Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La silla

Una joven fue a hablar con un sacerdote; le preocupaba su padre, postrado en una cama ya hacía algunos años.

Era un hombre de mediana edad, pues no se le podía llamar viejo, aunque, al haber estado tanto tiempo en esa situación, su deterioro físico era notable. No hablaba mucho y siempre se quedaba largo rato mirando a una silla que estaba al lado de su cama, como si alguien estuviera allí sentado haciéndole compañía.

El sacerdote fue a verlo y, cuando el hombre lo vio entrar, solo le dijo: “Por favor, cierre la puerta”.

El sacerdote creyó que le esperaba, porque tenía la silla al lado de la cama. Pensó que su hija le había comentado que vendría a visitarle.

El hombre dijo: “Nunca le he dicho esto a nadie, pero jamás he sabido cómo orar. Cuando he ido a la iglesia, he escuchado para ver cómo rezaban los demás, y cómo se debía hacer, los beneficios que trae, etc. Pero esto me daba igual y así abandoné por completo la oración.

«Hace algún tiempo, conversando con mi mejor amigo, me dijo:

«-Orar es hablar con Dios como lo haces conmigo.

«Y así empecé a hacerlo. Por eso le dije a mi hija que colocase esta silla al lado de la cama. A veces hablo como si Dios estuviera sentado en ella; pienso que si mi hija me viera hacer esto, pensaría que me volví loco.”

El sacerdote dijo:

-No es alocado hacer eso, pues Dios nos dijo: “Yo estaré siempre con vosotros”.

El hombre se refería a esto diciendo que se pasaba horas hablando con Él, y así resistía estar postrado en aquella cama.

El sacerdote se emocionó y comentó que era lo mejor que podía hacer.  Rezó con él y le bendijo.

Dos días después, la hija del hombre llamó al sacerdote para decirle que su padre había fallecido. Y que, cuando se lo encontró muerto, tenía recostada la cabeza en la silla de al lado de la cama, que él mismo debía de haber acercado.

La hija le preguntó al sacerdote: “¿Qué cree que puede significar esto?”.

El sacerdote, secándose las lágrimas, le contestó: “¡Ojalá todos pudiésemos morir de esa manera!”

Jean Valjean

11 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | , , | 4 comentarios

El reloj mágico

Juan Recuerdos se encontraba en muchas ocasiones solo, aunque estuviera con mucha gente. Todo lo que había planeado en su vida le había salido al revés, y su frase preferida era: “¡Qué hubiese sido de mi vida si en vez de hacer esto hubiese hecho aquello!”

Un día soñó que se había encontrado un reloj que parecía muy viejo y no funcionaba.

Intentó hacerlo funcionar, pero no había manera: ni el segundero ni el minutero se movían. Sólo podía moverlos manualmente y, al hacerlo así, comprobó que, si lo atrasaba, el tiempo iba hacia atrás y, si lo adelantaba, se trasladaba hacia el futuro. Indudablemente, era un reloj mágico, y pensó que todos los problemas que había habido en su vida tendrían solución. Sólo tenía que retrasar el reloj lo suficiente para ir años atrás y no cometer esos errores. Así lo hizo, volvió unos cuantos años atrás y se propuso enmendar todo lo que había hecho mal. Al volver al tiempo actual, aquello que había estropeado su vida no había sucedido y propició que se olvidara de esos errores, porque en realidad no los había vivido.

Ese olvido hizo que cayera en lo que años atrás había hecho. Lo que ocurría es que ahora era mucho más viejo y no tendría las fuerzas suficientes para afrontar las consecuencias. Pero de lo que sí estaba seguro era de que el haber vivido más años le había otorgado una experiencia y podía ver la vida de otro modo para poder superar todo cuando se lo propusiera.

Seguramente no nos hace falta ningún artilugio mágico para arreglar nuestras vidas; solamente el empeño de querer hacerlo, ya que la fuerza necesaria para ese empeño, reside en nuestro corazón.

Jean Valjean

11 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | , , | Deja un comentario

Fe

En una prisión existía el rumor de que había entre sus muros un bolígrafo mágico que sólo podía ser usado por alguien que tuviera fe y humildad.

La persona que tenía el bolígrafo era un anciano que llevaba años cumpliendo condena y había perdido su fe. Pero quería ayudar a otras personas.

Un día, fue a clase y, viendo a un grupo de alumnos, decidió darles el bolígrafo.

Muchos de ellos se peleaban por él, pero el anciano, tras observarlos con atención, decidió entregarlo a un chico que permanecía sentado, apartado y solo.

