Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

CAMILA

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Camila había sido raptada. No sabía qué iba a pasarle, pero presagiaba que nada bueno. Era hija de una familia adinerada y seguramente pedirían un gran rescate por ella. Y, si no lo conseguían, ¿serían capaces de asesinarla? 

Era una persona inteligente. Le dolía la cabeza de tanto pensar y pensar en una solución. Al fin, se le ocurrió algo. Era buena oradora, de algo tenían que servirle los años que estudió arte dramático.

De pronto, escuchó una fuerte discusión entre los captores. No podía esperar más, había que actuar de inmediato.

Aguardó a que viniese el cabecilla para poner en marcha su plan. Una vez que éste estuvo frente a ella y antes de que iniciara conversación alguna le espetó:

—Todos estamos nerviosos, deberíamos calmarnos, exaltarnos no nos va a servir de nada, todo lo contrario. Creo conocer el sistema que nos puede venir bien a todos, si usted está conforme podríamos empezar esta misma noche.

El líder de la banda le echó una mirada de pocos amigos, se le notaba cansado. No obstante, vio en su mirada asombro y curiosidad a la vez.

Una vez  Camila le expuso su idea, con el resto de los secuestradores merodeando por los alrededores, comenzó su relato:

-Se cuenta, y Dios es el más sabio, que, en la época antigua y en los tiempos que ya han transcurrido, existió un rey, perteneciente a la dinastía de los monarcas sasánidas, que reinaba en las islas de la India y de la China, Tenía un ejército, auxiliares, sirvientes y criados, así como dos hijos, uno mayor y otro menor. Ambos eran valientes caballeros, pero el mayor era mejor que el menor a este respecto. Reinó en el país, gobernó con justicia a sus siervos y fue muy querido por la gente de su país y de su reino…

Ana María Martín González

4 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

EL GALLO ASUSTADO

 

Casildo era un gallo atípico: todo le asustaba; cualquier ruido nocturno lo desvelaba y al amanecer, cuando debía despertar al gallinero con su kikirikí, estaba completamente dormido.

Clotilde, una gallina vieja y con muy malas pulgas, lo despertaba siempre con un estruendo tremendo tirando piedras al bidón que tenía cerca de donde dormía Casildo. El pobre estaba a punto de un infarto.

—Esto no puede seguir así —se decía.

Como durante el día Clotilde lo dejaba tranquilo, él no hacía más que pensar qué podría hacer para asustar a aquella bruja y que lo dejara en paz de una vez.

—¿Qué asustará a esa gallina vieja y antipática? —pensaba encima de una piedra, con la cabeza descansando en un ala como si fuera el Discóbolo de Mirón—. Tengo que quitármela de encima porque, si no, será ella quién acabe conmigo.

Pasaba por allí una mofeta a la que todos despreciaban, pues como es bien sabido, las mofetas despiden un olor insoportable que no hay ser que lo aguante.

La llamó aparte a un descampado y como el pobre animal apenas tenía amigos, lo siguió para ver qué quería aquel gallo, que quizás pudiera ser, con el tiempo, un amigo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó, tratando de aguantar el mal olor que desprendía.

—Margarita. Me llamo Margarita. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Me llamo Casildo. Pero bueno, ya está bien de presentaciones —le contestó algo malhumorado—. Vamos al grano: te propongo una cosa Margarita. Creo que te gustará. Me he fijado que tienes pocos amigos, yo podría ser tu amigo, y conseguirte muchos más amigos, si tú me haces un favor.

—¿Cuál es ese favor? ¿Y cómo lograrías que tuviese amigos, si eso es casi imposible? Mi olor espanta a todo el mundo.

—Tengo un amigo que te quitará ese olor y podrás tener todos los amigos que quieras.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién me dice que cuando te haga el favor no te vas a olvidar de mí y no seguiré con este mal olor? No, primero me lo tienes que quitar y, si veo que es eficaz, te haré el favor. Pero tengo que quedarme con el remedio para cuando yo quiera utilizarlo.

—Vale, ya veo que eres desconfiada. Iremos a ver a mi amigo el puercoespín Espinete y verás qué contenta te vas a quedar.

A la nueva amiga de Casildo, Espinete le preparó, en lo alto de su árbol, que es donde tenía su madriguera y su “laboratorio”, un compuesto de plantas, flores de jazmín y otros ingredientes que él sólo conocía, revolvió el mejunje en un cuenco con agua y roció a Margarita con él. Al instante, Margarita sólo olía a flores del bosque: su hedor se había evaporado.

Bajaron todos del árbol y se acercaron a un grupo de animales diversos que estaban cerca del riachuelo refrescándose y bebiendo agua. Margarita paseó por entre ellos y ninguno se apartó. Todo lo contrario; estaban encantados con el perfume que desprendía.

Casildo le dijo entonces a Margarita:

—Bueno, ya está todo arreglado. Ahora me tienes que hacer el favor que te pedí. Así que mañana, cuando te hayas duchado y vuelva tu olor habitual, te vas al gallinero y sobre las diez de la noche, te escondes cerca de donde duerme Clotilde. Y que no se entere de que estás allí. Verás qué noche le vas a dar. Tendrás que hacerlo otra noche más y ya me encargaré yo de asustarla y decirle que son los espíritus del bosque, que quieren castigarla por ser tan mala compañera.

Al día siguiente, Clotilde comentó que no había podido pegar ojo en toda la noche, que había un hedor inmenso y que no sabía de dónde salía. Se pasó durmiendo todo el día.

Por la noche volvió a sucederle lo mismo, y por más que buscaba no conseguía averiguar de dónde salía aquel olor nauseabundo. Al día siguiente estaba que se caía. Dijo a todos los que estaban allí que si alguno de ellos encontraba el origen de aquel olor y conseguía que ya no volviera a aparecer, podría pedirle lo que quisiera, que ella se lo conseguiría, todo con tal de poder dormir toda la noche.

Casildo le dijo que esa noche iba a poder dormir tranquila, que él se encargaría de buscar de dónde procedía el olor y quién o quiénes lo provocaban.

A la mañana siguiente, Clotilde se despertó contenta y feliz. El olor había desaparecido. Le dijo a Casildo que le pidiera lo que quisiera, que ella se lo concedería.

Casildo le dijo que lo que él quería era que fuese más humana, que no se metiese tanto con lo que hacían los demás, que haciéndole caso sería más feliz al ver que los demás la apreciaban en lugar de no querer estar con ella como sucedía ahora.

Así fue. Desde entonces, aquel gallinero y todos los animales de la granja fueron los más felices de los alrededores.

 ANA MARIA MARTIN GLEZ

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario