Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Reflejos

Tres días de viaje en autobús habían sido agotadores para Mauro. Un pueblo sin historia, le dijeron. Ya lo comprobaría por la mañana, ahora necesitaba descansar. El hecho de haber encontrado aquel lugar hizo que la entropía se apoderara de sus emociones. Comenzó a caminar bajo un cielo con llanto de estrellas.

Con la excusa de tomar un café, entró en un bar de un edificio gris con balcones negros, igual que la barra, las mesas, las sillas y la ropa de los camareros, que aparecían envueltos en un sudoroso vaho de treinta y dos grados centígrados.

—¿Podría indicarme si hay algún hostal por aquí? –preguntó mientras le servían en una esquina de la barra.

—Hostal no hay, pero Claudia, la médico del pueblo, acostumbra alquilar habitaciones.

Le asignaron una de elegante asimetría, con baño propio y con vistas a un laberinto de piedras antiguas, dentro de un jardín inmenso.

Por las mañanas, mientras Claudia iba a su consulta, él se quedaba componiendo sus poemas. Hasta que llegaba ella y, entonces, lo encontraba tomando el sol junto a la rosaleda.

Claudia era muy reservada, el mayor de sus secretos lo guardaba bajo llave: tenía un espejo que mostraba solo el interior de las personas. Muchas veces no permitía que alguien que pretendiera quedarse en el hostal ni siquiera pernoctara. Solo cuando veía su reflejo en el espejo sabía si era o no adecuado que alguien se quedara. El caso de Mauro fue totalmente diferente: este le gustó de inmediato. Su físico, sus maneras, su gusto por la restauración y por el arte. Cuando entró en la casa, la dejó pasar antes y, admirada, se adelantó, sin fijarse en el reflejo de este en el espejo.

Entre ellos, tanto el agudo silencio como el eco de la soledad compartida eran igual de refulgentes. Se pasaban la noche hablando y riendo. había química y se notaba. Volaban los besos y las caricias, se deslizaban con ellos mientras iniciaban el ascenso hacia el dormitorio principal. Entre labio y labio vio, por casualidad, sin pretenderlo, sin buscarlo, el reflejo de Mauro en el espejo, con las fauces y los dedos llenos de sangre, cual depredador, y una mirada de loco que la paralizó, notó la sangre helarse en sus venas. Lo miró para descubrir que la mirada no solo estaba en el espejo, sino que ya inundaba sus ojos.

Claudia lo supo en ese mismo instante: no habría manera de escapar de su destino. Como pudo, abrió la puerta corrediza que llevaba al jardín y corrió hasta dejarse la piel en las huellas para adentrarse en el laberinto. Nadie escuchó sus gritos, nadie oyó sus llamadas de auxilio.

Cuentan en el pueblo que si alguien se mira en el espejo, la ve allí, con gesto suplicante; quedó perenne su reflejo. Dicen que la casa está maldita. Pienso ir a comprobarlo por mí mismo.

M. Carmen Rodríguez Trujillo

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22 mayo 2012 - Posted by | Cuentos, General | , ,

9 comentarios »

  1. Hola, Mari Carmen.
    Pienso volver para no dejar títere con cabeza.
    No, es broma, era solo para asustarte. Soy yo muy miedica y necesitaba vengarme.
    Sí volveré desde que pueda y te haré un comentario más extenso. Por ahora solo te diré que ese cambio del narrador del final no me convence. Comienzas con un omnisciente (en tercera persona), y acabas con uno en primera (Pienso ir a comprobarlo por mí mismo). No pueden ser el mismo los dos.
    Tenemos también que tu narrador último es hombre… (je,je). Una chica que escribe como chico… (más jeje). ¿No hablábamos ayer mismo sobre las identidades sexuales?

    Hasta luego.

    Comentario por P. Conde | 22 mayo 2012 | Responder

    • Pedro, yo no veo ese cambio en el narrador. Lo que ocurre es que solo al final ese narrador habla en primera persona. Es un cambio brusco, pero, al mismo tiempo, confiere al desenlace una cierta apertura.

      Comentario por Alexis Ravelo | 22 mayo 2012 | Responder

      • ¿Se puede discrepar con el jefe?
        El narrador omnisciente lo sabe todo. Sabe lo que va a pasar, lo que pasó, lo que piensan y sienten todos los personajes. Se sabe que es un narrador omnisciente porque eso es lo que demuestra en sus descripciones de personajes y acciones (la entropía adueñándose de sus emociones). El narrador último, ese que tiene personalidad “Pienso ir a comprobarlo”, según mi criterio no puede ser omnisciente, puede ser un narrador testigo a lo sumo, y diría que ni tampoco, solo es alguien que cuenta lo que se cuenta por ahí “Cuentan en el pueblo… Dicen que la casa está maldita.”
        Es por eso que veo discrepancia entre los dos, mejor dicho, es por eso que veo dos narradores. Considero que hubiera sido mejor que el que ahora es último lo fuera durante todo el texto. Que el narrador nos contara la historia como si fuera una continuación de lo que se dice en el pueblo y que le pusiera cosas de su autoría para adornarla, pero que no entrara en la cabeza de los personajes. Como mucho que hiciera conjeturas y las mostrara como tal.
        Pienso que ese final abierto a la continuación o a la resolución de la trama es bueno, por eso no me vale el primer narrador.

        ¿Me pongo castigado frente a la pared?

        Comentario por P. Conde | 22 mayo 2012

      • Claro que se puede discrepar. Sin embargo, a tu teoría del narrador omnisciente, contestaré con estas dos palabras: “Madame Bovary”. Si te vas a poner de cara a la pared, llévate un ejemplar y vuelve a echarle un vistazo: aunque está contada en tercera omnisciente, en el inicio y en el final el narrador se presenta como alguien que conoce a Charles Bovary. El narrador omnisciente puede hablar en primera persona (de hecho, en la novela del XIX ocurre con frecuencia, por ejemplo, en nuestro querido don Benito, que a veces deja aflorar sus opiniones en medio de la narración) y, por otro lado, el narrador testigo puede asumir, de facto, las funciones de un narrador omnisciente. En cualquier caso, se trata de sutilezas ‘post genettianas’, como diría Juan-Manuel García Ramos. En la próxima sesión, llevamos los guantes de boxeo y nos aporreamos. 🙂

        Comentario por Alexis Ravelo | 22 mayo 2012

      • No entra en mis planes inmediatos leer otra vez Madame Bovary.
        Sucede que me gusta discrepar por el gusto de discrepar. En lo que ando escribiendo yo ahora utilizo ese juego: Tengo un narrador testigo que a veces es omnisciente, pero trato de diferenciarlo según cuente lo que él vivió y lo que sucedía al tiempo donde él no estaba, de hecho, los diferencio tanto que pueden pasar por dos narradores distintos .
        Lo de pegarnos lo vamos a dejar: yo no pego a alguien que tiene gafas.

        De todas formas que sirva mi punto de vista para que la autora, en este caso, y todo el que lo lea conozcan otro punto de vista y valoren si quieren hacer este juego.
        Un abrazo.

        Comentario por P. Conde | 22 mayo 2012

  2. Esta es, quizás, la mejor parte de la escuela ¡Gracias, chicos, sois geniales!

    Comentario por Nane | 22 mayo 2012 | Responder

  3. Hola, M. Carmen. Me gustan mucho varias frases: “…bajo un cielo con llanto de estrellas.”, “Entre ellos, tanto el agudo silencio como el eco de la soledad compartida eran igual de refulgentes.” y me gusta que “Entre labio y labio” viera “por casualidad, sin pretenderlo, sin buscarlo, el reflejo de Mauro en el espejo…” (aunque quizá buscarlo y Mauro, estén muy próximos y no suene muy bien, en mi opinión) y “…corrió hasta dejarse la piel en las huellas para adentrarse en el laberinto”. Me gusta que al final se quede atrapada en el espejo.

    Hay una frase que me resulta confusa: “Con la excusa de tomar un café, entró en un bar de un edificio gris con balcones negros, igual que la barra, las mesas, las sillas y la ropa de los camareros, que aparecían envueltos en un sudoroso vaho de treinta y dos grados centígrados.” Parece que “igual que la barra…” se refiere a que son negros como los balcones, pero entonces no entiendo el “que”. Si lo que quieres decir es que todos (edificio, blacones, barra, mesas…) aparecían envueltos en un sudoroso vahon, creo que sustituyendo la coma por un punto y quitando el “que” se solucionaría, siempre y cuando ese fuera el sentido. Quedaría así: “Con la excusa de tomar un café, entró en un bar de un edificio gris con balcones negros. Igual que la barra, las mesas, las sillas y la ropa de los camareros aparecían envueltos en un sudoroso vaho de treinta y dos grados centígrados.” O mejor, cambiando de sitio el “que” y añadir “al”: “Con la excusa de tomar un café, entró en un bar de un edificio gris con balcones negros, que al igual que la barra, las mesas, las sillas y la ropa de los camareros, aparecían envueltos en un sudoroso vaho de treinta y dos grados centígrados.”

    Y esta frase (a pesar de gustarme su principio me parece larga y algo enredada): “Entre labio y labio vio, por casualidad, sin pretenderlo, sin buscarlo, el reflejo de Mauro en el espejo, con las fauces y los dedos llenos de sangre, cual depredador, y una mirada de loco que la paralizó, notó la sangre helarse en sus venas.” Me parece que quedaría mejor: “Entre labio y labio vio, por casualidad, sin pretenderlo, sin buscarlo, el reflejo de Mauro en el espejo. Notó la sangre helarse en sus venas al verlo con las fauces y los dedos llenos de sangre, cual depredador, y con una mirada de loco que la paralizó”. Es solo una propuesta, solo soy una aprendiz, como tú, pero me parece que los comentarios constructivos ayudan a aprender (al que los recibe y al que los hace). No me gusta sugerir otras maneras de hacer las cosas, porque puede molestar, pero en estos dos casos no sabía otra manera de explicarme. Espero que no te molestes y te sirvan de algo los comentarios.

    El cuento atrapa y nos metes de lleno en un mundo fantástico salpicado de realidad. Quizá el desenlace me parece muy rápido, nos enteramos de que se enrollaban y sobre la marcha ocurre lo demás (que creo que es lo más importante), cuando te detuviste anteriormente en describirnos lo que él hacía en su ausencia. El final abierto también me gusta y no percibí un cambio de narrador, simplemente que el narrador pasó a narrar en primera (con el pie dado por los rumores que nos cuenta).

    Un saludo y perdón por el rollo.

    Comentario por Raquel | 22 mayo 2012 | Responder

  4. Hola M. Carmen. Me gustó tu relato. Realmente la última parte es demoledora. Rápida y sin respiro. También el último párrafo me gusta porque es una invitación directa al lector a comprobar si “lo que se cuenta en el pueblo sucedió realmente”, y ese reto, mezclando morbo e incredulidad, me resulta interesante.
    Sin embargo, noté un cambio brusco a mitad del relato. De colocarme en las sensaciones de Mauro, donde incluyes el diálogo, paso a las de Claudia que inmediatamente me muestra su secreto (el espejo). Y es como si aún no estuviera preparado para ese cambio. Igual soy yo que empatizo con los personajes más de la cuenta y necesito más frases para situarme 🙂
    El escenario me resulta interesante: pueblo lejano (tres días para llegar), bar lúgubre, habitación con vistas a un laberinto de piedras inmensas (donde ocurrirá la tragedia). Describe un buen ambiente para lo que va a suceder sin desvelarlo hasta casi el final, sin tiempo a reaccionar.
    Un saludo.

    Comentario por Jorge Halaby | 23 mayo 2012 | Responder

  5. Poco puedo añadir, buena historia, me encantan las muertes, la sangre, los depredadores y entre labio y labio por supuesto jajaja, así que lo he disfrutado. Yo también llegaría hasta allí para saber qué pasa, pero lástima que en el espejo se quedó su reflejo atrapado porque sería genial poderse mirar para encontrarse o tal vez no tendríamos el valor suficiente, difícil saberlo, pero enfrentarse a ello me hace pensar. ¿Espejito, espejito, quién esta debajo de lo que muestro?

    Comentario por maría sonia guedes ortiz | 23 mayo 2012 | Responder


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