Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El navegante

Guillermo había hecho sus primeros estudios en un convento franciscano. En Huelva, donde terminó Filosofía.

Su vida transcurría entre estudio, oraciones y trabajos en los cuidados de la huerta y el cultivo de jamones, en el cual los franciscanos eran grandes expertos.

La rigidez de las normas del convento habían definido su carácter. Contaba entre sus virtudes: la disciplina, la pulcritud, el orden y el trabajo, mas no la fe. Los muros del convento cada vez le parecían más altos, produciéndole una sensación de agobio. Cada año menos soportable.

Antes de iniciar los estudios de Teología, abandonó el convento, en busca de una libertad que entendía le había sido usurpada. Se matriculó en Económicas y Derecho, las cuales estudió paralelamente y terminó en pocos años y con excelentes notas.

En poco tiempo, entró a trabajar en una gran empresa. Apreciado por su inteligencia y  su dedicación al trabajo, desplegando las virtudes adquiridas en el convento, obtuvo pronto el aprecio y el respeto suficiente para escalar puestos de responsabilidad.

A los 55 años fue nombrado director gerente de la filial española de su empresa. Había llegado profesionalmente a la cumbre, a lo más alto. Mas no en lo personal.

Poseía una vivienda en el centro de su ciudad, con su correspondiente préstamo hipotecario, un ropero con una docena de trajes de importante  marca, al igual que sus camisas, sus zapatos y su ropa deportiva. Frecuentaba los mejores y más caros restaurantes, eso sí, porque así  lo exigía su cargo. Cambiaba de coche cada cuatro años y de ordenador cada seis meses.

Un día, sin embargo, empezó a sentir el mismo agobio, la misma sensación de encierro que había tenido en el convento rodeado por un muro, con la diferencia  de que ahora se trataba de un muro virtual, conformado por la banca, las grandes marcas y su entorno social y profesional que le obligaba a vivir condicionado a ellos.

Noche tras noche, en sus sueños empezó a aparecer un mar azul inmenso y el horizonte, nada más.

El ¡basta  ya¡ no fue un seco golpe de émbolo, fue un acto intuitivo lento, realizado a lo largo de varios años y ubicado en su mente, casi por osmosis.

Poco a poco, se fue alejando de su entorno. Sus paseos por el muelle deportivo de su ciudad, quizá empujado por sus sueños,  fueron  cada vez más cotidianos, obtuvo el titulo de patrón de yate, después el de capitán de yate , y en uno de sus múltiples paseos vio  un velero que reunía, cuantas cualidades hubiera deseado.

El velero era un Dehler de 12 metros. Tanto el foque como la mayor eran de enrollamiento automático, y el de esta ultima mediante un motor. Esto hacía innecesario el rizar la mayor, con el correspondiente riesgo que ello conllevaba cuando el embate de las olas amenazaba con hacer perder el equilibrio al navegante con riesgo de su vida.

Lo compró, una vez arreglada su situación económica: vendió la vivienda, entregó  el coche a la entidad que se  lo tenía cedido utilizando la figura del renting y gestionó con buen éxito la prejubilación, la cual consiguió en buenas condiciones.

Durante semanas avitualló el velero sistemáticamente;  manteniendo sus criterios de orden, de trabajo, de pulcritud; y el día señalado y a la hora señalada , soltó las amarras y partió.

Pensativo, navegó durante  varias horas. De pronto, miró a su alrededor, y solo  vio un mar azul inmenso y el horizonte. Dejó la embarcación a la deriva, se tendió sobre cubierta y pensó: Ya decidiré qué rumbo poner.

José Said García

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31 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La pipa de fumar

Cada encuentro implicaba un cierto riesgo.  Era preciso acudir primero a casa del magistrado, en lo alto de la rambla, y subir hasta el despacho de la última planta.  Una vez allí, aún debía encaramarse a alguna de aquellas sillas de línea italiana con la habilidad que da la costumbre.  Por fin a su altura, podía volver a mirarla de frente.  La pipa aguardaba tentadora en un estante abarrotado de libros.

Aquella vez abandonó la casa como tantas otras, a la manera en que lo hacían los invitados del juez, a través del portón de doble hoja y con el mozo de servicio esperando mansamente en el umbral.

De camino al barrio se fijó en la gente que fumaba en la calle.  Gente asediada por la urgencia, apurando un cigarrillo tras otro a los pies de la oficina aunque tuvieran que apiñarse en una esquina para paliar el frío o la culpa.  Acarició el contorno de la pipa bajo el chaquetón y les tuvo alguna clase de recelo.  Los que le resultaban más tristes de todos eran los chicos que fardaban de sus primeras caladas.  Cambiaba de calle solo para no cruzarse con ellos más abajo, en la plaza del mercado.

Cuando la llevaba con él, no importaba que fuera escondida en lo profundo del bolsillo del abrigo o a la vista, todo era distinto.  Él lo era.

Se sentó en la escalera del portal de su casa y sostuvo la pipa.  Olía a picadura de tabaco reciente, quizá incluso del día anterior. El juez habría estado sopesando concienzudamente un caso complicado y el chico de los recados había repuesto el estante hacía poco. Claro que eso era lo de menos,  sabía que más de una vez ni siquiera la encendía, porque no salía humo. De vez en cuando se la apartaba y la tomaba en una mano como él hacía ahora, solo por el gusto de hacerlo.  Ambos amaban, aunque uno lo ignoraba, todo cuanto despertaba esa pipa de fumar.  Tantas cosas que no cabían sino en un lugar como aquel despacho del juez, que más parecía una biblioteca.  Además, ayudaba a pensar.

Se colocó la boquilla en los labios y recostó la espalda contra la pared.  En el acto la pipa se encendió y una leve columna de humo brotó de ella, sin necesidad de prenderla ni añadir picadura, y ascendió en el aire por encima de su cabeza.  Sobrepasó los rótulos de los bazares y llegó más alto incluso que el griterío de los bares a medio día.

Pero de pronto una voz poderosa irrumpió desde más arriba aún, desde el rellano de su casa:

­—¡Juanmaaaa! ¡Sube a comer, que pareces tonto!

Y cualquier humo se desvaneció.

 Elisa García

 

31 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 6 comentarios

No era un reloj cualquiera

Si el reloj no marcara las horas, ¿qué marcaría?, me pregunté una noche de Fin de Año. No hallé la respuesta a tal pregunta ansiosa, pues estuve meditando solo un instante antes de que llegara Carla a la escena de nuestro encuentro. Todo estaba cuidadosamente preparado para actuar. Me hallaba debajo del gran reloj de la Catedral; aquel que había sido construido para que los hombres no perdieran la cuenta del tiempo pasado, para contabilizar las horas de agua de las huertas riberizas del barranco, en fin, para controlar el tiempo. Y era eso, el tiempo, lo que iba a pasar más lentamente por mi vida en ese instante.

Nos conocimos una noche fría de invierno, hacía cinco años, bajo ese mismo reloj. Y ese mismo Fin de Año había empezado nuestra relación. Los dos estábamos solos, pero nos apasionaba esa noche. Para no sentir la punzante herida de una solitaria despedida de año, me acomodé entre el bullicio de la gente que allí estaba con casi idénticos motivos, o bien otros, pero pensar así era mi consuelo. Carla, joven y pizpireta, había bebido esa noche un poco de champán. «Por las fiestas», solía decir en su solitario brindis. Yo, abstemio, recordaba todo lo sucedido y hasta el tic tac del reloj quedó grabado en mi memoria, como el palpitar de mi corazón cuando la conocí. Fue una mera casualidad, solo una fugaz conversación para un comienzo, y cada año estaba allí, bajo el reloj, para encontrarnos.

Este año, cuando Carla llegó, a las doce menos cuarto, me saludó alegremente, como siempre. Entonces, me dispuse a hacer mi petición, para la que tanto me había preparado todo el año. Saqué un anillo, hinqué mi rodilla y, en el suelo sucio de la plaza, le hice la pregunta, que tanto me inquietaba, al son de las campanadas:

—Carla, ¿quieres casarte conmigo?

—Pero, Eugenio, hombre, si apenas nos conocemos. Solo somos conocidos del reloj de Fin de Año –me dijo otra vez Carla, por tercer año consecutivo, algo achispada.

 Auxiliadora Rodríguez Suárez

31 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 7 comentarios

El reloj

Con los ojos de la mente veía cómo la manecilla del minutero del viejo reloj despertador de cuerda -implacable temporizador de la potente bomba que había fabricado y colocado en el pilar maestro del puente que unía las dos orillas del río que atravesaba la ciudad-, avanzaba, sin solución de continuidad, hacia el lugar de la esfera donde se hallaba la  manecilla que marcaba las horas.

Había tomado la dramática determinación de atentar contra la vida del  presidente del gobierno de su país y liberar a este de su fatídica influencia. Le acusaba  de ser  el  causante directo de la pérdida de su puesto de trabajo y de sus modestos ahorros, así como los de millones de compatriotas.

Para llevar a cabo su propósito había estudiado concienzudamente el corto y metódico recorrido que a diario hacía la comitiva presidencial desde la vivienda del presidente hasta la sede del Gobierno. Tras exhaustivas observaciones había comprobado que, con precisión cronométrica, el vehículo del estadista pasaba por encima de la columna maestra del viaducto exactamente a las 8:00 a. m.

Durante una semana, vestido con pantalones y botas impermeables de pescador y provisto de una caña de pescar, pasó las mañanas en un bote junto a la base de la columna, con un doble propósito: comprobar  el recorrido de las lanchas patrulleras que vigilaban el río y  que  los ocupantes  de las mismas  se acostumbraran a su presencia en la zona.

De esa manera pudo averiguar que la patrulla marítima  tardaba una hora en hacer su recorrido a lo largo del tramo del río que cruzaba la ciudad y que pasaba bajo el puente a las 7:30 a. m.

Decidió colocar la bomba a las 7:00 a. m. porque a esa hora el número de transeúntes y vehículos que circulaban por el puente era escaso y, si alguien tenía la curiosidad de fijarse en él, desde la distancia su apariencia de pacífico pescador no levantaría sospechas.

Eligió un viernes para llevar a efecto el atentado. Preparó con detenimiento la bomba, la introdujo con cuidado en la cesta que utilizaba para llevar los aparejos de pesca, se puso los pantalones y las botas impermeables, tomó la caña de pescar y se dirigió en su automóvil al recodo apartado del río donde tenía escondido el pequeño bote. Una vez sentado en él, se dirigió hacia la columna remando despacio para no llamar la atención.  Cuando llegó a lamisma comprobó la hora en el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca de su mano izquierda. Eran las 7:00 a.m. Sujetó la bomba a la base de la columna de forma que no fuera localizada desde lejos, colocó las manecillas del reloj despertador a las 11:00 horas e hizo lo mismo con el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca de su mano derecha, de manera que ambos relojes quedaran sincronizados. Así podía seguir  desde su observatorio el instante en que se produciría la explosión. Las manecillas harían contacto a las 12:00 horas. En ese instante serían las  8:00 a.m.

Acabada la operación, remó hasta la orilla y se retiró a un discreto emplazamiento situado en un parque anexo al río. Desde allí divisaba el  puente y el tramo de autopista que conducía  al mismo.

Una vez en su lugar de observación, mientras se imaginaba cómo avanzaban las manecillas del temporizador, se entretuvo en mirar, a través de unos prismáticos, la panorámica que se extendía ante sus ojos. La silente ciudad a la luz del amanecer, le parecía irreal, hermosa.

Le devolvió a la realidad el ulular de las sirenas de la policía que escoltaba a la comitiva presidencial y le abría paso entre el tráfico que a esa hora empezaba a colapsar la autovía que llevaba al puente. La caravana presidencial se aproximaba, lentamente, con precisión matemática, hacia su fatídico destino.

Vio cómo el vehículo presidencial se adentraba en el puente y se acercaba a la columna maestra. Fijó la vista en la manecilla del segundero del reloj sincronizado y, en voz baja, comenzó a contar hacia atrás: diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero.

Cerró los ojos para concentrarse en el ruido de la explosión, pero esta no se produjo. Los abrió a tiempo de contemplar cómo la caravana de vehículos rebasaba el puente y se dirigía a la sede de la Presidencia.

¿Qué había pasado? Repasó mentalmente el concienzudo plan que había esbozado y no encontró ningún fallo.

Esperó a que llegara la noche para acercarse a la columna y averiguar cuál había sido la causa de que la bomba no hubiera explotado.

Una vez examinado el artefacto observó que la aguja del minutero se había detenido dos minutos antes de llegar  a las 12.00. Lo desmontó y comprobó que se había roto la cuerda.

Mientras lo manipulaba, por un instante creyó que  el viejo reloj despertador, consciente de que iba a ser el causante  de una tragedia, se había negado a ser cómplice del magnicidio. Por un instante  creyó ver que sus agujas atravesaban la esfera de cristal y le señalaban como dedos acusadores.

Agustín Delgado Santana

31 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , | 8 comentarios

El anillo

Estela siempre miraba su anillo cuando se sentía triste, jugaba a darle vueltas con el pulgar y el corazón cuando estaba nerviosa, le daba un beso cuando recibía una buena noticia. Era su anillo de casada y pensar en el día de su boda con Juan le traía recuerdos muy agradables. Haber tenido allí reunida a toda su familia y a la de su marido, haberlos visto llorar y bailar unidos por la felicidad (y rememorar las grandes borracheras de algunos) era algo que realmente le reconfortaba. Se había casado enamorada hasta las trancas tras diez años de noviazgo, y quince años después de la boda seguía prácticamente igual de feliz. Juan era un buen hombre, y conservaba intacto el sentido del humor que la había encandilado en la facultad de Magisterio.

Aquel anillo, una simple alianza de oro amarillo, le había gustado desde siempre. Recordaba a su madre con él, haciendo parecer delicadas unas manos ásperas, castigadas por los productos de limpieza. Veía en él el espíritu de una mujer fuerte y luchadora, que supo sacar a sus niños “pa`lante” con lo poco que tenía. Llevarlo era su forma de tenerla presente.

Carmen había tenido que dejar la escuela de niñas desde demasiado pequeña para ponerse a trabajar como “empleada del hogar” (como se dice hoy en día). Aquel anillo era prácticamente la única prenda de valor que tenía, pero más valioso que sus hijos, que eran su gran tesoro. Cuando miraba el anillo Carmen sentía miedo. Le daba miedo salir a la calle con él puesto: con la necesidad que había en aquella época, cualquiera podría intentar robárselo a la fuerza. Le daba miedo estropearlo al limpiar. Le daba miedo que algún día se le cayera sin querer. Pero lo que más miedo le daba era que si, por lo que fuera, su marido la veía algún día sin el anillo, tuviera una excusa más para molerla a palos. Que a ella los palos ya poco le pesaban, pero pensar que algún día pudiera tocar a alguna de las niñas… Eso sí que la mataba. Pero sus hijas tendrían un buen futuro. “Quizás alguna hasta sea maestra”, pensaba. Eso tendría que ocurrir aunque tuviera que vender el anillo, aunque… “Bueno, que sea lo que Dios quiera”.

Para Estela, su madre había muerto demasiado joven, apenas pasaba los 60 años. Pero no le extrañaba, sabía la vida que había tenido, y la vida que le habían hecho tener. Y respiraba hondo. No había podido conocer a su nieta, Paloma, que ahora era una señorita de 14 años.

Paloma estaba en Segundo de la E.S.O. La vida en el instituto estaba bien. Era buena estudiante, tenía un grupo de amigas con las que se lo pasaba pipa y había empezado a salir con Óscar, que era muy guapo y tenía moto. Además, cuando hicieron seis meses, Óscar le regaló “la alianza”, y era la primera de sus amigas en tener “la alianza”. ¡Le hacía tanta ilusión vérsela puesta! Era su amuleto de la suerte, aprobaba todos los exámenes si lo sujetaba fuerte entre sus manos antes de empezarlo. Seguro que ella y Óscar estarían juntos para siempre.

El día que Paloma le contó a su madre que Óscar le había regalado “la alianza”, ella no pudo más que echarse a temblar. Su hija era demasiado joven para tener novio, iba a despistarse de los estudios, iba a convertirse en una… Bueno, fuera lo que fuera, lo que le causaba pavor en realidad era todo lo que podía significar un anillo. Ella lo sabía. Pasó toda la noche en vela, mirándolo y dándole vueltas con el pulgar y el corazón. Pensó en su madre.

En aquel momento comprendió que, por mucho que le doliera, había cosas que se le escapaban de las manos. Entendió que un mismo anillo podía contar varias historias y que, le gustara o no, cada anillo tenía la suya propia.

Iriome Vega

23 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La fotografía

Aquella mañana de agosto, acompañando a las habituales notificaciones bancarias, recogí del buzón de mi vivienda un inesperado sobre. Estaba sellado en San Pedro de Atacama y lo remitía Paula Orellana Contreras. Hacía unos meses, y a través de una conocida red social de Internet, había localizado su perfil. Sus datos personales me daban alguna pista en mis ya casi abandonadas investigaciones por conocer la historia de la familia de mi abuelo paterno, Jacinto Orellana. La coincidencia en los apellidos y en el nombre de la localidad de nacimiento de mi abuelo, un pequeño pueblo salitrero al norte de Chile llamado San Pedro de Atacama, había hecho reavivar mi interés, ya casi marchito, por conocer su pasado.

Hasta entonces, pocos datos había podido obtener sobre él. Mi padre había fallecido cuando yo  apenas tenía cinco años y tampoco había conocido a ninguno de mis abuelos. Además, por alguna causa que nunca supe y a pesar de mi insistencia, mi madre era reacia a hablar sobre la vida de mi abuelo y de su familia chilena. Nunca comprendí sus silencios a mis súplicas, motivadas por el profundo hueco que siempre había residido en mi interior, hasta que llegó el día en el que decidí no volver a preguntarle más sobre él, cuando como única respuesta recibí ahogados sollozos cercanos al sufrimiento.

Por desgracia, tampoco había tenido mucho éxito con el nuevo descubrimiento de mi familia chilena. Había cruzado con Paula varios mensajes a través de la red social y por correo electrónico. Sin embargo, algunas de mis preguntas seguían sin obtener una respuesta clara que satisficiera mi curiosidad. Hasta me llegué a cuestionar si esta curiosidad se había transformado en necesidad, y esta en una obsesión anormal. Pero las respuestas evasivas de Paula y su frase “mejor dejarlo así, es una historia que aún no nos explicamos ni nosotros mismos”, a mi insistencia por conocer, entre otras cosas, las razones por las que mi abuelo había abandonado Chile a la edad de veinticinco años, no hacían nada más que aumentar mi curiosidad. Tampoco me aclaraba lo que había sido de los padres de mi abuelo, Mario y Juana, o de su hermano Miguel, o de su hermana Cristina.

Así que cuando en ese instante de aquella mañana abrí el sobre, sellado en la oficina de correos de San Pedro de Atacama, me inundaron la emoción y la intriga. En su interior había una foto de la familia que parecía muy antigua por lo acartonado y descolorido del papel. En ella se veían a varios personajes elegantemente vestidos con indumentaria indígena propia de los habitantes de la zona y con rostro serio, como si el hecho de retratarse en una fotografía hubiera sido un acontecimiento extraordinario en aquella época. En la parte inferior estaba escrita la fecha del quince de noviembre de mil novecientos veinticinco. Enseguida supuse que era una foto de la familia de mi abuelo y que de esta forma Paula intentaba saciar mi curiosidad, al menos de forma visual. La fotografía iba acompañada de una nota escrita a mano y con una caligrafía que por su belleza sobrepasaba en mucho lo normal. La leí con inenarrable interés y transcribo su contenido:

Querido primo Esteban:

Deseo decirte en primer lugar que deseamos que estés bien. El saber de ti hace unos meses nos ha traído muchos recuerdos de nuestra historia familiar. Quiero indicarte que también para nosotros la partida del abuelo Jacinto dejó un vació en la familia que aún no hemos podido llenar. Tampoco hemos encontrado una explicación a sus consecuencias. Desde su partida no volvimos a saber nada de él hasta que te pusiste en contacto conmigo, lo que nos supuso una gran alegría y, al mismo tiempo, sorpresa. No sabíamos que se había casado en esas tierras de Europa ni mucho menos que había tenido descendencia, cosa que nos alegra profundamente.

Puedo decirte que aquí el abuelo Jacinto vivió una infancia feliz en compañía de sus padres y hermanos, y que hubo momentos entrañables mientras iba a la escuela o compartía el trabajo en el salar con su padre y su hermano Miguel durante los fines de semana. Las mujeres, en aquel tiempo, se ocupaban de las tareas de la casa y controlaban la economía familiar. Eran otros tiempos.

Pero, querido Esteban, siento decirte que nos es imposible darte más información que la indicada en esta nota y lo poco más que te he informado en nuestras comunicaciones previas. Hemos decidido enviarte la última fotografía donde aparece retratado el abuelo Jacinto. Fue tomada en mil novecientos veinticinco. Tu abuelo es el que está de pie, justo detrás de su hermana Cristina. A su lado, también de pié, está Miguel y delante de él, los padres Mario y Juana.

Decirte que aquí toda la familia nos encontramos bien de salud. Tenemos por costumbre reunimos en San Pedro de Atacama todos los quince de noviembre, día de la partida del abuelo Jacinto. Es una forma de mantener siempre viva su presencia entre nosotros.

Querida familia canaria, deseamos desde aquí todo lo mejor para ustedes y que puedan compartir entre todos la paz y la salud que aquí hemos gozado durante mucho tiempo.

Te pedimos disculpas si no podemos saciar más tu curiosidad. De momento, te pedimos encarecidamente que no insistas en profundizar en más cosas de las que te hemos informado. Nos resulta completamente imposible hacerlo pero quizás algún día puedas llegar a comprender todo esto.

Recibe un enorme abrazo y mucho cariño para ti y para tu familia de esta, tu otra familia, que te quiere tanto como siempre hemos querido al abuelo Jacinto.

Paula Orellana Contreras

Después de leer la carta me debatí entre el enojo y el malestar por quedarme casi igual que como estaba, aunque ahora, al menos, tenía la prueba fotográfica irrefutable de que la existencia de mi abuelo y de su familia chilena era real. Sin embargo no entendía las afirmaciones de mi prima Paula cuando se refería a las consecuencias que había supuesto para ellos la partida de Chile de mi abuelo Jacinto. Supuse que el dolor por no volver a saber nada más de su hijo mayor fue un duro golpe para la familia chilena. Pero, por otro lado, tampoco entendía que me hablara solamente de la familia cercana a la de mi abuelo pero sin hacer referencia ni siquiera a la suya propia, a sus padres, hermanos o tíos. Era como si no hubiera otros lazos familiares que los narrados en su carta. También me resultó curioso que las respuestas fueran conjuntas, como si hubieran tenido una reunión y hubieran decidido qué debía saber yo y qué no debía saber.

Confieso que me dejé llevar por la curiosidad y, a los pocas semanas, y a pesar de la petición de que dejara las cosas tal como estaban, decidí viajar a San Pedro de Atacama y conocer personalmente a Paula Orellana y al resto de la familia chilena. Así que tomé un avión a Santiago de Chile y posteriormente a Antofagasta, la capital de la región donde se situaba el pueblo de mi familia chilena.

A pesar de que había comunicado mi intención a Paula y le había dado la hora de llegada a Antofagasta, no había recibido ninguna respuesta por su parte. Es por eso que no me extraño no verla en el aeropuerto, aunque también quise pensar que podían haber sido sus obligaciones lo que no le permitiese haberse puesto en contacto conmigo. Al fin y al cabo, San Pedro de Atacama apenas era una ciudad de unos cinco mil habitantes situada a trescientos kilómetros del aeropuerto.

Decidí descansar en Antofagasta, recorriendo por un rato su puerto, ya casi en desuso, y sus plazas y calles impregnadas de un romanticismo decadente debido al ya casi inexistente comercio del salitre.

A la mañana siguiente tomé el autobús hacia San Pedro y quedé impresionado por la belleza del paisaje desértico de Atacama, como si el tiempo se hubiese parado durante cientos de años, por no decir miles.

Mi nerviosismo aumentó a medida que me aproximaba a San Pedro, en parte por lo que representaba estar viendo los mismos paisajes que había visto mi difunto abuelo durante su niñez y su juventud, y en parte por saberme transgresor de las recomendaciones familiares por parte de Paula y la familia chilena.

A las quince y treinta horas, me encontraba delante de la iglesia de San Pedro, cansado del trayecto y completamente solo. El autobús se había marchado y parecía que a esa hora la ciudad había quedado completamente dormida o, peor aún, desierta. La puerta de la iglesia estaba abierta, así que pensé que sería un buen sitio para estar a la sombra en aquel día soleado, quince de noviembre. A los cinco minutos de estar sentado en uno de los bancos de la iglesia, y ya a punto de salir para localizar un lugar donde alojarme, entró por la puerta una niña con vestimentas indígenas y, sin mediar palabra, me entregó un sobre color sepia y de mediano tamaño, y se marchó.

Me quedé atónito por lo extraño de la situación, como si hubiera entrado en un mundo al que no había sido invitado. Abrí el sobre, rogando que me diera alguna indicación que me guiara hasta ella o hasta algún otro familiar o al menos hasta alguien que me hiciera volver a una realidad más cercana. No fue así. En el interior del sobre había una fotografía, esta vez a color, pero similar a la que había recibido en mi domicilio de Arucas hacía tan solo dos semanas atrás. En la fotografía estaban retratados todos los familiares que había en la fotografía enviada a mi domicilio menos el abuelo Jacinto. Curiosamente, todos mantenían la misma expresión y estaban ataviados con ropas similares a las de la foto del primer sobre. Pero esta vez la fecha indicada era la de quince de noviembre de dos mil cinco, lo que hizo erizar mi piel.

También esta vez, una pequeña nota acompañaba a la fotografía.

Querido Esteban:

Lamento no poder atender tu curiosidad más de lo que hemos hecho anteriormente. Como podrás comprobar, el tiempo aquí transcurre con otra medida. Nosotros seguimos siendo los mismos, incluso mantenemos el mismo dolor por la partida de Jacinto, tu abuelo, nuestro hermano.

Cristina Orellana Contreras (Paula)

 

Jorge Halaby Ascaso

 

22 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Reflejos

Tres días de viaje en autobús habían sido agotadores para Mauro. Un pueblo sin historia, le dijeron. Ya lo comprobaría por la mañana, ahora necesitaba descansar. El hecho de haber encontrado aquel lugar hizo que la entropía se apoderara de sus emociones. Comenzó a caminar bajo un cielo con llanto de estrellas.

Con la excusa de tomar un café, entró en un bar de un edificio gris con balcones negros, igual que la barra, las mesas, las sillas y la ropa de los camareros, que aparecían envueltos en un sudoroso vaho de treinta y dos grados centígrados.

—¿Podría indicarme si hay algún hostal por aquí? –preguntó mientras le servían en una esquina de la barra.

—Hostal no hay, pero Claudia, la médico del pueblo, acostumbra alquilar habitaciones.

Le asignaron una de elegante asimetría, con baño propio y con vistas a un laberinto de piedras antiguas, dentro de un jardín inmenso.

Por las mañanas, mientras Claudia iba a su consulta, él se quedaba componiendo sus poemas. Hasta que llegaba ella y, entonces, lo encontraba tomando el sol junto a la rosaleda.

Claudia era muy reservada, el mayor de sus secretos lo guardaba bajo llave: tenía un espejo que mostraba solo el interior de las personas. Muchas veces no permitía que alguien que pretendiera quedarse en el hostal ni siquiera pernoctara. Solo cuando veía su reflejo en el espejo sabía si era o no adecuado que alguien se quedara. El caso de Mauro fue totalmente diferente: este le gustó de inmediato. Su físico, sus maneras, su gusto por la restauración y por el arte. Cuando entró en la casa, la dejó pasar antes y, admirada, se adelantó, sin fijarse en el reflejo de este en el espejo.

Entre ellos, tanto el agudo silencio como el eco de la soledad compartida eran igual de refulgentes. Se pasaban la noche hablando y riendo. había química y se notaba. Volaban los besos y las caricias, se deslizaban con ellos mientras iniciaban el ascenso hacia el dormitorio principal. Entre labio y labio vio, por casualidad, sin pretenderlo, sin buscarlo, el reflejo de Mauro en el espejo, con las fauces y los dedos llenos de sangre, cual depredador, y una mirada de loco que la paralizó, notó la sangre helarse en sus venas. Lo miró para descubrir que la mirada no solo estaba en el espejo, sino que ya inundaba sus ojos.

Claudia lo supo en ese mismo instante: no habría manera de escapar de su destino. Como pudo, abrió la puerta corrediza que llevaba al jardín y corrió hasta dejarse la piel en las huellas para adentrarse en el laberinto. Nadie escuchó sus gritos, nadie oyó sus llamadas de auxilio.

Cuentan en el pueblo que si alguien se mira en el espejo, la ve allí, con gesto suplicante; quedó perenne su reflejo. Dicen que la casa está maldita. Pienso ir a comprobarlo por mí mismo.

M. Carmen Rodríguez Trujillo

22 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 9 comentarios

Los tres sintecho

En un pequeño país, en el extremo más occidental de Europa, vivían tres hermanos. Se trataba de tres cerditos casi de la misma edad, muy parecidos físicamente pero de muy distinto carácter.

Era época de bonanza.

El más pequeño y perezoso de los tres, dejó los estudios antes de graduarse y se puso a trabajar de peón en la construcción. Ganaba mucho dinero y el trabajo le sobraba. Utilizaba los materiales de peor calidad del mercado y, como le apremiaban los encargos, siguiendo las instrucciones de su patrón, trabajaba rápido y mal.

El segundo hermano era algo más aplicado. Terminó una diplomatura y pronto comenzó a trabajar. A los pocos años, aprobó unas oposiciones y sacó plaza de funcionario. A pesar de tener un sueldo fijo y seguro, tuvo que pedir un préstamo al banco porque el precio de las casas era desorbitado. Se compró un chalet en el campo y le sobró dinero para poder amueblarlo.

El hermano mayor terminó una licenciatura pero nunca ejerció. Desde muy joven se metió en política y siempre ocupó puestos de poder. Le regalaron un dúplex en la zona alta de la ciudad. No necesitó comprarse un coche; tenía un Mercedes con chófer en la puerta siempre a su disposición. Como él se ponía su propio sueldo, comía gracias a las dietas o las invitaciones, le regalaban trajes y viajaba gratis en primera clase, fue ahorrando mucho dinero en una cuenta en un paraíso fiscal. Manteniendo un alto tren de vida, con sus hijos en colegios concertados y con un buen seguro de salud privado, su asesor le conseguía que la declaración de la renta le saliera a devolver; engordando así su cuenta en Suiza, por si se torcían las cosas. Y así ocurrió.

El lobo feroz de la crisis azotó el Continente. Los países que se creyeron ricos, porque vivían haciéndole el negocio a las inmobiliarias y a los bancos y malgastando subvenciones de la comunidad, descubrieron que nunca habían dejado de ser pobres.

Al primero que sacudió la crisis fue al pequeño. La burbuja inmobiliaria le estalló en la cara. Ya no le salían ni pequeñas chapuzas; la gente estaba sin blanca y muy asustada. Los bancos se declaraban insolventes para que los rescataran los estados. Se apuntó al paro, aunque la mayoría de los trabajos que había hecho los cobró en dinero negro. No había podido ahorrar, la hipoteca se lo llevó todo y cuando el Euribor sopló y sopló, se llevó hasta su casa. Corrió a refugiarse con el mediano.

Al principio, al segundo, la crisis no pareció afectarle. Mantenía su empleo pero le fueron recortando el sueldo, una y otra vez, y pagaba cada vez más impuestos. Sus hijos iban a colegios privados, era honrado y, por su nivel de renta, no conseguía la puntuación para acceder a los concertados. Terminó sin poder pagarlo. Si antes trabajaba por tres, ahora debía hacerlo por diez. Su salud se resintió y cuando sopló el copago sanitario le sangró la úlcera de estómago al no poder comprar protectores gástricos. Cada día sus ropas estaban más ajadas y él más demacrado. Tuvo que coger dos bajas de menos de diez días en dos meses consecutivos y se vio con la carta de despido bajo el brazo tocando en casa de su hermano el mayor.

El cerdito político, después de ocho años en la oposición, había vuelto al poder gracias a la fe de los desesperados; gracias a sus mentiras electorales, el huracán de la crisis sopló y sopló y le colocó de nuevo en lo más alto. Abarató despidos favoreciendo a sus amigos empresarios. Rescató a los bancos afianzando relaciones interesantes. Por el bien del país, se trajo su dinero de Suiza gracias a su aprobación de una amnistía que le resultó muy ventajosa. Su ambición no tenía techo; se sentía el rey de los cerdos.

Cuando sus hermanos le pidieron asilo, se le presentó una ocasión ideal para lavar su imagen y a la vez despertar admiración en el quinto poder; a los que ya había engoado con el retroceso en los derechos de las cerditas y de los homosexuales, pero esto era un claro ejemplo de su caridad cristiana.

Antes de abrirles la puerta les recordó lo que siempre les había repetido: “Partirse el lomo trabajando y no hacer trampas para enriquecerse, solo puede conducir a la miseria”.

El lobo había empezado por asomar las orejas y terminó por enseñar los colmillos. El huracán de la crisis sopló dejando a los pobres más pobres y a los ricos más poderosos; muchas casas vacías propiedad de los bancos y a muchos cerditos en la calle, indignados.

Raquel Romero Luján

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 7 comentarios

Al otro lado

Otro día aburrido, otro menú de 7´50 sin pretensiones, siempre ventana,  palco de primera, ir y venir, nada de interés o eso creía.

La primera vez que vio a Sofía se le abrió el apetito. 1´70, pálida, sudadera roja, despreocupada. Se cubría la cabeza mientras corría. La lluvia la encontró al salir y la capucha de la sudadera le cubría parte del rostro. Parecía que eso la hacía invisible a todos, a todos menos a él. Quién podía adivinar el rugido, esas ruedas dentadas girando dentro, abriendo las mazmorras, conjurando. En ese instante, solos, Sofía y el cuento.

Su mirada felina la siguió desde el mismo instante en que reconoció su llamada. Tres meses apurando el pitillo en la ventana, en aquella cafetería con flores de plástico, olor a sudor y aceite requemado. Ese cristal empañado y el humo, revelaban a Sofía, desde aquel lugar mediocre, como una aparición. Todo se movía lentamente, los tintineos de los cubiertos y platos, lo aislaban del mundo con un ensordecedor sonido metálico.

-Son 7´50 señor -resuena de pronto.

-¡Puto cabrón! –pensó-. ¡No se interrumpe a un cazador! -se dijo para sí. Deja caer las monedas con desprecio y aprieta los puños. Clava una sonrisa al camarero y se va.

Había estudiado cada uno de sus pasos desde la distancia, así la disfrutaba pequeña, apenas un borrón en medio de los grises, un trazo caprichoso. La tapaba con su dedo índice, en perspectiva y sintió el delirio del  creador.

Martes 27, está decidido. La esperó al final de la calle y se precipitó hacia ella para forzar un tropiezo, estrategia nada sutil claro, pero efectiva.

Su carta de presentación, una sonrisa convincente y un tartamudeo a modo de disculpa.

-No te preocupes, iba despistada.

-Lo lamento -dijo-, voy como loco a casa, tengo que sacar al perro. Llevo todo el día fuera y estará hecho una fiera, y ambos rieron.

Se le quedó pegada en los dedos, así que tras su marcha, al doblar la esquina, se frota una mano contra la otra, despacio, como si quisiera modelar la sensación.

Unos cuantos encuentros “casuales” por la vecindad, unos libros prestados, algunos pequeños favores y ya era el vecino perfecto. Cuán sobrevalorada está la bondad.

Allí estaban, la luna cortada y Sofía. Llevaba dentro del pecho las bestias, la sangre palpitando en la sien, la respiración entrecortada, la boca seca, el aire helado, la calle muerta. Bajo su sonrisa, una daga y, anclado en el asfalto, pensó: ¿y bajo esa capucha?

Sonia Guedes

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 6 comentarios

La Bella Durmiente

Tic, tac, tic, tac… El reloj de la pared del fondo seguía funcionando. Hmmmm, en nada vendría el anciano a darle cuerda. Alguna vez, por puro aburrimiento, había contado los tictacs entre las idas y venidas del anciano. Otras veces contaba sus pasos desde que lo escuchaba abrir la puerta de abajo hasta que llegaba arriba. Al principio era joven. Lo oía subir los peldaños de dos en dos. Más tarde de uno en uno, y ahora, además, lo acompañaba el taconeo de un bastón. Luego le llegaba el ruido de la gruesa llave de hierro al girar la cerradura, y el chirriar de la puerta de madera. El anciano entraba, abría la ventana, se movía por la habitación canturreando y se marchaba. No podía verlo, pero sabía exactamente en qué sitio estaba y qué hacía: aireaba las cortinas, sacudía las alfombras, quitaba el polvo a los cuadros y, antes de irse, daba cuerda al reloj. Qué previsible. Tremendamente previsible.

Alguna vez también venía ella. Nunca la oía subir, porque se deslizaba como la brisa. Pero en cuanto se abría la puerta, el olor a flores recién cortadas se extendía por toda la estancia. Se acercaba a ella, le colocaba bien las sábanas y la colcha, y a veces la peinaba. Le gustaba sentir esas caricias en su pelo, y sus manos pequeñas y suaves retirándole el flequillo del rostro. A veces le hablaba, le contaba lo apuesto que era el hijo del molinero, el pastel que había preparado para la fiesta de la cosecha… Cuando se marchaba, su corazón se encogía. Ojalá pudiera decirle que no se fuera, que se quedara con ella, que siguiera contándole cosas. Que se aburría cuando estaba sola. Que morirse no era como le habían dicho. Que no había una luz cegadora hacia la que andar. Tampoco unos seres alados que venían a buscarla a una, tocando arpas y trompetas doradas. Ni siquiera había un infierno lleno de hogueras y diablitos bailando alrededor del fuego. Morirse era quedarse estático, con todos los sentidos alerta, pero sin poderse mover, esperando vaya usted a saber qué. Era aburrido. Tremendamente aburrido.

El sonido de unos pasos en la escalera la trajo de vuelta a la realidad. El anciano, con el rítmico repiqueteo de su bastón. Y… alguien más subía por la escalera, con determinación. La curiosidad la puso en alerta. ¿Quién vendría a visitarla?

La puerta se abrió y, por un momento, se hizo el silencio. ¿Qué ocurría? ¿Por qué no entraba esa persona? ¿Quién era y qué era lo que buscaba allí? De repente, el recién llegado se puso en marcha, acercándose a ella. Escuchó al anciano murmurar algo desde el umbral. Más desconcierto. La madera crujió cuando el desconocido se sentó en el borde de la cama. Supo que la observaba, e inspiró, aunque sabía que nadie podía notar que lo hacía. Olía a bosque, a cuero, a tierra húmeda, a hierba recién cortada. Y supo inmediatamente que algo en su vida iba a cambiar para siempre. Su corazón se aceleró, retumbándole en los oídos. Y lo siguiente que sintió fue un ardor en los labios, un calor que se extendía por su cara, por su cuello, que bajaba por su cuerpo y se derramaba por sus extremidades, causándole una extraña picazón. Intentó mover un pie, sabiendo que, como siempre, sería en vano. Pero el frufrú de la sábana le indicó que, esta vez, estaba equivocada. ¿Sería verdad que había podido moverse? Movió un dedo y, con la yema, pudo sentir el tacto del tejido de Damasco que la cubría. Con emoción, abrió lentamente los pesados párpados y se asomó a unos ojos profundos que sonreían. No era el diablo con su tridente y una fogata en el rabo. Tampoco era la luz cegadora. No. Era mucho mejor. Bastante mejor. De hecho… tremendamente mejor.

Luz Alonso

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

Día de tormenta

El día empezó gris, y a media mañana los cielos ya andaban de mudanza. Se agolpaban las nubes y sonaban los estruendos de sus choques como rugidos de fieras encerradas. A principio de la tarde el viento se apropió de la tierra, curvó los árboles, peinó la hierba y recorrió las callejuelas en su búsqueda enigmática y minuciosa. Cerré puertas y atranqué ventanas; las holguras de las bisagras hicieron que, en su agitación, las hojas acompañaran la tormenta con repique de tambores. A las pocas horas sonaron en la puerta cinco toques con perfecta sincronía. Aquello sonaba a llamada y no como fruto del vendaval. Abrí y mi hermano pequeño entró con el aliento del que huye de algo.

—Vengo a pedirte cobijo —me dijo—. La tempestad se ha llevado mi casa.

—Tienes la ingenuidad propia de tu juventud —respondí—. No se puede llamar casa a un montón de ramas y telas tendidas entre dos árboles.

Le llevé a la cocina y pedí su ayuda para preparar la cena. Por los espacios diminutos que dejaban las hojas en su unión con los marcos entraban en la casa hebras de aire que movían con dulzura las llamas de los fogones. El huracán continuaba con sus intentos de derribo y se quejaba de la lucha infructuosa contra los muros de piedra con gritos que erizaban la piel. No había pasado mucho rato cuando la puerta retumbó con un palmoteo urgente. Dejamos entrar a mi segundo hermano y entre los tres impedimos que el viento invadiera la casa, empujando la puerta con la fuerza de nuestros hombros.

—Necesito tu asilo, hermano —me dijo—, la tormenta ha derribado mi casa.

—Atrevida es tu inexperiencia —le contesté—. No existe otra razón por la que te empeñes en llamar casa a unas maderas mal sujetas que ni a cabaña aspiraban.

Compartimos la cena y reímos al evocar recuerdos de la infancia en el hogar de nuestros padres. Afuera, el ciclón gritaba la rabia que le nacía por lo inútil de su esfuerzo.

Pedro Conde

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