Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La cuchara

Un mendigo andaba por los caminos pidiendo limosna de pueblo en pueblo. Una mañana en que se encontraba con más hambre que de costumbre y no tenía fuerzas para levantar la vista del suelo, se dio cuenta de que algo brillaba enterrado a sus pies. Se agachó, casi desplomándose, y, escarbando entre el barro,  encontró una cuchara de oro, con una esmeralda engastada en el mango y unos delicados grabados por toda su superficie. Al mendigo le pareció que aquella cuchara era la cosa más hermosa que había visto jamás y la tomó por una señal de Dios, un signo de que, a partir de ese momento, su vida iba a ir mejor.

Alegre por la noticia, a pesar de que seguía hambriento, el mendigo se guardó la cuchara y siguió hacia el pueblo más cercano. Por el camino encontró un zurrón colgando de un árbol. Miró a los lados para ver si tenía dueño y, al no encontrar a nadie, lo cogió. Dentro del zurrón había pan duro, un cuenco de barro y una botella de leche casi vacía. El mendigo se sentó en una piedra. Desmenuzó el pan y lo echó en el cuenco. Luego echó por encima la leche, como había visto hacer a muchos pastores, y sacó la cuchara, dispuesto a usarla para dar cuenta de su desayuno. Cuando casi había hundido la cuchara en la mezcla, se detuvo.

-Este desayuno no es digno de una cuchara así -dijo-. Mejor la reservo para otra ocasión.

Entonces, el mendigo dejó su desayuno para las hormigas y guardó otra vez la cuchara. Aún sin haber saciado su apetito, siguió su camino cantando de felicidad, y llegó al pueblo a mediodía. Allí, como hacía siempre, se dirigió al mercado y se apostó a las puertas, con la mano extendida y cara de pena. Su fingimiento no se le dio mal, porque, al rato de estar allí, había reunido una buena cantidad de monedas.

Con su nuevo capital, el mendigo se dirigió a la fonda del pueblo y pidió de comer. Tras sentarse, el mendigo rebuscó entre sus ropas y sacó la cuchara de oro. Miró a su alrededor y vio  a las gentes del pueblo disfrutando de su almuerzo antes de volver al trabajo. Finalmente llegó la comida: ante él tenía un  humeante potaje, una porción mediana de queso y una botella de  tintorro.  Famélico por no haber comido en todo el día, el mendigo empuñó la cuchara con avidez, pero, en el último momento, se detuvo.

-Este almuerzo no es digno de una cuchara así. Mejor la reservo para otra ocasión.

El mendigo salió de la fonda sin haber tocado el almuerzo que había pagado. El hambre hacía que le dolieran las tripas, pero se sentía obligado a estrenar  la cuchara con un manjar que estuviera a su altura. Al pasar por delante de la iglesia, el mendigo decidió entrar para pedir consejo. Al rato de estar sentado en uno de los bancos de la iglesia, salió de la sacristía un sacerdote, muy gordo y vestido con una sotana de rico paño, y se le acercó, tapándose la nariz con asco y agitando un bastón.

-¿Pero quién le da permiso para estar aquí? ¿No sabe que esta es la casa de Dios? Márchese, márchese, y no moleste a la buena gente.

El mendigo se disculpó y  sacó la cuchara. Le explicó  al sacerdote lo que le había pasado desde que la encontrara y cómo no iba a usarla hasta que encontrara una comida digna de un regalo tan especial. El sacerdote, sorprendido, tomó la cuchara entre sus manos, como sopesándola. Le dio entonces la enhorabuena al mendigo y se ofreció, como persona culta y entendida en asuntos de Iglesia, a proporcionarle un alimento que complaciera a Dios.

Esa noche, el sacerdote recibió al mendigo en su caserón. Lo guió por los pasillos hasta el  comedor y allí lo sentó en el lugar preferente de la mesa, mientras él desaparecía en dirección a la cocina. Al rato volvió cargado con una olla enorme; la dejó sobre la mesa delante del mendigo y le sacó la tapa. El caldero contenía un suculento  estofado, con carne, patatas y verduras de las mejores huertas de la comarca. El  poderoso aroma del guiso hizo que al mendigo le diera vueltas la cabeza y  el estómago le rugiera de anticipación. El mendigo sacó la cuchara y, titubeante, con miedo de que le dijera que no, preguntó al cura:

-¿Esta cena es digna de una cuchara así o mejor la reservo para otra ocasión?

El sacerdote, sonriente, le dijo que la cena era digna de la cuchara  y que podía comer cuanto quisiese. Entonces, el mendigo, cuchara en mano, se abalanzó sobre el caldero y empezó a devorar su contenido, mientras el sacerdote lo miraba sonriente y satisfecho.  El mendigo se  sentía muy feliz de haber encontrado por fin una comida a la altura de la cuchara. Al rato de estar comiendo,  el mendigo notó que, a pesar de estar  ya casi lleno, no se le había pasado el dolor de barriga que llevaba arrastrando todo el día. Parecía incluso que, cuanto más comía, más desgarrador se volvía el suplicio de su estómago. Finalmente tuvo que dejar de comer y cayó al suelo, doblado sobre sí mismo  y con las manos en la tripa.

Entre retortijones y fiebre,  vio cómo el sacerdote, que lo miraba con expectación, recogía la cuchara, que había caído al suelo, y la limpiaba cuidadosamente con un pañuelo.

Mientras la habitación se volvía oscura y fría, el mendigo pensó en que, si salía de aquella, iba a empezar a desconfiar de  los sacerdotes.

O, por lo menos, de su gusto para la cocina.

 Diego Doro

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21 noviembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

2 comentarios »

  1. […] en la cruz. El cura gordo me mira de vez en cuando. Suda. Tiene la calva brillante de gotas. La cuchara dorada brillaba igual esta mañana, cuando la encontré enterrada en el fango del camino, donde Él […]

    Pingback por Monólogo de un iluso moribundo « Factoría de Ficciones | 21 noviembre 2010 | Responder

  2. Me ha gustado mucho el cuento, claro y directo y con un mensaje concreto: la codicia está en cualquier esquina.

    Comentario por Moisés Morán Vega | 23 noviembre 2010 | Responder


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