Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La niña y la ceiba

La niña se acercó despacio a la ceiba. Su madre le había dicho que nunca se acercara a una ceiba cuando tuviese comida debajo; también se lo habían dicho sus amigas. Lo había oído muchas veces. Tenía miedo, pero la curiosidad era más fuerte que el miedo, aun así la curiosidad no vencía al miedo. Si te acercas, le dijeron sus amigas, y ves que alrededor del tronco hay una cinta roja, no la toques. “Por qué”, dijo la niña. “Porque te convertirías en una estatua”. “¿Y si me llevo la comida?”. “Si te llevas la comida, te mueres”.

La ceiba la embrujaba, quería tocarla, veía su tronco áspero, ancho, muy ancho. ¿Qué podría ser convertirse en estatua? La niña quería y no quería convertirse en estatua, pero sobre todo quería tocar la ceiba. La niña se fue acercando; cuando estuvo enfrente, se paró en seco: una cinta roja se encontraba atada alrededor del árbol. Se quedó como muerta antes de ni siquiera poder convertirse en estatua. La miró fijamente y tuvo miedo, un miedo que resultaba ser un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo, un miedo que debía parecerse mucho al momento en que te echas a volar. Un miedo a secas, que resultó ser un miedo prolongado, que no se parecía a miedos anteriores. No te acerques a una ceiba con comida debajo; nunca la toques cuando tenga la cinta roja atada alrededor. No quiero morirme –pensaba la niña– pero quiero soltar el nudo de esa cinta roja. Miró la comida, le dio asco: plátanos friéndose al achicharrante calor del trópico, arroz con frijoles, ¡por Dios! Nunca se convertiría en estatua ni se moriría si para ello tuviese que tocar esa comida que se pudría lentamente. Observó la cinta roja, sintió que el corazón latía desaforado, pasó levemente el dedo índice por la cinta, sentía la emoción de la libertad de hacer lo que te da la gana, tiró con fuerza y desató el nudo. El corazón se había quedado helado, las piernas se le doblaron. En un esfuerzo supremo, tiró de ellas, corrió, corrió, corrió, ¡qué sensación de triunfo, qué sensación de haberse sobrepuesto al destino! Siguió corriendo mucho rato, volvió la cabeza y tuvo miedo otra vez, otra clase de miedo. Ya no veía la ceiba, tampoco el parque, ni su casa, ni el barrio, ni la ciudad… No veía nada a su alrededor. Aguzó el oído, no se oía nada, no había ni ruido, ni silencio, ni color, ni blanco y negro. Se paró, aunque comprendió que correr y pararse era lo mismo. Se miró y no se vio… La cinta roja flotaba atada formando un círculo en torno a ella.

Sacha Sotolongo Otaño

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19 diciembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

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