Le dio el bolígrafo al chico y le dio que pidiera lo que su corazón le mandase. El chico, a pesar de que deseaba su libertad, únicamente pidió un deseo: que su madre, que estaba enferma, se curara.

Al cabo de unos días, recibió una carta de su madre, en la cual le decía que ya se encontraba muy bien, que era un auténtico milagro de Dios que se hubiera curado.

El chico nunca reveló a su madre que había sido gracias a un bolígrafo mágico y prefirió que continuara creyendo que era Dios quien la había ayudado. Buscó al anciano y, dándole las gracias, le devolvió su bolígrafo. Nunca supo que, al mismo tiempo, también le había devuelto su fe.

María

11 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | , , , | 2 comentarios

Los dibujos y el bosque

Un chico llamado Kevin vivía en una pequeña casa con sus padres y su hermana menor. Sus padres prestaban toda su atención a esa hermana y a él lo trataban como si fuese un adulto más. Cada día se iba encontrando más tristes y esa tristeza sólo la olvidaba dibujando unos magníficos paisajes fantásticos, llenos de animales nunca vistos, de reinos con grandes castillos e, incluso, gigantes. Pero esos dibujos, cuando los miraba, eran sólo eso: dibujos. En clase, no se relacionaba con ningún compañero.

Un buen día, llevó una nueva alumna, llamada Lisa. Se sentó a su lado, pero él se resistía a conocerla.

Una mañana, en clase, a Kevin se le cayeron todos sus dibujos al suelo y Lisa se agachó enseguida a recogerlos. Mientras los recogía, les echó un vistazo y pensó que tenía mucho talento. Le dijo que le parecían preciosos, pero Kevin, enfadado, le contestó que sólo eran unos dibujos, y nada más. Ella insistió y, aunque notara que él estaba enojado, lo citó por la tarde en un pequeño bosque situado detrás de su casa. Kevin la miro y le dijo que allí estaría.

Él continuaba dibujando y, en sus ratos libres, pasaban ese tiempo en el corazón de un reino de fantasías. Ya no importaba que la aparente realidad no fuera feliz. Los castillos, los animales fabulosos, los paisajes de ensueño y los gigantes cobraban vida en aquel bosque, siempre que Lisa estuviera a su lado.

Luisa Rodríguez Castellano

11 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | , , , | 1 comentario

El boli mágico

Se cuenta que en el taller de literatura de la prisión está circulando un bolígrafo con poderes. Posee el poder de hacer realidad cualquier deseo que pueda escribirse: al día siguiente, será concedido.

Nosotros no podíamos creerlo. Nos pusimos todos como locos; cada uno ansiaba tenerlo en su poder, así que todos, chicos y chicas, escribimos rápidamente nuestros deseos. Al día siguiente, veríamos quién era el propietario del boli mágico.

Jose, sin saberlo, pidió dinero. Le fue concedido. Sus rentas aumentaron: tenía peculio para toda su condena y más. El bolígrafo cayó luego en manos de Tony, que, sin saberlo, escribió una carta a su novia, en la que le deseaba la muerte al juez que lo había mandado tanto tiempo a prisión. Y, en efecto, al día siguiente escuchó en televisión la noticia de la muerte del magistrado.

Confundido, le entregó el bolígrafo a una compañera de clase, la cual hacía un escrito al Juez de Vigilancia solicitando su libertad. Al día siguiente, la llamó la funcionaria, diciéndole que recogiera sus cosas; se iba de ese horrible lugar. Sin percatarse de ello, el boli mágico había pasado por sus manos.

-Lo tuve en mi poder. ¿Pediría lo más indicado? Tenía que haber pedido poder, posesiones, belleza… –pensaba mientras preparaba su maleta.

Terminó de cruzar la última puerta y, en cuanto puso los pies fuera de aquellos muros,  se dio cuenta de que su deseo había sido el acertado y de que, teniendo libertad, todo lo demás vendría… O no, pero podría buscarlo.

T. T. H.

11 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | 1 comentario

El sobre

 

“¿Quién lo habrá dejado aquí? Estoy mirando uno a uno y no soy capaz de averiguar quién puede haberse atrevido. Lo mejor será ignorarlo de momento y ver si alguno de ellos se interesa por él o por mi reacción. Si supiera lo que hay dentro, tendría la oportunidad de responder a lo que fuera. A nadie se le nota nervioso. Pienso que a lo mejor será que lo deje descuidadamente en otra mesa, en la de José. ¡Ya mismo!”

“¿¡¡Qué coño es este sobre!!? Ni señas ni nada. ¿Cómo diantre ha llegado aquí? Joder, no he visto a nadie acercarse a mi mesa. ¡Me cago en la madre del gracioso! Seguro que ha sido la pedante de la “Pilimierda” esa. Se lo dejaré de nuevo en su mesa, a ver si tiene cojones de traerlo de nuevo. ¡¡Se lo meto por el orto, seguro!!”

“¡¡Huy!! ¿Y esto? Estoy segura de que no estaba aquí hace un instante. No tiene señas. ¿Quién me lo habrá dejado? Algún graciosillo quiere que pique en el anzuelo. No seré yo el hazmerreír. Segura estoy del mamarracho del Segura. A saber qué guarrada me ha dejado. Seguro que es un pene descomunal (ja, ja, ja). Se lo voy a dejar a Dolores, con lo estrecha que es, igual le da algo (ja, ja, ja)”.

“¡Bueno! Ya está el Antonio otra vez con sus mensajitos. No se cansa, el tío. A mí no me coge ni por asomo, que ya he oído cómo habla de la pobre Pili y sus fines de semana en el campo. Mira tú por dónde, se lo voy a dejar al jefe, para que le dé una lección al salido ese”.

“Vaya, hombre. ¿A ver quién me ha dejado este sobre aquí? No lleva remite. ¿Qué será? Ahora que la oficina funciona tan bien. Me niego a recibir notitas o acusaciones de uno u otro. Lo mejor será que lo rompa y lo tire a la basura”.

Heriberto Arias Morales

11 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | 3 comentarios

Los tres escalones

Maryluz, señora ya entrada en años, se dispone a coger el ascensor. Vive en el piso 13 de un edificio de veinte plantas. No es supersticiosa, así que el número de su piso no ha sido nunca un problema para ella. La vida que ha llevado con su marido ha sido normal, es decir, con estrecheces. Ahora él se encuentra aquejado de una lesión en uno de sus pies y apenas puede arrastrarlo, por lo que es ella quien ha de traer el sustento a casa.

Ha apretado en muchas ocasiones el botón rojo, pero el ascensor no acaba de llegar, así que, con pesar, toma el camino de las escaleras. Las baja despacio, aunque, a mitad del camino, mira el reloj y se apresura, pues el tiempo para llegar al trabajo se le está acabando. Al llegar a la planta baja, se atreve y salta los tres últimos escalones.

Algo mágico ocurrió en ese instante. Una luz muy intensa, parecida a un relámpago le inundó la vista. Cuando sus pies tocaron el suelo, su piel se había vuelto ligeramente más tersa, volvieron a crecerle dos dientes y dos muelas con los que el tiempo y la caries habían acabado, sus pechos recobraron turgencia y sus manos no mostraban tantas arrugas. Se quedó pasmada con el suceso, pero, aún sorprendida, continuó hacia su trabajo.

Por el camino, la gente que la conocía la saludaba con otros ojos. En el trabajo, sus compañeros la miraban de forma diferente: ellas, con envidia; ellos, con deseo. Pasó el día como pudo y, al salir, se dirigió a toda prisa a casa pensando en aquel salto. Entró al edificio, fue de nuevo a la escalera, se situó a la altura del tercer peldaño y saltó.

De nuevo una gran luz lo invadió todo y esta vez su cuerpo recuperó toda la juventud de los veinte años; su pelo recuperó el brillo y su dentadura recuperó todas sus piezas.

Emocionada, subió las escaleras lo más deprisa que pudo, pues el ascensor continuaba estropeado, llegó a la puerta de su casa y, a causa de los nervios, se le cayó el bolso al suelo. Mientras recogía sus cosas, su marido abrió la puerta, ya que había escuchado el alboroto que había ocasionado su esposa.

Cuando ella levantó su mirada hacia él, la sorpresa fue enorme y se quedó sin palabras. Ella le explicó lo que le había sucedido y lo animó a que lo siguiera. Él avanzaba escaleras abajo como buenamente podía. Se agarraba fuertemente al pasamanos, pero, aun así, su mujer, una joven vigorosa, le tendía su mano y él la tomaba. Casi al final, el hombre ya no podía más, estaba asfixiado. En la planta baja, el pobre hombre se quedó sin aire y se desvaneció ligeramente. Sus pies no aguantaron más y cayó rodando escaleras abajo. Justo al llegar al tercer escalón, se golpeó en la cabeza y murió.

Heriberto Arias Morales

22 abril 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | , , | 6 comentarios