Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Mi amigo Jorge / Tu amigo Jorge

Mi amigo Jorge

Yo conocí a Jorge cuando era joven. Por entonces yo no tenía mucho dinero y yo criticaba a Cristina y él me contaba lo maravilloso que era estar soltero. Él siempre pululaba buscando y pidiendo dinero, pero era un buen tipo.

Por esta época, Cristina me había estado diciendo que tuviera cuidado con él por su situación. Pero cómo voy a dejar de lado a un amigo porque fume un poco y no tenga ni trabajo ni dinero. Hice mal en no ofrecerle un trabajo en la empresa de seguros, a pesar de que me estuviese yendo tan bien todo. Quizás fue por eso que un día lo encontré esperándome en mi propia casa, en el sillón del salón a oscuras. Y de repente enciende la luz y amenazas ahora difusas y Cristina amordazada y golpes.

Me despierto, estoy en un sótano que se parece al mío, me duelen las muñecas y en vano intento levantarme de la pesada silla. He tenido un vergonzoso sueño, ¿cómo he podido pensar que ha sido él si ni siquiera me acuerdo de la cara del tipo ese? Intento recordar, pero me duele la cabeza y mientras más lo intento más claramente reconstruyo la escena en que me golpean por detrás, seguro, tras haber forcejeado. El tipo ese habrá pedido ya un rescate y el primero en saberlo será Jorge. Conociéndolo no llamará a la policía, vendrá él mismo intentando arreglar las cosas haciéndose el héroe.

Baja alguien por las escaleras… Es un hombre con pasamontañas pero ni así Jorge me engaña. Sonrío. Habrá entrado por la puerta de atrás mientras el tipo duerme. Pero no, veo sangre en su camisa y me digo que se habrá encarado con el secuestrador. ¿Jorge, qué has hecho? 

Tu amigo Jorge

Tú conociste a Jorge cuando eras joven. Por entonces no tenías mucho dinero y me criticabas y él te contaba lo maravilloso que era estar soltero. Él siempre pululaba buscando y pidiendo dinero pero tú decías que era un buen tipo.

Por esta época yo te había estado diciendo que tuvieras cuidado con él por su situación. Pero no me hacías caso y seguías viéndolo a pesar de lo raro que estaba últimamente. ¿Y lo de dejarle una llave? Ni aunque fuese tú hermano… Lo peor de todo fue lo que me hizo el desgraciado ese, es que ¡joder!, ¿¡a quién se le ocurre!?

Llegaste y lo encontraste esperándote en tu propia casa, en el sillón del salón a oscuras. Después te amenazó y pidió dinero por mí, pero yo vi cómo te abstraías y te ofuscaste al verme y se pegaron, y en un instante estabas en el suelo inconsciente porque te había dado en la cabeza con una botella.

Te bajó al sótano. Al día siguiente, después de una noche aterradora, oímos ruidos, como si intentaras levantarte de la silla esa tan pesada a la que estabas atado, esa silla que nunca viste y la deje allí y ni te lo dije. El eunuco bastardo ese se dispuso a bajar y yo conseguí soltar las cuerdas que ataban mis piernas por los tobillos. Me levanté y corrí hacia él y le di con el taco del tacón por detrás. Él gritó, acaso se retorció un poco, yo intenté gritar pero tenía la boca tapada. Y no sé cómo pudiste ni cómo de un momento a otro tenía una pistola en la mano y en la otra un pasamontañas y yo pensaba en ti.

Daniel Marmolejo

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19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Media Res / Marco Incomparable

Media res

El cuchillo de carnicero descendió poderoso, falló la enorme pieza de vacuno sobre la tabla de cortar, y, para espanto de la clientela, tajó  sin piedad su dedo índice, el que teclea las ges y las efes. El chorro de sangre dibujó la marca de El Zorro sobre el retrato bigotudo y severo que colgaba de la pared, mientras Antoñito (ni la sombra de lo que había sido en el barrio su difunto padre, Dios lo tenga en su Gloria), se desgañitaba  y hacía eses hasta el lavabo del almacén. Segundos más tarde, el largo pellejito que todavía colgaba del muñón y que no resistiría mucho más bajo el ímpetu del agua corriente, subrayaba la prohibición paterna de desatender el negocio familiar para dedicarse a la tontería esa de ser escritor.

 Marco incomparable

Antes de nada, las cosas claras: yo soy un hombre serio y no me gustan los malentendidos ni las piruetas. Les aclaro desde ya que estoy muerto. Soy un espíritu, un fantasma… como lo quieran llamar. Antes era carnicero,  y a mucha honra, pero ahora no tengo carne ni para mis  propios huesos.

A lo mejor es un premio por las cosas buenas que hice en vida o un castigo, no lo sé, pero desde que me morí, vivo en un retrato que cuelga, precisamente, en mi querido local. Digo que no estoy seguro de si es un premio o un castigo, porque desde que falto, mi hijo está a cargo del negocio y cada día veo cómo me lo lleva a la ruina. El problema es que no se fija en lo que hace, tiene la cabeza en las musarañas. Esta mañana, por ejemplo, que estaba cortando unos filetes para doña Prudencia, una clienta de toda la vida, por estar con sus chaladuras, se cortó un dedo de cuajo.  ¿Qué le costaba ponerse el guante de malla? Mira que lo intenté veces, pero se conoce que nunca conseguí enderezarlo. La cosa es que dio un espectáculo: todo (hasta yo mismo) manchado de sangre y él pegando chillidos como en la matanza. Una vergüenza. Y doña Prudencia casi se desmaya de la impresión; esa no vuelve más. Luego va mi hijo y deja el mostrador solo y se va al baño a lavarse la herida, en vez de tirar en seguida para el hospital. De milagro no se desangró y tuvimos que cerrar una semana. Aunque los fantasmas pudiéramos dormir, esta noche estaría desvelado: no quiero ni pensar en la que me hará mañana.

 Diego Doro

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

La goma de borrar

Teatro de marionetas. Esa es la enseñanza hoy en día. En un instituto. Sentada en la reunión observo al director de mi centro, haciendo muecas con la boca, que el pobre hombre cree palabras. Mientras, reposo mi mano derecha sobre una goma de borrar, la manoseo sin apenas darme cuenta. Es una forma de relajarme, porque no quiero estar allí. Pienso en el mar, que queda cerca. Miro la luz que traspasa la persiana como yo quisiera traspasar aquel absurdo de mentiras manoseadas. ¿Manoseadas?… Entonces me doy cuenta: mi mano derecha está difuminada. Vuelvo los ojos, tensa, hacia mi mano izquierda. Está perfectamente, yo diría que casi me sonríe. Medio segundo de uff, menos mal, porque, claramente, la derecha se va desdibujando, aunque, es curioso, la goma de borrar ocupa su lugar con una nitidez aplastante, se arropa en el hueco de una mano que se va yendo sabe dios a dónde. Observo inquieta a mi alrededor, nadie se ha fijado, la verborrea vacua ha petrificado los sentidos de la gente, ¡qué alivio! Intento un movimiento ligero de la mano que casi ya no existe, sobre el papel, y sí, la goma sigue haciendo su función, borra las estupideces fotocopiadas, escritas por algún pedagogo errante de la Consejería de Educación. Esto me da nuevos bríos para experimentar. Meto despacio la casi-no-mano por debajo de la mesa y borro un pedacito de mi pantalón y de mi pierna, continuo con el trocito de pantalón de mi compañero de Religión, que está a mi lado. Me dan ganas de borrarlo por completo, rápido, sin darle tiempo a defenderse, porque creo que nunca debió estar ahí, pero me contengo: tiene un hijo. También los meapilas de Benedicto tienen hijos y, a fin de cuentas, los hijos de los profesores de Religión no son profesores de Religión, ¡pero pueden llegar a serlo! Prefiero no pensar más en ello. Me paro y comprendo que he hecho un enorme descubrimiento. Miro fijamente al director. Él se siente intensamente observado, y fija su mirada en mí. Le sonrío. Le sonrío como quien despide a un conferenciante al que he tenido que llevar al aeropuerto por cortesía. Saco la mano de debajo de la mesa y la levanto. La levanto con ese gesto universal que hace todo profesor cuando borra la pizarra. 

Sacha Sotolongo Otaño

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La niña y la ceiba

La niña se acercó despacio a la ceiba. Su madre le había dicho que nunca se acercara a una ceiba cuando tuviese comida debajo; también se lo habían dicho sus amigas. Lo había oído muchas veces. Tenía miedo, pero la curiosidad era más fuerte que el miedo, aun así la curiosidad no vencía al miedo. Si te acercas, le dijeron sus amigas, y ves que alrededor del tronco hay una cinta roja, no la toques. “Por qué”, dijo la niña. “Porque te convertirías en una estatua”. “¿Y si me llevo la comida?”. “Si te llevas la comida, te mueres”.

La ceiba la embrujaba, quería tocarla, veía su tronco áspero, ancho, muy ancho. ¿Qué podría ser convertirse en estatua? La niña quería y no quería convertirse en estatua, pero sobre todo quería tocar la ceiba. La niña se fue acercando; cuando estuvo enfrente, se paró en seco: una cinta roja se encontraba atada alrededor del árbol. Se quedó como muerta antes de ni siquiera poder convertirse en estatua. La miró fijamente y tuvo miedo, un miedo que resultaba ser un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo, un miedo que debía parecerse mucho al momento en que te echas a volar. Un miedo a secas, que resultó ser un miedo prolongado, que no se parecía a miedos anteriores. No te acerques a una ceiba con comida debajo; nunca la toques cuando tenga la cinta roja atada alrededor. No quiero morirme –pensaba la niña– pero quiero soltar el nudo de esa cinta roja. Miró la comida, le dio asco: plátanos friéndose al achicharrante calor del trópico, arroz con frijoles, ¡por Dios! Nunca se convertiría en estatua ni se moriría si para ello tuviese que tocar esa comida que se pudría lentamente. Observó la cinta roja, sintió que el corazón latía desaforado, pasó levemente el dedo índice por la cinta, sentía la emoción de la libertad de hacer lo que te da la gana, tiró con fuerza y desató el nudo. El corazón se había quedado helado, las piernas se le doblaron. En un esfuerzo supremo, tiró de ellas, corrió, corrió, corrió, ¡qué sensación de triunfo, qué sensación de haberse sobrepuesto al destino! Siguió corriendo mucho rato, volvió la cabeza y tuvo miedo otra vez, otra clase de miedo. Ya no veía la ceiba, tampoco el parque, ni su casa, ni el barrio, ni la ciudad… No veía nada a su alrededor. Aguzó el oído, no se oía nada, no había ni ruido, ni silencio, ni color, ni blanco y negro. Se paró, aunque comprendió que correr y pararse era lo mismo. Se miró y no se vio… La cinta roja flotaba atada formando un círculo en torno a ella.

Sacha Sotolongo Otaño

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario