Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Las piedras del jardín

A casi un día de camino desde la Ciudad Imperial, en dirección al frío Norte, había una linda y próspera ciudadela, donde vivía un señor tan rico como el emperador.

Su casa era grande y bien amueblada; delante la casa había un gran jardín; por detrás, una explanada cubierta por pequeñas piedras.

En la ciudadela se contaba que esas piedras tenían poderes mágicos.

Cada mañana llegaban a la casa muchos siervos para atender al señor. Uno de ellos tenía como tarea arreglar las piedras. Todos eran muy felices, excepto el siervo de las piedras. Él pensaba que tenía el trabajo más duro y más aburrido. En verdad, él era siempre el último en terminar su trabajo. Un día en el que había trabajado muy lentamente y sin gana, y ya era muy tarde, vio acercarse algunos mendigos a la puerta de la casa. Una vez enfrente de la puerta, tocaron y esperaron una respuesta. Todos los mendigos sabían que en esta casa se podría siempre recibir comida y un regalo muy especial. Se contaba que el regalo era una de las piedras del jardín. Pero  nadie nunca había confirmado  este asunto. A cambio del regalo, el señor pedía a los mendigos que nunca revelasen su natura y jamás volviesen a la ciudadela.  Así fue que el señor les dio comida y una piedra a cada uno y, saludándolos, les dijo:

-Tenéis que hablar al regalo de esta manera: “Para mí, que soy pobre y lloro, piedra mía, conviértete en oro”.

Y, con estas últimas palabras, el señor despidió los pobres. El siervo, que lo había observado y escuchado todo, pensó en ir detrás de los mendigos y descubrir el secreto.

Aquellos, una vez fuera las murallas de la ciudadela pronunciaron las palabras recibidas y ¡qué  maravilla se presentó a sus ojos! Las piedras se convirtieron en oro. El siervo regresó a su casa y, esa noche, por los muchos pensamientos, no pudo dormir.

Por la mañana, ya tenía una solución. Se vistió de mendigo, y con un gran sombrerete sobre la cabeza, se ensució la cara y salió. Buscó algunos amigos a la taberna, todos borrachos, y con ellos llegó a la casa del señor. Tocó a la puerta. El señor abrió y les dio comida y el regalo a cada uno.

El siervo era el más feliz de todos ellos, puesto que sabía que era rico. Una vez en la taberna, robó fácilmente las piedras a los borrachos, se quitó el sombrerete y partió. Llegó a la Ciudad Imperial bien vestido y comió en el mejor restaurante. En el momento de la cuenta, delante del dueño, sacó del bolsillo una de las piedras y empezó a decir las palabras mágicas: “Para mí, que soy pobre y lloro, piedra mía, conviértete en oro”.

Nada occurrió… Intentó otra vez… Nada. Cogió otras piedras y pronunció nuevamente las palabras… y nada pasó. No sabía que las palabras funcionaban solo diciendo la verdad, y puesto que él no la decía, nada ocurrió.

Tan alta era la cuenta, que el dueño lo envió a la cocina a lavar platos por toda su vida.     

Paolo Vignoli

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23 noviembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

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