de la tristeza y la soledad de aquella niña pasaron a mi olvido.

Alexis Espinosa Navarro

 

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

La llave

Ya ni recuerdo por qué tuvimos aquella discusión. El caso es que, a diferencia de otras veces, no se disiparon las ganas de perderlo de vista. Yo le tenía un aprecio sincero a este chico, a pesar de que ahora pueda parecer lo contrario. Pero que quede claro que el que se buscó la ruina fue él, desde el día en que conoció al buscavidas aquel en una marcha. Que si iban a hacer esto y aquello.  La otra noche llegó a casa excitado después de robar en una bodega: en mala hora le había dejado una copia de las llaves; lo que faltaba es que me acusaran de encubrimiento. Cuando llamó para pedirme disculpas tras discutir, me soltó que estaba nervioso por los preparativos del atraco al banco. Quién me iba a decir que me lo pondría tan fácil. Ese mismo día, ya entrada la noche, abrió la puerta de mi apartamento y entró silenciosamente. Vino directo a la cama y se acostó a mi lado. Luego se puso a contarme cómo había ido todo y yo hacía que le escuchaba mientras me regodeaba en su final.  Dicen que cuando abrió los ojos se quedó de piedra. Encontrarte rodeado de policías no es lo que uno espera al despertar en casa de su pareja.  Por supuesto, su acto reflejo fue buscar la copia de las llaves en el tocador pero ya no estaban ahí.

Carlos Martín Cabrera

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Monólogo de un iluso moribundo

Estoy tendido en el suelo del comedor. Roto y dolorido, como clavado en la cruz. El cura gordo me mira de vez en cuando. Suda. Tiene la calva brillante de gotas. La cuchara dorada brillaba igual esta mañana, cuando la encontré enterrada en el fango del camino, donde Él la había dejado para mí. Ahora la tiene el cura en la mano y la limpia con un pañuelo.

No se da cuenta de que lo estoy viendo. La cena me ha dejado paralizado y con fuego en las tripas, pero sigo aquí todavía.

Tengo sueño.

No me esperaba esto de un cura. Venga a mi casa esta noche y podrá comer por fin. Mi asistenta hace un asado para chuparse los dedos. Le ayudaré con su problema.

Parecía tan digno. Y tan generoso. Ahora se aferra a la cuchara que le mostré, la del diamante en el mango. ¿Es un diamante o una esmeralda? Una esmeralda: las esmeraldas son  verdes, como el ojo de la serpiente, que trae el pecado al mundo. Los diamantes no tienen color, como el agua.

Tengo mucha sed.

Estamos solos. Por lo menos yo no he visto criados, ni a nadie. Creo que lo de la asistenta era mentira. Otra más. Bien mirado, no creo que tenga tanto dinero como me pareció al principio. Me huelo que el estofado (qué bueno estaba el maldito) era precocinado.

Se me cierran los ojos.

El cura sigue frotando la cuchara. Se  para y se la acerca al rostro. Se pone debajo de la lámpara para examinarla con más luz. Me mira mal. Creo que le dejé una muesca, un bocado demasiado ansioso,  y no le hace gracia. Abre un libro y consulta algo.

Suena un timbre y el cura salta del susto. Se mueve rápido; ya no lo veo. Ay, me pisa la mano al pasar a mi lado. Se va por el pasillo, retumbando sobre la madera. Una cerradura. Varias personas entran en la casa. Hablan en voz baja, no entiendo lo que dicen. Se acercan por el pasillo. El cura les cuenta lo que ha pasado.

Loco.

Pedigüeño.

Vagabundo.

Joya.

Millones.

Cadáver.

Le contestan dos voces masculinas detrás de mí. Suenan cada vez más lejanas, aunque están a mi lado. No están seguros de qué hacer. El cura les cuenta su plan. Las dos voces masculinas aceptan a cambio de una parte. El cura les da indicaciones de lo que deben hacer y se ponen en marcha.

Una monja muy corpulenta y otra más pequeña, vieja y con bigote, se me ponen delante y me agarran por debajo de los brazos.

Mi última cena esta siendo sorprendente.

Entre los tres me levantan del suelo. No siento necesidad de defenderme (aunque tampoco podría). Me dejo hacer. La monja gigante se queja. Huelo a oveja y sudor de hombre, dice. Me llevan por el pasillo hacia la salida, casi me arrastran. Se me engancha un pie en una mesilla y tiro al suelo un retrato del cura con el Santo Padre. La papada del otro se hincha cuando el Papa da contra el suelo. La monja del bigote se ofrece a limpiar el estropicio cuando volvamos.

Cuando vuelvan.

Me sacan a la calle. Hace frío. ¿Es de noche?

Me cargan en una furgoneta y me cubren con sábanas como sudarios. Arrancamos.

Me quedo dormido.

Una presión en los tobillos me despierta. Me sacan del vehículo y me dejan sobre tierra húmeda. Un escarabajo pasa lentamente por delante de mis ojos. Huele a campo. Estamos en las afueras, en el bosque.

Me llevan por entre los árboles. Avanzamos un buen rato. Tres urracas negras y un trozo de carne muerta. El cura resopla y la monja del bigote ya jadea, desfondada, cuando llegamos a una granja.

Un corral con animales.

Cerdos.

Grandes y negros.

El cura y las monjas me desnudan. Preferiría que las monjas mirasen para otro lado. Parece que el pudor se quedó en el convento.

La monja gigante levanta mi cadáver y lo lanza sobre la valla. Los animales se asustan por el golpe.  Me hago daño en un costado.

Poco a poco se van acercando las bestias. El cura dice algo y se seca la frente con un pañuelo. La luna hace brillar la cuchara, que asoma en el bolsillo de su chaqueta.

Los tres se marchan, se dirigen  a la granja.

Alguien comenta que le ha entrado hambre.

Los cerdos están ya sobre mí. Me huelen y yo también puedo oler su aliento.

¿Seré digno o mejor se reservarán para otra ocasión?

Diego Doro

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La cuchara

Un mendigo andaba por los caminos pidiendo limosna de pueblo en pueblo. Una mañana en que se encontraba con más hambre que de costumbre y no tenía fuerzas para levantar la vista del suelo, se dio cuenta de que algo brillaba enterrado a sus pies. Se agachó, casi desplomándose, y, escarbando entre el barro,  encontró una cuchara de oro, con una esmeralda engastada en el mango y unos delicados grabados por toda su superficie. Al mendigo le pareció que aquella cuchara era la cosa más hermosa que había visto jamás y la tomó por una señal de Dios, un signo de que, a partir de ese momento, su vida iba a ir mejor.

Alegre por la noticia, a pesar de que seguía hambriento, el mendigo se guardó la cuchara y siguió hacia el pueblo más cercano. Por el camino encontró un zurrón colgando de un árbol. Miró a los lados para ver si tenía dueño y, al no encontrar a nadie, lo cogió. Dentro del zurrón había pan duro, un cuenco de barro y una botella de leche casi vacía. El mendigo se sentó en una piedra. Desmenuzó el pan y lo echó en el cuenco. Luego echó por encima la leche, como había visto hacer a muchos pastores, y sacó la cuchara, dispuesto a usarla para dar cuenta de su desayuno. Cuando casi había hundido la cuchara en la mezcla, se detuvo.

-Este desayuno no es digno de una cuchara así -dijo-. Mejor la reservo para otra ocasión.

Entonces, el mendigo dejó su desayuno para las hormigas y guardó otra vez la cuchara. Aún sin haber saciado su apetito, siguió su camino cantando de felicidad, y llegó al pueblo a mediodía. Allí, como hacía siempre, se dirigió al mercado y se apostó a las puertas, con la mano extendida y cara de pena. Su fingimiento no se le dio mal, porque, al rato de estar allí, había reunido una buena cantidad de monedas.

Con su nuevo capital, el mendigo se dirigió a la fonda del pueblo y pidió de comer. Tras sentarse, el mendigo rebuscó entre sus ropas y sacó la cuchara de oro. Miró a su alrededor y vio  a las gentes del pueblo disfrutando de su almuerzo antes de volver al trabajo. Finalmente llegó la comida: ante él tenía un  humeante potaje, una porción mediana de queso y una botella de  tintorro.  Famélico por no haber comido en todo el día, el mendigo empuñó la cuchara con avidez, pero, en el último momento, se detuvo.

-Este almuerzo no es digno de una cuchara así. Mejor la reservo para otra ocasión.

