Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La curiosidad mató al gato

Estaba obsesionada con aquel mueble. Pasaba una y otra vez ante el escaparate  valorando cada detalle de la madera, su forma, textura y color. Sabía que ese anticuario era carísimo, y seguramente sería inaccesible para ella. 

Un día se armó de valor y entró, disimuló dando vueltas por la tienda hasta que llegó al secreter. No se preocupó de mirar la etiqueta, pues supuso que no podría pagarlo, pero sí lo tocó, con una suave caricia, luego empujó despacio  la puerta de fuelle, dejando ver en su interior la intimidad del mueble. Era de una belleza extraordinaria. Contenía cuatro cajoncitos a ambos lados, uno pequeño central y debajo una parte hueca, todo terminado con serigrafías adamascadas. Totalmente absorta con el mueble, abrió uno de los cajoncitos enterrándose una pequeña astilla en el dedo. Intentó quitársela con los dientes pero no pudo, así que, de mal humor, cerró el mueble y se fue de vuelta a casa.

Pasaron tres semanas desde la visita al anticuario y empezó a sentirse mal. Tenía náuseas producidas por un intenso sabor a barniz en la boca, y además notaba cómo se le iba abultando el vientre, no de manera redondeada, sino más bien alargada y cuadrada.

Al mes, su vientre era igual que un cajón. Se pasaba el día encerrada en casa por la vergüenza, hasta que llegó la noche en que comenzaron los dolores. Primero como suaves contracciones, luego más intensas y seguidas y con dolores de empuje.

Se puso en cuclillas en la bañera y aprovechando una contracción empujó fuertemente: asomaron cuatro patas torneadas. Pensó que se desmayaba, pero no, siguió y siguió y, en una segunda contracción, expulsó el mueble entero.

Era una miniatura del secreter que había visto en el anticuario. Mas ilusionada que absorta, por lo insólito de la situación, lo limpió y lo puso encima de la alfombra. Se baño, vistió y salió a la ferretería a comprar lo necesario para el recién parido.

En una cesta colocó un bote de syladecor, barnices, aceites y lijas finas y gruesas, y lo colocó junto al mueblito. Cada mañana le daba los productos necesarios para que fuera creciendo fuerte como un roble. Aún los cajoncitos no estaban bien formados y no se podían abrir.

A los tres meses el secreter tenía una altura de un metro, y presentaba un magnífico aspecto. Ya iba siendo hora de empezar a meter cositas. Abrió el cajoncito superior del lado derecho y encontró que en uno de los nudos había un bultito rojo, como si de una gotita de sangre se tratara. Empezó a frotar con un pañito, pero la gotita no salía. Sin darle la mayor importancia siguió llenándolo.

Una mañana fría de invierno la despertó el llanto de un bebé. Puso atención para oír de dónde procedía y vio que era del interior del secreter, de aquel cajoncito, el superior del lado derecho.

Alicia Rodríguez Verona

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7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La curiosidad mató al gato

Estaba obsesionada con aquel mueble. Pasaba una y otra vez ante el escaparate  valorando cada detalle de la madera, su forma, textura y color. Sabía que ese anticuario era carísimo, y seguramente sería inaccesible para ella. 

Un día se armó de valor y entró, disimuló dando vueltas por la tienda hasta que llegó al secreter. No se preocupó de mirar la etiqueta, pues supuso que no podría pagarlo, pero sí lo tocó, con una suave caricia, luego empujó despacio  la puerta de fuelle, dejando ver en su interior la intimidad del mueble. Era de una belleza extraordinaria. Contenía cuatro cajoncitos a ambos lados, uno pequeño central y debajo una parte hueca, todo terminado con serigrafías adamascadas. Totalmente absorta con el mueble, abrió uno de los cajoncitos enterrándose una pequeña astilla en el dedo. Intentó quitársela con los dientes pero no pudo, así que, de mal humor, cerró el mueble y se fue de vuelta a casa.

Pasaron tres semanas desde la visita al anticuario y empezó a sentirse mal. Tenía náuseas producidas por un intenso sabor a barniz en la boca, y además notaba cómo se le iba abultando el vientre, no de manera redondeada, sino más bien alargada y cuadrada.

Al mes, su vientre era igual que un cajón. Se pasaba el día encerrada en casa por la vergüenza, hasta que llegó la noche en que comenzaron los dolores. Primero como suaves contracciones, luego más intensas y seguidas y con dolores de empuje.

Se puso en cuclillas en la bañera y aprovechando una contracción empujó fuertemente: asomaron cuatro patas torneadas. Pensó que se desmayaba, pero no, siguió y siguió y, en una segunda contracción, expulsó el mueble entero.

Era una miniatura del secreter que había visto en el anticuario. Mas ilusionada que absorta, por lo insólito de la situación, lo limpió y lo puso encima de la alfombra. Se baño, vistió y salió a la ferretería a comprar lo necesario para el recién parido.

En una cesta colocó un bote de syladecor, barnices, aceites y lijas finas y gruesas, y lo colocó junto al mueblito. Cada mañana le daba los productos necesarios para que fuera creciendo fuerte como un roble. Aún los cajoncitos no estaban bien formados y no se podían abrir.

A los tres meses el secreter tenía una altura de un metro, y presentaba un magnífico aspecto. Ya iba siendo hora de empezar a meter cositas. Abrió el cajoncito superior del lado derecho y encontró que en uno de los nudos había un bultito rojo, como si de una gotita de sangre se tratara. Empezó a frotar con un pañito, pero la gotita no salía. Sin darle la mayor importancia siguió llenándolo.

Una mañana fría de invierno la despertó el llanto de un bebé. Puso atención para oír de dónde procedía y vio que era del interior del secreter, de aquel cajoncito, el superior del lado derecho.

Alicia Rodríguez Verona

 

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

No sin mis peep toe

Faltaban 45 minutos para las 2 de la tarde. A esa hora cerraba la ventanilla de registro de la Consejería de Vivienda y era el último día para entregar el Proyecto en el que tenía puestas todas sus expectativas de trabajo. Hacía más de un año que no entraban proyectos nuevos en su despacho. “Maldita crisis”, pensó. Ya solo quedaba la oportunidad de licitar en viviendas publicas.

Tenía los pies destrozados, toda la mañana de un lado a otro preparando la documentación para la entrega. Llevaba puestos unos magníficos peep toe de Jimmy Choo. Se los había comprado cuando consiguieron hace dos años un estupendo proyecto para una cadena hotelera suiza, pero hoy le estaban doliendo terriblemente los pies.

La Consejería estaba solo a cuatro manzanas de su despacho, pero no podía permitirse dar un paso más. Reunió  toda la documentación y bajó a la Avenida de Juan XXIII a parar un taxi. Avistó la luz verde de uno y alzó la mano, abrió la puerta trasera del vehículo y se sentó.

-Buenos días. A la Consejería de Vivienda, siga por Juan XXIII hasta la Avenida Marítima y a la altura del Hotel Iberia  me bajo. Gracias.

Aprovechó  que había un tráfico denso para ojear de nuevo los sobres. Sobre nº 1: Curriculum vitae, DNI, Memoria y, cuando más enfrascada estaba, oyó al taxista,

-Qué calor, parece que no termina el verano, ¿verdad?

-Si, sí –comentó ella mientras se quitaba los zapatos y descansaba los pies en la alfombrilla del coche. ¡Uf, que alivio! –pensó.

-Es que la ciudad está caótica; si hicieran más carriles para vehículos de servicio, otro gallo nos cantaría –continuó él.

-Sí, sí –repitió ella de mala gana, mientras comprobaba el contenido del sobre nº 2. Levantó la vista y se dio cuenta que aún no habían salido de la Avenida Juan XXIII y ya llevaba 10 minutos dentro del taxi.

-Fíjese Ud. con la cantidad de vehículos que hay y al gobierno se le ocurre dar facilidades para comprar más coches. ¿Adónde vamos a parar? –dijo el taxista.

-Sí, sí dijo ella, repitiendo, adónde vamos a parar.

Cuando se acercaban a la Fuente Luminosa, miró su reloj: faltaban solo diez minutos para que cerraran la ventanilla de Registro. “¡Dios, que día!”, pensó. Le dijo al taxista que se bajaba allí mismo y echó a correr parque a través y proyecto en mano hasta la Consejería.

Llegó justito, se puso en cola y entregó su proyecto emitiendo un sonoro suspiro de ¡Por fin!

Salió a la calle con la intención de tomar un té y relajarse antes de volver al despacho. Sintió que los pies le dolían más que nunca y, al mirárselos, vio que no llevaba zapatos. Avergonzada levantó la vista para ver si alguien más se había dado cuenta. Frente a ella, apoyado en la puerta de su coche estaba el taxista.

-¿Buscaba esto, señorita?

Alicia Rodríguez Verona

16 noviembre 2009 Posted by | 1 | , , | 3 comentarios

La rosquilla

Pitusa es mi País, está rodeado de enormes montañas, en un hermoso valle.

