Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El reloj

Con los ojos de la mente veía cómo la manecilla del minutero del viejo reloj despertador de cuerda -implacable temporizador de la potente bomba que había fabricado y colocado en el pilar maestro del puente que unía las dos orillas del río que atravesaba la ciudad-, avanzaba, sin solución de continuidad, hacia el lugar de la esfera donde se hallaba la  manecilla que marcaba las horas.

Había tomado la dramática determinación de atentar contra la vida del  presidente del gobierno de su país y liberar a este de su fatídica influencia. Le acusaba  de ser  el  causante directo de la pérdida de su puesto de trabajo y de sus modestos ahorros, así como los de millones de compatriotas.

Para llevar a cabo su propósito había estudiado concienzudamente el corto y metódico recorrido que a diario hacía la comitiva presidencial desde la vivienda del presidente hasta la sede del Gobierno. Tras exhaustivas observaciones había comprobado que, con precisión cronométrica, el vehículo del estadista pasaba por encima de la columna maestra del viaducto exactamente a las 8:00 a. m.

Durante una semana, vestido con pantalones y botas impermeables de pescador y provisto de una caña de pescar, pasó las mañanas en un bote junto a la base de la columna, con un doble propósito: comprobar  el recorrido de las lanchas patrulleras que vigilaban el río y  que  los ocupantes  de las mismas  se acostumbraran a su presencia en la zona.

De esa manera pudo averiguar que la patrulla marítima  tardaba una hora en hacer su recorrido a lo largo del tramo del río que cruzaba la ciudad y que pasaba bajo el puente a las 7:30 a. m.

Decidió colocar la bomba a las 7:00 a. m. porque a esa hora el número de transeúntes y vehículos que circulaban por el puente era escaso y, si alguien tenía la curiosidad de fijarse en él, desde la distancia su apariencia de pacífico pescador no levantaría sospechas.

Eligió un viernes para llevar a efecto el atentado. Preparó con detenimiento la bomba, la introdujo con cuidado en la cesta que utilizaba para llevar los aparejos de pesca, se puso los pantalones y las botas impermeables, tomó la caña de pescar y se dirigió en su automóvil al recodo apartado del río donde tenía escondido el pequeño bote. Una vez sentado en él, se dirigió hacia la columna remando despacio para no llamar la atención.  Cuando llegó a lamisma comprobó la hora en el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca de su mano izquierda. Eran las 7:00 a.m. Sujetó la bomba a la base de la columna de forma que no fuera localizada desde lejos, colocó las manecillas del reloj despertador a las 11:00 horas e hizo lo mismo con el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca de su mano derecha, de manera que ambos relojes quedaran sincronizados. Así podía seguir  desde su observatorio el instante en que se produciría la explosión. Las manecillas harían contacto a las 12:00 horas. En ese instante serían las  8:00 a.m.

Acabada la operación, remó hasta la orilla y se retiró a un discreto emplazamiento situado en un parque anexo al río. Desde allí divisaba el  puente y el tramo de autopista que conducía  al mismo.

Una vez en su lugar de observación, mientras se imaginaba cómo avanzaban las manecillas del temporizador, se entretuvo en mirar, a través de unos prismáticos, la panorámica que se extendía ante sus ojos. La silente ciudad a la luz del amanecer, le parecía irreal, hermosa.

Le devolvió a la realidad el ulular de las sirenas de la policía que escoltaba a la comitiva presidencial y le abría paso entre el tráfico que a esa hora empezaba a colapsar la autovía que llevaba al puente. La caravana presidencial se aproximaba, lentamente, con precisión matemática, hacia su fatídico destino.

Vio cómo el vehículo presidencial se adentraba en el puente y se acercaba a la columna maestra. Fijó la vista en la manecilla del segundero del reloj sincronizado y, en voz baja, comenzó a contar hacia atrás: diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero.

Cerró los ojos para concentrarse en el ruido de la explosión, pero esta no se produjo. Los abrió a tiempo de contemplar cómo la caravana de vehículos rebasaba el puente y se dirigía a la sede de la Presidencia.

¿Qué había pasado? Repasó mentalmente el concienzudo plan que había esbozado y no encontró ningún fallo.

Esperó a que llegara la noche para acercarse a la columna y averiguar cuál había sido la causa de que la bomba no hubiera explotado.

Una vez examinado el artefacto observó que la aguja del minutero se había detenido dos minutos antes de llegar  a las 12.00. Lo desmontó y comprobó que se había roto la cuerda.

Mientras lo manipulaba, por un instante creyó que  el viejo reloj despertador, consciente de que iba a ser el causante  de una tragedia, se había negado a ser cómplice del magnicidio. Por un instante  creyó ver que sus agujas atravesaban la esfera de cristal y le señalaban como dedos acusadores.

Agustín Delgado Santana

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31 mayo 2012 - Posted by | Cuentos, General | ,

8 comentarios »

  1. ¡Me encanta! me lleva todo el rato, voy a su lado, veo todo el plan, me quedo callada mientras observa, me siento hasta cómplice, ¡fuerte angustia! jajaja. Me gusta el proceso personal que hace tras el fracaso del plan, esa conciencia que se traslada al hecho, una conciencia que actúa y evita el desastre. La metáfora del final, muy acertada desde mi punto de vista, pero tal vez, en vez de dejarlo como “dedos acusadores”, pondría “con dedos acusadores”, porque la imagen tiene mucha fuerza.

    Comentario por Sonia Guedes | 3 junio 2012 | Responder

    • Hola Sonia. Me alegra que te haya gustado la historia.,También me congratula que seas una especie de observador invisible y, a veces, cómplice de las maquinaciones del protagonista. En cuanto a la metáfora del final,me perece que el lector se identifica más con el hecho de que las manecillas del reloj señalen al terrorista, como dedos acusadores, que, con dedos acusadores.
      Un abrazo.

      Comentario por Agustín Delgado Santana. | 3 junio 2012 | Responder

  2. Hola, Agustín. Buen texto. Consigues meternos en situación; creas una atmósfera de intriga que atrapa.
    La primera frase (aunque me encanta) me parece necesitada de alguna pausa antes de la primera coma (si la lees en voz alta te falta el aire). También me parece que en esta: “Decidió colocar la bomba a las 7:00 a. m. porque a esa hora el número de transeúntes y vehículos que circulaban por el puente era escaso y, si alguien tenía la curiosidad de fijarse en él, desde la distancia su apariencia de pacífico pescador no levantaría sospechas.”, creo que falta una coma después de distancia.
    También creo que hay un par de párrafos (donde cuentas lo que hacía todas las semanas, como iba vestido, porqué eligió la hora; y luego al narrar el día en sí, vuelves a repetir lo ya dicho) que podrías haber convertido en uno porque parece un poco repetitivo.
    Y el último párrafo creo que sobreexplica lo que el lector ya se figura. Con la última frase solo me parece que sería suficiente.
    A pesar de que te señale tantas cositas ( que como siempre son solo opiniones de aprendiz), insisto, me ha sorprendido gratamente lo bien escrito que está.
    Enhorabuena. Un abrazo.

    Comentario por Raquel | 3 junio 2012 | Responder

    • Hola Raquel:
      Me parece muy acertada tu crítica al cuento.
      A mi también me pareció muy larga la primera frase y tuve la intención de modificarla, pero desistí.
      En la segunda, también estoy de acuerdo. Le falta una coma después de la palabra “distancia” (Dichosas arenas movedizas de la correcta puntuación).
      No caí en que me repetía al describir la liturgia de la preparación del atentado. En efecto, podía haber simplificado el segundo párrafo.
      Sólo estoy de acuerdo a medias con tu comentario al último párrafo. Tenía que describir con detalle el momento en que se paró el reloj, para darle al mismo apariencia de ser animado dotado de conciencia.
      Celebro que te haya gustado el relato. Gracias.
      Un abrazo.

      Comentario por Agustín Delgado Santana. | 4 junio 2012 | Responder

  3. Hola, Agustín.
    Dada mi amplia experiencia en preparar bombas te diré que el reloj analógico no es el más indicado para usar cuando se trata de buscar la sincronía con algún acto como el de pasar sobre el puente en este caso. Es más, ni siquiera el digital sería tan certero. Hay que usar el mando a distancia o el móvil. Hay que renovarse, Agustín, o morir.
    Me uno a lo de la primera frase, es complicada.
    También veo mucho dato de horas seguidas con el a.m. En esos instantes se me va la idea de que estoy leyendo algo de literatura. Es casi tan aburrido como una crónica aburrida de un suceso aburrido. Si te fijas, el cuento no es otra cosa que una llamada de atención a la conciencia de un hombre bueno (que se estaba desviando del buen camino) por un hecho fortuito.
    Hombre que pierde trabajo y fortuna clama venganza. Pone manos a la obra para matar al que cree responsable y no le sale bien la cosa. Las manecillas del reloj son las que le devuelven a su sitio cuando le señalan acusadoras de su pecado.
    ¿A qué viene tanto dato? Creo que todo ese tiempo podías haber pintado la desesperación del personaje, la lucha interna que tuvo que vencer. Creo que eso sería lo importante del cuento; lo demás, pura anécdota.
    Un saludo.

    Comentario por P. Conde | 5 junio 2012 | Responder

  4. Hola Conde,
    Sé que el cuento es manifiestamente mejorable y que su enfoque está lejos de ser el idóneo, pero –aunque tu punto de vista lo enriqueciera-, ¿se te ha ocurrido pensar que en lugar de una mesurada crítica al mismo, has editado una lección ex -cátedra, trufada de rigor y exenta de la más elemental sensibilidad ? Si obviamos el tema de la precisión, ¿se te ha ocurrido pensar que elegí deliberadamente el anticuado reloj despertador? ¿No te parece poco imaginativo que, en lugar de las manecillas del reloj, fueran los mecanismos del mando a distancia o un mensaje escrito en el móvil, quién ejerciera de conciencia acusadora del terrorista?
    Se me ocurren otras preguntas, pero me niego a ello.
    Permíteme un modesto consejo: antes de lanzarte a realizar la crítica del trabajo de un compañero, lee las de Raquel o las de Sonia, por ejemplo.
    Gracias por leer el cuento. Lamento que lo encontraras aburrido.
    Saludos.

    Comentario por Agustín Delgado Santana. | 6 junio 2012 | Responder

    • Hola, Agustín.
      Ahora que releo mi crítica tengo que pedir disculpas porque digo lo que no quise decir. Ese aburrido que digo y repito iba solo a la reiteración de los datos sobre las horas. No quería decir eso sobre el cuento en general. Reitero mis disculpas.
      Claro que sé que el reloj tenía que ser analógico, el final ese no deja otra opción. Mi crítica a esa elección (la del reloj analógico) por el protagonista es porque no es fiable en absoluto, pero tampoco es fiable ni creíble el que alguien pase todos los días por el mismo sitio en el mismo segundo de tiempo. Ahí se me cae el cuento.

      Llegados a este punto no me queda otra que decir que qué mal aguantamos las críticas. Mis opiniones no tienen más peso que eso, las opiniones de un lector.
      Esto que sigue es solo por el gusto de intercambiar opiniones, no lleva nada de alevosía, ni inquina, ni deseo malo alguno.
      Agustín, ¿es buena una crítica que dice que el trabajo es bueno, o es buena la crítica que saca a la luz los defectos?
      Sí leí los comentarios de las compañeras, los dos, y tus respuestas antes de hacer el mío.
      Pienso, por otro lado, que no es malo no gustarle a alguien; deberíamos de saber, a estas alturas, que es imposible agradar a todos. A mí me gusta “Los pilares de la tierra” y a Alexis no. No es mejor novela porque me guste, ni peor porque no le guste a él.
      Tu cuento no me gustó, aunque, repito, por ese párrafo mal explicado por mi parte sobre el aburrimiento, pudiera parecer que lo considero totalmente execrable, no es así. Simplemente no me gusta.
      Un saludo.

      Comentario por P. Conde | 6 junio 2012 | Responder

  5. Hola Conde.
    Me parece que he demostrado saber soportar las críticas. Defiendo tu derecho a manifestar los defectos que tiene el cuento y que este no te guste. A mi vez, no critico el fondo de tu comentario, sino las formas. Si es posible, me gustaría dejar el intercambio de mensajes aquí, puesto que podemos entrar en un bucle que no lleva a ninguna parte.
    Saludos.

    Comentario por Agustín Delgado Santana. | 6 junio 2012 | Responder


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