Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Media Res / Marco Incomparable

Media res

El cuchillo de carnicero descendió poderoso, falló la enorme pieza de vacuno sobre la tabla de cortar, y, para espanto de la clientela, tajó  sin piedad su dedo índice, el que teclea las ges y las efes. El chorro de sangre dibujó la marca de El Zorro sobre el retrato bigotudo y severo que colgaba de la pared, mientras Antoñito (ni la sombra de lo que había sido en el barrio su difunto padre, Dios lo tenga en su Gloria), se desgañitaba  y hacía eses hasta el lavabo del almacén. Segundos más tarde, el largo pellejito que todavía colgaba del muñón y que no resistiría mucho más bajo el ímpetu del agua corriente, subrayaba la prohibición paterna de desatender el negocio familiar para dedicarse a la tontería esa de ser escritor.

 Marco incomparable

Antes de nada, las cosas claras: yo soy un hombre serio y no me gustan los malentendidos ni las piruetas. Les aclaro desde ya que estoy muerto. Soy un espíritu, un fantasma… como lo quieran llamar. Antes era carnicero,  y a mucha honra, pero ahora no tengo carne ni para mis  propios huesos.

A lo mejor es un premio por las cosas buenas que hice en vida o un castigo, no lo sé, pero desde que me morí, vivo en un retrato que cuelga, precisamente, en mi querido local. Digo que no estoy seguro de si es un premio o un castigo, porque desde que falto, mi hijo está a cargo del negocio y cada día veo cómo me lo lleva a la ruina. El problema es que no se fija en lo que hace, tiene la cabeza en las musarañas. Esta mañana, por ejemplo, que estaba cortando unos filetes para doña Prudencia, una clienta de toda la vida, por estar con sus chaladuras, se cortó un dedo de cuajo.  ¿Qué le costaba ponerse el guante de malla? Mira que lo intenté veces, pero se conoce que nunca conseguí enderezarlo. La cosa es que dio un espectáculo: todo (hasta yo mismo) manchado de sangre y él pegando chillidos como en la matanza. Una vergüenza. Y doña Prudencia casi se desmaya de la impresión; esa no vuelve más. Luego va mi hijo y deja el mostrador solo y se va al baño a lavarse la herida, en vez de tirar en seguida para el hospital. De milagro no se desangró y tuvimos que cerrar una semana. Aunque los fantasmas pudiéramos dormir, esta noche estaría desvelado: no quiero ni pensar en la que me hará mañana.

 Diego Doro

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19 diciembre 2010 - Posted by | Cuentos, General | ,

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