Mi pueblo siempre ha tenido un carácter alegre y feliz. Todo esto es debido a que nuestro Rey siempre nos ha facilitado la convivencia entre los vecinos.

Nuestro Rey es un hombre, corpulento, de cara ancha y espesa barba rubia. Es lo más parecido al Rey Melchor: tiene dos enormes hoyuelos a ambos lados de la cara y cuando ríe se le acentúan. Todo él emana bondad. Sin embargo, nos hemos enterado de que escondía un secreto en su jardín y nos fue desvelado gracias a un trovador que venía de tierras lejanas.

Cuando esto ocurrió, yo era muy pequeñita y es la historia que contaban mis padres cuando nos íbamos a la cama a dormir, ahora se la cuento yo a mis hijos de la siguiente manera:

“Había una vez un Rey, que, para que su pueblo no sufriera los ataques de los terribles monstruos chapulis, utilizaba el polvo del interior de un fruto que crecía en su jardín, este fruto tenía el poder de dormir a las personas, de tal manera que cuando los chapulis –que se alimentaban de personas en movimiento- bajaban a Pitusa, se encontraban a todos durmiendo. Un día el Rey, alertado por su guardia de que los chapulis se acercaban, corrió a lo alto de la torre con la intención de soplar la fruta, con tan mala suerte que un cambio de viento le durmió a él también. Según cuenta el trovador cuando vio el árbol pensó en las rosquillas y dijo fuertemente: ‘Hum…, qué rico. ¡Rosquillas!’. Y, de repente, nos despertamos todos.”

Recuerdo que tardamos mucho tiempo en darle al pueblo su aspecto original pues, al estar tanto tiempo durmiendo, se había ido deteriorando todo.

El Rey compartió con nosotros su secreto del fruto de la rosquilla y ahora, aun sabiendo que existe la amenaza de los chapulis, no tenemos miedo porque sabemos que nuestro rey nos protegerá.

Alicia Rodríguez Verona

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

La rosquilla

Había una vez un rey que vivía en una comarca llamada Pitusa, situada en un valle entre montañas de difícil acceso, por eso no recibían a muchos foráneos.

En Pitusa vivían 61 personas, incluidos los reyes, su hijo y la guardia real.

Tenían un pequeño río, con abundante pesca, una plaza central donde se reunían los del pueblo, una iglesia, un castillo y, en torno al castillo, un conjunto  de casitas de diversos colores para sus habitantes.

A los pitusianos nunca les faltaba de nada. Eran muy felices y no se sentían amenazados por nada ni por nadie. El motivo era que el rey tenía un pequeño secreto: en el jardín del castillo había un enorme árbol que daba unos frutos a los que llamaba “rosquillas”. Un día había descubierto que en el corazón de la fruta habían unos polvos que, al ser inhalados, producían sueño, y hasta que no se pronunciara la palabra “rosquilla” no volvías a despertar.

El Rey utilizaba este fruto para proteger a sus ciudadanos de los feroces chapulis. Estos terribles monstruos con feroz apariencia de animal deforme vivían en las montañas y se alimentaban de personas en movimiento. Cuando tenían hambre, bajaban a la comarca de Pitusa buscando a quien comerse. La guardia real los mantenía a raya: cuando los oía bajar ruidosamente de las montañas, avisaban al Rey y este cogía un fruto de la rosquilla y subía corriendo a la torre, lo abría con cuidado y soplaba. Inmediatamente, todos los habitantes se quedaban dormidos. Él se encerraba en su habitación y se hacía el dormido para que no se lo comieran. Cuando pasaba el peligro, volvía a lo alto de la torre y gritaba con fuerza “rosquillaaaaaaa”, y todos despertaban sin saber lo ocurrido.

Un buen día, los soldados avisaron al rey de que se acercaban los chapulis. El rey subió a la torre con la fruta y, cuando estaba soplando, vino un golpe de viento en contra y se quedó dormido también.

Pasaron los años y todos los habitantes de Pitusa, incluido el rey, seguían durmiendo, lo que produjo un importante deterioro en el pueblo, las casas se decoloraron y los huertos quedaron abandonados  hasta que apareció en el pueblo un trovador que venía de tierras lejanas. Al llegar, le sorprendió el abandono del pueblo. Se acercó al castillo y no encontró a nadie. Al salir por el jardín vio un enorme árbol cargado de frutos y dijo en voz alta.

-¡Qué rico: un árbol lleno de rosquillas!

Al pronunciar esta palabra todos los habitantes se despertaron. El rey le explicó al trovador lo ocurrido y entre todos los pitusianos devolvieron al pueblo su belleza original y fueron muy felices.

Alicia Rodríguez Verona

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios