Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El anillo

Estela siempre miraba su anillo cuando se sentía triste, jugaba a darle vueltas con el pulgar y el corazón cuando estaba nerviosa, le daba un beso cuando recibía una buena noticia. Era su anillo de casada y pensar en el día de su boda con Juan le traía recuerdos muy agradables. Haber tenido allí reunida a toda su familia y a la de su marido, haberlos visto llorar y bailar unidos por la felicidad (y rememorar las grandes borracheras de algunos) era algo que realmente le reconfortaba. Se había casado enamorada hasta las trancas tras diez años de noviazgo, y quince años después de la boda seguía prácticamente igual de feliz. Juan era un buen hombre, y conservaba intacto el sentido del humor que la había encandilado en la facultad de Magisterio.

Aquel anillo, una simple alianza de oro amarillo, le había gustado desde siempre. Recordaba a su madre con él, haciendo parecer delicadas unas manos ásperas, castigadas por los productos de limpieza. Veía en él el espíritu de una mujer fuerte y luchadora, que supo sacar a sus niños “pa`lante” con lo poco que tenía. Llevarlo era su forma de tenerla presente.

Carmen había tenido que dejar la escuela de niñas desde demasiado pequeña para ponerse a trabajar como “empleada del hogar” (como se dice hoy en día). Aquel anillo era prácticamente la única prenda de valor que tenía, pero más valioso que sus hijos, que eran su gran tesoro. Cuando miraba el anillo Carmen sentía miedo. Le daba miedo salir a la calle con él puesto: con la necesidad que había en aquella época, cualquiera podría intentar robárselo a la fuerza. Le daba miedo estropearlo al limpiar. Le daba miedo que algún día se le cayera sin querer. Pero lo que más miedo le daba era que si, por lo que fuera, su marido la veía algún día sin el anillo, tuviera una excusa más para molerla a palos. Que a ella los palos ya poco le pesaban, pero pensar que algún día pudiera tocar a alguna de las niñas… Eso sí que la mataba. Pero sus hijas tendrían un buen futuro. “Quizás alguna hasta sea maestra”, pensaba. Eso tendría que ocurrir aunque tuviera que vender el anillo, aunque… “Bueno, que sea lo que Dios quiera”.

Para Estela, su madre había muerto demasiado joven, apenas pasaba los 60 años. Pero no le extrañaba, sabía la vida que había tenido, y la vida que le habían hecho tener. Y respiraba hondo. No había podido conocer a su nieta, Paloma, que ahora era una señorita de 14 años.

Paloma estaba en Segundo de la E.S.O. La vida en el instituto estaba bien. Era buena estudiante, tenía un grupo de amigas con las que se lo pasaba pipa y había empezado a salir con Óscar, que era muy guapo y tenía moto. Además, cuando hicieron seis meses, Óscar le regaló “la alianza”, y era la primera de sus amigas en tener “la alianza”. ¡Le hacía tanta ilusión vérsela puesta! Era su amuleto de la suerte, aprobaba todos los exámenes si lo sujetaba fuerte entre sus manos antes de empezarlo. Seguro que ella y Óscar estarían juntos para siempre.

El día que Paloma le contó a su madre que Óscar le había regalado “la alianza”, ella no pudo más que echarse a temblar. Su hija era demasiado joven para tener novio, iba a despistarse de los estudios, iba a convertirse en una… Bueno, fuera lo que fuera, lo que le causaba pavor en realidad era todo lo que podía significar un anillo. Ella lo sabía. Pasó toda la noche en vela, mirándolo y dándole vueltas con el pulgar y el corazón. Pensó en su madre.

En aquel momento comprendió que, por mucho que le doliera, había cosas que se le escapaban de las manos. Entendió que un mismo anillo podía contar varias historias y que, le gustara o no, cada anillo tenía la suya propia.

Iriome Vega

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23 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios