Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Amantes

Nada hacía pensar a la protagonista de nuestra historia que la llegada de la primavera fuera a trastocar tanto su vida cotidiana. Llevaba varios años en la ciudad, viviendo más entre libros que entre personas, pero aquella tarde a María se le iluminaron los ojos.

Era la primera vez que entraba en el nuevo y flamante supermercado del barrio y al ir a pagar la compra, se encontró con esa mirada de grandes ojos verdes como la hierba, que le miraron durante una milésima de segundo y como un rayo pasaban los productos por la caja.

-Son quince con veinte.

María no sabía qué responder. Con un balbuceo alargó un billete de veinte.

-¿No tendrás veinte céntimos? –preguntaron los grandes ojos verdes.

-Mmmm, sí…-a María le temblaba la voz,

Igualmente temblorosa llegó a casa, ordenó la compra y allí estaba…

Al principio no quería creer lo que estaba viendo, pero, en efecto, allí estaba, la mirada de grandes ojos verdes le había dedicado un tiquet de la compra.

Sí, sí, María lo sabía, detrás de ese frío tíquet se escondía una declaración de amor. Algo había tras ese gracias por su visita, vuelva pronto, le ha atendido…, aproveche nuestros descuentos en charcutería y repostería.

María se guardó ese poema de amante que sufre en silencio y durante semanas enteras volvía una y otra vez al supermercado.

Más facturas y más declaraciones. Con el tiempo aprendió a leer entre líneas. Un hola, tú de nuevo por aquí; ya ves, se me olvidó comprar detergente…

 

Pero la primavera se acaba y da paso al verano. El último día de esa primavera poética María no se encontró con la mirada de grandes ojos verdes, la buscó y buscó, de super en super, de mercado en mercado, hasta en las heladerías buscaba y buscaba.

Un día fue al despacho principal de la oficina central del edificio más importante de la cadena de supermercados del barrio, decidida a reencontrarse con quien la miraba de ese modo y le escribía con tanta pasión, y reclamar lo que consideraba suyo por derecho propio.

Le atendió un señor muy elegante, con bastantes arrugas y un comienzo de entradas en la melena. Al cruzarse las mismas miradas desesperadas él supo a qué venía María. Se adelantó a cualquier posible explicación, introdujo su mano en la americana, y con la rapidez de un movimiento mil veces ensayado, extrajo de su cartera un papel escrupulosamente doblado, un papel que no había sido creado para perdurar, un papelito cubierto apenas por unos restos de tinta que escondían indicios de números y de letras. La naturaleza de este objeto contrastaba con una mirada perenne y lánguida. Levantó la vista y se dirigió con solemnidad y pesadumbre a María:

-Lamento no poder ayudarla, señorita. Esa mirada de grandes ojos verdes que me quitaba el sueño noche y día. Simplemente se fue… un día, sin más, se fue.

-¿Se fue? -suspiró María.

-Sí, en efecto, pero siempre nos quedarán sus poemas de amor…

 Imanol Rubio Bertilsson

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3 diciembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

1 comentario »

  1. A veces el amor no hace ver tantas cosas…Buen cuento.

    Comentario por Moisés Morán Vega | 5 diciembre 2010 | Responder


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