Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La pierna nueva

La noche en que maestro Pancho pasó a mejor vida alguien lo profetizó, pero entonces nadie hizo caso. Lo dijo una de las sobrinas en broma, con ese humor negro y absolutamente liberador que uno puede ver en casi todos los funerales, ante la idea de donar la pierna ortopédica del difunto “para quien pueda necesitarla”. Se escucharon risillas entre el corrillo de oyentes, todos familiares, un poco nerviosas por el atrevimiento, por la irreverencia, por la falta de patetismo que la situación requería. Los otros presentes, que habían escuchado el comentario pese a que se hizo en voz baja, se miraron incómodos, y hubo quien chistó para poner orden, codazo incluido. Pero la cosa quedó ahí.

Aunque el cartel advertía que no se acercaran al animal por ser extremadamente peligroso, el espíritu curioso de Felicianillo, que no había hecho sino aumentar con la edad, pudo más que él. La madre naturaleza hizo el resto, y al cabo las mandíbulas del cocodrilo se le cerraron sobre la pierna como un cepo vivo.

Tiempo después la vería en un rastrillo. Parecía de su talla y se la probó. Anduvo un poco aquí y allá con la pierna de mentirijilla, decidió que le sentaba como un guante y se la quedó. Ya en su casa, a eso de las diez de la noche comenzó a notar un extraño temblor en la pierna nueva. Decidió salir a dar un paseo, para que se le fuese ajustando. Fue llegando a la plaza que solía frecuentar cuando notó un impulso: la pierna de plástico se rebeló, frenó en seco, se resistía a seguir su camino, entonces giró en dirección opuesta y siguió andando, obligando al resto del cuerpo a seguirla, casi a rastras, atado como estaba a ella con correas. Felicianillo, hombre solitario y parco en palabras, profirió terribles maldiciones, los ojillos se clavaban horrorizados en el artilugio ortopédico sin dar crédito a lo que veían. En vano intentó zafarse de la pierna: las correas se agarraban fortísimas al muñón, imposible desatarlas. Luchó con todas sus fuerzas para encaminar a la díscola en la dirección correcta. Pero la pierna ya había tomado una decisión y caminaba segura calle abajo, directa al bar de la esquina.

Los parroquianos que frecuentaban el bar se quedaron mirando un tanto sorprendidos al nuevo visitante, que aguardaba jadeando y sudando en el umbral. Luego cada uno volvió a su vaso, como si nada. Más por disimular que por otra cosa, Felicianillo, poco amigo de las copas y las multitudes, se sentó a la barra y pidió un vinito. A partir de ese día, y más o menos a la misma hora los vecinos veían a Felicianillo caminando muy deprisa calle abajo, como poseído por una fuerza brutal. “Pobre hombre”, pensaban, “algo así debe de destrozar a cualquiera”, decían recordando el terrible encuentro con el cocodrilo. Lo veían llegar a altas horas de la madrugada, borracho perdido, después de haber cerrado los bares de alrededor. Alguien dijo que al menos ahora tenía otra pierna, y que eso le haría bien. Otro agregó que esa pierna él la conocía, que era de Maestro Pancho, “¿Quién?”, preguntó uno. “Sí, hombre, sí, aquel que frecuentaba tanto los bares”.

Marisol Ramírez

Anuncios

3 diciembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

2 comentarios »

  1. Me ha encantado el cuento, Marisol, imaginativo, original y sobre todo bien contado. Felicidades.

    Comentario por Moisés Morán Vega | 3 diciembre 2010 | Responder

  2. Muy guapo y muy original el cuento.

    Comentario por diego | 3 diciembre 2010 | Responder


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: