Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Un recuerdo de juventud

Aún me acuerdo de mi primer día de clase. Eso fue hace ya mucho tiempo, desde luego, cuando yo era joven y el mundo ya viejo, como suele decirse. Fue en un colegio lejano, y viejo, la verdad. ¡Ah!, y multicultural, lleno de niños de diferentes etnias que jugaban felices; todos, menos una niña. La única.

Recuerdo que un día la vi llorando en un pequeño estanque que había en el colegio. Estaba muy triste. Entonces, me acerqué y le pregunté qué le ocurría. La niña me respondió que se sentía sola, porque sus compañeros no la aceptaban del todo. Ante una situación así, ¿qué podía recomendarle sino que se marchará de allí y se tomara un tiempo? Y que regresara cuando estuviera preparada, claro. Pues, al parecer, la niña me hizo caso, porque ese mismo día sus padres vinieron y hablaron con la directora del colegio.

Antes de irse, saqué mi espejo del bolso, y le dije: “Tu alma se reflejará en este espejo y tu alma te reflejará a ti. Refleja el ser”. Después, volví a mi despacho. Recuerdo que miré por la ventana y que la vi marchar entusiasmada.

Un día, después de algún tiempo, le pregunté a la directora por la niña. “Se la han llevado de viaje”, me respondió. Al parecer, pasó un tiempo en otro colegio en el que había encontrado a otra niña en su misma situación. Siempre jugaban con el espejo que le había regalado y, si mal no recuerdo, se habían hecho amigas del alma. Y era feliz.

Pasaron los años, pero en mi mente siempre estuvo el recuerdo de aquella niña triste. Por eso, siempre le preguntaba a la directora por ella. “Sé que ahora está en Irak, cubriendo un reportaje especial del novio de una amiga suya”, me comentó. Al parecer, se salvó de un ataque enemigo gracias al espejo que siempre lleva consigo. Si mal no recuerdo, pudo volver para presenciar la boda de su amiga del alma. Y era feliz.

Pasaron más años, pero en mi mente siempre estuvo el recuerdo de la niña. Antes de jubilarme, decidí preguntarle a la directora por ella una última vez. “Se ha ahogado tratando de rescatar a una anciana que había caído al mar”, me susurró. Al parecer, la niña había muerto feliz, ya que la anciana era una de sus amigas del alma.

Pero no todo acabó ahí. En mi último día, una anciana vino al colegio y preguntó por mí. Era la misma mujer a la que había rescatado la niña. Traía consigo el espejo que le había regalado. Al parecer, les había dicho a sus amigas del alma que, si algún día moría, trajeran el espejo al colegio. Como recuerdo, erigimos una estatua en honor de la niña con el espejo en el centro. Y justo debajo de él, una placa que ponía: “Por tu amabilidad, generosidad y compasión”. Desde entonces, el recuerdo de la tristeza y la soledad de aquella niña pasaron a mi olvido.

Alexis Espinosa Navarro

 

 

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21 noviembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

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