El mendigo salió de la fonda sin haber tocado el almuerzo que había pagado. El hambre hacía que le dolieran las tripas, pero se sentía obligado a estrenar  la cuchara con un manjar que estuviera a su altura. Al pasar por delante de la iglesia, el mendigo decidió entrar para pedir consejo. Al rato de estar sentado en uno de los bancos de la iglesia, salió de la sacristía un sacerdote, muy gordo y vestido con una sotana de rico paño, y se le acercó, tapándose la nariz con asco y agitando un bastón.

-¿Pero quién le da permiso para estar aquí? ¿No sabe que esta es la casa de Dios? Márchese, márchese, y no moleste a la buena gente.

El mendigo se disculpó y  sacó la cuchara. Le explicó  al sacerdote lo que le había pasado desde que la encontrara y cómo no iba a usarla hasta que encontrara una comida digna de un regalo tan especial. El sacerdote, sorprendido, tomó la cuchara entre sus manos, como sopesándola. Le dio entonces la enhorabuena al mendigo y se ofreció, como persona culta y entendida en asuntos de Iglesia, a proporcionarle un alimento que complaciera a Dios.

Esa noche, el sacerdote recibió al mendigo en su caserón. Lo guió por los pasillos hasta el  comedor y allí lo sentó en el lugar preferente de la mesa, mientras él desaparecía en dirección a la cocina. Al rato volvió cargado con una olla enorme; la dejó sobre la mesa delante del mendigo y le sacó la tapa. El caldero contenía un suculento  estofado, con carne, patatas y verduras de las mejores huertas de la comarca. El  poderoso aroma del guiso hizo que al mendigo le diera vueltas la cabeza y  el estómago le rugiera de anticipación. El mendigo sacó la cuchara y, titubeante, con miedo de que le dijera que no, preguntó al cura:

-¿Esta cena es digna de una cuchara así o mejor la reservo para otra ocasión?

El sacerdote, sonriente, le dijo que la cena era digna de la cuchara  y que podía comer cuanto quisiese. Entonces, el mendigo, cuchara en mano, se abalanzó sobre el caldero y empezó a devorar su contenido, mientras el sacerdote lo miraba sonriente y satisfecho.  El mendigo se  sentía muy feliz de haber encontrado por fin una comida a la altura de la cuchara. Al rato de estar comiendo,  el mendigo notó que, a pesar de estar  ya casi lleno, no se le había pasado el dolor de barriga que llevaba arrastrando todo el día. Parecía incluso que, cuanto más comía, más desgarrador se volvía el suplicio de su estómago. Finalmente tuvo que dejar de comer y cayó al suelo, doblado sobre sí mismo  y con las manos en la tripa.

Entre retortijones y fiebre,  vio cómo el sacerdote, que lo miraba con expectación, recogía la cuchara, que había caído al suelo, y la limpiaba cuidadosamente con un pañuelo.

Mientras la habitación se volvía oscura y fría, el mendigo pensó en que, si salía de aquella, iba a empezar a desconfiar de  los sacerdotes.

O, por lo menos, de su gusto para la cocina.

 Diego Doro

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El regalo

En una pequeña y lejana aldea, vivía una cariñosa madre con su único hijo. El día que éste cumplía once años, la madre le obsequió con un diente de león.

-Este es el más valioso de los regalos que puedo hacerte, hijo mío -le dijo-. Cuídalo bien, que aunque poderoso, es muy frágil.

El niño, con mucho cuidado y protegiendo la florecita de cualquier golpe de viento,  se apresuró entusiasmado en busca de sus amigos para enseñarles orgulloso su diente de león. Al verla, todos comenzaron a reír.

-¿Una mala hierba? -preguntó uno.

-¡Menuda miseria! -exclamó otro.

-¡A mí me regalaron una bolsa llena de monedas! -añadió el último.

El muchacho, enojado, corrió de vuelta a casa, prometiendo que no volvería a cuidar más de aquella flor inútil. Mientras avanzaba en el camino, un señor enfermo, estornudó sin querer sobre el diente de león, pero la flor permaneció intacta. Siguió avanzando, y en un cruce de caminos, una bocanada de aire sopló sobre la flor, que no sufrió daño alguno.

-¿Poderosa y frágil? -se preguntó. 

-¡Qué embustera es mi madre! ¡No quiero escuchar ninguna de sus mentiras jamás! -exclamó mientras soplaba con rabia el diente de león que con tanto amor le había ofrecido su progenitora.

El muchacho llegó a su casa y allí le esperaba su madre.

-Mamá, mis amigos se han burlado de mí. ¿Por qué me has hecho un regalo tan absurdo? -preguntó.

Pero no obtuvo respuesta alguna; su deseo ya se había cumplido y los labios de su madre fueron condenados a pronunciar sólo silencio.

 Laura Cedrés

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

El espejo del ser

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la humanidad aún era joven y el mundo ya viejo, en el fin del mundo, oculto a los mortales, existía un antiguo y mágico bosque. En él vivía toda clase de criaturas: duendes, gnomos, enanos, ninfas y unicornios. Todas eran felices, menos una. Un hada. La única del bosque.

Una noche el hada acudió a un estanque en medio del bosque y comenzó a llorar. Tal era su tristeza por la soledad que sentía en su corazón que el estanque creció y creció hasta convertirse en un lago. Entonces, de repente, al ver su sufrimiento, el espíritu de la luna bajó de los cielos y se reflejó en el lago.

-¿Qué te ocurre, pequeña mía? –preguntó cariñosamente la luna.

-Me siento sola. Tengo muchos amigos aquí, en el bosque, pero ninguno es como yo –respondió, triste, el hada.

Tras una pequeña sonrisa, la luna contestó:

“Sal, abandona el bosque, y ve más allá de las Montañas Imperiales y de los Cinco Ríos Encantados. Parte en busca de tus hermanas, y no regreses hasta haberlas encontrado”.

Tras decir esto, la luna extendió sus manos fuera del lago y, por arte de magia, las lágrimas que había reunido se transformaron en un espejo. Acto seguido, dijo:

“El ser es el reflejo del alma; y el alma, el reflejo del ser. En este espejo, los actos reflejarán el ser”.

Después, regresó a los cielos.

Entusiasmada, el hada abandonó el bosque y partió en busca de sus hermanas. El hada voló y voló más allá de las Montañas Imperiales y de los Cinco Ríos Encantados, pero no las encontró.

Un día, por el camino, encontró a una niña llorando en un estanque.

-¿Qué te ocurre, pequeña? –preguntó el hada.

-Mis amigos no están y no sé si volveré a verlos –respondió con tristeza la niña.

El hada, conmovida, jugó con ella. Su gesto se reflejó en el espejo, y una pequeña luz apareció en su interior.

 -Muchas gracias, amable hada. Serás mi hermana para siempre –dijo la pequeña niña.

Y el hada se alegró.

Tiempo después, descubrió a una joven llorando en un lago.

-¿Qué te ocurre, joven? –preguntó el hada.

-Mi amado fue a la guerra y no sé si volveré a verlo –respondió con tristeza la joven.

El hada, de nuevo conmovida, fue a buscar a su amado y lo trajo de vuelta. Su gesto se reflejó en el espejo y otra luz apareció en el interior.

-Muchas gracias, generosa hada. Serás mi hermana para siempre –dijo la joven.

Y el hada se alegró.

Finalmente, llegó al mar, donde vio a lo lejos a una anciana llorando.

-¿Qué te ocurre, anciana? –preguntó el hada.

-Mi vida, ha llegado a su fin y no sé si volveré a ver otro amanecer –respondió con tristeza la anciana.

El hada, conmovida una vez más, decidió darle lo que le quedaba de vida. Su gesto se reflejó en el espejo y una última luz apareció en su interior.

-Muchas gracias, compasiva hada. Serás mi hermana para siempre –dijo la anciana entre lágrimas.

Y el hada se alegró, antes de cerrar por última vez sus tristes ojos.

Mas no todo acabó ahí. Cuando la anciana hubo derramado su última lágrima sobre el espejo, de este surgieron las luces que habían aparecido, transformándose en tres bellas hadas: las hadas de la amabilidad, la generosidad y la compasión.

El hada, hasta entonces conocida como el hada de la tristeza, volvió a nacer como el hada de la alegría. Y, desde entonces, las hadas vivieron felices para siempre en el bosque, desterrando la tristeza y la soledad a un recuerdo en el olvido de los hombres.

 Alexis Espinosa Navarro

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios