Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

No sin mis peep toe

Faltaban 45 minutos para las 2 de la tarde. A esa hora cerraba la ventanilla de registro de la Consejería de Vivienda y era el último día para entregar el Proyecto en el que tenía puestas todas sus expectativas de trabajo. Hacía más de un año que no entraban proyectos nuevos en su despacho. “Maldita crisis”, pensó. Ya solo quedaba la oportunidad de licitar en viviendas publicas.

Tenía los pies destrozados, toda la mañana de un lado a otro preparando la documentación para la entrega. Llevaba puestos unos magníficos peep toe de Jimmy Choo. Se los había comprado cuando consiguieron hace dos años un estupendo proyecto para una cadena hotelera suiza, pero hoy le estaban doliendo terriblemente los pies.

La Consejería estaba solo a cuatro manzanas de su despacho, pero no podía permitirse dar un paso más. Reunió  toda la documentación y bajó a la Avenida de Juan XXIII a parar un taxi. Avistó la luz verde de uno y alzó la mano, abrió la puerta trasera del vehículo y se sentó.

-Buenos días. A la Consejería de Vivienda, siga por Juan XXIII hasta la Avenida Marítima y a la altura del Hotel Iberia  me bajo. Gracias.

Aprovechó  que había un tráfico denso para ojear de nuevo los sobres. Sobre nº 1: Curriculum vitae, DNI, Memoria y, cuando más enfrascada estaba, oyó al taxista,

-Qué calor, parece que no termina el verano, ¿verdad?

-Si, sí –comentó ella mientras se quitaba los zapatos y descansaba los pies en la alfombrilla del coche. ¡Uf, que alivio! –pensó.

-Es que la ciudad está caótica; si hicieran más carriles para vehículos de servicio, otro gallo nos cantaría –continuó él.

-Sí, sí –repitió ella de mala gana, mientras comprobaba el contenido del sobre nº 2. Levantó la vista y se dio cuenta que aún no habían salido de la Avenida Juan XXIII y ya llevaba 10 minutos dentro del taxi.

-Fíjese Ud. con la cantidad de vehículos que hay y al gobierno se le ocurre dar facilidades para comprar más coches. ¿Adónde vamos a parar? –dijo el taxista.

-Sí, sí dijo ella, repitiendo, adónde vamos a parar.

Cuando se acercaban a la Fuente Luminosa, miró su reloj: faltaban solo diez minutos para que cerraran la ventanilla de Registro. “¡Dios, que día!”, pensó. Le dijo al taxista que se bajaba allí mismo y echó a correr parque a través y proyecto en mano hasta la Consejería.

Llegó justito, se puso en cola y entregó su proyecto emitiendo un sonoro suspiro de ¡Por fin!

Salió a la calle con la intención de tomar un té y relajarse antes de volver al despacho. Sintió que los pies le dolían más que nunca y, al mirárselos, vio que no llevaba zapatos. Avergonzada levantó la vista para ver si alguien más se había dado cuenta. Frente a ella, apoyado en la puerta de su coche estaba el taxista.

-¿Buscaba esto, señorita?

Alicia Rodríguez Verona

16 noviembre 2009 Posted by | 1 | , , | 3 comentarios