Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

De entre todos los lugares del mundo

La guagua hizo una parada; de transición, todavía faltaba mucho para llegar a su destino. La cabina del vehículo estaba sorprendentemente vacía para aquella hora de la mañana. Tres o cuatro ronquidos como mucho, cuando lo normal era realizar el trayecto en medio de una sinfonía de albañiles marroquíes,  solos de empleadas del hogar latinas y  allegros  de seguritas del aeropuerto. Arrebujados en medio del escaso recital, junto al timbre de parada más cercano a la salida, los huesos de Darío sentían el relente del amanecer, la pereza de madrugar, el tedio de la rutina… pero también un prurito terco y extraño, una sensación de hormigueo no atribuible a las condiciones atmosféricas de aquel pesado y anodino y recurrente lunes principio de semana, sino a algo diferente, algo que  Darío no solía experimentar sobrio. Era la certeza de algo insólito a punto de ocurrirle.

Las puertas del vehículo se abrieron mientras Darío recordaba la película que había visto la noche anterior en televisión. Casablanca. Cine clásico, del que  había iluminado su  infancia y que ahora se emitía de noche, furtivo, en las comisuras de un fin de semana, en plena madrugada de un lunes no festivo. Un relleno entre tele-tiendas torpemente seductoras y el  primer parte de carreteras de la mañana, con el locutor  todavía legañoso  y con marcas de almohada en la cara.

Darío amaba el cine antiguo en blanco y negro; casi envidiaba a los aquejados de aquella variante rara del daltonismo, que,  según había leído,  por un defecto en una región  del mesen céfalo o del córtex o de por ahí, no podían percibir colores, sólo tonos de gris: esos afortunados contemplaban  la existencia  entera como una vieja película de la Warner. Una sesión continua,  privada y golfa,  con un final que se deseaba lejano y que carecía de  pausas publicitarias o carteles de “Visite nuestro bar”.

Darío volvió en sí cuando la persona que acababa de  entrar en el vehículo y de abonar su billete en metálico, “con plata” como diría Wilfred, el compañero de piso de Darío, pasó por su lado y, sin  aparentemente proponérselo, le descargó un codazo en la cara. Un negro grande, panorámico, con algunas canas, no muchas más que Darío, y vestido para celebrar algo, se disculpó vehemente.

Darío, con estrellas detrás de los ojos, le quitó importancia al sopapo y el negro se fue a sentar en la parte del fondo de la guagua, en compañía sólo de su traje de fiesta y de unos ojillos risueños y traviesos.

La sien de Darío latía.  Miró hacia atrás y vio como el negro contemplaba el alba, distraído, por la ventana. Un trabajador inmigrante, congoleño o de por ahí, pensó Darío. Aunque ese no parece el uniforme de alguien que deba levantarse a estas horas por obligación. ¿Animador cultural para turistas ancianos? Pasa por alguien del espectáculo, desde luego, pero no creo que lo obliguen a ensayar tan temprano. Y menos vestido así.

De pronto, como todas las certezas absurdas, un pensamiento saltó como una cuerda rota en la mente de Darío. Aquel negro le había recordado poderosamente a alguien desde el momento en que, todavía aturdido por el golpe, había visto su cara de disculpa flotando delante de él; pero era ahora, en la distancia relativa de la última fila, sentado como estaba y con la luz de la mañana incidiendo  en su perfil con aquel ángulo preciso, que  lo reconoció.

Era Sam.

¡Sam! El Sam que había sido testigo nada mudo del amor heroico entre Bogart y  Bergman, la noche anterior en el salón de su piso de divorciado. El  negro pianista de Casablanca, la película de los 40, estaba ahora sentado en la guagua que hacía el trayecto Las Palmas-Maspalomas, a las 6:42 de la mañana de un lunes del  siglo XXI.

Mirando cómo amanecía. En traje de fiesta.

Sam era inconfundible; Darío lo conocía desde hacía demasiado tiempo como para estar equivocado. La cara amplia y amable, enmarcada por una leve papada y la línea del pelo en retroceso, destacaba en su negrura casi gris sobre el  blanco de su chaqueta de pianista de club nocturno. Pañuelo negro en el bolsillo y pajarita a juego: puntos suspensivos sobre el cheque en blanco de su presencia en aquella isla del Atlántico, tan alejada del Marruecos hollywoodiense  que lo había visto nacer.

Darío dejó de mirarlo y se dio la vuelta hacia delante, emocionado. Contempló las filas de asientos vacíos que tenía ante sí, la mayoría ilustrados con  historias de amor y drama de patio de colegio, y al conductor de la guagua, que, como venía haciendo cada mañana desde que Darío empezara a tomar aquella línea, conducía con los ojos puestos en la carretera, pero con los oídos entregados al programa de jazz de la radio.

Sonaba un piano.

Darío pensó en su escena favorita de Casablanca. Mucha gente, los que han visto Casablanca superficialmente y sólo recuerdan generalidades de la historia, e incluso los que no la han visto, pero conocen cuatro secuencias, citan la escena  del piano en el Café de Rick.

 “Tócala otra vez, Sam”.

Darío tenía sus propias ideas al respecto y, aunque esta escena no aparecía realmente en la película y esa misma condición de ficción que nace de una ficción le daba puntos en un hipotético concurso de popularidad dentro de su cabeza, Darío prefería decantarse por otro momento.

La suya era una escena muy anterior. Pequeña y poco memorable, en absoluto carne de recopilatorio. También demasiado amarga. En la escena favorita de Darío, Bogart esperaba bajo la lluvia la llegada de Ingrid Bergman, en la estación del tren que debería sacarlos a ambos del Paris ocupado y llevarlos lejos de la guerra, de todos los obstáculos que hacían imposible su idilio. Por supuesto, el personaje de Ingrid Bergman no aparecía. Bogart se quedaba entonces rumiando amargado bajo la lluvia, solo, en la compañía de cientos de franceses aterrados (a los que no les importan los problemas de un par de personas) y de su condoliente Sam.

Los amigos y los  subalternos  fieles hacen  buena compañía en esos momentos.

Darío volvió a darse la vuelta.

No sabía exactamente por qué, pero ahora se daba cuenta de que Sam, conforme iba clareando, empezaba cada vez a parecerse menos a sí mismo. Con cada nuevo rayo de luz que sumaba colores a la mañana, aquel pianista en blanco y negro iba desdibujándose cada vez más; perdiendo los rasgos cenicientos que, unos minutos antes, habían hecho que Darío se alegrara de haberlo reconocido, como a un antiguo camarada de penurias del que hace tiempo que no se sabe nada. Delante de Darío, Sam, que seguía mirando por la ventana (ahora hurgándose de vez el cuando la nariz con el dedo) empezaba a convertirse en un pasajero más, intercambiable y nada mítico, como el propio Darío.

Finalmente, cuando ya sólo faltaba una parada para llegar a su destino, Darío pudo comprobar, con los ojos vidriosos, todo lo que Sam había dejado de ser: ya no era  negro, y mucho menos pianista. No estaba vestido con un elegante frac blanco marfil con pajarita negra y pañuelo a juego, ni existía posibilidad alguna de acercársele para pedirle un autógrafo o unas palabras de consuelo.

Darío pulsó el botón y la lucecita se encendió en el cartel de “Parada solicitada”

Diego Doro

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3 diciembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

1 comentario »

  1. Muy buen cuento Diego, me ha encantado, no solo el argumento, si la forma magnífica que tienes de contarlo. Felicidades.

    Comentario por Moisés Morán Vega | 5 diciembre 2010 | Responder


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