Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El pasillo blanco

Qué hago esperando. No sé si tengo que decir algo o entenderlo. Qué blanca la pared, ¿qué hago sentado en este banco?, espero por un juicio o algo similar. Seré testigo, imputado, acusado, culpable, cárcel, a la cárcel no, no he hecho nada malo pero tampoco sé qué hago en este pasillo blanco de juzgado, para ser un juzgado no veo a nadie con toga eso es en las películas ¿van con toga en los juzgados? Ni idea, además no sé siquiera si es un juzgado, parece la consulta del dentista el empaste pero mira tú menuda historia esta, sea lo que sea un juzgado o un dentista no me gusta estar aquí no esperaré a averiguarlo, mejor me levanto y me voy si viene alguien a decirme algo, mejor, así me entero que diablos hago aquí. ¿Dónde está la puerta?

Jose Suárez

24 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

La guagua

Todo empezó cuando hiciste  de tu entretenimiento  una adicción. Sí, no me mires así. Tú sabes que tengo razón. Empezaste sin darte cuenta, por pasar el rato y terminaste obsesionado con ese ejercicio que repetías de manera autómata todos los días, por eso ahora estás aquí, por eso lamentas tu destino, tu mala fortuna.

¡Toma el volante! y ahora sigue con tu trabajo.

 

Sí, aunque no te lo creas lo sé todo desde el principio. Tú no eres el único que observa sin ser visto, he podido comprobar que tu afán por saber más acerca de los demás, por vivir una vida que no te corresponde te ha traicionado. Además, sé lo que estoy diciendo… no es un farol.

Creías que nadie se daba cuenta, creías que tu discreción te había vuelto invisible a los ojos de los demás y ahora resulta que tú como observador eras observado.

Empezaste de la forma más inocente: por las mañanas tuviste que dejar el coche en casa e ir al trabajo en guagua porque el tráfico en la ciudad era cada vez más odioso y aparcar se estaba volviendo un problema. Pensaste que era más sano para tus nervios coger el transporte público y así podrías evitar la agresividad innata que emanabas por las mañanas al coger el volante. Y así lo hiciste.

La guagua te entretenía, te gustaba observar a la gente que subía y bajaba de ella. Primero observabas la conducta de los pasajeros con empatía, miraba a los estudiantes, los pensionistas y al gran número de funcionarios que hacían uso de ella.

Después te inventaste un juego: tenías que adivinar por la conducta y vestimenta a qué se dedicaban. Si los estudiantes eran universitarios o no, si los funcionarios eran de Hacienda o de Justicia, si los pensionistas iban al Hospital o al Ambulatorio…

Te divertías mucho, creías que estabas aprendiendo datos valiosísimos acerca de la conducta humana, de la manera de relacionarnos que tenemos las personas según el tipo de vida que llevamos.

Cada vez te hacías más certero en tus deducciones, observabas tan bien la conducta de los demás que casi no errabas. Sabías a simple vista a qué se dedicaba la persona que habías elegido ese día. Claro que, para llegar a tal grado de perfección, le dedicabas mucho tiempo. Primero empezaste a salir de casa más temprano para coger la guagua antes y así quedarte dos paradas después de la tuya. A pesar de salir pronto de casa llegabas muy tarde a la oficina porque empezaste a seguir al viajero elegido para comprobar que no te habías equivocado. Cuando comprobabas que todo lo que habías pensado acerca de esa persona era cierto, corrías muy orgulloso a tu  oficina a desempeñar tu trabajo, donde eras menos eficiente porque te dedicabas a elaborar un mundo imaginario alrededor de las personas que veías todas las mañanas, imaginando sus vidas, sus costumbres, sus defectos y virtudes… En fin, vivías la vida de los demás y dejabas de lado la tuya, que cada vez era menos importante para ti. A veces, no te contentabas con ver que no te alejabas de la realidad de esas personas sino que también esperabas a que salieran del trabajo para comprobar si todo lo que habías imaginado acerca del pasajero  era cierto también.

Comprobabas  que la señora inmigrante con expresión triste que cogía la guagua en tu misma parada efectivamente era empleada del hogar y, después de trabajar durante el día en varias casas, volvía a la suya para encerrarse en una bulliciosa soledad, ya que a pesar de vivir veinte personas en un piso, se sentía muy sola porque tenía a su familia lejos.

Estupefacto, veías que la funcionaria de Hacienda, tan elegante y correcta, perdía los papeles todas las tardes cuando llamaba su ex marido amenazando con quitarle la custodia del niño.

Poco a poco te fuiste convirtiendo en un espía. No importaba que estuvieras invadiendo la intimidad de las personas, tú tenías que satisfacer tu curiosidad. Si alguien subía a la guagua se arriesgaba a que tú curiosearas en su vida.

Sentías  que era muy lícito tu juego y que no hacías daño a nadie. Nunca abordabas a las personas, eras hábil y nadie se daba cuenta, nadie se sentía observado, creías tener derecho a hacerlo mientras no hubiera un contacto personal entre la persona observada y tú, y lo hacías sin tener el más mínimo remordimiento. Pero ignorabas que también eras observado.

Un día estabas tan absorto en tu persecución que no te diste cuenta de que el espacio que quedaba entre la escalera de la guagua y el bordillo era más amplio que de costumbre. Resbalaste y caíste. Sentiste el dolor de cabeza más fuerte que habías sentido en tu vida, pero pensaste que se te pasaría en cuanto te sentaras y recuperara el aliento.

-Qué amable es el chofer -pensaste-. Ha parado la guagua y él personalmente me está atendiendo. Pero…

¿No te preguntas por qué te está sentando en su lugar? ¿Por qué te dice que era de esperar?  ¿Por qué estás conduciendo tú la guagua? Antes eras usuario y ahora eres chofer. ¿Por qué?

Te lo diré, amigo Julián: tú eres mi relevo; tú, con tu jueguito inocente has cometido una falta, has perdido la cabeza como la perdí yo hace mucho, mucho tiempo. Gracias a tu descuido voy a ser libre otra vez y tú serás ahora el encargado de conducir tu propia cárcel rodante hasta que llegue otro como nosotros que te libere.

Un consejo: nunca apartes  la vista del retrovisor, va a ser la única conexión que tengas con tus pasajeros.

Mercedes Domínguez

24 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Trilogía de la verruga

 Maestro  de  verrugas

Érase una  vez un hombre unido a una verruga, sellaba su rostro una excrecencia  enorme y deforme como la isla de Madagascar. Instalada en su mejilla izquierda, la erupción tuvo que aguantar durante años besos equivocados, miradas contemplativas y humos de cigarrillos que de alguna forma trataban de cocerla poco a poco hasta que se fuera.

Señor de la paciencia, el pobre Juan Ramón tuvo que aguantar resignado su textura rugosa, la afición a su carne, sus eternos silencios y sobre todo su fijación obsesiva a no quererse ir por las buenas. Fruto de eventuales rascadas, fluía de la misma una ínfima cantidad de sangre.

Premio a su paciencia, cuando se operó y la verruga se fue, dejó en su rostro una leve mácula en forma de cicatriz en cuyo surco ya sólo cabe una lágrima. Expulsarla de su rostro no era sino una forma existencial de enseñarle que allí no tenía por qué estar y que a sus futuras compañeras les haría lo mismo.

Ahora, cuando lo veo, echo de menos la verruga, al mismo tiempo que veo cómo la leve cicatriz se curva en su templada mejilla cuando sonríe. Como solemne acto de memoria histórica, si le voy a coger el moflete, le cojo el de la otra mejilla por si acaso se mosquee.

 

Historia de la paciencia

Hola, yo soy “el de la verruga”. Me empezó a salir a los 16 años y me la vine a operar a los 46 para quitármela; fue hace un año. Lo que me salió en la cara se opera fácil; ya no es ciencia, es paciencia para que me den cita con el cirujano en la Seguridad Social. Sí, lo digo porque me decidí a quitármela a los 43 por miedo a que fuera maligna y se fuera a reproducir de nuevo. La verdad es que antes ligaba más, porque la gente se me acercaba para mirarla: actuaba como una especia de reclamo social. Cuando hablo con Fran me comenta que quiere escribir algo sobre mi historia y me parece bien. La verdad es que estaba harto de hurgármela, coño. A ver si me sacan de una vez en un programa de Televisión Canaria.

 

Ella también habla

Hola, yo soy eternamente silente, microorgánica, lenta en aparecer y mucho más en marcharme. También soy discreta pero tengo el gran defecto de mi horrorosa fealdad. Me genera un virus que me hace transitar de las pieles de unas personas a las de otras. Prefiero ubicarme en las caras, para ser más conocida. Además así, por pequeña que sea, me entero de posibles secretos de Estado si estoy en la cara de algún político.

Sinceramente, cuando me instalé en la cara de Juan Ramón pequé de indiscreción, porque era enorme. A veces menstruaba cuando él me rascaba, pero eran flujos leves en cantidad y de un rojo claro que apenas se notaba.

Al final acabé haciendo la promoción de unos anticonceptivos de producción masiva. Véase:  preservativos “La verruga”, ni se encogen ni se arrugan.

 

Epílogo

¡Y yo Señor Todopoderoso, os mando verrugas para que es entretengáis, para medir vuestra paciencia!  ¡En un acto de benevolencia ya no os mando la peste o el SIDA, ahora esto para que os cojáis la vida con más Filosofía!  Entretanto me voy  pensando lo que os mandaré más tarde, no sé, no sé yo…

José Francisco Costa Medina  [Fran Smith]

24 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Malasangre / Malasangre 2

Malasangre

Querida Esther:

Como te conté en mi última carta, fue toda una sorpresa recibir aquella maravillosa mansión de aquel multimillonario desconocido y que todo estaba yendo de maravilla a pesar del mal carácter del sirviente.

Después de más de un año viviendo en la casa, nuestra relación con el sirviente se ha vuelto insoportable. Este malnacido se ha propuesto hacernos la vida imposible, no deja de molestarnos continuamente y de hacer el holgazán todo el tiempo. Tu hermano Nataniel, hace unas semanas, se propuso despedirlo, pero el sirviente, al que hemos apodado Malasangre, se burló en su cara, diciéndole que eso era imposible, porque él venía con el paquete. Tuve que utilizar todo mi poder de convencimiento para que Nataniel no lo apaleara allí mismo. No comprendemos por qué se comporta de esa manera; es vil, mal educado y algo siniestro.

La semana pasada fuimos a la ciudad a hablar con el albacea, para confirmar lo que nos había dicho el sirviente y este nos ratificó lo que ese bastardo nos había dicho y que la única forma de deshacernos de él era marchándonos o con su muerte.

Ese mismo día decidimos ir al mercadillo de la ciudad. Tu hermano se detuvo en un puesto de libros de segunda mano —sabes que siempre le ha gustado leer— y entabló una agradable conversión con el puestero. Él nos preguntó dónde vivíamos y le dijimos que en la gran casa a las afueras de ciudad, en una de las orillas del río Tres Gargantas. El librero nos dijo que esa mansión había pertenecido al viejo Rogelio Piernavieja, el hombre más rico de la ciudad y un tipo huraño y solitario que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra sin dejar rastro. Nosotros le dijimos que no lo conocíamos y que un señor muy rico, nos había dejado la mansión en herencia. Tu hermano, todavía no sé porqué, le preguntó si había alguna fotografía del señor Piernavieja. El librero, con una pequeña sonrisa, nos dijo que lo siguiéramos y nos llevó en dirección al mayor banco de la ciudad. Cuando entramos, nos dirigimos hacia una de las amplias paredes del salón principal, en la que había un retrato inmenso del señor Piernavieja, que no era otro que el maldito sirviente, Malasangre.

Nos miramos preguntándonos que era lo que estaba ocurriendo. No entendíamos nada. Nos despedimos del librero atropelladamente y volvimos a la casa a buscar las respuestas a nuestras preguntas. Al llegar, encontramos al sirviente sentado en el comedor, vestido como si fuera un duque, bebiendo un buen vino y dando cuenta de un maravilloso pavo al horno. Nataniel le preguntó, con vehemencia, por qué se había hecho pasar por un sirviente, cuando era un hombre rico y poderoso. Él nos contestó que había llegado un punto en su vida en que todo le parecía tedioso, que necesitaba tener nuevas aventuras y que le parecía una extraordinaria experiencia hacerse pasar por un andrajoso sirviente que atormentara a unos pobres y desconocidos herederos. Pero nos dijo que el juego ya había acabado, que ahora él volvería a ser la persona que había sido y que nosotros tendríamos que volver a ser unos mugrientos desconocidos. Le gritamos que había un testamento en el que se decía que la casa era nuestra pero él se burló de nosotros a mandíbula batiente. Nos dijo que estaba vivito y coleando, que iría a la ciudad y revocaría el testamento. Sus carcajadas retumbaban en todo el salón, haciendo que su burla fuera más hiriente. Jamás había visto llorar a tu hermano Nataniel. No sé si de rabia o tristeza. Malasangre seguía comiendo y riéndose, hasta que su risa se tornó en una tos leve. Luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar: se había atragantado con un trozo de pavo. Observamos cómo la vida se le escapaba sin remedio. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el maravilloso pavo asado, sin un aliento de vida, llevándose consigo todas sus miserias.

Podíamos haberle ayudado, pero eso hubiera sido desvirtuar su macabro juego.

Llamamos a los servicios de urgencia, pero nada pudieron hacer por su vida. En las horas siguientes, se presentó un inspector de la policía, un tal Aquiles Barrientos, que nos hizo algunas preguntas sobre cómo había acontecido la muerte de señor Piernavieja. Hoy mismo, el inspector nos ha llamado para comunicarnos que la autopsia ha confirmado que la víctima había muerto a causa de atragantamiento y que podíamos estar tranquilos.

Ahora, querida Esther, estamos pensando en vender la mansión, trasladarnos al pueblo de tus padres, vivir en una confortable casa, con un pequeño huerto que cultivaremos y tener una cuantiosa cuenta corriente en el banco del señor Rogelio Piernavieja.

Esperamos con impaciencia que nos hagas una visita.

Se despide, tu querida cuñada Ana Rosa.       

Malasangre

El inspector Aquiles Barrientos llegó a la mansión del señor Rogelio Piernavieja pasadas las tres de la tarde. Al llegar se encontró con los sanitarios recogiendo el material que habían utilizado para intentar reanimar a la víctima. Ahora estaban esperando a que llegara el juez de guardia para poder levantar el cadáver y llevarlo al anatómico forense para hacerle la autopsia.

Aquiles Barrientos sacó su pequeño bloc de notas, se dirigió hacia el sofá donde estaba sentado el matrimonio joven que vivía en la casa hacía más de un año y les dijo:

—Soy el inspector Aquiles Barrientos y me han encargado que realice las primeras pesquisas sobre este caso. ¿Cómo se llaman?

—Yo me llamo Nataniel y mi mujer Ana Rosa —le contestó con voz seria el joven.

—¿Ustedes conocían a la víctima?

—Sí, se podría decir que era nuestro sirviente.

—¿Se podría decir? —preguntó el inspector.

—A ver por dónde empiezo…

—Por el principio, empiece por el principio que es por donde se suele empezar, porque el final ya lo conocemos.

—Pues bien, hace aproximadamente más de un año recibimos una notificación de un abogado de la ciudad que decía ser el albacea de una persona millonaria y que nos había dejado una gran mansión en herencia. Nosotros, que somos un matrimonio pobre, recibimos la noticia con mucha alegría pero también con incredulidad y no le dimos mayor importancia. Pero el albacea se presentó, una semana después, en nuestro humilde hogar con el testamento. Le dijimos que todo eso nos parecía extraño y que seguro que se debía a alguna equivocación. Sin embargo, él nos confirmó y nos convenció de que no se trataba de ningún error, que todo estaba en regla. Así que, sin pensarlo más, nos dirigimos a la mansión que habíamos heredado. El abogado nos dijo que al llegar nos recibiría un sirviente que llevaba muchos años empleado en la mansión.

—Parece una historia extraña, muy extraña, porque ¿quién deja en herencia una gran estancia a una pareja desconocida?, pero continúe, continúe —le dijo el inspector.

—Al ver la mansión quedamos impresionados, pero nos encontramos con un problema: el sirviente tenía un carácter muy difícil y era un vago. En más de una ocasión le llamé la atención porque no hacía sus labores y tenía un comportamiento intolerable. Un día me hizo perder los papeles y lo amenacé con despedirlo. Pero se burló de mí y me dijo que yo no podía hacer eso porque él venía con el paquete. Sin pensarlo más, nos dirigimos hacia la ciudad para hablar con el albacea, para corroborar lo que nos había dicho el sirviente. El abogado nos dijo que no podíamos despedirlo porque esa era la única condición que se establecía en el testamento y si lo despedíamos perderíamos lo heredado. Salimos del despacho decepcionados. Antes de volver a casa, decidí pasar por el mercadillo para ver si veíamos alguna oferta interesante. Me detuve en un puesto de libros y estuve hablando un rato con el librero que nos preguntó dónde vivíamos. Le dije dónde y me informó que esa mansión pertenecía al señor Rogelio Piernavieja, que era el hombre más rico de la ciudad, pero que tenía fama de huraño y solitario y que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra. No sé muy bien por qué, le pregunté si había alguna fotografía del señor Piernavieja y me dijo que sí. Nos condujo al banco más importante de la ciudad y en una de las paredes del salón principal, había un gran retrato del señor Rogelio Piernavieja que no era otro que nuestro sirviente.

—¡¿El sirviente?! —preguntó con un grito el inspector Aquiles Barrientos.

—Sí, el sirviente, señor, el sirviente. Salimos del banco como alma que lleva el diablo, en dirección a nuestra mansión, para que ese bastardo nos diera una explicación, porque no entendíamos nada. Al entrar nos lo encontramos en el comedor, sentado, vestido con sus mejores galas y comiendo un estupendo pavo asado. Le pregunté por qué nos había engañado haciéndose pasar por un sirviente, sabiendo que era un señor muy rico. Él se burló en nuestras narices, diciéndonos que la vida de rico era muy tediosa y que quería vivir nuevas experiencias y aventuras, pero que el juego ya había acabado.

—¿El juego?

—Sí, como lo oye, para él todo había sido un juego. Entonces siguió riéndose a carcajadas hasta que empezó a toser levemente. Yo no pude contener las lágrimas de rabia y de impotencia. Pero luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar; se había atragantado con un trozo de pavo. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el pavo asado sin un aliento de vida.

—¿Y no hicieron nada por socorrerlo? —preguntó el inspector.

—Lo pensamos, pero no sabíamos cómo ayudarlo —mintió Nataniel.

—¿No conocen la maniobra de Heimlich?

—¿Heimlich? ¿Quién es ese? —preguntó Ana Rosa.

El inspector pensó en explicársela, porque esa técnica había salvado muchas vidas, pero se dijo que ahora no tenía tiempo.

—Entonces, muerto el sirviente, es decir, el señor Piernavieja, ustedes se quedan con la mansión —argumentó el inspector.

—Sí, se cumple con lo que estaba estipulado en el testamento —volvió a intervenir Ana Rosa.

—Su muerte les ha venido como anillo al dedo… —les dijo el inspector pensando que tenían motivo y oportunidad para haber planeado su asesinato.

—Muerto el perro, se acabó la rabia —le contestó Nataniel.

En ese momento hizo acto de presencia el juez de guardia, que entró acompañado por el secretario y dos policías. El inspector siguió con la mirada los pasos del juez y le dijo a la pareja:

—Ahora tengo que dejarlos, he de hablar con el juez. En principio, la cosa parece clara, aunque al ser ustedes herederos directos —hizo una pausa pensando en la posibilidad de un envenenamiento— puede haber alguna complicación. Todo dependerá de los resultados de la autopsia. Ya les llamaré con cualquier novedad que haya sobre el caso.

El inspector se alejó de la pareja y se dirigió hacia el lugar en el que estaba el juez. Nataniel y Ana Rosa se miraron y sonrieron porque sabían que el futuro era prometedor.

A la semana siguiente, el inspector Aquiles Barrientos llamó a la joven pareja para comunicarles que el forense había dictaminado que el señor Piernavieja había muerto a causa de un ahogamiento, debido a que un trozo de carne le había obstruido la traquea.

Nataniel y Ana Rosa hablaron de vender la mansión, de irse a vivir al pueblo de los padres de Nataniel, de comprar una casa con un huerto y el dinero sobrante, invertirlo en una cuenta de alto rendimiento en el banco del señor Rogelio Piernavieja.

Moisés Morán Vega

16 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Mi amigo Jorge / Tu amigo Jorge

Mi amigo Jorge

Yo conocí a Jorge cuando era joven. Por entonces yo no tenía mucho dinero y yo criticaba a Cristina y él me contaba lo maravilloso que era estar soltero. Él siempre pululaba buscando y pidiendo dinero, pero era un buen tipo.

Por esta época, Cristina me había estado diciendo que tuviera cuidado con él por su situación. Pero cómo voy a dejar de lado a un amigo porque fume un poco y no tenga ni trabajo ni dinero. Hice mal en no ofrecerle un trabajo en la empresa de seguros, a pesar de que me estuviese yendo tan bien todo. Quizás fue por eso que un día lo encontré esperándome en mi propia casa, en el sillón del salón a oscuras. Y de repente enciende la luz y amenazas ahora difusas y Cristina amordazada y golpes.

Me despierto, estoy en un sótano que se parece al mío, me duelen las muñecas y en vano intento levantarme de la pesada silla. He tenido un vergonzoso sueño, ¿cómo he podido pensar que ha sido él si ni siquiera me acuerdo de la cara del tipo ese? Intento recordar, pero me duele la cabeza y mientras más lo intento más claramente reconstruyo la escena en que me golpean por detrás, seguro, tras haber forcejeado. El tipo ese habrá pedido ya un rescate y el primero en saberlo será Jorge. Conociéndolo no llamará a la policía, vendrá él mismo intentando arreglar las cosas haciéndose el héroe.

Baja alguien por las escaleras… Es un hombre con pasamontañas pero ni así Jorge me engaña. Sonrío. Habrá entrado por la puerta de atrás mientras el tipo duerme. Pero no, veo sangre en su camisa y me digo que se habrá encarado con el secuestrador. ¿Jorge, qué has hecho? 

Tu amigo Jorge

Tú conociste a Jorge cuando eras joven. Por entonces no tenías mucho dinero y me criticabas y él te contaba lo maravilloso que era estar soltero. Él siempre pululaba buscando y pidiendo dinero pero tú decías que era un buen tipo.

Por esta época yo te había estado diciendo que tuvieras cuidado con él por su situación. Pero no me hacías caso y seguías viéndolo a pesar de lo raro que estaba últimamente. ¿Y lo de dejarle una llave? Ni aunque fuese tú hermano… Lo peor de todo fue lo que me hizo el desgraciado ese, es que ¡joder!, ¿¡a quién se le ocurre!?

Llegaste y lo encontraste esperándote en tu propia casa, en el sillón del salón a oscuras. Después te amenazó y pidió dinero por mí, pero yo vi cómo te abstraías y te ofuscaste al verme y se pegaron, y en un instante estabas en el suelo inconsciente porque te había dado en la cabeza con una botella.

Te bajó al sótano. Al día siguiente, después de una noche aterradora, oímos ruidos, como si intentaras levantarte de la silla esa tan pesada a la que estabas atado, esa silla que nunca viste y la deje allí y ni te lo dije. El eunuco bastardo ese se dispuso a bajar y yo conseguí soltar las cuerdas que ataban mis piernas por los tobillos. Me levanté y corrí hacia él y le di con el taco del tacón por detrás. Él gritó, acaso se retorció un poco, yo intenté gritar pero tenía la boca tapada. Y no sé cómo pudiste ni cómo de un momento a otro tenía una pistola en la mano y en la otra un pasamontañas y yo pensaba en ti.

Daniel Marmolejo

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Media Res / Marco Incomparable

Media res

El cuchillo de carnicero descendió poderoso, falló la enorme pieza de vacuno sobre la tabla de cortar, y, para espanto de la clientela, tajó  sin piedad su dedo índice, el que teclea las ges y las efes. El chorro de sangre dibujó la marca de El Zorro sobre el retrato bigotudo y severo que colgaba de la pared, mientras Antoñito (ni la sombra de lo que había sido en el barrio su difunto padre, Dios lo tenga en su Gloria), se desgañitaba  y hacía eses hasta el lavabo del almacén. Segundos más tarde, el largo pellejito que todavía colgaba del muñón y que no resistiría mucho más bajo el ímpetu del agua corriente, subrayaba la prohibición paterna de desatender el negocio familiar para dedicarse a la tontería esa de ser escritor.

 Marco incomparable

Antes de nada, las cosas claras: yo soy un hombre serio y no me gustan los malentendidos ni las piruetas. Les aclaro desde ya que estoy muerto. Soy un espíritu, un fantasma… como lo quieran llamar. Antes era carnicero,  y a mucha honra, pero ahora no tengo carne ni para mis  propios huesos.

A lo mejor es un premio por las cosas buenas que hice en vida o un castigo, no lo sé, pero desde que me morí, vivo en un retrato que cuelga, precisamente, en mi querido local. Digo que no estoy seguro de si es un premio o un castigo, porque desde que falto, mi hijo está a cargo del negocio y cada día veo cómo me lo lleva a la ruina. El problema es que no se fija en lo que hace, tiene la cabeza en las musarañas. Esta mañana, por ejemplo, que estaba cortando unos filetes para doña Prudencia, una clienta de toda la vida, por estar con sus chaladuras, se cortó un dedo de cuajo.  ¿Qué le costaba ponerse el guante de malla? Mira que lo intenté veces, pero se conoce que nunca conseguí enderezarlo. La cosa es que dio un espectáculo: todo (hasta yo mismo) manchado de sangre y él pegando chillidos como en la matanza. Una vergüenza. Y doña Prudencia casi se desmaya de la impresión; esa no vuelve más. Luego va mi hijo y deja el mostrador solo y se va al baño a lavarse la herida, en vez de tirar en seguida para el hospital. De milagro no se desangró y tuvimos que cerrar una semana. Aunque los fantasmas pudiéramos dormir, esta noche estaría desvelado: no quiero ni pensar en la que me hará mañana.

 Diego Doro

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

La goma de borrar

Teatro de marionetas. Esa es la enseñanza hoy en día. En un instituto. Sentada en la reunión observo al director de mi centro, haciendo muecas con la boca, que el pobre hombre cree palabras. Mientras, reposo mi mano derecha sobre una goma de borrar, la manoseo sin apenas darme cuenta. Es una forma de relajarme, porque no quiero estar allí. Pienso en el mar, que queda cerca. Miro la luz que traspasa la persiana como yo quisiera traspasar aquel absurdo de mentiras manoseadas. ¿Manoseadas?… Entonces me doy cuenta: mi mano derecha está difuminada. Vuelvo los ojos, tensa, hacia mi mano izquierda. Está perfectamente, yo diría que casi me sonríe. Medio segundo de uff, menos mal, porque, claramente, la derecha se va desdibujando, aunque, es curioso, la goma de borrar ocupa su lugar con una nitidez aplastante, se arropa en el hueco de una mano que se va yendo sabe dios a dónde. Observo inquieta a mi alrededor, nadie se ha fijado, la verborrea vacua ha petrificado los sentidos de la gente, ¡qué alivio! Intento un movimiento ligero de la mano que casi ya no existe, sobre el papel, y sí, la goma sigue haciendo su función, borra las estupideces fotocopiadas, escritas por algún pedagogo errante de la Consejería de Educación. Esto me da nuevos bríos para experimentar. Meto despacio la casi-no-mano por debajo de la mesa y borro un pedacito de mi pantalón y de mi pierna, continuo con el trocito de pantalón de mi compañero de Religión, que está a mi lado. Me dan ganas de borrarlo por completo, rápido, sin darle tiempo a defenderse, porque creo que nunca debió estar ahí, pero me contengo: tiene un hijo. También los meapilas de Benedicto tienen hijos y, a fin de cuentas, los hijos de los profesores de Religión no son profesores de Religión, ¡pero pueden llegar a serlo! Prefiero no pensar más en ello. Me paro y comprendo que he hecho un enorme descubrimiento. Miro fijamente al director. Él se siente intensamente observado, y fija su mirada en mí. Le sonrío. Le sonrío como quien despide a un conferenciante al que he tenido que llevar al aeropuerto por cortesía. Saco la mano de debajo de la mesa y la levanto. La levanto con ese gesto universal que hace todo profesor cuando borra la pizarra. 

Sacha Sotolongo Otaño

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La niña y la ceiba

La niña se acercó despacio a la ceiba. Su madre le había dicho que nunca se acercara a una ceiba cuando tuviese comida debajo; también se lo habían dicho sus amigas. Lo había oído muchas veces. Tenía miedo, pero la curiosidad era más fuerte que el miedo, aun así la curiosidad no vencía al miedo. Si te acercas, le dijeron sus amigas, y ves que alrededor del tronco hay una cinta roja, no la toques. “Por qué”, dijo la niña. “Porque te convertirías en una estatua”. “¿Y si me llevo la comida?”. “Si te llevas la comida, te mueres”.

La ceiba la embrujaba, quería tocarla, veía su tronco áspero, ancho, muy ancho. ¿Qué podría ser convertirse en estatua? La niña quería y no quería convertirse en estatua, pero sobre todo quería tocar la ceiba. La niña se fue acercando; cuando estuvo enfrente, se paró en seco: una cinta roja se encontraba atada alrededor del árbol. Se quedó como muerta antes de ni siquiera poder convertirse en estatua. La miró fijamente y tuvo miedo, un miedo que resultaba ser un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo, un miedo que debía parecerse mucho al momento en que te echas a volar. Un miedo a secas, que resultó ser un miedo prolongado, que no se parecía a miedos anteriores. No te acerques a una ceiba con comida debajo; nunca la toques cuando tenga la cinta roja atada alrededor. No quiero morirme –pensaba la niña– pero quiero soltar el nudo de esa cinta roja. Miró la comida, le dio asco: plátanos friéndose al achicharrante calor del trópico, arroz con frijoles, ¡por Dios! Nunca se convertiría en estatua ni se moriría si para ello tuviese que tocar esa comida que se pudría lentamente. Observó la cinta roja, sintió que el corazón latía desaforado, pasó levemente el dedo índice por la cinta, sentía la emoción de la libertad de hacer lo que te da la gana, tiró con fuerza y desató el nudo. El corazón se había quedado helado, las piernas se le doblaron. En un esfuerzo supremo, tiró de ellas, corrió, corrió, corrió, ¡qué sensación de triunfo, qué sensación de haberse sobrepuesto al destino! Siguió corriendo mucho rato, volvió la cabeza y tuvo miedo otra vez, otra clase de miedo. Ya no veía la ceiba, tampoco el parque, ni su casa, ni el barrio, ni la ciudad… No veía nada a su alrededor. Aguzó el oído, no se oía nada, no había ni ruido, ni silencio, ni color, ni blanco y negro. Se paró, aunque comprendió que correr y pararse era lo mismo. Se miró y no se vio… La cinta roja flotaba atada formando un círculo en torno a ella.

Sacha Sotolongo Otaño

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Solitatum

          De   la   forma  que  yo  siempre  había   querido   ya   casi   había  logrado vivir,   tan  solo  mi   propia   sombra   me   advirtió   al   final  de  que  me  había  pasado   un   pelín.

         Empecé  mi  peculiar  procedimiento  pasando   de  la  gente  que  había  conocido hasta  aquel  momento; una  de  aquellas  personas  era  una  chica  despampanante  de aquí, de  Las Palmas, llamada  Angelina.  Su  último  saludo  con  gesto  de  desprecio  fue  la  gota  que  derramó  el  vaso  y   me  hizo  decidirme  a  hacer  lo  que siempre  me hubiera   gustado  para  encontrarme  únicamente  conmigo  mismo  y,  por  ende,  con  mi propia  sombra,  aquella  parte  de  mi  ser  que  creía  yo  que  era   para  mí   fantástica   porque  pensaba  que  jamás  me  iba  a  traicionar.

        Disfrutaba  ya  tan  solo  de  estar  solo,  teniendo  casi  como  única  labor  mi  actividad  de  escritor  y  así  era  yo  más  feliz  que  un  gato  en  una incubadora.  En aquella   época  me  hallaba  yo  escribiendo  un  relato,  ” Jaque  a  los  mecanismos de ella”,  inspirado en  la  propia  Angelina.  Allí  contaba  con  pelos  y  señales  como  había  terminado  de  quitármela  de  encima  antes  de  que  hiciera  lo  mismo  conmigo: un  simple  mecanismo  minimalista  que  me  hacía  retroceder  a  mayor  velocidad  que ella para  no  llevarme  yo  el  chasco,  se  redujo  luego  a  un  no  saludo  y  así  le  obsequié  con   una  intencionada  bofetada  sin  manos  y un  trauma  sin  quererlo.  Fue  así, conmigo, como  ella  conoció  la  espantosa  ciencia  de  la  mente;  la sombra de su tristeza era  para  mí   la   verdad   y   la luz.

          Pero, al  final,  con  tanto  escribir  para  desquitarme  de  mis  anteriores  vinculaciones   existenciales  una  noche me  encontré  con  mi  propia  sombra.  La   sombra  era  todo mi  ser   y  me  absorbió   hasta  el   punto  de  que  ya  no  sentía  ni  veía  mi  cuerpo y   apenas   podía  utilizar  ninguno   de   mis   sentidos,   sensaciones  que  me  hicieron  desear  volver  de  nuevo  a  mi  materia  corporal.  Entonces  fue  cuando  sentí  unas  enormes   ganas   de  dormir,  y  me  ví  inmerso  en  un  gran  y   profundo  sueño.  Soñaba  la  escena  dialogante  entre   mi  sombra  y  yo :

 -No  puedes  liberarte  de  todo  lo  que  te  une  a  este  mundo   –dijo  la  sombra.

-Es  que  yo  pensaba  que  así  sería  del  todo  feliz  –dije yo. 

-Al  no desear  nada  de  este  mundo  sino  escribir  no  puedes  definirte  en  un  cuerpo real –dijo  la  sombra.

 -Es  que  no  he  encontrado  lo  que  busco  en  el  mundo  real  –dije  yo.

-Ya  lo  encontrarás,  yo  lo  pondré  en  tu  camino,  siempre  y  cuando  te  des  cuenta  de  que  tú  tienes  algo  valioso  que  dar,  algo  que  no  existe  en  nadie  más  –afirmó la    sombra.

-Pensaba  que  yendo  a  contracorriente  de  todo  hacia  mí  mismo  lograría algo positivo  de  esta  existencia  –exclamé  yo.

 

-Estás  en  este  mundo  para  dar  y  recibir,  en   ese   eterno  fluir  y  refluir  jamás  te     podrás  aislar  hacia  lo  absoluto  –continuó  certera  la  sombra.

     A continuación desperté de aquella majestuosa pesadilla. Estuve más de un mes sin volver a soñar nada y aunque conocí a otra chica jamás volví a ver ni a mi a sombra ni a Angelina. Aunque por consejo de aquella voz he cambiado hacia una actitud vital    más sociable y  positiva,  en  las  noches  de  luna  llena  me asusta  todavía  la  idea  de  que  mi  sombra  pudiera  volver  a  aparecer.

 José Francisco Costa Medina (Fran Smith)

6 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Amantes

Nada hacía pensar a la protagonista de nuestra historia que la llegada de la primavera fuera a trastocar tanto su vida cotidiana. Llevaba varios años en la ciudad, viviendo más entre libros que entre personas, pero aquella tarde a María se le iluminaron los ojos.

Era la primera vez que entraba en el nuevo y flamante supermercado del barrio y al ir a pagar la compra, se encontró con esa mirada de grandes ojos verdes como la hierba, que le miraron durante una milésima de segundo y como un rayo pasaban los productos por la caja.

-Son quince con veinte.

María no sabía qué responder. Con un balbuceo alargó un billete de veinte.

-¿No tendrás veinte céntimos? –preguntaron los grandes ojos verdes.

-Mmmm, sí…-a María le temblaba la voz,

Igualmente temblorosa llegó a casa, ordenó la compra y allí estaba…

Al principio no quería creer lo que estaba viendo, pero, en efecto, allí estaba, la mirada de grandes ojos verdes le había dedicado un tiquet de la compra.

Sí, sí, María lo sabía, detrás de ese frío tíquet se escondía una declaración de amor. Algo había tras ese gracias por su visita, vuelva pronto, le ha atendido…, aproveche nuestros descuentos en charcutería y repostería.

María se guardó ese poema de amante que sufre en silencio y durante semanas enteras volvía una y otra vez al supermercado.

Más facturas y más declaraciones. Con el tiempo aprendió a leer entre líneas. Un hola, tú de nuevo por aquí; ya ves, se me olvidó comprar detergente…

 

Pero la primavera se acaba y da paso al verano. El último día de esa primavera poética María no se encontró con la mirada de grandes ojos verdes, la buscó y buscó, de super en super, de mercado en mercado, hasta en las heladerías buscaba y buscaba.

Un día fue al despacho principal de la oficina central del edificio más importante de la cadena de supermercados del barrio, decidida a reencontrarse con quien la miraba de ese modo y le escribía con tanta pasión, y reclamar lo que consideraba suyo por derecho propio.

Le atendió un señor muy elegante, con bastantes arrugas y un comienzo de entradas en la melena. Al cruzarse las mismas miradas desesperadas él supo a qué venía María. Se adelantó a cualquier posible explicación, introdujo su mano en la americana, y con la rapidez de un movimiento mil veces ensayado, extrajo de su cartera un papel escrupulosamente doblado, un papel que no había sido creado para perdurar, un papelito cubierto apenas por unos restos de tinta que escondían indicios de números y de letras. La naturaleza de este objeto contrastaba con una mirada perenne y lánguida. Levantó la vista y se dirigió con solemnidad y pesadumbre a María:

-Lamento no poder ayudarla, señorita. Esa mirada de grandes ojos verdes que me quitaba el sueño noche y día. Simplemente se fue… un día, sin más, se fue.

-¿Se fue? -suspiró María.

-Sí, en efecto, pero siempre nos quedarán sus poemas de amor…

 Imanol Rubio Bertilsson

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Otra versión de T’sin Kiu Po

Tenía 70 años y, por más que pensaba, no podía creer que sus dos nietos hubieran querido matarle. Una y otra vez revivía el suceso:

Salía de la taberna como siempre borracho y, aunque vivía en un arrabal donde la droga corría como la pólvora y las mafias pupulaban a sus anchas, nunca  le agredieron o robaron, pues todos lo conocían y sabían que gracias a la fortuna que poseía (al menos es lo que se comentaba), podía comprar voluntades y hacer favores, lo que le permitía a su vez tomarse la justicia por su mano y conducir de forma férrea y despótica a su familia.

Esa noche, se acercaron sus dos nietos y con la excusa de ayudarle le  llevaron a un descampado, donde le agredieron brutalmente tras gritarle:

-Te vamos  a matar, viejo usurero; todo será nuestro y no tendremos que aguantar más tus vejaciones y malos tratos.

Ante la imposibilidad de defenderse, optó por hacerse el  muerto, ardid que dio resultado, pues los muchachos le abandonaron.

Sus nietos juraron y perjuraron que no fueron ellos, que  seguro que fueron algunos pandilleros a los  que su abuelo siempre estaba amenazando y recriminando.

Creyó sus excusas, pero no dejó de rumiar el suceso.

Otro día fingió estar borracho y fue por los alrededores de la taberna, esta vez vio venir a sus nietos, pero estaba sobre aviso y, de un certero golpe los derribó. No estaba seguro quienes eran, daba igual, lo lamentarían, los azotó y maniató. Pero al día siguiente habían huido; en su fuero interno lamentó no haberlos matado.

Sus nietos insistían en que eran mafias o pandilleros, que ellos jamás atentarían contra su abuelo.

Pasó el  tiempo, pero no olvidaba y al cabo de un mes, decidió volver a la taberna y hacerse nuevamente el borracho. No obstante, esta vez iba preparado, nadie abusaría de él. Sin que su familia lo supiera llevaba una pistola y, no se le escaparían, no.

Pasaban las horas y el patriarca no volvía; pese a lo avanzado de la noche, los nietos se ofrecieron para salir a su encuentro.

Él los vio venir, creyó reconocer a los macarras que le atacaron anteriormente y, sin pensarlo, descargó la pistola sobre ellos.

Al día siguiente se supo, eran sus nietos…

Esther Quijada

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Conversación con mi retrete

El otoño es la mejor época para recoger setas y en los montes cercanos a casa hay multitud de ellas. Así que aquel sábado salí muy temprano, con la sana intención de llenar mi cesta de mimbre con algunas de ellas. La mañana la pasé recorriendo el bosque en busca de las mejores. Antes del mediodía tenía suficientes para hacerme un buen plato de champiñones al ajillo acompañado de un excelente jamón ibérico.

Regresé a casa y me puse manos a la obra. Seleccioné las de mayor calidad, las lavé a conciencia y luego me puse a la faena culinaria.

Tomé buena cuenta del plato que había preparado. Después de media hora, comencé a sentirme raro, con una extraña sensación en el estómago. Pensé, en un primer momento, que podría tratarse de una intoxicación alimentaría; son muy frecuentes cuando comes setas. Me dirigí al cuarto de baño y me senté en el váter porque quería dar de vientre. Al cabo de unos instantes, oí una voz grave que retumbaba en toda la casa y que me decía:

—¿Podrías quitar tu peludo culo de mi blanca cabeza?

Me quedé paralizado. ¿Quién me estaba hablando? ¿El váter?

Intenté levantarme, pero no podía: una fuerza, que yo no controlaba, me mantenía pegado al retrete. Después el hueco del inodoro comenzó a abrirse, como si quisiera engullirme.  Al poco, caí dentro y comencé a bajar por el desagüe, como si estuviese bajando por uno de esos toboganes que hay en los parques acuáticos, hasta que llegué a una pequeña estancia en la que, curiosamente, no había ni una gota de agua.  Frente a mí estaba mi retrete, sentado en un sofá de color negro. No entendía nada en absoluto, no sabía qué me estaba ocurriendo y, en un momento determinado, el váter volvió a hablarme:

—Contigo quería yo hablar; por fin estamos cara a cara.

—¿Y de qué querías hablar conmigo? No suelo hablar con retretes —le dije.

—Ni yo con humanos. Pero ahora estamos frente a frente y me gustaría decirte una cosa. Estoy harto de que cada vez que te sientas a defecar, te vayas por las patas p’abajo y me dejes más negro que un tizón.

—Es normal, ¿no crees? Uno se sienta para lo que se sienta. No pretenderás que cague flores. Cada uno tiene que apechugar con lo que le toca en la vida, a ti te ha tocado ser retrete y a mí humano. En otra vida, pídete ser otra cosa, no sé, lavamanos, coche, jirafa. Yo que sé…

—Encima de guarro, insolente. Como si uno pudiera controlar el destino. El destino te viene dado; nada ni nadie lo controla. Serás estúpido…

—¿Entonces no crees en la reencarnación? —le pregunté.

—No, no creo. Los seres inertes no solemos tener ese tipo de inquietudes filosóficas, eso lo dejamos para los humanos, que tienden mucho a ese tipo de desvaríos.

—Pues lo tienes claro: cuando te sustituya por otro de último diseño, seguirás siendo un viejo retrete para toda la eternidad, ja, ja, ja, ja, ja, ja… Por lo menos, para curarte en salud, deberías creer en otra vida, como hacemos algunos humanos, que nos engañamos para vivir un poco mejor la vida que nos ha tocado. Ya sabes, eso de creer en el más allá, en la reencarnación, en el Nirvana… No sé si me entiendes —le intenté explicar.

—Yo soy muy pragmático, quizás sea por mi condición de loza fría. No lo sé. Quizás por eso, no me preocupo por el mañana, yo soy más del Carpe Diem, y mi vive el momento se circunscribe al tiempo en que tú te sientas encima de mí. Ese es el momento que me preocupa, que es directamente proporcional a mi felicidad.

—¿Directamente proporcional a tu felicidad? —le pregunté con asombro.

—Me explico. Yo soy feliz cuando estoy limpio y reluciente. Cuando entras en el cuarto de baño mi felicidad se resiente, porque hay una posibilidad de que te sientes a defecar. Entonces soy infeliz por las razones que te expliqué al principio.

—¿Y qué quieres que haga? —le pregunté irritado.

—Que me ayudes a ser más feliz. Solo te pido que cuando termines de hacer tus necesidades, cojas la escobilla y me limpies, solo eso. Es que nunca lo haces.

—Ya sé que no lo hago, pero es que siempre voy con el tiempo justo. No puedo perderlo en tonterías.

—No son tonterías, para mí es una cosa muy seria.

Le iba a contestar, pero sentí unas ganas inmensas de dormir. Me acerqué a una alfombra que había junto al sofá en el que estaba sentado mi retrete, me tumbé y quedé dormido.

A la mañana siguiente me desperté acostado en la alfombra del baño, sin recordar muy bien lo que había pasado. Me levanté, abrí la nevera, saqué las setas que aún me quedaban y las clasifiqué. Conocía a la mayoría, pero había una que se me había escapado y que desconocía. La busqué en mi extraordinaria enciclopedia de micología: era una variedad de la Psilocybe semilanceata acreditada por sus efectos psicotrópicos. Ahí estaba la razón de mi conversación con el váter.

Antes de salir para el trabajo, sentí la necesidad de ir al baño, me senté en el retrete, di de cuerpo, tiré de la cisterna y salí corriendo porque llegaba tarde. Al llegar a la puerta, di media vuelta, me dirigí al baño, cogí la escobilla y limpié el frenazo negruzco que había dejado.

Desde ese día comprendí que los cuerpos inertes también tienen derecho a la felicidad.

 

Moisés Morán Vega

 

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Colombofilia

Es evidente que mi afición ha sido determinante a la hora de configurar nuestros destinos. Llevo cuidando palomas mensajeras desde que era un niño. Las crié junto a mi papá y nunca han dejado de fascinarme. Las amo. Acaso, como a ti también te amé, pensé que no importaba que te fueras con él, no tenía la menor duda de que encontrarías el camino de vuelta. Soy consciente de que a veces ocurre algo que se interpone entre la paloma y su destino, y hace que se desoriente o perezca en el trayecto. Pero eso no tiene por qué sucederte a ti. No pasa un día sin que suba a la azotea convencido de que hoy aparecerás. Claro que he salido con más chicas desde que te fuiste, y de una en una las he ido dejando marchar. Al igual que tú, ninguna ha vuelto, pero a ellas no las amé como te amé a ti, como amo a mis palomas. Sé que mis palomas no regresan por el hecho de que las ame, no soy tan inocente: su instinto las lleva a regresar a su lugar originario, al lugar que reconocen como su hogar. Por tanto, sé que puedo amarte locamente y que por mucho que lo haga no es eso lo que te hará regresar. Pero me decías que tu hogar estaba conmigo, donde estuviera yo. Y por eso aunque mi antigua casa desapareciese inevitablemente bajo los escombros, yo confío que aun así sepas encontrar el camino hasta mí.

Carlos Martín Cabrera

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

La madre de Cronos

Seis de la mañana. El despertador, inoportuno, destruye el negro silencio de la habitación. Sale de la manta un quejoso rumor que anticipa una mano, un dedo, torpe verdugo del sonido digital. No recuerda cuándo se quedó dormido pero a su lado descansa un libro de filosofía que le comentó algo del espacio, también del tiempo y la inexistencia de ambos. Con un solo ojo mira el maldito reloj. Lamentos de su suerte. Seis y un minuto.

No se había parado a pensar que el tiempo lo esclaviza. Giran irremediables las agujas, se le va la vida, la única que tiene. Se da cuenta que  se preocupa demasiado por puras nimiedades. Su mente decide quedarse en negro. No hace falta parar algo que no existe y si piensa, existes luego el pensamiento no lo detengo. Hoy amanece en su vida sin horas. Lúcido saborea gustosamente un autentico desayuno inglés. Se escucha un canto. El gallo sí que está autorizado a despertar, y los pájaros, y los niños. Las cataratas de su baño arrancan de su cuerpo desnudo segundos de placer, le resbala el agua que cree de manantial. Mmmm… el agua donde todo comenzó en un instante, o quizás en dos. Desnucaría al cuco antes de irse, pero no quiere perder eso que no es porque no existe. Sale de su casa. Mira el cielo: no es de día, no es de noche, sí hay sol, sí hay luna. Se para. Los contempla derramando minutos, es una imagen digna de imaginar mientras camina hacia su carroza pues jamás serán las doce.

No ha llegado tarde al trabajo aunque la cara de su superior parece indicar otra cosa. Teclas y papeles, que antaño, que antes, fueron cómplices del caer de la arena, lenta, como mojada, hoy serán horas de concentración necesariamente forzadas. No hay que darle más vueltas. Es un instrumento, un instante en el discurrir por el mundo, tiene que comer y sin embargo no es excusa para dejar de aprovechar el momento, de dejarse vivir hasta volver a la carroza. Sin embargo, llega un momento en que cree que está bien de labores productivas, recoge, se levanta y ondula entre las mesas de los extrañados compañeros ganando la salida. ¿Y este que hace?

Enciende su carruaje, flota en el asfalto, llega hasta la morada de su damisela. Toque del claxon. Luz en la ventana, luego en el portal, deslumbra al ocupar su asiento y fuego en la cama. Manta, sabanas, almohadas, cama. Son las seis y cinco de la mañana.  

Jose Suárez

 

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

El regalo

Parecía que no estaba, que apenas existía. Ella no llamaba a nadie, y nadie le llamaba a ella, pero por la firma de sus cuadros, supe que su nombre era Halima. Me gustaba imaginar que me dirigía a ella como “Lima”, agriamente amarga, como su semblante. De por sí menudita, se diría que iba menguando de pena clase a clase. Su cara pálida, impoluta, parecía un lienzo sin pintar, salpicado  sólo por sus ojos negros,  profundos hoyos delatores del vacío. Lima era definitivamente indescifrable, pero cada miércoles, con cada una de sus obras, fui deshaciendo la trama de su enigma; cuando dibujó aquel precioso paisaje marítimo, plagado de gaviotas, adiviné que era el muelle lo que veía desde la ventana de la casa donde vivía; el día que plasmó con asombroso realismo el parto de una gata, comprendí que eran ésta y su camada sus únicos compañeros. Pero sólo su última pintura me ayudó a esclarecer el misterio de Lima; algún día ella, en un acto de adoración profunda, se  habría desprendido de toda su voluntad de ser,  para ofrecerla en vano a un ídolo equivocado.

 Laura Cedrés

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

El filo del hado

Las Palmas, diciembre de 1.965. En la noche de autos, el hombre se dirigía hacia su casa, sita en la calle Pedro Ramírez, número 25. Paseaba tranquilamente con su maletín de cuero negro por las calles de la bulliciosa Triana cuando algo llamó su atención. Se trataba del quiosco por el que había pasado miles de veces de camino a casa. En sí, el puesto no tenía nada nuevo ni original, pero algo hizo que su mirada centrara sus ojos en aquel lugar. Allí estaba, un libro de tapa negra con letras corintias. Lo compró, y comenzó a leer:

“Mi filo, en esta noche de plenilunio, refleja los fríos y pálidos ojos en el cadáver que ha venido a buscar mi portador”.

A medida que transitaba por la céntrica calle, la algarabía de la gente parecía afectarle más y más. En su interior, algo se revolvía. Se sentía mareado, aturdido. Algo en el libro lo había confundido aún más. Pero no quería ni pensarlo. Es más, se negaba a aceptarlo. Mientras su mente seguía desvariando, su estómago le había sacado una cabeza de ventaja al danzar al son de los villancicos que oía a lo lejos hasta el punto de querer regurgitar. Se detuvo por un momento, en una esquina, y arrojó los pocos bocados y el alcohol que había ingerido en el bar. Apenas sin color, continuó su trayecto al son de las páginas que pasaba:

“La omnipresente mirada del destino y su macabra risa de un solo diente se deja entrever en cada paso del camino que recorres. El gélido aliento de la parca susurra en tu oído”.

-¡Ah! –gritó alarmado-. ¿Qué ha sido ese ruido? –se preguntó el hombre.

Pero nadie le hizo caso. Miró a su alrededor. Miró hacia atrás. Incluso, se dio la vuelta para comprobarlo una segunda vez. Pero no había nada sospechoso. Solo estaban él y el tropel.

-No puede ser. Es solo mi imaginación –se dijo a sí mismo.

Visiblemente más relajado, prosiguió su camino de vuelta a casa. A medida que avanzaba, el rojo teñía las tiendas del lugar y los viandantes, ataviados con lúgubres vestiduras invernales, no hacían más que susurrar y cuchichear. O eso parecía:

-¿Qué te parece? ¿Lo ves capaz? ¿Crees que lo hará?

-Ah, muerte. ¡Qué astuta!

-¿Está loco?

-¡Déjenme! ¡Déjenme en paz! gritó.

Acto seguido, se acurrucó en el suelo. Mientras, palabras y actos sin sentido rondaban en su cabeza, haciendo un bullicio aún mayor que el de la gente. Sus sentidos ya nada podían hacer.

“¿Delirio o realidad?”

Esa fue la frase que desencadenó el acontecimiento de los actos.

Al volver a casa, le esperaba su mujer. Como siempre, el plato de potaje, una rebanada de pan y su copa de vino tinto aguardaban sobre la mesa. Pero, aquella noche, su esposa observó que algo en él había cambiado. Era otra persona. Su rostro, habitualmente sereno y tranquilo, se había tornado poco menos que en un espectro del averno.

-Cariño, ¿te pasó algo? –preguntó la voz, temblorosa.

No hubo respuesta alguna. Solo la del ruido de la cuchara al comer y el sonido de las páginas del libro al pasar.

Al terminar, dejó la cuchara sobre la mesa y se dirigió hacia la cocina en busca del objeto de su locura. Lo cogió por el mango, lo levantó al aire y el filo se encargó de causar una herida que nunca volvería a sanar. Desde entonces, día y noche vive atormentado, desamparado; y ahora, solo, ante el incesante esfuerzo de las tres vengadoras infernales por arrebatarle las escasas luces de las que aún goza, entre muros y oscuridad, hierro y maldad, sin más defensa que sus llantos y lamentaciones, ve cómo su cordura es juzgada y sentenciada a morir a manos del filo del hado que un día encontró de camino a casa.

Alexis Espinosa Navarro



3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

La vida era más fácil antes

Veía la vida mucho más fácil ahora. Todo estaba encajando y las cosas se estaban dando por sí solas gracias a aquella cartera tan extraña que me habían regalado, sin la cual no podía vivir.

Comenzó todo con que hace unos tres meses me interesé por un coche y coincidieron aquellas fechas con aquel insólito regalo. Metí todo mi dinero en la cartera: unas monedas, un billete de cinco euros y otros dos de veinte. Ojeando aquel y otros coches de la marca de la casa me di cuenta de que estaban fuera de mi alcance, todos eran muy caros. Y, al salir, algo resignado, un hombre que aguardaba en una esquina me pidió dinero. Al principio le dije que no tenía; él insistió y, después de intentar evadirlo sin conseguirlo durante unos minutos, acabé por darle unas monedas.

Justo un día después, un lunes, sucedió algo increíble. Yo me alisté para ir a clase, a aquel módulo de mecánica. Como cada lunes, y como cada día que tenía que ir al módulo, desayuné fuera de casa en una cafetería no muy lejos de allí. Pedí un café y puede que un cruasán, quizás un donut. Pagué con el billete de cinco y unas monedas. Después de dejar la cuenta en la mesa noté lo que había pasado. Me senté otra vez y abrí la cartera de nuevo, sorprendido vi como volvía a haber unas monedas y un billete de cinco. Creo que incluso había unas monedas más.

Aquel día no asistí a clase, impresionado por aquello; estuve todo el día sacando y sacando billetes de la cartera. Cuanto más dinero cogía, más billetes y de más valor salían de allí. Mis padres se enfadaron mucho porque no fui a clase. Hubo una discusión y recuerdo que intentaron avisarme y yo me fui. Me compré el coche que quería, fue lo primero que hice. Tendría que buscarme un sitio donde vivir también, así que, con aquella cartera, me compré la entrada para un dúplex amarillo en La Minilla. Empecé a vivir una vida desmadrada, no estudiaba y gastaba el dinero desenfrenadamente.

Todo me iba bien, hasta que ayer domingo abrí la cartera y no había nada dentro. Metí dinero y la abrí, y me dispuse a sacarlo para abrirla nuevamente y encontrarme con ese mismo dinero; pero en vez de eso el dinero desapareció, como si la cartera quisiera que le devolviese todo lo que me había prestado.

Hoy lunes tampoco hay nada dentro. Me irrito, me tiro de los pelos, pero la cartera no me va a dar más dinero. No he podido pagar la hipoteca de este mes, supongo que venderé el coche y los pocos muebles que he comprado. Buscaré trabajo, aunque dudo que lo encuentre, porque no he hecho bachillerato y no acabé un módulo de mecánica que una vez me propuse hacer. Y la suerte, que parece que se la haya tragado la cartera con todas las demás cosas como si fueran intereses.

Mi vida se está tiñendo de un azul triste. Estoy sumido en desesperación y paro y crisis. Queda un rescoldo del amarillo de aquellos fructíferos días que, mezclado con este azul intenso origina un verde: ojalá que tiña mis días de algo más que de esperanza.

Daniel Marmolejo

 

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

De entre todos los lugares del mundo

La guagua hizo una parada; de transición, todavía faltaba mucho para llegar a su destino. La cabina del vehículo estaba sorprendentemente vacía para aquella hora de la mañana. Tres o cuatro ronquidos como mucho, cuando lo normal era realizar el trayecto en medio de una sinfonía de albañiles marroquíes,  solos de empleadas del hogar latinas y  allegros  de seguritas del aeropuerto. Arrebujados en medio del escaso recital, junto al timbre de parada más cercano a la salida, los huesos de Darío sentían el relente del amanecer, la pereza de madrugar, el tedio de la rutina… pero también un prurito terco y extraño, una sensación de hormigueo no atribuible a las condiciones atmosféricas de aquel pesado y anodino y recurrente lunes principio de semana, sino a algo diferente, algo que  Darío no solía experimentar sobrio. Era la certeza de algo insólito a punto de ocurrirle.

Las puertas del vehículo se abrieron mientras Darío recordaba la película que había visto la noche anterior en televisión. Casablanca. Cine clásico, del que  había iluminado su  infancia y que ahora se emitía de noche, furtivo, en las comisuras de un fin de semana, en plena madrugada de un lunes no festivo. Un relleno entre tele-tiendas torpemente seductoras y el  primer parte de carreteras de la mañana, con el locutor  todavía legañoso  y con marcas de almohada en la cara.

Darío amaba el cine antiguo en blanco y negro; casi envidiaba a los aquejados de aquella variante rara del daltonismo, que,  según había leído,  por un defecto en una región  del mesen céfalo o del córtex o de por ahí, no podían percibir colores, sólo tonos de gris: esos afortunados contemplaban  la existencia  entera como una vieja película de la Warner. Una sesión continua,  privada y golfa,  con un final que se deseaba lejano y que carecía de  pausas publicitarias o carteles de “Visite nuestro bar”.

Darío volvió en sí cuando la persona que acababa de  entrar en el vehículo y de abonar su billete en metálico, “con plata” como diría Wilfred, el compañero de piso de Darío, pasó por su lado y, sin  aparentemente proponérselo, le descargó un codazo en la cara. Un negro grande, panorámico, con algunas canas, no muchas más que Darío, y vestido para celebrar algo, se disculpó vehemente.

Darío, con estrellas detrás de los ojos, le quitó importancia al sopapo y el negro se fue a sentar en la parte del fondo de la guagua, en compañía sólo de su traje de fiesta y de unos ojillos risueños y traviesos.

La sien de Darío latía.  Miró hacia atrás y vio como el negro contemplaba el alba, distraído, por la ventana. Un trabajador inmigrante, congoleño o de por ahí, pensó Darío. Aunque ese no parece el uniforme de alguien que deba levantarse a estas horas por obligación. ¿Animador cultural para turistas ancianos? Pasa por alguien del espectáculo, desde luego, pero no creo que lo obliguen a ensayar tan temprano. Y menos vestido así.

De pronto, como todas las certezas absurdas, un pensamiento saltó como una cuerda rota en la mente de Darío. Aquel negro le había recordado poderosamente a alguien desde el momento en que, todavía aturdido por el golpe, había visto su cara de disculpa flotando delante de él; pero era ahora, en la distancia relativa de la última fila, sentado como estaba y con la luz de la mañana incidiendo  en su perfil con aquel ángulo preciso, que  lo reconoció.

Era Sam.

¡Sam! El Sam que había sido testigo nada mudo del amor heroico entre Bogart y  Bergman, la noche anterior en el salón de su piso de divorciado. El  negro pianista de Casablanca, la película de los 40, estaba ahora sentado en la guagua que hacía el trayecto Las Palmas-Maspalomas, a las 6:42 de la mañana de un lunes del  siglo XXI.

Mirando cómo amanecía. En traje de fiesta.

Sam era inconfundible; Darío lo conocía desde hacía demasiado tiempo como para estar equivocado. La cara amplia y amable, enmarcada por una leve papada y la línea del pelo en retroceso, destacaba en su negrura casi gris sobre el  blanco de su chaqueta de pianista de club nocturno. Pañuelo negro en el bolsillo y pajarita a juego: puntos suspensivos sobre el cheque en blanco de su presencia en aquella isla del Atlántico, tan alejada del Marruecos hollywoodiense  que lo había visto nacer.

Darío dejó de mirarlo y se dio la vuelta hacia delante, emocionado. Contempló las filas de asientos vacíos que tenía ante sí, la mayoría ilustrados con  historias de amor y drama de patio de colegio, y al conductor de la guagua, que, como venía haciendo cada mañana desde que Darío empezara a tomar aquella línea, conducía con los ojos puestos en la carretera, pero con los oídos entregados al programa de jazz de la radio.

Sonaba un piano.

Darío pensó en su escena favorita de Casablanca. Mucha gente, los que han visto Casablanca superficialmente y sólo recuerdan generalidades de la historia, e incluso los que no la han visto, pero conocen cuatro secuencias, citan la escena  del piano en el Café de Rick.

 “Tócala otra vez, Sam”.

Darío tenía sus propias ideas al respecto y, aunque esta escena no aparecía realmente en la película y esa misma condición de ficción que nace de una ficción le daba puntos en un hipotético concurso de popularidad dentro de su cabeza, Darío prefería decantarse por otro momento.

La suya era una escena muy anterior. Pequeña y poco memorable, en absoluto carne de recopilatorio. También demasiado amarga. En la escena favorita de Darío, Bogart esperaba bajo la lluvia la llegada de Ingrid Bergman, en la estación del tren que debería sacarlos a ambos del Paris ocupado y llevarlos lejos de la guerra, de todos los obstáculos que hacían imposible su idilio. Por supuesto, el personaje de Ingrid Bergman no aparecía. Bogart se quedaba entonces rumiando amargado bajo la lluvia, solo, en la compañía de cientos de franceses aterrados (a los que no les importan los problemas de un par de personas) y de su condoliente Sam.

Los amigos y los  subalternos  fieles hacen  buena compañía en esos momentos.

Darío volvió a darse la vuelta.

No sabía exactamente por qué, pero ahora se daba cuenta de que Sam, conforme iba clareando, empezaba cada vez a parecerse menos a sí mismo. Con cada nuevo rayo de luz que sumaba colores a la mañana, aquel pianista en blanco y negro iba desdibujándose cada vez más; perdiendo los rasgos cenicientos que, unos minutos antes, habían hecho que Darío se alegrara de haberlo reconocido, como a un antiguo camarada de penurias del que hace tiempo que no se sabe nada. Delante de Darío, Sam, que seguía mirando por la ventana (ahora hurgándose de vez el cuando la nariz con el dedo) empezaba a convertirse en un pasajero más, intercambiable y nada mítico, como el propio Darío.

Finalmente, cuando ya sólo faltaba una parada para llegar a su destino, Darío pudo comprobar, con los ojos vidriosos, todo lo que Sam había dejado de ser: ya no era  negro, y mucho menos pianista. No estaba vestido con un elegante frac blanco marfil con pajarita negra y pañuelo a juego, ni existía posibilidad alguna de acercársele para pedirle un autógrafo o unas palabras de consuelo.

Darío pulsó el botón y la lucecita se encendió en el cartel de “Parada solicitada”

Diego Doro

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Un empleo en los abismos

Aquel ser decrépito y huraño realizó una llamada telefónica con el fin de acordar una cita. Me presenté en aquel sótano infecto el jueves por la mañana, donde un negro con una fregona abrillantaba el suelo de cemento. El arcaico empresario me rogó que tomara asiento y transcurrió un tiempo indefinido en el que tuve que rellenar fardos de legajos para completar mi solicitud de entrada al Infierno. Tras mi paso por la antesala al mundo de las tinieblas, una asesoría de otro siglo con máquinas de escribir a las que les faltaban las teclas, efectivamente pude acceder al averno. Fueron dos semanas atemporales en las que conocí la morada de Belcebú, un cuchitril cavernoso donde miles de máquinas chirriantes soltaban grasa y llamaradas de rayos láser. No había sitio para los soplos de aire fresco. Allí los verdaderos dueños eran las nubes de vapor y los humos tóxicos, cargados de polvillo de insalubre caucho, que se incrustaba en las fosas nasales como pegajoso y negruzco hollín. Sólo los insectos compartían la estancia conmigo, puesto que únicamente yo tenía la función de obrar como oficinista en el abismo, donde impulsaba los trámites de las almas perdidas que necesitaban papeles burocráticos de todo tipo.

Tras esas dos semanas realicé una llamada telefónica con el fin de acordar una cita. Me presenté en aquel sótano infecto el lunes por la mañana, donde un negro con una fregona abrillantaba el suelo de cemento. El arcaico empresario me rogó que tomara asiento y transcurrió un tiempo indefinido en el que tuve que rellenar fardos de legajos para completar mi solicitud de salida del infierno. Tras mi paso por la antesala al mundo de las tinieblas, una asesoría de otro siglo con máquinas de escribir a las que les faltaban las teclas, comprendí que el tiempo no había transcurrido. Me había introducido en un bucle donde los abuelos seguían recogiendo las cacas de sus perros, miles de muertos morían en un país lejano y las mamás seguían preparando aquellos sabrosas croquetas. Sólo yo había sufrido las consecuencias de aquel empleo absurdo: hubiera conseguido la inmortalidad de haber continuado el contrato con aquellos señores de las tinieblas, pero al renegar de mi empleo, obtuve un desgraciado sueldo para toda la vida: hacer pedicura diaria y cortar las pezuñas a aquel arcaico empresario que vivía en un sótano infecto, donde un negro con una fregona abrillantaba el suelo de cemento; de no cumplir con mi cometido, los demonios alados me llevarían al país de las máquinas chirriantes donde mantendrían cautiva mi alma para siempre.

Pino Cumba

 

 

 

 

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

La pierna nueva

La noche en que maestro Pancho pasó a mejor vida alguien lo profetizó, pero entonces nadie hizo caso. Lo dijo una de las sobrinas en broma, con ese humor negro y absolutamente liberador que uno puede ver en casi todos los funerales, ante la idea de donar la pierna ortopédica del difunto “para quien pueda necesitarla”. Se escucharon risillas entre el corrillo de oyentes, todos familiares, un poco nerviosas por el atrevimiento, por la irreverencia, por la falta de patetismo que la situación requería. Los otros presentes, que habían escuchado el comentario pese a que se hizo en voz baja, se miraron incómodos, y hubo quien chistó para poner orden, codazo incluido. Pero la cosa quedó ahí.

Aunque el cartel advertía que no se acercaran al animal por ser extremadamente peligroso, el espíritu curioso de Felicianillo, que no había hecho sino aumentar con la edad, pudo más que él. La madre naturaleza hizo el resto, y al cabo las mandíbulas del cocodrilo se le cerraron sobre la pierna como un cepo vivo.

Tiempo después la vería en un rastrillo. Parecía de su talla y se la probó. Anduvo un poco aquí y allá con la pierna de mentirijilla, decidió que le sentaba como un guante y se la quedó. Ya en su casa, a eso de las diez de la noche comenzó a notar un extraño temblor en la pierna nueva. Decidió salir a dar un paseo, para que se le fuese ajustando. Fue llegando a la plaza que solía frecuentar cuando notó un impulso: la pierna de plástico se rebeló, frenó en seco, se resistía a seguir su camino, entonces giró en dirección opuesta y siguió andando, obligando al resto del cuerpo a seguirla, casi a rastras, atado como estaba a ella con correas. Felicianillo, hombre solitario y parco en palabras, profirió terribles maldiciones, los ojillos se clavaban horrorizados en el artilugio ortopédico sin dar crédito a lo que veían. En vano intentó zafarse de la pierna: las correas se agarraban fortísimas al muñón, imposible desatarlas. Luchó con todas sus fuerzas para encaminar a la díscola en la dirección correcta. Pero la pierna ya había tomado una decisión y caminaba segura calle abajo, directa al bar de la esquina.

Los parroquianos que frecuentaban el bar se quedaron mirando un tanto sorprendidos al nuevo visitante, que aguardaba jadeando y sudando en el umbral. Luego cada uno volvió a su vaso, como si nada. Más por disimular que por otra cosa, Felicianillo, poco amigo de las copas y las multitudes, se sentó a la barra y pidió un vinito. A partir de ese día, y más o menos a la misma hora los vecinos veían a Felicianillo caminando muy deprisa calle abajo, como poseído por una fuerza brutal. “Pobre hombre”, pensaban, “algo así debe de destrozar a cualquiera”, decían recordando el terrible encuentro con el cocodrilo. Lo veían llegar a altas horas de la madrugada, borracho perdido, después de haber cerrado los bares de alrededor. Alguien dijo que al menos ahora tenía otra pierna, y que eso le haría bien. Otro agregó que esa pierna él la conocía, que era de Maestro Pancho, “¿Quién?”, preguntó uno. “Sí, hombre, sí, aquel que frecuentaba tanto los bares”.

Marisol Ramírez

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El teléfono

-¿No oyes el dichoso teléfono, Marta?

-¿No piensas cogerlo?

-¿Qué te hace pensar  que es para mí la llamada, querido Carlos?

-¿Tiene tu querida esposa el monopolio de la comunicación?

-¿Quieres dejarte de chorradas y servir el desayuno, o también  tienes el monopolio de llegar tarde a la oficina?

-¿Llevas las llaves, o esperas a llegar al portal para acordarte de dónde las dejaste?

-A ti no se te olvida nunca nada, ¿verdad?

-¿Qué te parece cuando fuiste a pagar la cuenta en el  Picadero y … ¡ horror! la cartera había desaparecido?… ¿ O simplemente te habías cambiado de chaqueta?

-¿Lloviendo como siempre?

-Te he dicho que hoy tengo reunión y no vendré a comer, ¿verdad?

-¿Hasta la noche pues?

-¿Son sombras que se van difuminando al separarse bajo la  niebla y la lluvia?… ¿O simples mortales con ilusiones muertas, tratando de llenar sus vidas vacías?

-¿Cuántas veces te he dicho que no llames al fijo de casa, Sofi?… ¿Que es muy importante lo que tienes que decirme? ¿Y mi tranquilidad no lo es?… ¿Que tenemos que hablar en serio?… Hasta la tarde entonces, ¿como siempre en tu casa?

-Marcos, ¿me has llamado tú a casa?… ¿No?… ¿Te parece que comamos fuera?… ¿Has visto que algún martes no tenga reunión?… ¿Que hasta cuándo vamos a seguir así?… No lo sé… Tengo que pensar en mi hija…

Esther Quijada

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

Las piedras del jardín

A casi un día de camino desde la Ciudad Imperial, en dirección al frío Norte, había una linda y próspera ciudadela, donde vivía un señor tan rico como el emperador.

Su casa era grande y bien amueblada; delante la casa había un gran jardín; por detrás, una explanada cubierta por pequeñas piedras.

En la ciudadela se contaba que esas piedras tenían poderes mágicos.

Cada mañana llegaban a la casa muchos siervos para atender al señor. Uno de ellos tenía como tarea arreglar las piedras. Todos eran muy felices, excepto el siervo de las piedras. Él pensaba que tenía el trabajo más duro y más aburrido. En verdad, él era siempre el último en terminar su trabajo. Un día en el que había trabajado muy lentamente y sin gana, y ya era muy tarde, vio acercarse algunos mendigos a la puerta de la casa. Una vez enfrente de la puerta, tocaron y esperaron una respuesta. Todos los mendigos sabían que en esta casa se podría siempre recibir comida y un regalo muy especial. Se contaba que el regalo era una de las piedras del jardín. Pero  nadie nunca había confirmado  este asunto. A cambio del regalo, el señor pedía a los mendigos que nunca revelasen su natura y jamás volviesen a la ciudadela.  Así fue que el señor les dio comida y una piedra a cada uno y, saludándolos, les dijo:

-Tenéis que hablar al regalo de esta manera: “Para mí, que soy pobre y lloro, piedra mía, conviértete en oro”.

Y, con estas últimas palabras, el señor despidió los pobres. El siervo, que lo había observado y escuchado todo, pensó en ir detrás de los mendigos y descubrir el secreto.

Aquellos, una vez fuera las murallas de la ciudadela pronunciaron las palabras recibidas y ¡qué  maravilla se presentó a sus ojos! Las piedras se convirtieron en oro. El siervo regresó a su casa y, esa noche, por los muchos pensamientos, no pudo dormir.

Por la mañana, ya tenía una solución. Se vistió de mendigo, y con un gran sombrerete sobre la cabeza, se ensució la cara y salió. Buscó algunos amigos a la taberna, todos borrachos, y con ellos llegó a la casa del señor. Tocó a la puerta. El señor abrió y les dio comida y el regalo a cada uno.

El siervo era el más feliz de todos ellos, puesto que sabía que era rico. Una vez en la taberna, robó fácilmente las piedras a los borrachos, se quitó el sombrerete y partió. Llegó a la Ciudad Imperial bien vestido y comió en el mejor restaurante. En el momento de la cuenta, delante del dueño, sacó del bolsillo una de las piedras y empezó a decir las palabras mágicas: “Para mí, que soy pobre y lloro, piedra mía, conviértete en oro”.

Nada occurrió… Intentó otra vez… Nada. Cogió otras piedras y pronunció nuevamente las palabras… y nada pasó. No sabía que las palabras funcionaban solo diciendo la verdad, y puesto que él no la decía, nada ocurrió.

Tan alta era la cuenta, que el dueño lo envió a la cocina a lavar platos por toda su vida.     

Paolo Vignoli

23 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

El paisaje acabado

Sus jefes lo estaban esperando como agua de mayo. Él lo sabía y tenía que trabajar muy duro para tenerlo terminado en la fecha prevista. Pero aquel paisaje se le había atragantando de mala manera. No había forma de encajarlo en el juego de estrategia por ordenador en el que llevaba trabajando más de dos años. Faltaba algo en el paisaje, pero no sabía el qué.

El tiempo pasaba y la fecha de entrega le martilleaba la cabeza, como un mazo inexorable que le recordaba que tenía que acabarlo. Una madrugada fría encontró la solución.

A la mañana siguiente, llamó a sus jefes y los citó al mediodía para presentarles la maqueta. Todo estaba preparado. En la reunión les explicó, paso a paso, las interioridades del juego, sus particularidades, los trucos estratégicos y sus secretos. Hasta que llegó al paisaje con el que había estado trabajando y que tanto trabajo le había dado. Allí se detuvo y el semblante le cambió. Se acercó a la gran pantalla táctil en la que se desarrollaba el juego. Tocó el botón rojo que llevaba impresa la palabra Add, que tenía los bordes amarillos y el interior blanco. En un instante, sintió cómo su cuerpo se transmutaba, cómo cada átomo de su ser se trasformaba en millones de unos y ceros que se iban incorporando a la estructura interna del juego. Estaba dentro. Vio con claridad cómo sus jefes miraban atónitos, sin comprender nada de lo que estaba pasando. Siguió un pequeño sendero que lo llevaba hasta una casa que se parecía mucho a la suya. Entró por el garaje y se dirigió hacia un rincón  lleno de ordenadores. Se sentó delante de uno de ellos, tecleó una serie de números y palabras y el juego fue desapareciendo de la gran pantalla, sin que los asombrados jefes pudieran hacer nada.

Nadie supo explicar lo que había ocurrido aquella mañana y, aún hoy, siguen buscando al programador desaparecido y al juego inacabado.

Moisés Morán Vega

23 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

El violín y la vieja

La música salía del instrumento como salen las palabras de la boca; hubiérase dicho que el violín hablaba.

Los ojos de la anciana comenzaron a iluminarse despacio, como una aurora lenta e imparable. Al poco rato sus mejillas se encendieron, y los labios, antes lívidos, se contagiaron de ese fuego y brillaron carmesíes. Las arrugas se fueron disipando, y el mar bravo que era su rostro se convirtió en mar en calma. Luego las agarrotadas extremidades se relajaron, la espalda dolorida cobró fuerza y el cuerpo se irguió, estilizado y arrogante como en sus mejores días. La mujer corrió como una muchacha calle abajo, frente a las miradas incrédulas de la gente del pueblo. Por el camino, se topó con la niña que antes lloraba desconsoladamente, y con el mendigo que pedía en la esquina. Ahora ambos sonreían y silbaban la misma melodía familiar. También vio a un hombre malencarado, que miraba desde lejos al joven músico. Por el rabillo del ojo alcanzó a ver cómo se iba acercando poco a poco hacia él, pero ya nada le importaba: no recordaba haberse sentido nunca con tanta fuerza, con tanta pasión y alegría alborotándole el pelo y el alma. Corrió un poco más, hasta dejar atrás al músico, al mendigo y a la niña. Corrió hasta alejarse del pueblo y, ya en las afueras, cuando paró para tomar aire, miró al cielo y vio cómo las nubes comenzaban a agruparse, cómo el azul pasaba al gris; vio pájaros caer en barrena y escuchó gritos horribles que venían de atrás. Miró en dirección al pueblo y, de pronto, se sintió realmente cansada. Tambaleante, con los huesos terriblemente doloridos, siguió alejándose de allí, mientras unas arrugadas manos le tapaban los oídos.

Marisol Ramírez Galván

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Tampoco te fíes de tus nietos

Pudimos haber adoptado cualquier otra forma. Total, estábamos aburridos… ¿Qué nos importaba andar jodiendo a este o a aquel? Era cosa de divertirse, de quitarse de encima este vacío inmenso que nos persigue día y noche. Y no nos mires con esa cara de mojigato, por favor; con esos ojos que parece estuvieran reprobando el hecho mismo de nuestra existencia. Ese rollo de total abnegación que se gastaba el viejito era como para habérselo cargado mucho antes; de una manera mucho menos peliculera, incluso. Y tú no tienes ni el más mínimo derecho a censurarnos, a decirnos que no debimos haberlo hecho por mucho que el viejito nos diera los buenos días de una manera tan dulzona que se nos almibaraba hasta el tedio éste que llevamos dentro y que tantas veces se nos convierte en ganas de matarte a ti o al que se nos ponga por delante con esos aires de autosuficiencia y elevada moral.

Pudimos habernos convertido, sin ir más lejos, en el asfalto por el que el viejito conduce su auto para llevar a sus nietecitos a la escuela. Un extraño socavón engulle a un jubilado y a sus cuatro nietos cuando iban camino del colegio. Se desconocen aún las circunstancias que propiciaron tan extraño fenómeno. Pero aquello no nos hubiera satisfecho en absoluto, pues es demasiado obvio. Todo el mundo estaría todavía condoliéndose y guardando minutos de silencio por la tragedia.

La opción por la que nos decantamos finalmente tiene mucho de desconcertante, de no saber si uno tiene que llorar o dar las gracias a quién sabe quién por habernos quitado de en medio al viejo aquel tan santurrón que se balanceaba colgado de la ducha con la lengua fuera y el pito tieso ante la mirada atónita de sus nietos.

Santiago Úbeda

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La historia del abuelo John

El abuelo John, de origen irlandés, una noche más volvía a casa borracho. Sus  dos nietos, que lo veían llegar, ya sabían lo que iba a ocurrir; estaban hartos de él.

Sin pensarlo, salieron a su encuentro y, entre los dos, lo agarraron y comenzaron a golpearle.

El viejo, sin poder soportar los golpes que estaba recibiendo y temiendo que lo mataran, se hizo el muerto y sus nietos lo abandonaron allí.

Cuando llegó a su casa, se enfrentó a los chicos, pero estos le pidieron perdón y le contaron que algo maligno se había introducido en ellos y que no eran conscientes de lo que hacían.

El abuelo, se dejó convencer y los perdonó.

Unos días después, el abuelo John fingió que volvía a llegar borracho para ver qué hacían sus nietos. Estos, al verlo, se le acercaron con la intención de ayudarle, pero, en ese instante, él los agarró fuertemente y los inmovilizó. Les dio una paliza enorme y los encerró en su cuarto. Al llegar la mañana, no se encontraban en su cuarto; se habían escapado, y el abuelo se arrepintió de no haberlos matado.

Pasado un tiempo, el viejo volvió a salir de su casa, pero esta vez iba preparado con un enorme cuchillo que llevaba escondido por si se encontraba con ellos. Según él, recibirían su merecido.

Era muy avanzada la noche cuando el viejo regresaba a su casa.

Sus nietos salieron a buscarlo, pensando que si volvía borracho y con sus alucinaciones los volvería a maltratar.

En ese instante apareció el viejo y, en su delirio de borracho, pensó que eran unos ladrones que lo querían atacar, se abalanzó sobre ellos y los apuñaló.

 

Juana Teresa García Vizcaíno

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario