Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Monólogo de un iluso moribundo

Estoy tendido en el suelo del comedor. Roto y dolorido, como clavado en la cruz. El cura gordo me mira de vez en cuando. Suda. Tiene la calva brillante de gotas. La cuchara dorada brillaba igual esta mañana, cuando la encontré enterrada en el fango del camino, donde Él la había dejado para mí. Ahora la tiene el cura en la mano y la limpia con un pañuelo.

No se da cuenta de que lo estoy viendo. La cena me ha dejado paralizado y con fuego en las tripas, pero sigo aquí todavía.

Tengo sueño.

No me esperaba esto de un cura. Venga a mi casa esta noche y podrá comer por fin. Mi asistenta hace un asado para chuparse los dedos. Le ayudaré con su problema.

Parecía tan digno. Y tan generoso. Ahora se aferra a la cuchara que le mostré, la del diamante en el mango. ¿Es un diamante o una esmeralda? Una esmeralda: las esmeraldas son  verdes, como el ojo de la serpiente, que trae el pecado al mundo. Los diamantes no tienen color, como el agua.

Tengo mucha sed.

Estamos solos. Por lo menos yo no he visto criados, ni a nadie. Creo que lo de la asistenta era mentira. Otra más. Bien mirado, no creo que tenga tanto dinero como me pareció al principio. Me huelo que el estofado (qué bueno estaba el maldito) era precocinado.

Se me cierran los ojos.

El cura sigue frotando la cuchara. Se  para y se la acerca al rostro. Se pone debajo de la lámpara para examinarla con más luz. Me mira mal. Creo que le dejé una muesca, un bocado demasiado ansioso,  y no le hace gracia. Abre un libro y consulta algo.

Suena un timbre y el cura salta del susto. Se mueve rápido; ya no lo veo. Ay, me pisa la mano al pasar a mi lado. Se va por el pasillo, retumbando sobre la madera. Una cerradura. Varias personas entran en la casa. Hablan en voz baja, no entiendo lo que dicen. Se acercan por el pasillo. El cura les cuenta lo que ha pasado.

Loco.

Pedigüeño.

Vagabundo.

Joya.

Millones.

Cadáver.

Le contestan dos voces masculinas detrás de mí. Suenan cada vez más lejanas, aunque están a mi lado. No están seguros de qué hacer. El cura les cuenta su plan. Las dos voces masculinas aceptan a cambio de una parte. El cura les da indicaciones de lo que deben hacer y se ponen en marcha.

Una monja muy corpulenta y otra más pequeña, vieja y con bigote, se me ponen delante y me agarran por debajo de los brazos.

Mi última cena esta siendo sorprendente.

Entre los tres me levantan del suelo. No siento necesidad de defenderme (aunque tampoco podría). Me dejo hacer. La monja gigante se queja. Huelo a oveja y sudor de hombre, dice. Me llevan por el pasillo hacia la salida, casi me arrastran. Se me engancha un pie en una mesilla y tiro al suelo un retrato del cura con el Santo Padre. La papada del otro se hincha cuando el Papa da contra el suelo. La monja del bigote se ofrece a limpiar el estropicio cuando volvamos.

Cuando vuelvan.

Me sacan a la calle. Hace frío. ¿Es de noche?

Me cargan en una furgoneta y me cubren con sábanas como sudarios. Arrancamos.

Me quedo dormido.

Una presión en los tobillos me despierta. Me sacan del vehículo y me dejan sobre tierra húmeda. Un escarabajo pasa lentamente por delante de mis ojos. Huele a campo. Estamos en las afueras, en el bosque.

Me llevan por entre los árboles. Avanzamos un buen rato. Tres urracas negras y un trozo de carne muerta. El cura resopla y la monja del bigote ya jadea, desfondada, cuando llegamos a una granja.

Un corral con animales.

Cerdos.

Grandes y negros.

El cura y las monjas me desnudan. Preferiría que las monjas mirasen para otro lado. Parece que el pudor se quedó en el convento.

La monja gigante levanta mi cadáver y lo lanza sobre la valla. Los animales se asustan por el golpe.  Me hago daño en un costado.

Poco a poco se van acercando las bestias. El cura dice algo y se seca la frente con un pañuelo. La luna hace brillar la cuchara, que asoma en el bolsillo de su chaqueta.

Los tres se marchan, se dirigen  a la granja.

Alguien comenta que le ha entrado hambre.

Los cerdos están ya sobre mí. Me huelen y yo también puedo oler su aliento.

¿Seré digno o mejor se reservarán para otra ocasión?

Diego Doro

 

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21 noviembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

2 comentarios »

  1. Este me ha gustado más que el anterior, me he reído es muy ameno.
    Un saludo

    Comentario por Daniel Marmolejo | 21 noviembre 2010 | Responder

  2. Yo al contrario que Daniel, este no me ha gustado tanto. El anterior tenía un estructura interna mucho más solida a la que podías seguir desde el principio. En cambio esta nueva versión me parece un poco más confusa, más difícil de seguir, aunque el argumento está definido. Es que soy un clásico.

    Comentario por Moisés Morán Vega | 23 noviembre 2010 | Responder


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