Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La pipa de fumar

Cada encuentro implicaba un cierto riesgo.  Era preciso acudir primero a casa del magistrado, en lo alto de la rambla, y subir hasta el despacho de la última planta.  Una vez allí, aún debía encaramarse a alguna de aquellas sillas de línea italiana con la habilidad que da la costumbre.  Por fin a su altura, podía volver a mirarla de frente.  La pipa aguardaba tentadora en un estante abarrotado de libros.

Aquella vez abandonó la casa como tantas otras, a la manera en que lo hacían los invitados del juez, a través del portón de doble hoja y con el mozo de servicio esperando mansamente en el umbral.

De camino al barrio se fijó en la gente que fumaba en la calle.  Gente asediada por la urgencia, apurando un cigarrillo tras otro a los pies de la oficina aunque tuvieran que apiñarse en una esquina para paliar el frío o la culpa.  Acarició el contorno de la pipa bajo el chaquetón y les tuvo alguna clase de recelo.  Los que le resultaban más tristes de todos eran los chicos que fardaban de sus primeras caladas.  Cambiaba de calle solo para no cruzarse con ellos más abajo, en la plaza del mercado.

Cuando la llevaba con él, no importaba que fuera escondida en lo profundo del bolsillo del abrigo o a la vista, todo era distinto.  Él lo era.

Se sentó en la escalera del portal de su casa y sostuvo la pipa.  Olía a picadura de tabaco reciente, quizá incluso del día anterior. El juez habría estado sopesando concienzudamente un caso complicado y el chico de los recados había repuesto el estante hacía poco. Claro que eso era lo de menos,  sabía que más de una vez ni siquiera la encendía, porque no salía humo. De vez en cuando se la apartaba y la tomaba en una mano como él hacía ahora, solo por el gusto de hacerlo.  Ambos amaban, aunque uno lo ignoraba, todo cuanto despertaba esa pipa de fumar.  Tantas cosas que no cabían sino en un lugar como aquel despacho del juez, que más parecía una biblioteca.  Además, ayudaba a pensar.

Se colocó la boquilla en los labios y recostó la espalda contra la pared.  En el acto la pipa se encendió y una leve columna de humo brotó de ella, sin necesidad de prenderla ni añadir picadura, y ascendió en el aire por encima de su cabeza.  Sobrepasó los rótulos de los bazares y llegó más alto incluso que el griterío de los bares a medio día.

Pero de pronto una voz poderosa irrumpió desde más arriba aún, desde el rellano de su casa:

­—¡Juanmaaaa! ¡Sube a comer, que pareces tonto!

Y cualquier humo se desvaneció.

 Elisa García

 

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31 mayo 2012 - Posted by | Cuentos, General | , ,

6 comentarios »

  1. ¡Elisaaaaaaaaaaa! qué me hizo mucha gracia el final jajajaja. Todo ese halo de misterio, la pipa de fumar tan varonil, tan elegante. Ese final de venga anda, no seas flipadito, casi no me la parto, de sorprendió, así que me gustó claro. Pero una cosita, el que estaba finalmente con la pipa era el chico de los recados ¿ no?, es que a mí no me quedaba claro, entonces cuando dices al final que ambos amaban, aunque uno lo ignoraba, era porque el chico también soñaba a través de esa pipa del juez, sin que lo supiera, o es que ¿no he entendido nada? jajajaja. Ya me cuentas si tienes un ratillo.

    Comentario por Sonia Guedes | 3 junio 2012 | Responder

    • Hola, Sonia. Me alegra que te gustra el relato, incluido el final 🙂 Lo comprendiste perfectamente, era el chico de los recados el que tomaba prestada la pipa, o al menos esa era la idea. Pero quizá no es muy explícito, era para abrirlo a más interpretaciones posibles. Gracias por el comentario.
      Saludos

      Comentario por Elisa García | 4 junio 2012 | Responder

    • Hola, Sonia. Me alegra que te gustara el relato, incluido el final :). Lo has comprendido perfectamente, quien toma prestada la pipa es el chico de los recados, o al menos esa era la idea. Quizá no es muy explícito porque quería abrirlo a otras interpretaciones posibles. Gracias por tu comentario.

      Comentario por Elisa García | 4 junio 2012 | Responder

  2. Hola, Elisa. Me gusta lo que supone la pipa para el chico. No queda muy claro si es o no el chico de los recados (parece que sí porque si no, no se entiende qué hace en casa del magistrado; un ladrón no saldría por la misma puerta que los invitados). En esta frase “Acarició el contorno de la pipa bajo el chaquetón y les tuvo alguna clase de recelo.” se pierde un poco el sujeto que está en la frase anterior, quizá si les tuviese recelo mientras acaricia la pipa (cambiando el orden de la frase) no nos perderíamos (aunque tal vez me haya perdido yo sola 😉 ). Al final parece un cuento fantástico (cuando la pipa se enciende sola) hasta que comprendemos que formaba parte de la ensoñación del chico. Creo que has logrado un buen ambiente.
    Un saludo.

    Comentario por Raquel | 3 junio 2012 | Responder

    • Hola, Raquel. Sí, las pistas señalan al chico de los recados (y es él), pero tienes razón en que tampoco está muy claro. Por cierto, gracias por la sugerencia del orden en esa frase. Tomo nota y voy a probarlo. Gracias por el comentario.
      Saludos.

      Comentario por Elisa García | 4 junio 2012 | Responder

  3. Hola, Elisa.
    Tengo un par de preguntas. ¿el chico roba y pone la pipa en el estante cada dos por tres? Es que si se trata de un solo hurto no me cuadran algunas cosas como “Cada encuentro implicaba un cierto riesgo”; y la “costumbre” de subir sobre la silla; o “cuando la llevaba con él”.
    Este juego de poner y quitar la pipa para que la compartan los dos (quizá esperando que el juez no se dé cuenta de que le falta a cada rato) me resulta muy raro y casi imposible de mantener.
    Me pierdo, también, en esa gente asediada por la urgencia que fuma a los pies de la oficina. Imagino que es por la prohibición de fumar en lugares de trabajo, pero si no lo explicas no queda muy claro. Convendría aclararlo, de esta forma se sabría cuál era la urgencia, y la culpa que pueden sentir.

    Nada más.
    Un saludo.

    Comentario por P. Conde | 6 junio 2012 | Responder


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